_**Elena**_
El tiempo en la oficina de O'Shea se convirtió en un borrón de cifras y silencios tensos. Durante esa semana, Liam apenas me dirigió la palabra, pero sentía su vigilancia constante, como una sombra que me pisaba los talones. El miércoles supe que Nico estaba a salvo; volvió a casa con el rostro pálido pero ileso, jurando que "un ángel de la guarda" se había ocupado de todo.
Ese ángel vivía en la planta 58 y ahora era el dueño de mi vida.
El viernes por la tarde, mientras recogía mis cosas, Liam apareció en el umbral de mi oficina. No traía carpetas ni informes.
—Mañana a las nueve. Pasaré a buscarla por su casa —dijo, con esa voz que no admitía réplicas—. Tenemos una reunión de negocios que requiere su... discreción técnica. Póngase algo elegante, pero sobrio.
Pasé el sábado en un estado de ansiedad creciente. Mis padres estaban felices, creyendo que mi nuevo trabajo era una bendición, sin saber que cada dólar que salvaba a Nico era un eslabón más en mi cadena. Cuando el coche negro de Liam se detuvo frente a la panadería a las nueve en punto, sentí que me subía a un patíbulo.
El trayecto fue silencioso. No nos dirigimos hacia los rascacielos de cristal de Midtown, sino hacia una zona industrial de naves reconvertidas, donde las luces de neón eran escasas y el ambiente se sentía pesado. El coche se detuvo frente a una fachada de ladrillo visto, sin letreros, solo una puerta de hierro macizo con un pequeño visor.
—¿Aquí es la reunión? —pregunté, frunciendo el ceño al bajar del coche.
—Bienvenida a The Exchange, Elena —respondió él, colocándome una mano en la base de la espalda y empujándome suavemente hacia la entrada.
Al cruzar el umbral, el mundo exterior desapareció. El aire estaba cargado de un perfume caro, incienso y un latido de música electrónica muy bajo que parecía vibrar en el estómago. Las paredes eran de terciopelo oscuro y la iluminación, de un rojo violáceo profundo, apenas permitía ver el final de los pasillos.
Me quedé helada en mitad del vestíbulo. A través de unas arcadas, vi a una mujer joven caminando con un collar de cuero, guiada por un hombre que vestía un traje impecable. En otra esquina, una pareja conversaba mientras ella sostenía una fusta de equitación con una naturalidad que me dio escalofríos.
—¿Qué es esto? —susurré, sintiendo que mis piernas se volvían de plomo.
Liam se colocó detrás de mí, tan cerca que pude sentir el calor de su aliento en mi oreja.
—Es un club de intercambio, Elena. Pero no de la forma en que tú lo entiendes. Aquí la gente viene a intercambiar poder —hizo una pausa, dejando que mis ojos se acostumbraran a las sombras—. Es un santuario BDSM. Las personas que ves aquí, muchos de ellos socios con los que te cruzas en la oficina, vienen para soltar el peso de sus responsabilidades o para reclamar un control que la sociedad no les permite ejercer fuera.
Me giré para mirarlo, con los ojos muy abiertos por el shock.
—¿Me ha traído a un... a un club de sexo para una reunión de negocios?
—No es un club de sexo, es un club de voluntades —me corrigió con una frialdad cortante—. Los hombres con los que nos vamos a reunir hoy no hablan de negocios en salas de juntas con cámaras. Hablan aquí, donde sus secretos están tan expuestos como los nuestros. Aquí nadie juzga, porque todos están atados por el mismo hilo de oscuridad.
Él me tomó de la barbilla, obligándome a sostenerle la mirada bajo la luz roja.
—Usted está aquí porque hoy será mi contable de confianza en una transacción que no existe en los libros oficiales. Y porque quiero que vea, de una vez por todas, en qué mundo se ha metido al aceptar mi ayuda. No se aleje de mi lado. En este lugar, Elena, usted no es una empleada... es mi protegida. Y nadie toca lo que es mío.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. Liam no me estaba enseñando solo un negocio; me estaba enseñando mi futuro.
_**Liam**_
Caminar por los pasillos de The Exchange con Elena a mi lado era como llevar una virgen a un nido de lobos. Podía sentir su rigidez, el modo en que evitaba mirar a través de los arcos de terciopelo. Pero yo no iba a permitírselo. Quería que viera la cruda realidad del poder.
La obligué a detenerse frente a una de las salas de exhibición. Tras el cristal, una pareja se entregaba a un juego de cuerdas y sumisión que hacía que los azotes resonaran con un eco rítmico.
—No cierres los ojos, Elena —le susurré al oído, colocando mi mano en su cintura para impedir que se diera la vuelta—. Míralos. No hay vergüenza en el deseo, solo en la debilidad de negarlo.
Vi cómo sus mejillas se encendían, pero lo que más me interesaba no era su rubor. Bajé la mirada y noté cómo su respiración se volvía errática. Sus pupilas estaban dilatadas y, aunque intentaba taparse la cara con una mano, su cuerpo la estaba traicionando. El calor que emanaba de ella era diferente al del miedo; era una vibración baja, un despertar que ella intentaba sofocar.
—Lo sientes, ¿verdad? —le dije, rozando con mis dedos la curva de su cadera—. El aire aquí está cargado de adrenalina y sumisión. Tu cuerpo sabe dónde estás, aunque tu mente intente luchar contra ello.
Sabía que estaba excitada. La tensión en sus muslos y el modo en que se humedecía los labios me lo confirmaban. Me deleitaba saber que yo era el arquitecto de ese caos interno.
La Reunión
Llegamos a la zona privada, un salón custodiado por dos de mis hombres donde el humo de los puros y el olor a cuero viejo dominaban el ambiente. Allí nos esperaba Mikhail, un inversor ruso con manos demasiado largas y una reputación de no aceptar un "no" por respuesta.
Nos sentamos. Elena sacó su tableta, intentando refugiarse en las hojas de cálculo para ignorar el entorno. Pero Mikhail no tenía interés en los balances. Sus ojos recorrieron a Elena con una lascivia que hizo que mis instintos de protección —y de posesión— se tensaran como cuerdas de piano.
—Liam, siempre has tenido buen gusto para la arquitectura... pero esta pieza es excepcional —dijo Mikhail, extendiendo una mano para intentar tocar el brazo de Elena sobre la mesa—. Dime, preciosa, ¿cuántos ceros tengo que escribir para que me expliques tú misma estas cuentas en mi hotel?
Elena se quedó petrificada, el color desapareciendo de su rostro mientras se encogía en su asiento.
No necesité levantar la voz. Ni siquiera me moví de mi silla. Simplemente dejé mi vaso de whisky sobre la mesa con una calma glacial y clavé mis ojos en los suyos. El aire en la habitación pareció congelarse.
—Mikhail, retira la mano si quieres conservar los dedos para firmar el contrato, porque lo que es mío no está en venta ni en alquiler.
El ruso se quedó helado. La sonrisa desapareció de su cara al ver la promesa de muerte en mi mirada. Sabía que no era una amenaza vacía; era una sentencia. Lentamente, retiró la mano y se aclaró la garganta, volviendo su atención a los documentos.
Miré de reojo a Elena. Estaba temblando, pero sus ojos buscaron los míos por un segundo. En esa mirada no solo vi alivio; vi que empezaba a comprender que estar bajo mi control era, paradójicamente, el único lugar seguro en este mundo de lobos.
—Continúe con el informe, señorita Petrova —ordené, con el tono profesional recuperado—. Tenemos una larga noche por delante.