Diamantes negros: El contrato del ático

5 El veneno de la curiosidad

_**Elena**_

El trayecto de vuelta a Queens se sintió más largo de lo habitual. En el metro, apretaba mi maletín contra el pecho como si contuviera secretos de estado, aunque técnicamente solo eran copias de registros que, legalmente, no debería haber sacado de la oficina. Pero la advertencia de Liam —esa frase sobre no forzar puertas— había tenido el efecto contrario: había encendido una alarma en mi cabeza que no me dejaba respirar.
​Al entrar en la panadería, el olor a pan caliente y el sonido de la radio de mi padre intentaron reconfortarme, pero me sentía como una extraña en mi propia casa.
​—¿Mucho trabajo, nena? —preguntó mi padre, viéndome subir las escaleras directamente hacia mi cuarto.
​—Solo quiero adelantar unas cosas, papá. Mañana será un día largo.
​Me encerré en mi habitación, despejé mi escritorio de madera vieja y encendí mi portátil personal. Saqué las hojas que había logrado imprimir antes de que Liam me interrumpiera. Gaelic Foundations & Logistics. El nombre sonaba tan genérico que era irritante.
​Empecé a rastrear.
​Primero, busqué la dirección fiscal que figuraba en los contratos: un edificio industrial en Long Island City. Abrí la vista de satélite. Era un almacén anodino, sin carteles, rodeado de una valla de alambre de espino. Nada que indicara que una empresa que recibía cincuenta mil dólares semanales operara allí.
​Luego, busqué los nombres de los directivos. Todos eran callejones sin salida: nombres comunes, direcciones que resultaban ser buzones de correos en Delaware. Pero entonces, cambié de táctica. Empecé a cruzar las fechas de los pagos de Gaelic con las noticias locales de los muelles de Nueva York.
​Mi corazón dio un vuelco.
​Cada martes, el día que salía el pago desde la constructora O'Shea, se registraba la entrada de un carguero específico en el muelle 44. No eran materiales de construcción. Los registros portuarios —mucho más difíciles de falsear que una hoja de contabilidad— hablaban de "maquinaria pesada" proveniente de Europa del Este, pero el tonelaje no coincidía con el espacio que ocupaban esos supuestos contenedores.
​—Estás lavando dinero, Liam —susurré para mí misma, sintiendo un frío repentino a pesar de la calefacción.
​La constructora era el frente perfecto. Los materiales de construcción son difíciles de auditar: es fácil decir que compraste mil toneladas de acero cuando solo compraste ochocientas y usaste el resto del dinero para "pagar" a una empresa fantasma por servicios que nunca existieron.
​De pronto, un anuncio emergente saltó en mi pantalla, un rastro de mi búsqueda anterior en la oficina. Era una noticia sobre la apertura de una nueva clínica estética en el SoHo. En la foto, Liam aparecía junto a una mujer espectacularmente bella, vestida de rojo. Ella le sostenía el brazo con una familiaridad que me revolvió el estómago de una forma que no supe explicar. Se veía tan segura, tan parte de su mundo... tan diferente a mí.
​Cerré la pestaña con un golpe seco. ¿Qué estaba haciendo? Estaba espiando a mi jefe, un hombre que tenía los recursos para aplastarme antes de que pudiera parpadear. Si Liam se enteraba de que estaba husmeando en los registros de los muelles desde mi dirección IP doméstica...
​Un escalofrío me recorrió la espalda. Miré hacia la ventana que daba a la calle. Por un segundo, me pareció ver un coche negro aparcado frente a la panadería, con las luces apagadas. Parpadeé y, al volver a mirar, el coche arrancaba lentamente.
​Podía ser una coincidencia. Queens estaba lleno de coches negros. Pero mientras guardaba los papeles bajo mi colchón, supe que la tranquilidad del fin de semana se había terminado para siempre. Ahora tenía una llave, y tal como Liam había predicho, no estaba segura de si me gustaba lo que estaba empezando a ver al otro lado de la puerta.

