Diamantes negros: El contrato del ático

10 Lagunas y relámpagos

**Elena**

​El tequila en Astoria sabía a libertad, o al menos a eso quería que supiera. Después de tres rondas, las luces del bar empezaron a desdibujarse y las risas de mis amigas se sentían como un eco lejano. Necesitaba apagar la voz de Liam en mi cabeza, la sensación de sus manos y el peso de mi propia traición.
​Llegué a casa de madrugada. El silencio de mi habitación en Queens era asfixiante. Me desplomé en la cama, todavía vestida, con el mundo dando vueltas a una velocidad insoportable. Mi mano buscó el teléfono por puro instinto, impulsada por un deseo que el alcohol había despojado de toda vergüenza.
​Marqué su número. No hubo marcha atrás.
​—¿Diga? —La voz de Liam sonó al otro lado, tan nítida y fría que me hizo estremecer.
​—Eres un monstruo, Liam... —murmuré, hundiendo la cara en la almohada—. Un monstruo egoísta que me ha robado la paz.
​Escuché un silencio denso, y luego su respiración pausada.
—Estás borracha, Elena. ¿Es para esto para lo que me llamas a las tres de la mañana?
​—Te llamo porque te odio. Te odio por lo que hiciste con mi hermano... pero te deseo tanto que no puedo respirar. No dejo de tocarme pensando en ti. Quiero que estés aquí. Quiero que me quites esta sensación.
​—¿Ah, sí? —su voz bajó de tono, volviéndose una caricia peligrosa—. Entonces no cuelgues. Hazlo ahora. Pon tu mano donde yo la puse en el baño y cuéntame qué sientes. Imagina que soy yo quien te sostiene.
​Lo hice. En mitad de mi embriaguez, su voz dictaba mis movimientos. Me perdí en un laberinto de jadeos y palabras crudas que él me obligaba a pronunciar.
—Liam... por favor... —gemí, apretando el teléfono contra mi oreja como si fuera un salvavidas.
​—Dime mi nombre, Elena. Grita quién es tu dueño —ordenó él.
​Cuando el clímax me golpeó, fue como una descarga eléctrica que me dejó sin fuerzas. Me quedé dormida con el teléfono aún en la mano, sumida en un vacío negro donde el nombre de Liam O'Shea era lo único que quedaba en pie.
​A la mañana siguiente
​Me desperté con la cabeza a punto de estallar y un sabor amargo en la boca. El sol golpeaba mis ojos con una crueldad infinita. Me senté en la cama, frotándome las sienes, tratando de reconstruir la noche. Recordaba el bar, las risas, el tercer tequila... y luego, nada. Una laguna blanca cubría el resto de la noche.
​Miré mi teléfono. "Llamada realizada: 4 minutos". El número no tenía nombre, pero no le di importancia. "Seguro que llamé a Nico para ver si estaba bien", pensé, dejando el móvil a un lado. Me sentía extrañamente ligera, como si hubiera purgado algo. Me duché, me puse mi traje gris de batalla y me recogí el pelo con la precisión de siempre. Estaba lista para ser la contable perfecta otra vez.
​Al llegar a la oficina, la planta 58 estaba en pleno silencio. Me senté en mi escritorio y empecé a organizar las facturas de Gaelic Foundations. Estaba sumergida en los números cuando un repartidor joven, con el uniforme de una mensajería rápida, se detuvo frente a mi mesa con un paquete grande.
​—¿Elena Petrova? —preguntó, apoyándose en el borde de mi escritorio con una sonrisa demasiado confiada.
​—Sí, soy yo. Firmo aquí, ¿verdad? —dije, tratando de ser amable a pesar de mi dolor de cabeza.
​El chico no me pasó el bolígrafo. Se quedó mirándome, recorriéndome con la mirada de una forma que en otro momento me habría parecido inofensiva, pero que hoy me irritaba.
​—Vaya, no sabía que en estas oficinas tan serias trabajaran chicas como tú —dijo, bajando la voz—. Si supiera que todas las entregas son así, vendría cada hora. ¿A qué hora sales? Podríamos tomar algo por aquí cerca.
​Forcé una sonrisa profesional.
—Tengo mucho trabajo, gracias. Si me das el albarán...
​—Vamos, no seas tan estricta. Un café no le hace daño a nadie, y tú pareces de las que saben divertirse —insistió él, inclinándose un poco más hacia mí.
​—Ella no va a tomar café contigo. Ni hoy, ni nunca.
​La voz de Liam cortó el aire como un látigo. Me sobresalté tanto que casi tiro la pantalla del ordenador. Estaba de pie en la puerta de su despacho, impecable, con las manos en los bolsillos y una expresión de furia gélida que hizo que el repartidor se pusiera pálido al instante.
​—Señor O'Shea, solo estaba... —balbuceó el chico, dando un paso atrás.
​—Estaba perdiendo mi tiempo y el de mi empleada —dijo Liam, caminando hacia nosotros con una lentitud amenazante—. Deja el paquete, lárgate de este edificio y asegúrate de que tu empresa envíe a alguien con más modales la próxima vez. O me encargaré personalmente de que no vuelvas a repartir ni un sobre en todo Manhattan.
​El repartidor soltó el paquete sobre la mesa, balbuceó una disculpa y casi salió corriendo hacia el ascensor.
​Me quedé helada, con el corazón martilleando. Liam se quedó frente a mi mesa, mirándome con una intensidad que no entendía.
​—No permitas que la basura te distraiga de tus obligaciones, Elena —dijo, y su voz tenía un matiz extraño, una mezcla de posesión y algo que no supe identificar—. Especialmente después de la noche tan... ajetreada que has tenido.
​—¿Ajetreada? —pregunté, frunciendo el ceño—. Solo salí con unas amigas, señor. No sé a qué se refiere.
​Liam se inclinó sobre mi mesa, reduciendo la distancia hasta que pude oler su perfume. Una sonrisa lenta y cruel apareció en sus labios.
​—¿De verdad no lo recuerdas? —susurró—. Es una lástima. Yo todavía tengo tus gemidos grabados en el oído. Deberías tener más cuidado con a quién llamas cuando el tequila te suelta la lengua.
​El mundo se detuvo. Un flash de la noche anterior me golpeó la mente: mi voz, mi cama, la oscuridad... y Liam al otro lado de la línea. Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

