Diamantes negros: El contrato del ático

6 El precio de la necesidad

Elena

​La cena en casa de los Petrova nunca había sido tan amarga. El olor a estofado de mi madre, que solía ser el bálsamo de mis días, ahora me revolvía el estómago. Nico no había probado bocado; se limitaba a mirar el mantel con una palidez cadavérica que me ponía los pelos de punta.
​—Necesito dinero —soltó Nico de repente. Su voz fue un susurro roto que cortó el tintineo de los cubiertos—. Mucho dinero.
​Mi padre dejó el vaso sobre la mesa con una lentitud peligrosa.
—Nico, ya hablamos de esto. Te dimos lo que pudimos el mes pasado. La panadería no está para más sustos.
​—Papá, no me estás escuchando —Nico levantó la vista y, por primera vez, vi el terror puro en sus ojos—. No son mil ni dos mil dólares. Son ochenta mil. Y los necesito para el viernes.
​El silencio que siguió fue absoluto, un vacío de aire que nos dejó a todos sin aliento. Mi madre se llevó una mano a la boca, ahogando un sollozo. Mi padre se quedó petrificado, con la mirada fija en su hijo.
​—¿Ochenta mil dólares? —repetí yo, sintiendo que el mundo se inclinaba bajo mis pies—. Nico, ¡eso es casi el valor de la mitad de este edificio! ¿En qué demonios te has metido?
​—Me ofrecieron una inversión "segura", Elena. Un cargamento que se perdió... o eso dicen ellos. A los tipos que les debo no les importa la logística, solo quieren recuperar su capital más los intereses por las molestias. Si no pago, van a quemar este sitio con todos nosotros dentro. Me lo han dejado muy claro hoy.
​—Ya no podemos sacar más créditos, hijo —dijo mi padre, y su voz sonó vieja, derrotada—. Fui al banco el viernes. La panadería es el aval de todo lo que tenemos. Si pido un solo dólar más, el banco ejecutará la hipoteca y nos quedaremos en la calle. No tenemos ese dinero, Nico. Simplemente... no existe.
​Nico se hundió en la silla, escondiendo la cara entre las manos. Verlo así, tan pequeño y destruido, me dolió más que su propia estupidez. Mi madre empezó a llorar abiertamente, y mi padre se limitó a mirar sus manos callosas por el trabajo, manos que ya no podían salvar a su familia.
​—Yo buscaré una solución —dije, rompiendo el silencio. Mi voz sonó extraña, como si no fuera mía.
​—No, Elena —mi padre me miró con una seriedad que me heló la sangre—. No quiero que te acerques a nadie por esto. No quiero que pidas favores ni que cargues con la culpa de tu hermano. Nico ha tomado sus decisiones y nosotros... nosotros buscaremos cómo salir de esta, aunque tengamos que vender el horno. Pero tú quédate fuera.
​Subí a mi habitación sin decir nada más. La prohibición de mi padre me escocía en la piel. Sabía que "vender el horno" no era suficiente. Ochenta mil dólares en cuatro días era una sentencia de muerte para el legado de mi familia.
​Me senté en el suelo, apoyando la espalda contra la cama, y saqué de mi bolso el sobre con el membrete de O'Shea Construction. Miré la cifra de mi salario anual, la que me había parecido una fortuna hacía solo unos días. No era suficiente. Ni siquiera con los bonos.
​Sin embargo, ahí estaba la tarjeta dorada. El brillo del metal bajo la lámpara de mi mesita de noche parecía una burla. Tenía a mi alcance a un hombre que movía millones como si fueran calderilla, un hombre que vivía en un mundo donde ochenta mil dólares no pagaban ni el mármol de su baño.
​No sabía cómo iba a pedírselo, ni qué precio me exigiría él a cambio. Lo único que sabía es que la honestidad ya no era una opción cuando el techo de mis padres estaba a punto de derrumbarse. El lunes por la mañana, cuando entrara en esa oficina, ya no sería la chica que buscaba una oportunidad profesional. Sería una mujer buscando un milagro, y sabía que Liam O'Shea no regalaba milagros; él los vendía.

