**Elena**
El hotel en Ginebra era un palacio de cristal y oro, pero para mí se sentía como una jaula de máxima seguridad. Después de que Liam me soltara tras aquel beso que me dejó el alma temblando y los labios encendidos, lo primero que hice fue encerrarme en el lujoso baño de mármol para intentar recuperar el aliento.
Antes de nada, saqué el teléfono. Necesitaba oír una voz que no fuera la suya.
—¿Elena? ¡Cariño! ¡Qué alegría que llames! —La voz de mi madre sonaba tan ligera, tan llena de una paz que yo no sentía—. Tu padre me ha dicho que ya estás en Europa. ¡Qué maravilla!
—Sí, mamá. El vuelo fue bien... el hotel es impresionante —mentí, tragándome el nudo de la garganta al ver mi reflejo en el espejo: una mujer con los labios hinchados y los ojos llenos de una confusión peligrosa.
—Estamos tan felices, hija. Nico está aquí ayudando en la panadería, todo está tranquilo. Ese jefe tuyo, el señor O'Shea... es un ángel. Qué bueno que haya valorado tu talento para llevarte a un viaje de este nivel. Cuídate mucho y disfruta, te lo mereces.
—Sí, mamá. Es... es muy generoso. Los quiero.
Colgué y apoyé la frente contra el frío mármol. "Un ángel". Si ellos supieran que su ángel me estaba devorando viva.
Para intentar borrar la sensación de pecado, me desvestí y me metí en la ducha. Dejé que el agua casi hirviendo golpeara mi espalda, intentando lavar el rastro de Liam, pero solo conseguía recordar el calor de sus manos. Al salir, envuelta en una densa nube de vapor, busqué una toalla, pero el sonido de la puerta abriéndose me detuvo en seco.
Liam entró. No pidió permiso. No vaciló.
—¡Liam! ¡Sal de aquí! —exclamé, intentando cubrir mi cuerpo desnudo con las manos, sintiendo cómo el rubor se extendía por todo mi pecho.
—He dicho que quiero tenerte cerca, Elena —dijo con esa voz grave que vibraba en las paredes del baño—. Y no hay nada en este cuerpo que no me pertenezca ya.
Se acercó a mí, ignorando mis protestas. Sus manos, grandes y firmes, atraparon mis muñecas y las apartaron, obligándome a quedar expuesta ante su mirada azul, que ahora era puro fuego líquido. El vapor de la ducha parecía intensificar la electricidad entre nosotros.
—Suéltame... —susurré, pero mis piernas flaquearon cuando su mano libre recorrió la curva de mi cintura, todavía húmeda.
—No quieres que te suelte. Estás ardiendo, Elena —murmuró contra mi cuello.
Me levantó en vilo, mis piernas se enredaron instintivamente en su cintura y la humedad de mi piel se fundió con la tela de su camisa. Me llevó a la habitación, arrojándome sobre la inmensa cama de dosel. Allí, bajo la luz tenue de la tarde suiza, el mundo exterior desapareció.
Fue salvaje y desesperado. Liam me tomó con una intensidad que borró cualquier rastro de mi resistencia. Sus manos exploraron cada rincón de mi anatomía como si estuviera reclamando un mapa que él mismo había dibujado. Cuando entró en mí, solté un grito que no fue de dolor, sino de una liberación aterradora. Había tenido sexo antes, pero esto era otra cosa; era una colisión de poder y necesidad.
Lo hicimos una y otra vez. Sus embestidas eran rítmicas, profundas, marcando un territorio que yo ya no podía defender. Me perdí en el roce de nuestras pieles, en el olor a sexo y a su perfume caro, en la forma en que me obligaba a mirarlo a los ojos mientras me llevaba al clímax. Cada vez que pensaba que no podía más, él encontraba una forma de encender el fuego de nuevo, susurrándome al oído palabras crudas que me hacían gemir su nombre hasta quedar ronca.
Caímos rendidos, entrelazados entre las sábanas de seda revueltas, con la respiración pesada y el corazón desbocado. Por un momento, en ese silencio post-coital, el monstruo y su víctima no existían; solo éramos dos cuerpos agotados.
Pero la tregua duró poco. Liam miró el reloj de oro en la mesita de noche.
—Levántate, Elena —dijo, recuperando su máscara de hierro mientras se ponía de pie con una agilidad insultante—. La reunión con los suizos empieza en una hora. Ponte el vestido negro. Quiero que parezcas tan impecable como los libros que has limpiado.
Me quedé allí, mirando el techo, sintiendo mi cuerpo vibrar todavía por él. El placer había sido real, pero las cadenas acababan de apretarse un poco más. Tenía que ponerme la máscara de nuevo. El negocio continuaba.
