Diamantes negros: El contrato del ático

16 El limite

**Elena**

El miércoles por la noche, el aire de Nueva York parecía cargado de una electricidad estática que me ponía los pelos de punta. Liam no había vuelto a mencionar el viaje, pero su silencio era casi más ruidoso que sus órdenes. Me hizo vestirme con un conjunto de lencería de encaje negro bajo un vestido de seda que apenas me cubría, y me llevó de nuevo a The Exchange.
​La reunión en el club fue rápida. Liam se movía entre sus contactos —hombres de negocios con ojos de tiburón y mujeres con sonrisas de hielo— con una autoridad que me hacía sentir pequeña, pero protegida. Yo me limité a ser su sombra impecable, anotando cifras y verificando transacciones en una tableta mientras sentía el peso de su mirada sobre mí cada vez que me movía.
​Cuando el último de los socios se marchó, Liam me tomó de la mano sin decir una palabra y me guio hacia una de las habitaciones privadas del piso superior.
​—Liam, no —dije, plantando los pies en el pasillo alfombrado en terciopelo rojo—. Ya hemos terminado aquí. Quiero irme a casa.
​Él se detuvo y se giró lentamente. No había rastro de la indiferencia del martes. Sus ojos eran dos pozos de tormenta.
​—Dijiste que querías espacio este fin de semana, Elena. Y te lo daré. Pero esta noche... esta noche todavía es mía.
​Me arrastró suavemente hacia el interior. La habitación era distinta a la suite de Ginebra; era más oscura, con paredes tapizadas en cuero y una iluminación tenue que nacía del suelo. Había un aroma a sándalo y a algo metálico que hizo que mi corazón se acelerara.
​—Siéntate —ordenó, señalando una silla de madera oscura en el centro de la estancia.
​Me resistí un segundo, pero la curiosidad y ese hambre que solo él sabía despertar me vencieron. Me senté. Liam se colocó detrás de mí y, con una delicadeza que me desarmó, sacó una venda de seda de su bolsillo.
​—Confía en mí —susurró contra mi oído.
​Me vendó los ojos. La oscuridad total agudizó mis otros sentidos. Escuché el tintineo de algo metálico, el roce de sus guantes de cuero y su respiración pausada. De repente, sentí un frío repentino en mis muñecas. Click. Me había esposado a los brazos de la silla. No con fuerza, pero lo suficiente para que no pudiera moverme.
​—Liam... —mi voz salió como un hilo.
​—Shhh. No hables. Siente.
​Comenzó a jugar conmigo de una forma que nunca había experimentado. No fue una embestida salvaje. Usó una pluma para recorrer mis muslos, subiendo lentamente hasta que el roce me hizo arquear la espalda. Luego, el contraste: el impacto suave de un látigo de tiras de cuero sobre mi piel, un golpe sordo que no dolía, sino que enviaba oleadas de calor directamente a mi centro.
​—¿Te gusta, Elena? —su voz era un murmullo dominante.
​—Sí... —admití, odiando mi propia debilidad.
​Me desabrochó el vestido, dejando que cayera al suelo. Sus manos recorrieron mi cuerpo con una autoridad nueva, marcando su propiedad. Me desató las muñecas solo para obligarme a ponerme de rodillas frente a él, todavía con la venda puesta. La privación de la vista hacía que cada caricia fuera un relámpago.
​Cuando finalmente me llevó a la cama, el sexo fue una coreografía de poder. Me sujetó los brazos sobre la cabeza con una sola mano mientras me penetraba con una lentitud agónica, obligándome a saborear cada centímetro. Sus embestidas eran profundas y deliberadas, marcando un ritmo que me llevaba al borde del abismo y me traía de vuelta justo antes de caer.
​—Dime de quién eres —gruñó, mordiendo el lóbulo de mi oreja mientras sus dedos se entrelazaban con los míos.
​—Tuya... soy tuya —gemí, entregándome por completo a esa sumisión que, extrañamente, me hacía sentir más libre que nunca.
​El clímax fue violento, una explosión que me dejó temblando bajo él. Me quitó la venda y me miró con una intensidad que me hizo querer llorar. Había sido BDSM light, un juego de sombras y control, pero para mí había sido la confirmación de que, sin importar a qué lugar rural me fuera el viernes, mi mente y mi cuerpo ya estaban encadenados a este despacho y a este hombre.
​Nos quedamos en silencio, mi cabeza apoyada en su pecho, escuchando cómo su corazón recuperaba el ritmo.
​—Mañana terminamos los balances —dijo él, volviendo a su tono de mando, aunque su mano seguía acariciando mi cabello—. Y el viernes te vas. Pero recuerda este momento cuando estés en el campo, Elena. Recuerda quién es el único que sabe romperte para volverte a armar.