**Liam**

​Disfruté ver cómo la sangre abandonaba el rostro de Elena. Sus ojos avellana, antes llenos de una falsa seguridad profesional, ahora reflejaban un pánico delicioso. Me encantaba tener ese poder sobre ella; la capacidad de recordarle que, incluso cuando cree estar a salvo en su mundo de Queens, mi voz sigue resonando en su subconsciente.
​—¿Señor O’Shea? —tartamudeó ella, buscando aire.
​Me incliné un poco más, saboreando su derrota, pero el sonido de unos tacones metálicos golpeando el mármol del pasillo me obligó a enderezarme.
​—Liam, siempre tan encantador con el personal —la voz de Alessandra cortó el momento como un cristal roto.
​Elena aprovechó la interrupción para bajar la mirada hacia sus papeles, sus manos temblando de forma casi imperceptible. Alessandra entró en mi despacho sin invitación, vestida con un traje de sastre blanco que gritaba pureza, una ironía que no pasó desapercibida para mí.
​—Fuera —le dije a Elena sin mirarla. Ella no necesitó que se lo repitiera dos veces; recogió sus cosas y salió de la estancia como si el suelo quemara.
​Cerré la puerta de mi despacho y me serví un whisky, ignorando la presencia de Alessandra hasta que estuve sentado tras mi escritorio.
​—¿Qué quieres, Alessandra? Estoy en medio de una auditoría.
​Ella no se sentó. Caminó hacia el ventanal, mirando hacia el Empire State con una rigidez que no era propia de ella. Se giró lentamente, y vi que su máscara de confianza habitual tenía grietas.
​—Me caso, Liam —soltó de golpe.
​Mantuve mi expresión neutral. No moví ni un solo músculo.
—Felicidades. Supongo que el afortunado es Julian Vane. Un hombre predecible, con una fortuna estable. Una elección inteligente para tus clínicas.
​Alessandra se acercó al escritorio, apoyando ambas manos sobre la madera, buscándome. Sus ojos brillaban con una mezcla de desesperación y desafío.
​—He venido a decirte que, si vas a hacer algo, este es el momento. Si quieres que me quede, si vas a decirme que lo que tenemos... lo que sea que hayamos compartido estos años, significa algo más que una transacción física... dímelo ahora. Detén esto, Liam.
​La miré en silencio durante lo que parecieron siglos. Recordé nuestra noche en el club, cómo la usé para purgar la imagen de Elena de mi mente. Alessandra era una compañera de guerra, una mujer que entendía la oscuridad. Pero no era ella quien me llamaba borracha a las tres de la mañana para confesarme su odio y su deseo. Alessandra era el pasado, y yo nunca vuelvo atrás.
​Una risa seca, breve y gélida escapó de mi garganta.
​—¿Detenerte? —negué con la cabeza suavemente—. Alessandra, eres una mujer de negocios. Sabes que nunca invierto en activos que ya no me ofrecen novedades. Julian es un buen hombre para ti. Te dará la estabilidad que yo nunca tuve la intención de ofrecerte.
​El rostro de Alessandra se tensó, una lágrima solitaria amenazó con caer, pero la contuvo con rabia.
—Eres un bastardo sin corazón. Estás obsesionado con esa... esa contable de barrio. Te va a destruir, Liam. Ella no entiende nuestro mundo.
​—Ese no es tu problema —respondí, levantando mi vaso en un brindis silencioso—. Te deseo suerte en tu matrimonio, Alessandra. Espero que el vestido sea tan blanco como tu nueva vida.
​Ella no dijo nada más. Se dio la vuelta y salió del despacho con la espalda recta, pero con la derrota pesando en cada paso. Cuando la puerta se cerró, me quedé mirando el cristal que me separaba de Elena.




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