Diamantes negros: El contrato del ático

4 Laberinto de cristal

_**Elena**_

​El lunes por la mañana, Nueva York se sentía como una máquina perfectamente engrasada. Me puse mi traje gris marengo, el que me hacía sentir más mayor y menos vulnerable, y me recogí el pelo en un moño tan tirante que casi me dolía. No quería ni un solo cabo suelto. Al salir de casa, besé a mi padre en la mejilla y le prometí que traería buenas noticias. "Es solo contabilidad", me repetí mientras el metro me arrastraba hacia el corazón de Manhattan. "Sumas y restas. Nada más".
​Cuando las puertas del ascensor se abrieron en la planta 58, el aire acondicionado me golpeó como una bofetada de realidad. Sarah me recibió con una eficiencia robótica y me condujo, no a la zona común, sino a una pequeña oficina privada que compartía una pared de cristal con el despacho principal de Liam.
​—El señor O'Shea quiere que analices estas subcontratas primero —dijo Sarah, dejando tres carpetas negras sobre mi mesa—. Son prioritarias.
​Me senté y me puse a trabajar de inmediato. Me sumergí en los números, buscando esa paz que solo me da la aritmética. Durante horas, ignoré el hecho de que a menos de cinco metros, tras esa puerta de roble, estaba el hombre que podía salvar o hundir a mi familia. Me concentré en las facturas de acero y hormigón, desglosando cada gasto con una precisión quirúrgica.
​Fue a media mañana cuando el patrón empezó a emerger. Entre los cientos de proveedores legítimos, aparecía constantemente un nombre: Gaelic Foundations & Logistics. Los pagos eran redondos, siempre de cincuenta mil dólares, y se realizaban los martes, sin falta. No había facturas detalladas de kilometraje ni albaranes de entrega que los respaldaran. Eran como fantasmas en el sistema.
​Sentí una punzada de curiosidad profesional, esa que mi profesor de auditoría siempre decía que era mi mejor virtud y mi peor defecto. Abrí el registro interno para buscar el código de identificación de Gaelic, pero en cuanto pulsé la tecla "Enter", la pantalla se puso en rojo. Un mensaje de "Acceso Restringido: Autorización Nivel 1 Requerida" parpadeó frente a mis ojos.
​—¿Problemas de acceso, señorita Petrova?
​La voz de Liam llegó antes que su presencia. Me sobresalté, cerrando la carpeta de golpe. Estaba de pie en la puerta comunicante, observándome con una intensidad que hizo que todo mi blindaje matutino se agrietara. No llevaba la chaqueta, y la forma en que su camisa blanca se ajustaba a sus hombros me recordó, muy a mi pesar, que no estaba tratando con un contable, sino con alguien mucho más primario.
​—Solo... estaba verificando unos datos de logística —dije, tratando de que mi voz no temblara. Me obligué a sostenerle la mirada, a pesar de que sus ojos azules parecían estar diseccionando cada uno de mis pensamientos.
​Él caminó hacia mi mesa. No se detuvo a una distancia prudencial; se apoyó en el borde de mi escritorio, invadiendo mi espacio personal de una forma que se sentía como una emboscada. El olor de su perfume, algo oscuro y caro, llenó mis pulmones, nublando mi capacidad de pensar en números.
​—Ese archivo es... complejo —dijo, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo vibrante—. Hay cosas en esta empresa que no se rigen por las matemáticas estándar, Elena. Espero que sea lo suficientemente inteligente para entender la diferencia entre un error y una excepción.
​Su mano se movió sobre la mesa, rozando apenas la superficie de cristal cerca de la mía. No me tocó, pero el calor que desprendía era suficiente para hacerme sentir que me estaba quemando. En ese momento, la determinación de Queens pareció muy lejana.
​—Entiendo perfectamente la diferencia, señor O'Shea —respondí, recuperando el aliento—. Mi trabajo es que todo cuadre.
​—No —me corrigió él, inclinándose un poco más, hasta que pude ver las motas doradas en sus pupilas—. Su trabajo es lo que yo diga que sea. Ahora, tome esto.
​Dejó una tarjeta dorada sobre el archivo de Gaelic.
​—Vaya a almorzar al comedor ejecutivo. Necesita energía si quiere sobrevivir a su primer día. Y Elena... no intente forzar puertas para las que aún no tiene llave. Podría no gustarle lo que hay al otro lado.
​Se dio la vuelta y volvió a su despacho, dejándome con el corazón martilleando contra mis costillas y la sensación de que acababa de morder una fruta prohibida que no sabía si quería tragar o escupir.

