**Elena**
Me senté frente a la pantalla en el despacho de Liam, sintiendo el peso del silencio de la planta 58. Mis dedos dudaron sobre el teclado. Sobre mi escritorio había una serie de registros de Gaelic Foundations que nunca pasarían una auditoría externa. Transferencias a empresas fantasma en las Islas Caimán, facturas infladas por materiales que nunca llegaron a los muelles y desvíos de capital que desaparecían en una red de sociedades anónimas.
—No cuadran, Liam —dije sin levantar la vista. Mi voz sonaba hueca, despojada de la chispa combativa de la semana pasada—. Hay un desfase de tres millones en el último trimestre. Si Hacienda mira esto, terminaremos todos en una celda federal.
Liam, que estaba de pie junto al ventanal observando el tráfico de Manhattan, se giró lentamente. No había rastro de preocupación en su rostro; solo esa calma depredadora que tanto me aterraba.
—Ese es precisamente el motivo por el que estás aquí, Elena —respondió, acercándose a mi mesa—. Tu trabajo no es decirme que los números están mal. Tu trabajo es hacer que parezcan perfectos. Tienes el talento para mover esas cifras, para crear los puentes necesarios y que, al final del día, el balance sea impecable.
—Es ilegal —susurré, sintiendo cómo mi ética profesional se desmoronaba.
—Es el precio de la tranquilidad de tu padre —me recordó él, apoyando una mano sobre el respaldo de mi silla, invadiendo mi espacio—. Cada cuenta que cuadres, cada rastro que borres, es un día más que la panadería Petrova permanece abierta y que tu hermano Nico conserva sus piernas. El trato era sencillo: mi protección a cambio de tu lealtad contable. Hazlo.
Cerré los ojos un segundo, visualizando a mis padres desayunando en la cocina, ajenos al fango en el que yo me estaba hundiendo por ellos. Cuando los abrí, empecé a teclear. Moví activos, reclasifiqué pérdidas como inversiones a largo plazo y creé una estructura de costes que absorbía el dinero negro de los muelles. Bajo mi mano, la contabilidad de un imperio criminal empezó a parecer la de una constructora legítima.
Liam observó mi trabajo en silencio durante horas. Cuando terminé y el balance final mostró un saldo "limpio", sentí una náusea profunda. Acababa de vender mi integridad.
—Buen trabajo, Elena —murmuró él, y por un momento su mano rozó mi hombro. El contacto me quemó—. Sabía que eras la mejor para esto.
Me dispuse a recoger mis cosas, ansiosa por salir de allí y refugiarme en la normalidad de Queens, pero Liam me detuvo con un gesto.
—No te vayas todavía. Mañana tenemos un viaje de negocios. Saldremos a primera hora en el jet privado.
Me quedé helada con el abrigo a medio poner.
—¿Un viaje? ¿A dónde?
—Tenemos que cerrar un acuerdo con nuestros socios en Europa. Es una operación delicada y necesito que mi contable esté allí para verificar los activos en tiempo real —dio un paso hacia mí, fijando sus ojos azules en los míos—. No es una invitación, Elena. Es parte de tu nueva realidad. Prepárate una maleta pequeña; estaremos fuera unos días.
—¿Y qué les digo a mis padres? —pregunté, sintiendo que la soga se apretaba un poco más.
—Diles que la empresa te ha seleccionado para una convención importante —dijo con una sonrisa gélida—. Diles la verdad que ellos quieren oír. Nos vemos a las seis de la mañana.
Salí del edificio sintiendo que el aire de la calle ya no me pertenecía. Mañana dejaría atrás mi ciudad, mi zona de seguridad, para adentrarme en el corazón de los negocios de Liam, donde ya no habría muros de cristal que me protegieran de la oscuridad que él representaba.
**Liam**
El trayecto desde el aeropuerto de Ginebra hasta el hotel se realizó en un silencio tenso que yo disfruté cada segundo. Elena miraba por la ventana del coche, observando los picos nevados y la elegancia fría de la ciudad, pero yo solo la observaba a ella. Parecía una muñeca de porcelana a punto de quebrarse bajo el peso de la incertidumbre.
Al llegar al hotel, el botones nos guio hasta la suite presidencial. Abrí la puerta y dejé que el lujo del mármol, la seda y las vistas al lago Lemán hablaran por mí.
—Espero que sea de su agrado, señorita Petrova —dije, dejando mi maletín sobre la mesa de despacho de caoba.
Elena recorrió la estancia con la mirada, pero su expresión se endureció en cuanto se dio cuenta de un detalle fundamental. Solo había una cama. Una inmensa cama de dosel situada en el centro de la habitación.
—¿Dónde está mi habitación, Liam? —preguntó, volviéndose hacia mí con las manos en las caderas.
—Estás en ella —respondí con calma, desabrochándome los botones de la chaqueta.
—Dijiste que veníamos por negocios. Reservaste una sola suite... ¿una sola cama? —Su voz subió de tono, esa chispa de rebeldía de Queens que tanto me divertía volvía a aparecer—. No pienso dormir contigo. Esto no era parte del trato. Exijo otra habitación ahora mismo.
Caminé hacia ella con lentitud, invadiendo su espacio hasta que tuvo que retroceder y chocar contra la pared de papel pintado de seda.
—No hay nada que exigir, Elena. En esta ciudad, y bajo este contrato, mi seguridad es tu prioridad y tu seguridad es mi responsabilidad —dije, bajando la voz hasta que fue un murmullo profundo—. Quiero tenerte cerca para cualquier imprevisto. Los socios con los que nos reuniremos mañana no juegan limpio, y no voy a permitir que estés en una habitación separada donde no pueda controlarte. O protegerte.
—¡Es una excusa! —protestó ella, con los ojos brillando de rabia—. Solo quieres seguir humillándome, quieres demostrar que puedes hacer lo que te dé la gana conmigo porque pagaste las deudas de mi hermano. ¡Me das asco!
Esa última frase fue el detonante. Me acerqué tanto que nuestras respiraciones se mezclaron. Antes de que pudiera decir otra palabra, mi mano se disparó hacia su nuca, enredando mis dedos en su cabello y obligándola a inclinar la cabeza hacia atrás. Su jadeo de sorpresa quedó atrapado en su garganta.
—Te doy asco, ¿verdad? —susurré, rozando sus labios con los míos—. Entonces, ¿por qué tu pulso está acelerado? ¿Por qué me miraste así en el baño del club?
No la dejé responder. La besé con una ferocidad que buscaba silenciar sus quejas y reclamar su boca como territorio conquistado. No fue un beso tierno; fue una declaración de propiedad, una descarga de toda la tensión acumulada durante el vuelo. Al principio luchó, sus manos golpeando débilmente mi pecho, pero en cuestión de segundos sentí cómo su cuerpo se ablandaba contra el mío y cómo su boca, traicionera y hambrienta, empezaba a responder con la misma intensidad.
La solté tan bruscamente como la había atrapado. Ella se quedó apoyada contra la pared, con los labios hinchados y la respiración rota, mirándome con una mezcla de odio y deseo que me resultó embriagadora.
—La cena se servirá en una hora —dije, ajustándome la camisa como si nada hubiera pasado—. Ponte algo que me guste. Y ni una queja más sobre la cama, Elena. Ya has dejado claro que no te importa compartir espacio conmigo.
Salí hacia el balcón para encender un cigarrillo, sintiendo el aire frío de los Alpes en la cara. La tenía exactamente donde quería: en una ciudad extraña, en una habitación compartida y con su propia voluntad empezando a desmoronarse bajo el peso de un deseo que ya no podía negar.