**Elena**
El amanecer en Ginebra entró a través de los ventanales con una luz pálida y fría, pero dentro de la cama el calor era sofocante. Me desperté de forma gradual, flotando en una bruma de sueño, hasta que una sensación eléctrica y húmeda me devolvió de golpe a la realidad.
No necesité abrir los ojos para saber qué estaba pasando. Sentí el peso de su cuerpo entre mis piernas y la presión de sus manos separando mis muslos con una firmeza que no admitía resistencia. Liam me estaba lamiendo con una parsimonia y una técnica que me cortaron la respiración. Sus labios y su lengua trabajaban en mi zona íntima con una devoción casi religiosa, subiendo la temperatura de mi cuerpo en segundos.
Gemí, hundiéndome en las sábanas de seda, mientras el placer se acumulaba en mi vientre como una tormenta a punto de estallar. Mis dedos se enredaron en su cabello oscuro, empujándolo contra mí, buscando más. De repente, una ola de placer mucho más intensa que cualquier otra que hubiera sentido me sacudió por completo. Mi cuerpo se tensó y, en el momento del clímax, sentí una liberación física desconocida; un líquido salió disparado de mi interior, empapando las sábanas y a él.
Me quedé jadeando, con el corazón martilleando y las mejillas ardiendo de una vergüenza repentina. Intenté cerrarme, cubrirme con la sábana, sintiéndome vulnerable y extraña.
—Lo siento... yo... no sé qué ha pasado —susurré, sin atreverme a mirarlo.
Liam se incorporó, limpiándose la comisura de los labios con el pulgar. Sus ojos azules no mostraban burla, sino una satisfacción oscura y tranquila.
—No tienes nada de qué avergonzarte, Elena —dijo, su voz era un murmullo profundo que calmó mi ansiedad—. Se llama squirting. Es la respuesta de tu cuerpo a un placer absoluto. Es... perfecto.
Sentí que algo cambiaba entre nosotros en ese momento. Una barrera se había roto. Movida por un impulso que no pude controlar, me deslicé por la cama hasta quedar frente a él. Quería devolverle ese fuego, quería ver su máscara de hierro desmoronarse por mí. Bajé mi cabeza y lo tomé en mi boca, lamiéndolo y succionándolo con una entrega que lo hizo gruñir mi nombre. Sentí sus manos enterrarse en mi pelo mientras él se perdía en la sensación, hasta que finalmente se liberó en mi boca, cálido y amargo, un sello de nuestra intimidad en aquella suite.
Una hora después, estábamos sentados en la pequeña mesa del balcón privado, con el lago Lemán de fondo y el aroma del café recién hecho flotando entre nosotros. La tensión salvaje de la cama había dado paso a una calma extraña. Aproveché el momento, sintiéndome extrañamente valiente tras lo vivido.
—Háblame de tu familia, Liam —le pedí, observando cómo cortaba su fruta con una precisión casi clínica.
Él dejó los cubiertos y se recostó en la silla. Por un segundo, su mirada se perdió en el horizonte.
—Soy adoptado —soltó de repente, con una sencillez que me sorprendió—. Mi madre biológica era una yonki que me dejó en un orfanato de mala muerte nada más nacer. Los primeros años fueron... ruidosos y vacíos.
Me quedé en silencio, sintiendo una punzada de tristeza por el niño que había sido aquel hombre tan duro.
—Pero mi familia actual, los O'Shea... son lo mejor que me pudo pasar —continuó, y su voz suavizó sus aristas—. Me acogieron y me dieron el cariño y la estructura que no tuve antes. Me forjaron para ser quien soy, pero nunca me faltó su apoyo.
—¿Tienes hermanos? —pregunté, queriendo saber más.
—Una hermana menor, Siobhan. Tiene tres años menos que tú. —una pequeña sonrisa, casi imperceptible, asomó a sus labios—. Es una alocada. Solo piensa en fiestas, en gastar dinero y en meterse en líos con chicos que no le convienen. Es un desastre encantador.
—Parece que la quieres mucho.
—Es mi debilidad —admitió, cerrando el tema con un gesto seco de la mano—. Quiero a mis padres y a ella, son mi única lealtad real. Pero ya es suficiente información, Elena. No soy hombre de dar detalles de mi vida privada. Termina tu desayuno, el jet nos espera.
