**Elena**
El resto del día en la oficina fue una tortura de miradas cruzadas y silencios gélidos. La imagen de esa mujer —Victoria— saliendo del despacho de Liam con tanta familiaridad se me había quedado grabada como un ácido. No podía concentrarme en los números; cada vez que cerraba los ojos, veía la mano de ella rozando el brazo de Liam.
—Señorita Petrova, a mi despacho. Traiga los balances finales de la constructora.
La voz de Liam por el intercomunicador sonó más imperativa que de costumbre. Me levanté, ajusté mi falda y entré con la mandíbula apretada. Tiré la carpeta sobre su escritorio con una brusquedad que hizo que él levantara una ceja.
—¿Qué te pasa, Elena? —preguntó él, recostándose en su silla y observándome con esa calma que me ponía de los nervios—. Has estado cometiendo errores de bulto en las entradas de datos y tu actitud desde que salimos del coche es... irritable.
—No me pasa nada, señor O'Shea. Simplemente tengo mucho trabajo —respondí sin mirarlo, fingiendo revisar unos papeles.
—Mírame cuando te hablo —ordenó con un tono que no admitía réplica. Esperó a que mis ojos se encontraran con los suyos—. No me mientas. Sé cuándo estás furiosa. ¿Es por la visita de Victoria?
—No sé de qué me habla. Sus visitas personales no me incumben —solté, pero mi voz me traicionó con un ligero temblor.
Liam se levantó y rodeó el escritorio lentamente, acorralándome contra la mesa.
—Te incumben porque eres mía, Elena. Y tus celos son tan evidentes que resultan entretenidos.
—¡No son celos! —estallé, dándole un empujón en el pecho que apenas lo movió—. Es dignidad, Liam. Yo no soy una puta. No soy un juguete que sacas a pasear en coche y luego guardas en un cajón mientras recibes a tus amantes en el despacho. Si crees que voy a ser parte de tu colección de mujeres mientras me obligas a vivir contigo, estás muy equivocado.
Él abrió la boca para responder, pero en ese momento la puerta se abrió. Uno de los analistas de riesgos entró con paso rápido, ajeno a la tensión eléctrica que casi se podía tocar.
—Señor O'Shea, tenemos los informes de los muelles listos para... —se detuvo al vernos tan cerca—. Oh, perdón, no sabía que estaba ocupado.
—No importa —dije yo, recuperando la compostura de golpe—. Ya habíamos terminado. Con su permiso.
Salí del despacho casi corriendo. Necesitaba aire. Necesitaba ser Elena otra vez, no la "propiedad" de nadie.
Me encontré con Sofía en un pequeño café lejos de la zona financiera. Ella era mi mejor amiga desde el instituto y la única persona capaz de hacerme reír cuando sentía que el mundo se me caía encima.
—Elena, tienes una cara de haber pasado por una trituradora de carne —dijo ella en cuanto me vio, empujándome un café con leche.
—Es el trabajo, Sofi... y el jefe. Es un hombre imposible.
No podía contarle lo de Nico. No podía decirle que mi vida estaba hipotecada por ochenta mil —ahora cien mil— dólares. Pero necesitaba desahogarme de alguna forma.
—Él y yo... estamos teniendo algo —confesé, bajando la voz—. Algo puramente sexual, pero es tan intenso que me asusta. Es controlador, posesivo y hoy he descubierto que no soy la única en su lista. Siento que estoy perdiendo la cabeza.
Sofía me tomó de la mano, con expresión preocupada.
—Cariño, ese tipo te está absorbiendo la energía. Escucha, este fin de semana es el cumple de Lucía. Hemos alquilado una pequeña cabaña en un pueblo rural, nada de ruido, nada de hombres, solo nosotras tres, vino y aire puro. Tienes que venir. Te vendrá bien desconectar de ese tiburón de Wall Street.
—No sé si podré... Liam quiere que me mude el lunes y...
—¡Elena! Es solo un fin de semana. No le pidas permiso, simplemente vete. Eres una mujer libre, ¿no?
