Diamantes negros: El contrato del ático

14 La erosión

**Elena**

El regreso a Queens se sintió como entrar en una película en blanco y negro después de haber vivido en technicolor. La panadería, el olor a harina, las voces de mis padres... todo seguía igual, pero yo ya era otra persona. Sentía el peso del secreto de Liam quemándome la lengua.
​Esa primera noche, durante la cena, empecé con mi plan. No podía soltar la bomba de golpe; destruiría la imagen que tenían de mí.
​—Mamá, papá... el viaje a Ginebra fue intenso, pero no solo por el trabajo —dije, removiendo la pasta en mi plato sin mucha hambre—. El señor O'Shea... Liam... ha estado siendo muy atento conmigo últimamente. De una forma que no es estrictamente profesional.
​Mi madre dejó de masticar y sus ojos se iluminaron con una curiosidad peligrosa.
—¿Atento? ¿En qué sentido, Elena?
​—Me ha invitado a cenar un par de veces fuera de la oficina. Es un hombre complicado, pero creo que hay algo más ahí. Solo quería que lo supieran... por si las cosas avanzan.
​Vi cómo mis padres se miraban entre ellos con una mezcla de sorpresa y esperanza. Nico, en la esquina de la mesa, me observaba en silencio, con una sombra de duda en los ojos. Me sentí como la peor persona del mundo. Les estaba vendiendo un cuento de hadas para cubrir una transacción de propiedad.
​Al terminar, me refugié en mi habitación. Me puse el pijama de algodón, el de toda la vida, pero mi cuerpo todavía recordaba la seda del hotel y el tacto de las manos de Liam. Justo cuando me metía en la cama, el teléfono vibró en mi mesita de noche.
​Liam (23:15): No puedo dejar de pensar en el ventanal de Ginebra. En cómo temblabas contra el cristal mientras te hacía mía.
​Sentí una sacudida de calor que me recorrió la columna. Cerré los ojos, imaginándolo en su ático, probablemente solo con un pantalón de seda, bebiendo whisky y pensando en cómo romperme. La rabia que debería haber sentido fue sofocada por un deseo que se había vuelto crónico.
​Elena (23:18): Deberías estar pensando en los balances que tenemos que presentar mañana, señor O'Shea.
​Liam (23:19): Los números son aburridos comparados con los sonidos que haces cuando dejas de ser la "contable perfecta". Desearía estar repitiendo lo del hotel ahora mismo. Desearía que estuvieras aquí, de rodillas frente a mí.
​Mi respiración se volvió errática. Mis dedos volaron sobre la pantalla, impulsados por una picardía que no sabía que poseía.
​Elena (23:21): Qué lástima que el ático esté tan lejos de Queens. Supongo que tendrá que conformarse con sus recuerdos... o con su imaginación. Porque aquí, en mi cama, hace mucho calor y no hay nadie para apagar el fuego.
​Liam (23:22): Estás jugando con fuego, Elena. Y recuerda que te queda menos de una semana para mudarte a mi territorio. Disfruta de tu "soledad" mientras puedas, porque cuando cruces esa puerta, no volverás a dormir sola ni una sola noche.
​Bloqueé el teléfono y lo apreté contra mi pecho, sintiendo el corazón desbocado. Me odiaba por responderle así, por entrar en su juego, pero la verdad era que una parte de mí ya no podía esperar a que llegara el lunes. La mentira que les estaba contando a mis padres empezaba a ser la única verdad que mi cuerpo quería reconocer.