_**Liam**_

​Volví a mi despacho y cerré la puerta de roble con un golpe seco, dejando a Elena al otro lado del cristal. Sentía una irritación eléctrica recorriéndome la columna. No era solo que hubiera encontrado el rastro de Gaelic tan pronto; era que su sola presencia en mi radio de acción parecía desordenar mis prioridades.
​Me senté en mi sillón de cuero y me obligué a mirar los informes de la constructora, pero los números me devolvían el rostro de la chica de Queens. Su resistencia me resultaba... novedosa.
​A los veinte minutos, la puerta de mi despacho se abrió sin que Sarah anunciara la visita. Solo había una persona con la arrogancia suficiente para ignorar a mi secretaria.
​—Liam, querido. Sigues encerrado en esta torre de hielo —la voz de Alessandra llenó la estancia.
​Alessandra era una mujer imponente, el producto perfecto de sus propias clínicas de estética. Llevaba un vestido de seda rojo que gritaba poder y una sonrisa que había cultivado en los mejores eventos de la alta sociedad neoyorquina. Éramos amigos desde hacía años, aliados en negocios y, en ocasiones, compañeros de cama cuando el aburrimiento era mutuo.
​—Alessandra. No te esperaba hasta la gala del jueves —dije, sin levantar la vista de mis papeles.
​Ella rodeó mi escritorio con la elegancia de una pantera y se sentó en el borde, justo donde Elena había estado encogida de nerviosismo momentos antes. Alessandra emanaba un perfume floral pesado, caro, que de repente me resultó asfixiante comparado con la pureza de la vainilla que aún flotaba en el despacho de al lado.
​—He pasado a ver cómo va la expansión de la clínica del SoHo. Y a ver si seguías siendo tan aburrido como de costumbre —se inclinó hacia delante, invadiendo mi espacio con una familiaridad que yo mismo le había permitido en el pasado.
​Extendió una mano perfectamente manicurada y recorrió mi mandíbula con la yema del dedo. Sus ojos buscaron los míos, cargados de una invitación que no dejaba lugar a dudas. Se inclinó para besarme, sus labios rozando casi los míos.
​Me aparté antes de que el contacto se cerrara. La detuve sujetándole la muñeca, no con violencia, pero sí con una firmeza que la hizo parpadear, sorprendida.
​—Este no es el lugar, Alessandra —dije con una voz que sonó más cortante de lo que pretendía.
​—Vaya... —ella enarcó una ceja perfectamente depilada, recomponiendo su postura con una agilidad experta—. Desde cuándo te has vuelto tan puritano, Liam? Antes no te importaba el "lugar".
​—Las cosas cambian. Tengo mucho trabajo y poca paciencia hoy —respondí, soltando su muñeca.
​Ella me miró con curiosidad, sus ojos de experta escaneando mi despacho hasta detenerse en la pared de cristal que daba a la oficina de Elena. Por un segundo, temí que viera a la chica, pero Elena estaba de espaldas, sumergida en sus carpetas.
​—Tienes una energía extraña hoy. Como si estuvieras... acechando algo —comentó Alessandra mientras se levantaba y se ajustaba el vestido—. Te dejaré con tus números, pero no olvides que tenemos una cena pendiente.
​Cuando salió, sentí un alivio inmediato. Me levanté y caminé hacia el cristal espía. Alessandra era todo lo que se suponía que debía desear: éxito, belleza plástica y una moralidad tan flexible como la mía. Sin embargo, mientras la veía alejarse por el pasillo, mis ojos volvieron inevitablemente a la pequeña figura de gris que seguía luchando por hacer que mi mundo cuadrara.
​Alessandra era el pasado, una distracción conocida. Elena Petrova, en cambio, era el enigma que no me permitía apartar el dedo del gatillo.




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