Diamantes negros: El contrato del ático

7 El pacto del diablo

**_Elena_**

​Escuchar la cifra de ochenta mil dólares salir de sus labios fue como sentir el frío del acero contra mi garganta. Él lo sabía. No sé cómo, ni desde cuándo, pero Liam O'Shea poseía mi secreto antes incluso de que yo terminara de procesarlo. Me sentí desnuda bajo su mirada azul, despojada de mi dignidad y de esa falsa armadura de profesionalidad que me había puesto esa mañana.
​—¿Cómo lo sabe? —mi voz apenas fue un susurro, un eco de la derrota.
​Él no respondió a la pregunta. No lo necesitaba. En su mundo, la información era tan solo otra herramienta de tortura. Lo vi sentarse en el borde de mi escritorio, tan cerca que podía oler el aroma de su perfume, una mezcla de sándalo y algo metálico que me mareaba.
​—Dígalo, Elena —insistió él, su voz era una caricia peligrosa—. Pida el milagro.
​Cerré los ojos un segundo. Vi el rostro de mi padre envejecido por la angustia y las lágrimas de mi madre en la cocina. El orgullo, ese estúpido orgullo de Queens que me dictaba que debía levantarme y abofetearlo, se evaporó. Solo quedaba la necesidad pura y dura.
​—Necesito... —empecé, pero las palabras se me atascaron. Me obligué a tragar el nudo de mi garganta y volví a mirarlo—. Necesito que se haga cargo de la deuda de mi hermano. Él no... mi familia no puede pagarla. Si no lo hacen, lo perderemos todo.
​Liam ladeó la cabeza, observándome como si fuera un experimento interesante.
​—Puedo hacerlo —dijo con una sencillez aterradora—. Ochenta mil dólares no son nada para mí. Pero usted es contable, Elena. Sabe que nada es gratis. Si yo saldo esa deuda, si garantizo la seguridad de su hermano y la propiedad de esa panadería... ¿qué obtengo yo a cambio?
​—Le devolveré cada centavo —dije con rapidez—. Descuéntelo de mi sueldo, trabajaré horas extras, haré lo que sea necesario en los libros de contabilidad...
​Él soltó una risa seca, sin rastro de humor. Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio hasta que nuestras respiraciones se mezclaron.
​—No me ha entendido. No quiero su dinero, Elena. Eso es lo que más me sobra —su mano se movió, no para tocarme, sino para atrapar un mechón de mi pelo que se había soltado del moño—. Quiero su lealtad absoluta. Quiero que, a partir de este momento, usted sea mis ojos y mis manos en este edificio. Y quiero... —hizo una pausa, y sus ojos bajaron a mis labios antes de volver a clavarse en los míos— que esté disponible para mí. Siempre. Sin preguntas. Sin juicios.
​El aire se volvió pesado. "Sin preguntas. Sin juicios". Sabía perfectamente a qué se refería. No solo quería que ocultara sus movimientos financieros en Gaelic Foundations; quería mi voluntad. Quería que cruzara la línea hacia su oscuridad y que me quedara allí con él.
​—¿Qué quiere decir con "disponible"? —pregunté, aunque mi corazón ya latía desbocado contra mis costillas.
​—Quiere decir que si te necesito a las tres de la mañana, vendrás. Que si te ordeno que me acompañes a un sitio, lo harás sin cuestionar mis motivos. Que si te pido que mientas por mí, lo harás mejor que nadie —Liam se levantó, recuperando su altura imponente—. Te estoy ofreciendo la salvación de tu familia a cambio de tu libertad personal. Es un intercambio justo, ¿no crees?
​Miré la tarjeta dorada que aún estaba sobre la mesa. Representaba la libertad de Nico y el descanso de mis padres. Y frente a ella, estaba el precio: yo.
​—Acepto —dije, y sentí como si estuviera firmando mi propia sentencia.
​—Buena chica —murmuró él. Por un segundo, su mano rozó mi mejilla, una caricia breve y eléctrica que me dejó temblando—. Tu hermano ya no tiene deuda. Mis hombres se encargarán de que los cobradores desaparezcan hoy mismo. Pero recuerda, Elena... ahora me perteneces a mí.
​Se dio la vuelta y volvió a su despacho, dejándome sola en la oficina de cristal. Me llevé las manos a la cara, tratando de respirar. Había salvado a mi familia, pero al mirar mis manos, sentí que ya no eran mías. El intercambio se había consumado.

Liam

​Cerré la puerta de comunicación y me quedé un momento apoyado en la madera, escuchando el silencio roto por la respiración agitada de Elena al otro lado. Su "acepto" había sido apenas un susurro, pero para mí sonó como el estallido de una victoria largamente planeada.
​Caminé hacia mi escritorio y pulsé el botón de línea directa con Killian, mi jefe de seguridad y el hombre que se encargaba de que la suciedad de Nueva York no salpicara mi traje.
​—Dime —la voz de Killian era tan áspera como la grava.
​—Nico Petrova. La deuda de ochenta mil con los chicos de la calle 12 —dije, mirando por el ventanal hacia el horizonte de Manhattan—. Cánclala. Dile a esos animales que si vuelven a acercarse a la panadería o al chico, consideraré que están robándome a mí personalmente.
​Hubo un silencio al otro lado de la línea. Killian no solía cuestionar mis órdenes, pero esta vez dudó.
​—Está hecho, Liam. Pero... —hizo una pausa— he estado revisando el perfil de la chica. Elena no es como las otras que han pasado por tu despacho. Es inteligente, tiene un historial limpio y una voluntad de hierro. Si en algún momento decide que el precio de salvar a su hermano es demasiado alto, o si descubre demasiado sobre Gaelic Foundations... podría ser peligrosa. Una mujer con principios y nada que perder es un problema que no necesitamos.
​—La tengo donde quería, Killian —respondí, aunque una chispa de duda se encendió en mi mente—. Ahora me debe la vida de su familia. Eso es un vínculo más fuerte que cualquier contrato.
​—El miedo funciona hasta que el odio lo supera —sentenció Killian—. Solo asegúrate de que sepa quién tiene la correa. Si no quiere cumplir con su parte cuando las cosas se pongan feas, nos arrepentiremos de no haber dejado que esos matones quemaran la panadería.
​Colgué sin despedirme. Las palabras de Killian flotaban en el aire como humo denso. "Peligrosa". Me acerqué al cristal espía y la vi. Elena estaba sentada, con la cabeza entre las manos, una imagen de derrota absoluta.
​Sin embargo, recordé el fuego en sus ojos cuando me desafió el primer día. Killian tenía razón en algo: ella no era una pieza inerte. Era una variable impredecible. ¿Qué pasaría cuando se diera cuenta de que mi "disponibilidad" no era solo laboral? ¿Qué pasaría si su brújula moral despertaba y decidía que hundirme valía el sacrificio de su propia seguridad?
​Me senté en mi sillón y abrí un cajón cerrado con llave. Saqué una pequeña carpeta con fotos de ella: riendo en la panadería, caminando por Queens, graduándose con honores. Era tan pura que dolía mirarla.
​—Si intentas morderme, Elena... —susurré para mí mismo— me aseguraré de que sea lo último que hagas con libertad.
​Pero en el fondo, una parte de mí deseaba que lo intentara. Quería verla luchar. Quería ver cuánto de esa luz se apagaría antes de que aceptara que, en mi mundo, la única forma de sobrevivir era volverse tan oscura como yo.




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