**Liam**
Me terminé de anudar la corbata frente al espejo, observando mis manos. Estaban firmes, pero aún conservaban el rastro del calor de su piel. Elena salió del baño vestida con el traje negro que yo mismo había seleccionado. Estaba impecable: el cabello recogido en un moño tirante, los labios pintados de un rojo discreto y esa mirada avellana que intentaba, sin éxito, ocultar el rastro de la tormenta que acabábamos de desatar entre esas sábanas.
Por un segundo, sentí una punzada extraña en el pecho. Una mezcla de admiración y algo mucho más peligroso. Algo que se parecía al afecto.
Cerré los ojos y lo enterré bajo una capa de hielo de veinte años. No podía permitirme eso. Recordé el olor a humedad del orfanato de Hell's Kitchen. Recordé a la mujer que me dio la vida, una yonki cuyo único legado fue abandonarme en un pesebre de cemento antes de desaparecer por un callejón. Recordé los golpes de los niños más grandes y la frialdad de su trato.
Los sentimientos te hacen débil. Los sentimientos te vuelven un blanco fácil. Y yo no era un blanco; yo era el tirador.
—Vámonos —dije con una frialdad cortante, ignorando la forma en que ella buscó mi mirada.
La reunión con los banqueros suizos fue un éxito. Elena se movió entre los balances con una precisión quirúrgica, ocultando mis desvíos de capital con la habilidad de una experta. Pero durante toda la cena, mientras los hombres la devoraban con la mirada, yo solo podía pensar en una cosa: el sonido de su voz gritando mi nombre.
En cuanto entramos en la suite y la puerta se cerró con un clic metálico, la máscara de frialdad estalló. No quería hablar de negocios. No quería celebrar el éxito. Quería borrar esa expresión de profesionalidad de su cara.
La agarré por el brazo antes de que pudiera encender la luz. La arrastré hacia el inmenso ventanal que cubría toda la pared, desde donde las luces de Ginebra brillaban como diamantes sobre el lago negro.
—Liam, ¿qué haces? —preguntó ella, jadeando.
No respondí. La estampé de frente contra el cristal frío. El contraste del vidrio helado contra su rostro y mis manos calientes sobre sus caderas la hizo soltar un grito ahogado. Le subí el vestido negro con brusquedad, rasgando la seda en el proceso. No me importaba.
—Mira la ciudad, Elena —le susurré al oído, pegando mi cuerpo al suyo desde atrás—. Mira todo ese orden y esa belleza. Debajo de eso, solo hay oscuridad. Como nosotros.
Me deshice de mi pantalón y la penetré de un solo golpe, con una ferocidad que buscaba castigarla por hacerme sentir algo antes de la reunión. Ella soltó un grito que empañó el cristal frente a su boca. Mis manos se cerraron sobre sus senos, apretándolos mientras mis embestidas se volvían rítmicas y brutales.
El sonido de la carne chocando contra la carne llenó la habitación. La tomé desde atrás con una rabia posesiva, marcando mis dedos en su cintura. Quería que viera su propio reflejo en el cristal, deshecha, entregada a la bestia que ella misma había alimentado. Cada vez que mis caderas golpeaban las suyas, el ventanal vibraba, recordándonos lo alto que estábamos y lo fácil que sería caer.
—¡Liam! ¡Oh, Dios, Liam! —gritó, echando la cabeza hacia atrás, buscando mi boca.
Su voz era un bálsamo para mis demonios. La obligué a apoyar las manos contra el vidrio para sostenerse mientras yo aceleraba el ritmo, perdiendo el control que tanto me había costado construir. El placer era una descarga eléctrica que me recorría la columna, una violencia compartida que nos unía más que cualquier contrato. En el momento del clímax, la aferré con tanta fuerza que sentí sus uñas clavándose en mis antebrazos.
Me corrí dentro de ella con un rugido sordo, apretando mi rostro contra su nuca, respirando su sudor y su esencia. Durante esos segundos, el huérfano del orfanato no existía. Solo existía el hombre que poseía la voluntad de la mujer más pura que había conocido.
La solté lentamente, dejando que se deslizara por el cristal hasta el suelo, como una muñeca rota de placer. Me vestí en silencio, recuperando mi armadura, mientras ella intentaba recuperar el aliento.
—Duerme —dije, mirando hacia el lago sin verla realmente—. Mañana volvemos a Nueva York. El juego ha cambiado, Elena. Espero que estés lista para lo que viene.
Salí al balcón y encendí un cigarrillo. Mis manos temblaban imperceptiblemente. Había vuelto a enterrar mis sentimientos, pero el cristal de mi interior empezaba a mostrar grietas que ninguna cantidad de sexo salvaje podría sellar.