"Libre". Esa palabra sonó extraña en mis oídos. Pero Sofía tenía razón. Necesitaba recordar quién era yo antes de Liam O'Shea. Antes de que el lunes mi vida cambiara para siempre.
—Acepto —dije, sintiendo un pequeño alivio en el pecho—. Me voy con vosotras.
Mientras pagábamos la cuenta, sentí una vibración en mi bolso. Era un mensaje de Liam, pero esta vez no lo abrí. Por primera vez en semanas, iba a tomar una decisión por mí misma, sin pensar en contratos, deudas o besos que sabían a pecado.
**Liam**
Me quedé mirando la puerta cerrada de mi despacho durante varios segundos después de que el analista de riesgos saliera. El eco de las palabras de Elena todavía vibraba en el aire: "No soy una puta". Su indignación me había dejado un sabor metálico en la boca. ¿Realmente creía que Victoria Miller significaba algo? Victoria era una transacción de influencia; Elena era... otra cosa. Una posesión que estaba empezando a filtrarse por mis grietas.
Minutos después, ella volvió a entrar. No llamó. Tenía los ojos rojos, pero la barbilla alta, armada con esa terquedad que tanto me irritaba y me atraía a partes iguales.
—Me voy este fin de semana —soltó sin preámbulos, apoyando las manos sobre mi escritorio—. Mis amigas han organizado un viaje rural por el cumpleaños de una de ellas. No estaré en la ciudad.
Me recosté en mi silla, cruzando los dedos sobre el pecho. Esperaba que me pidiera permiso, esperaba tener que ejercer mi autoridad una vez más para recordarle quién mandaba. Pero, para mi propia sorpresa, sentí una extraña oleada de alivio.
Pensar en ella se estaba convirtiendo en un ruido de fondo constante que me impedía concentrarme. Su aroma, su voz, la forma en que su cuerpo había reaccionado en Ginebra... me estaban distrayendo de los negocios. Estaba siendo molesto. Necesitaba purgar mi sistema de Elena Petrova.
—Me parece bien —respondí con una calma glacial.
Ella parpadeó, desconcertada. Sus cejas se juntaron y vi cómo su postura se desmoronaba un milímetro.
—¿Te parece bien?
—Sí. Te vendrá bien el aire del campo, y a mí me vendrá bien un poco de silencio en esta oficina —dije, restándole importancia con un gesto de la mano—. A veces, la proximidad excesiva nubla el juicio. Vete, disfruta de tus amigas.
Elena se quedó boquiabierta, como si le hubiera dado una bofetada en lugar de un permiso.
—¿Eso es todo? ¿Ni una sola queja? ¿Ni un "eres mía y no vas a ninguna parte"?
—Todavía es martes, Elena —le recordé, volviendo la vista a mis informes—. Queda mucho trabajo por delante hasta que llegue el viernes. Asegúrate de que las cuentas de la constructora estén impecables antes de subirte a ese coche. Ahora, vuelve a tu sitio.
Esperaba que asintiera y se marchara satisfecha por haber conseguido su "libertad". En cambio, la vi recoger sus cosas con una furia renovada. Se dio la vuelta y salió del despacho dando un portazo que hizo vibrar los cristales de la suite presidencial.
Me quedé solo, confundido por primera vez en años. No entendía absolutamente nada. Si la retenía y la controlaba, era un monstruo. Si le daba espacio y la dejaba irse, se marchaba echando chispas. Parecía que, hiciera lo que hiciera, siempre terminaba siendo el villano en su guion.
—Mujeres... —gruñí para mis adentros, frotándome las sienes.
Traté de concentrarme en los números, pero el silencio que tanto había pedido de repente se sentía vacío. Me recordé a mí mismo que solo era una semana más hasta que se mudara al ático. Una semana para que este juego de gato y ratón terminara y ella se convirtiera en una constante en mi vida. Pero mientras tanto, ese viaje rural empezaba a parecerme una idea cada vez menos atractiva.