_**Liam**_

​El silencio de mi ático al llegar fue el primer alivio del día. Me deshice de la corbata y la arrojé sobre el sofá de cuero italiano. En mi despacho privado, la pantalla de mi terminal encriptada parpadeaba con una notificación: la dirección IP de Elena Petrova acababa de registrar actividad.
​—Tan predecible, Elena —susurré, viendo cómo intentaba rastrear las rutas de los cargueros desde su pequeño ordenador en Queens.
​Me serví un whisky, observando el mapa de calor de sus búsquedas. Era valiente, pero descuidada. Sabía exactamente qué estaba mirando: el desfase de peso en el muelle 44. Me gustaba que fuera ella quien lo encontrara; quería que sintiera el peso de la verdad antes de decidir si me denunciaría o si el brillo del dinero la silenciaría.
​Entré en la ducha, dejando que el agua casi hirviendo golpeara mis hombros. Necesitaba limpiar la irritación de la mañana, esa sensación de pérdida de control que solo ella lograba provocarme. Al salir, me vestí completamente de negro. Esta noche no era el CEO de la constructora; esta noche era el dueño de The Exchange.
​El club vibraba con un latido bajo y pesado que se sentía en los huesos. Atravesé la zona VIP sin mirar a nadie hasta llegar a mi suite privada en la planta superior. Alessandra ya estaba allí. No llevaba el vestido rojo de la oficina; vestía un conjunto de lencería de cuero negro que dejaba poco a la imaginación. En su mano, sostenía una copa de champán y una fusta corta de equitación.
​—Llegas tarde, Liam. Empezaba a pensar que los balances te habían retenido —dijo, con esa sonrisa felina que siempre precedía al caos.
​No respondí. No estaba de humor para juegos verbales. La tomé por la nuca con una mano, obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás, y la empujé contra la pared de terciopelo.
​—Cállate, Alessandra. No me hagas perder el tiempo —ordené. Mi voz era un gruñido frío.
​La hice arrodillarse. Mis manos, que horas antes habían estado a centímetros de la delicada piel de Elena, ahora se movían con una brusquedad mecánica. Alessandra jadeó cuando sintió el primer impacto de la fusta contra su muslo. Le gustaba el dolor, le gustaba la sumisión, y yo necesitaba alguien a quien romper para no terminar rompiendo a la contable de ojos avellana.
​La sujeté a las anillas de la pared. El sonido del metal chocando contra el cuero llenó la habitación. Alessandra gritaba mi nombre, suplicando por más, pero yo estaba en otro lugar. Mientras mi mano golpeaba rítmicamente su piel, marcándola, mi mente proyectaba una imagen prohibida: Elena bajo mi cuerpo, pero no así. No con la violencia que Alessandra buscaba, sino con una entrega que me hiciera sentir que finalmente había quebrado su moralidad de hierro.
​Alessandra llegó al clímax entre sollozos de placer, con el cuerpo temblando contra las ataduras. Yo ni siquiera me quité la camisa. La solté con una frialdad que la dejó desorientada en el suelo, buscando mi mirada.
​—Vístete. Me voy —dije, ajustándome los gemelos.
​—Ni siquiera te has quedado a disfrutar, Liam —se quejó ella, limpiándose el sudor de la frente—. Estás más distante que nunca. ¿Quién es ella?
​Me detuve en la puerta. Alessandra siempre había sido demasiado perspicaz.
​—No es nadie que deba preocuparte, Alessandra. Es solo... un intercambio que aún no he cerrado —respondí sin mirarla.
​Salí del club y le hice una señal a mi chófer.
—Pasa por Queens antes de ir al ático —ordené—. Quiero ver si la luz de su ventana sigue encendida.
​Mientras el coche se deslizaba por el puente de Queensboro, miré mis manos. Estaban marcadas por el esfuerzo de la sesión con Alessandra, pero por dentro, el hambre seguía intacta. Alessandra era solo un analgésico.




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