**Elena**
Me encerré en el baño, pero no encontré el silencio que buscaba. Las paredes no eran lo suficientemente gruesas para ocultar los gemidos, los azotes rítmicos y los susurros de súplica que llenaban el club. Cada sonido se sentía como un roce directo sobre mi piel.
Me apoyé en el lavabo de mármol frío, temblando. Mi cuerpo era un campo de batalla. Había tenido una relación antes, algo dulce y predecible, pero aquello no se parecía en nada a lo que estaba experimentando ahora. Era un fuego líquido que nacía en mi vientre y se extendía hacia mis muslos, una urgencia que me hacía sentir avergonzada y viva al mismo tiempo.
—Control de daños, Elena. Solo son números... solo es trabajo —susurré, abriendo el grifo.
Me eché agua fría en la cara, intentando apagar el incendio interno. El contraste del agua helada contra mi piel ardiente me hizo jadear. Al levantar la vista hacia el espejo para secarme, el corazón se me detuvo.
Liam estaba allí.
No lo había oído entrar. Estaba apoyado contra la puerta cerrada, observándome con una intensidad depredadora que hizo que el baño se sintiera del tamaño de una celda. Se acercó con esa elegancia letal, acortando la distancia hasta que su pecho rozó mi espalda húmeda.
—El agua fría no va a funcionar, Elena —su voz era un murmullo oscuro que vibró directamente en mi nuca—. Tu cuerpo ha dejado de obedecer a tu mente hace mucho rato.
Sentí sus manos en mis hombros, bajando lentamente por mis brazos hasta atrapar mis muñecas contra el mármol. Me obligó a mirar nuestro reflejo: él, impecable y oscuro; yo, deshecha y con los ojos brillantes de una necesidad que ya no podía ocultar.
—Liam, por favor... —no sabía si le estaba pidiendo que se detuviera o que continuara.
—¿Por favor, qué? —preguntó, inclinando mi cabeza hacia un lado para morder suavemente el lóbulo de mi oreja—. ¿Quieres que cumpla mi parte del trato? ¿Quieres que te enseñe por qué este lugar te hace sentir así?
Su mano bajó por mi vientre, firme y segura, hasta que la sentí deslizarse bajo la seda de mi ropa interior. Solté un jadeo que se perdió en el eco de los azulejos. Estaba empapada, una prueba física de mi traición a mis propios principios. Cuando sus dedos me tocaron, mi espalda se arqueó instintivamente hacia él.
—Mírate —ordenó él, obligándome a mantener los ojos abiertos en el espejo—. Estás gimiendo por el hombre que te compró, Elena. Estás ardiendo por el mismo demonio que te advirtió que no forzaras la puerta.
No pude responder. Mis labios solo podían articular gemidos entrecortados mientras sus dedos se movían con una maestría cruel, llevándome a un borde que no sabía que existía. El fuego que había sentido toda la noche estalló en una oleada de placer que me hizo flaquear las piernas, obligándome a sostenerme únicamente por la presión de su cuerpo contra el mío.
En ese momento, entre las sombras de un club BDSM y el peso de una deuda de ochenta mil dólares, comprendí la verdad: Liam O'Shea no solo era mi dueño legal. Se había convertido en el dueño de mi deseo, y esa era una esclavitud mucho más peligrosa.
_**Liam**_
Vi cómo el coche desaparecía tras la esquina y me quedé solo bajo la luz mortecina del callejón. El deseo me quemaba las entrañas. Tenía la mano todavía caliente por el cuerpo de Elena, impregnada de su aroma a vainilla y excitación, y la rabia me consumía. La quería a ella, pero no podía permitirme romperla del todo esa noche; no quería que se acostumbrara demasiado pronto al placer que yo podía darle.
—¿Buscando la paz que no encuentras en los balances, Liam?
La voz de Alessandra llegó desde las sombras, cargada de una ironía que conocía demasiado bien. Se acercó a mí, envuelta en un abrigo de piel que no ocultaba sus intenciones. Había estado en el club toda la noche, observando, esperando el momento en que mi autocontrol se resquebrajara.
—No estoy de humor para juegos, Alessandra —gruñí, agarrándola del brazo y arrastrándola hacia la entrada privada de mi suite en el club.
—No pareces buscar humor —murmuró ella mientras cerraba la puerta tras nosotros—. Pareces buscar sangre.
No le di tiempo a quitarse el abrigo. La empujé contra el escritorio de caoba, el mismo donde horas antes había cerrado negocios de millones de dólares. Mis movimientos eran salvajes, despojados de cualquier rastro de la elegancia que solía exhibir. No era a Alessandra a quien quería someter; en mi mente, la figura que estaba bajo mi cuerpo era la contable de ojos asustados y piel de seda.
Me deshice de mi cinturón y la obligué a girarse, hincándola de rodillas sobre la madera. Alessandra soltó una carcajada ronca que se convirtió en un jadeo cuando la penetré con una brusquedad que le cortó el aliento. No hubo preliminares, no hubo ternura. Mis manos se cerraron sobre sus caderas con una fuerza que dejaría marcas, pero en la oscuridad de mis ojos cerrados, el cabello rubio de Alessandra se volvía castaño.
—Dime mi nombre, Liam —suplicó ella, con la cara aplastada contra los documentos de la mesa.
Pero yo no podía decir su nombre. Porque si abría la boca, el nombre que escaparía de mis labios sería el de Elena.
Cada embestida era un intento de purgar la imagen de Elena en el baño del club. El sexo con Alessandra era atlético, experto y vacío; un intercambio de fluidos y fricción que solo servía para calmar la bestia física. La azoté con la mano abierta, buscando en sus gritos de placer el eco de los gemidos de Elena, tratando de engañar a mis sentidos. La habitación olía a sudor y a ese perfume floral de Alessandra que ahora me resultaba casi repulsivo por lo artificial que era.
Cuando llegué al clímax, fue una explosión violenta que me dejó vacío de energía pero lleno de odio. Me aparté de ella de inmediato, abrochándome los pantalones mientras recuperaba el aliento. Alessandra se quedó sobre la mesa, desaliñada y satisfecha, mirándome con una mezcla de fascinación y triunfo.
—Ella te ha hecho algo —dijo ella, ajustándose la lencería de cuero—. Nunca habías sido tan... primitivo. Quienquiera que sea esa chica de Queens, Liam, te está volviendo loco.
—Cállate —respondí, dándole la espalda para servirme un whisky.
Me miré las manos. Estaban marcadas por la piel de Alessandra, pero mi mente seguía en el coche que iba camino a la panadería. Había usado a Alessandra como una válvula de escape, un sustituto barato para la mujer que realmente deseaba poseer. Había tenido el sexo más salvaje de los últimos meses y, sin embargo, el hambre por Elena Petrova solo se había vuelto más voraz.
Había salvado a su hermano, había comprado su lealtad y ahora, tras tocarla en aquel baño, sabía que solo era cuestión de tiempo antes de que no necesitara sustitutas para calmar el fuego que ella misma había encendido.