**Liam**

El jueves por la mañana, la tensión en la oficina se podía cortar con un bisturí. Los ejecutivos de Blackwood Capital estaban sentados en la sala de juntas, hombres que desayunaban ambición y cenaban empresas en quiebra. Yo estaba preparado para llevar la voz cantante, pero lo que sucedió me dejó, por primera vez, en un segundo plano.
​Elena se levantó, ajustó su americana y comenzó a desglosar los balances de la inversión.
​No era la chica asustada de Queens, ni la mujer vulnerable que gemía bajo mi cuerpo la noche anterior. Era un tiburón. Hablaba de tipos impositivos, flujos de caja y proyecciones de riesgo con una astucia y una elocuencia que dejaron a los ejecutivos congelados en sus asientos. Usó los datos como armas, desmantelando sus dudas antes de que pudieran formularlas.
​—Si no cierran el trato hoy —sentenció ella, cerrando su tableta con un clic seco que resonó en la sala—, mañana la constructora estará valorada en un 15% más y nosotros no tendremos necesidad de su capital. La ventana de oportunidad se cierra a las cinco.
​Me quedé helado. La miré de reojo, fascinado por su ferocidad intelectual. Pero mi fascinación se convirtió en una ira sorda cuando noté a Miller, uno de los socios mayoritarios. El tipo no miraba los gráficos; la miraba a ella. Sus ojos recorrían el escote de Elena y la curva de su boca con un hambre que me hizo apretar los puños bajo la mesa hasta que los nudillos se pusieron blancos.
​—Excelente exposición, señorita Petrova —dijo Miller con una sonrisa aceitosa—. Quizás podríamos discutir los detalles finales en una cena privada esta noche.
​—La señorita Petrova no está disponible —corté yo, mi voz sonando como un trueno en la sala—. El trato se cierra aquí o no se cierra.
​Firmaron. No tenían otra opción.
​Cuando la sala se vació, Elena recogió sus cosas con una calma insultante.
​—Enhorabuena, Elena. Has estado... magistral —le dije, acercándome a ella. Mi orgullo por su trabajo luchaba contra las ganas de marcarla para que tipos como Miller no volvieran a atreverse a mirarla.
​—Gracias, Liam. Me alegra que el trabajo esté hecho —respondió ella, evitando mi contacto visual—. Si no necesitas nada más, me marcho ya. Mis amigas me esperan en una hora para salir hacia la cabaña. Nos vemos el lunes.
​Se dio la vuelta para salir, pero el pensamiento de ella lejos, libre, y el recuerdo de la mirada de Miller me hicieron estallar.
​—A mi despacho. Ahora —ordené.
​—Liam, tengo prisa, yo...
​—He dicho que entres.
​En cuanto la puerta de mi oficina se cerró, la agarré por la cintura y la giré con brusquedad. La estampé de espaldas contra la inmensa mesa de roble, apartando de un manotazo los informes y la tableta que cayeron al suelo con un estrépito.
​—¿Qué haces? ¡Me voy a ir ya! —protestó ella, pero su respiración ya se estaba acelerando.
​—No te vas a ninguna parte hasta que me quites el sabor de ese tipo mirándote —gruñí, subiéndole el vestido sin ceremonias.
​La giré para que quedara apoyada sobre sus manos, mirando hacia el ventanal, ofreciéndome su espalda. Me deshice de mi cinturón con urgencia. Quería borrar el rastro de la oficina, del tiburón de los negocios, y recordarle quién era el hombre que la reclamaba.
​La penetré desde atrás con una estocada profunda y feroz que le sacó un grito ahogado. No hubo preámbulos, solo la necesidad bruta de poseerla. Mis manos se cerraron en sus caderas, dejando marcas que se llevaría de recuerdo al campo. Cada embestida era un recordatorio: eres mía, no importa cuánto brilles ahí fuera, aquí abajo me perteneces.
​—Grita mi nombre, Elena —le exigí al oído, mientras mis caderas chocaban contra las suyas con una violencia rítmica—. Grita para que sepa que no vas a pensar en nadie más este fin de semana.
​Ella hundió las uñas en la madera de la mesa, arqueando la espalda mientras sus gemidos llenaban el despacho. Se corrió con fuerza, sus músculos internos apretándome en una agonía deliciosa antes de que yo me liberara dentro de ella con un rugido sordo.
​Me aparté, respirando con dificultad, mientras ella se dejaba caer sobre la mesa, deshecha.
​—Ahora puedes irte —dije, ajustándome la ropa con una frialdad recuperada—. Diviértete con tus amigas. Pero no olvides quién te espera el lunes con las llaves de tu nueva casa.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.