Se levantó, volviendo a ser el jefe frío y eficiente de siempre, pero yo me quedé allí sentada, procesando sus palabras. Detrás del monstruo que controlaba mis deudas y mi cuerpo, había un hombre que protegía con fiereza a los suyos. Por primera vez, entendí que Liam O'Shea no solo era capaz de destruir; también era capaz de amar, y eso lo hacía mucho más peligroso de lo que jamás imaginé.
**Liam**
El tiempo de las sutilezas y los viajes de negocios ha terminado. Al aterrizar en suelo neoyorquino, mi prioridad es consolidar mi posesión sobre Elena, sacándola definitivamente de su entorno para encerrarla en mi mundo.
El aire de Nueva York nos recibió con su habitual hostilidad gris, pero dentro del coche que nos sacaba del aeropuerto, el ambiente era aún más pesado. Observé a Elena por el rabillo del ojo. Estaba distraída, mirando sus manos como si todavía pudiera sentir el rastro de lo que había sucedido en Ginebra.
Sabía lo que estaba pensando: que el viaje había sido un paréntesis, una burbuja de pecado que estallaría al pisar Queens. Se equivocaba.
—Escúchame bien, Elena —dije, rompiendo el silencio con una voz que no admitía réplicas. Ella se tensó de inmediato—. El tiempo de las excusas laborales se ha acabado. No voy a permitir que sigas perdiendo el tiempo viajando de un lado a otro. Te quiero instalada en mi ático para el próximo lunes.
—¿Qué? —se giró hacia mí, con los ojos muy abiertos—. Liam, no puedo... mis padres... ¿qué les voy a decir? No puedo simplemente desaparecer.
—Vas a hacer algo mucho mejor que desaparecer. Vas a darles lo que ellos quieren oír —me incliné hacia ella, invadiendo su espacio personal hasta que nuestras rodillas se rozaron—. Tienes exactamente una semana. Vas a inventar un romance. Un romance precioso, de esos que salen en las películas que tu madre seguramente ve.
Ella soltó una risa nerviosa, incrédula.
—¿Quieres que les mienta y les diga que estoy enamorada de mi jefe?
—Quiero que les digas que hemos empezado algo serio. Que soy el hombre que te ha robado el corazón, que me preocupo por ti y que quiero que vivamos juntos para "protegerte" y estar más cerca de la oficina. Invéntalo como quieras, no me importa el guion mientras el resultado sea el mismo: tú, con tus maletas, en mi puerta el lunes por la mañana.
—Es cruel, Liam. Es usar su esperanza para manipularlos —susurró ella, y vi cómo sus ojos se llenaban de esa rabia contenida que tanto me gustaba provocar.
—Es práctico, Elena —corregí, atrapando su barbilla con firmeza—. Si les dices la verdad, que estás conmigo porque tu hermano es un delincuente y yo soy tu dueño, los destruirás. Si les dices que me amas, dormirán tranquilos creyendo que su hija ha encontrado a su príncipe azul en un rascacielos de Manhattan. Elige qué tipo de hija quieres ser.
Vi cómo tragaba saliva. La lógica era implacable y ella lo sabía. El amor era la única mentira lo suficientemente grande como para cubrir la magnitud de mi control sobre ella.
—Una semana —repetí, soltándola—. Si el lunes no estás en el ático, la deuda de Nico volverá a estar activa, los intereses serán retroactivos y la panadería será historia antes del martes. No me obligues a ser el villano en la historia de tus padres, Elena. Sé la heroína que les cuenta un cuento de hadas.
Me recosté en el asiento, cerrando los ojos. Ella se quedó en silencio, mirando por la ventanilla hacia el puente que nos llevaba de vuelta a su realidad. Sabía que lo haría. Haría que me amara ante los ojos de su familia, y esa mentira sería la cadena final que la ataría a mí. Porque una vez que les contara ese romance, ya no habría marcha atrás; estaría tan atrapada por su propia mentira como por mis deudas.
Y en el fondo, me preguntaba cuánto tiempo tardaría ese "romance inventado" en empezar a sentirse peligrosamente real para ella... y para mí.