Liam

​El lunes por la mañana, el aire en la planta 58 se sentía cargado, como si la presión atmosférica hubiera bajado de golpe. Me senté tras mi escritorio, observando las pantallas de seguridad. No necesitaba que nadie me contara lo que había pasado el fin de semana en Queens; mis hombres habían cumplido su función.
​Sobre mi mesa reposaba un informe de una sola página. Nico Petrova. Deuda de juego y mercancía perdida con una de las bandas subsidiarias de los muelles. Ochenta mil dólares. Plazo: viernes.
​Una sonrisa gélida curvó mis labios. El destino, o quizás mi cuidadosa planificación de piezas en el tablero, me había entregado a Elena en bandeja de plata. El viernes era una contable curiosa con principios; hoy, sería una mujer desesperada. Y la desesperación es la mejor moneda de cambio que existe.
​Escuché el sonido de los tacones de Elena en el pasillo. No era el paso firme y rítmico de la semana pasada. Había una vacilación, una pesadez en cada pisada que delataba el peso que llevaba sobre los hombros. Cuando la puerta de su oficina se abrió, me levanté y caminé hacia el cristal espía.
​Se quitó el abrigo con movimientos mecánicos. Tenía ojeras marcadas bajo los ojos y una palidez que no era producto de las luces fluorescentes. Se sentó frente al ordenador, pero no encendió la pantalla de inmediato. Se quedó mirando el vacío, con las manos entrelazadas con tanta fuerza que los nudillos le blanqueaban.
​Era el momento.
​Abrí la puerta comunicante sin llamar. Esta vez no hubo sobresalto eléctrico por su parte, solo una lenta elevación de la mirada. Sus ojos avellana estaban nublados, carentes del fuego desafiante que tanto me había irritado y atraído a la vez.
​—Llega tarde, señorita Petrova —dije, apoyándome en el marco de la puerta con una indiferencia fingida—. Y parece que ha pasado el fin de semana peleándose con fantasmas.
​Ella tragó saliva, y vi cómo su garganta se movía con dificultad. Intentó recomponer su máscara profesional, pero estaba rota por demasiados sitios.
​—Lo siento, señor O'Shea. No volverá a ocurrir —su voz era un hilo fino, desprovisto de su seguridad habitual.
​Me acerqué a su mesa, rodeándola como un lobo que marca su territorio. Me incliné hacia ella, obligándola a percibir mi cercanía, mi poder, el hecho de que yo era la única salida en su callejón sin salida.
​—Olvídese de los horarios —susurré, bajando el tono hasta que se volvió una vibración íntima—. Usted y yo sabemos que hoy no ha venido aquí a cuadrar las cuentas de Gaelic Foundations. Ha venido a pedir algo.
​Ella se tensó, sus ojos buscándome con una mezcla de sorpresa y terror.
​—No sé de qué me está hablando...
​—No me mienta, Elena. Me aburre la gente que miente cuando no tiene nada que ganar —la corté, dejando que la frialdad de mi voz llenara el espacio entre los dos—. Su hermano Nico ha sido muy descuidado. Ochenta mil dólares es una cifra muy alta para una panadería, pero una absoluta insignificancia para mí. Podría hacer que esa deuda desapareciera antes de que usted termine su café.
​Vi cómo se le escapaba un pequeño jadeo. La mención de la cifra exacta la desarmó por completo. El secreto que ella creía guardar estaba ahora sobre la mesa, brillando bajo la luz de la oficina.
​—¿Cómo... cómo lo sabe? —preguntó, con la voz quebrada.
​—Eso no importa. Lo que importa es lo que usted está dispuesta a hacer para que su familia duerma tranquila el viernes por la noche —me senté en el borde de su escritorio, invadiendo su espacio personal sin piedad—. El intercambio ya no es solo sobre contabilidad, Elena. Ahora es personal.
​Le tendí la mano, no para tocarla, sino como una invitación al abismo.
​—Dígalo. Pídalo. Deje que el orgullo de Queens se hunda y dígame qué necesita de mí.




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