**Liam**

​A las siete de la mañana, mi coche ya estaba estacionado frente a la panadería de los Petrova en Queens. El aire olía a levadura y a una clase de paz doméstica que siempre me había resultado ajena. Bajé del vehículo ajustándome el abrigo de lana; no estaba allí por placer, sino para sellar el destino de Elena.
​Toqué a la puerta y fue su padre quien abrió, con las manos aún blancas de harina.
​—¿Señor O'Shea? —balbuceó, parpadeando con sorpresa.
​—Buenos días. He venido a recoger a Elena para ir a la oficina —dije con mi mejor sonrisa de negocios, esa que uso para que la gente confíe antes de que les quite todo—. Espero no ser un estorbo.
​La madre de Elena apareció detrás, radiante. No tardaron ni cinco minutos en invitarme a pasar. Los traté con una cortesía impecable, interpretando el papel del hombre poderoso cautivado por la sencillez de su hija. Elena bajó las escaleras poco después, con el rostro pálido y los ojos encendidos en una mezcla de pánico y furia.
​—Elena, querida, ¡mira qué detalle ha tenido Liam! —exclamó su madre, ya tuteándome con una confianza que me divirtió.
​—Buenos días, Elena —le dije, dándole un beso casto en la mejilla. Pude sentir cómo se tensaba como una cuerda de violín bajo mis labios.
​Antes de irnos, la madre de Elena me entregó una caja de cartón atada con un cordel rojo.
—Son pasteles de miel, una receta familiar. Por favor, llévelos para usted y para sus padres. Es un pequeño detalle por ser tan bueno con nuestra niña.
​—Es usted muy amable. Mi familia los apreciará —mentí, sabiendo que mis padres adoptivos jamás tocarían algo que no viniera de un chef de la Quinta Avenida. Pero el gesto era perfecto. La mentira estaba echada.
​En cuanto entramos en la parte trasera del coche y el chófer cerró la puerta, el aire cambió.
​—¿Qué demonios haces, Liam? —me soltó ella, su voz temblando de rabia—. Habíamos quedado en una semana. ¡No puedes aparecer así en mi casa! ¡Mis padres creen que esto es real!
​—Creen que estoy enamorado de ti, Elena. Y por la forma en que tu madre me ha mirado, creo que ya ha empezado a planear la boda —respondí con frialdad—. Solo te estoy ayudando a que la historia sea más creíble.
​—¡Es una invasión! —protestó, pero la callé presionando el botón que subía el cristal negro que nos separaba del chófer.
​La atmósfera se volvió asfixiante. Me acerqué a ella, atrapándola por la cintura y tirando de ella hacia mi regazo. Sin darle tiempo a reaccionar, levanté la seda de su vestido. Sus muslos estaban fríos por el aire de la mañana, pero su centro ya ardía. La obligué a ponerse a horcajadas sobre mí, sintiendo su peso y su resistencia desvanecerse mientras mis manos buscaban su piel.
​—Liam, aquí no... el coche se mueve... —jadeó, pero sus manos ya se aferraban a mis hombros con desesperación.
​—Nadie puede vernos, Elena. Solo tú y yo —le susurré antes de poseerla con una urgencia que me sorprendió a mí mismo.
​El movimiento del coche añadía un ritmo errático y excitante. Ella enterró el rostro en mi cuello para ahogar sus gemidos mientras yo la tomaba con una intensidad que buscaba reclamar cada centrimetro de su entrega. Cuando llegamos al edificio de la empresa, el silencio volvió a reinar, roto solo por nuestras respiraciones agitadas y el roce de la ropa ajustándose.
​Subimos por separado. Cuando entré en mi despacho, no estaba solo. Sentada en mi sillón, con una elegancia que olía a dinero viejo, estaba Victoria, la mujer del senador Miller.
​—Liam, querido. Te veo... radiante. El aire de Europa te ha sentado bien —dijo con una sonrisa felina.
​—Victoria. No esperaba verte hoy —respondí, sentándome frente a ella sin mucha ceremonia.
​—Solo venía a entregarte esto en mano —me pasó un sobre con el sello del Senado—. Una fiesta benéfica el viernes. Será aburrido, pero el senador quiere verte allí. Y yo también.
​—Lo consideraré —respondí con cortesía gélida. Ella se levantó, me rozó el brazo con una familiaridad calculada y salió del despacho, cruzándose con Elena en la puerta. Vi el destello de celos en los ojos de mi contable, y me gustó.
​Segundos después, mi mano derecha entró cerrando la puerta con fuerza. Se apoyó contra el marco, cruzando los brazos sobre su pecho.
​—Tenemos un problema, Liam.
​—Si es sobre la auditoría, Elena se está encargando —dije sin levantar la vista de la invitación.
​—No es la auditoría. Es el hermano de la chica. Nico Petrova —explicó con un suspiro de irritación—. Ha estado merodeando por los muelles de nuevo. Al parecer, intenta contactar con unos intermediarios de los irlandeses para "hacer un trabajo rápido". El idiota cree que puede saldar su cuenta con los tipos de la financiera antes de que tú lo hagas. No sabe que se está metiendo en la boca del lobo.
​Sentí una punzada de irritación. Ese chico era un cáncer que amenazaba con infectar mi inversión más preciada.
​—Contrólalo —ordené, volviéndome hacia el ventanal—. Si intenta cruzar la línea de nuevo, rópele un brazo si es necesario, pero no dejes que se meta en más líos. No quiero más problemas con esa familia hasta que Elena esté instalada en el ático. Una vez que sea mía legalmente, Nico dejará de ser mi responsabilidad y pasará a ser un cabo suelto... y yo no dejo cabos sueltos.




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