**Elena**
Al entrar en la casa de Queens, el olor a pan recién horneado me golpeó con una mezcla de nostalgia y culpa. Me senté con mis padres en la pequeña mesa de la cocina, apretando una taza de té entre mis manos. Mis caderas aún palpitaban por la urgencia de Liam en el despacho, un recordatorio físico de que mi cuerpo ya no me pertenecía del todo.
—Mamá, papá... he estado pensando en lo que les dije del "romance" con Liam —mentí, mirando hacia mi plato—. El trabajo en Manhattan es agotador y las horas de viaje me están matando. Él me ha ofrecido mudarme a su casa para estar más cerca de la oficina.
Mi padre sonrió, viendo en esto el ascenso social que siempre soñó para mí. Pero mi madre me tomó de la mano, con sus ojos llenos de una sabiduría que me hizo temblar.
—Si eres feliz y él te cuida, tienes nuestra bendición, nena —susurró—. Pero ve con cuidado. Los hombres como Liam O'Shea son como el mar; hermosos de lejos, pero pueden arrastrarte al fondo si no sabes nadar contra su corriente.
—Estaré bien, mamá. Vuelvo el domingo para recoger mis cosas —dije, dándole un beso rápido antes de subirme al coche de mis amigas.
Llegamos a la cabaña después de tres horas de carretera. El aire era puro, frío y olía a pino, un mundo aparte del asfalto de Nueva York. Nada más dejar la maleta, saqué el teléfono. Mis dedos actuaron por voluntad propia.
Elena (19:30): He llegado a la casa. El viaje ha sido tranquilo. Te veo el lunes.
Bloqueé la pantalla y esperé. Un minuto. Cinco. Diez. El "visto" no aparecía. Sentí una punzada de ansiedad que me revolvió el estómago. ¿Qué estaría haciendo? Imaginé el club, las luces rojas, y a Victoria —o a cualquier otra mujer— sentada en su regazo, recibiendo la misma atención que él me había dado a mí. La idea de que yo solo fuera un turno más en su agenda me quemaba.
—¡Elena! Suelta ese maldito móvil —Sofía me arrebató el teléfono de las manos—. Hemos venido a celebrar, no a que te conviertas en un fantasma.
Salimos al portal de madera de la entrada. La noche era clara y las estrellas brillaban con una intensidad insultante. Nos servimos unas copas de vino tinto y nos sentamos en los escalones, disfrutando del silencio, hasta que unas risas rompieron la calma.
En la cabaña de al lado, a apenas veinte metros, otro grupo estaba haciendo lo mismo.
—¡Hola, vecinas! —gritó un chico alto y rubio, levantando una cerveza—. ¿Se nos unen o tenemos que seguir bebiendo entre nosotros?
Eran tres chicos y dos chicas, todos de nuestra edad, con aspecto de no tener ni una sola preocupación en el mundo. Mis amigas, encantadas con la distracción, los invitaron a acercarse. En pocos minutos, estábamos todos sentados juntos en el porche, compartiendo botellas y anécdotas.
Uno de los chicos, Javi, se sentó a mi lado. Era simpático y me miraba con una amabilidad que no tenía nada que ver con la intensidad oscura de Liam. Por un momento, entre la risa de mis amigas y el efecto del vino, logré que la imagen de Liam y el despacho se desvaneciera un poco. Pero cuando el viento frío sopló y sentí el roce de la tela contra las marcas que Liam me había dejado en la piel, recordé que, aunque estuviera a cientos de kilómetros, él seguía siendo el dueño de cada una de mis reacciones.
Miré de reojo mi teléfono, que descansaba en la mesa. Seguía oscuro. Ninguna respuesta.
"Él quiere que pienses esto", me dije a mí misma. "Quiere que te vuelvas loca mientras él sigue con su vida". Le di un sorbo largo a mi copa de vino y le devolví la sonrisa a Javi, decidida a que, al menos por esta noche, Liam O'Shea no fuera el centro de mi universo.
**Liam**
La cena con mi familia en la mansión de Greenwich debería haber sido un trámite. Estábamos sentados en el gran comedor, bajo los retratos de antepasados que no compartían mi ADN, pero cuya altivez yo había aprendido a imitar a la perfección.
—Elena se mudará conmigo el lunes —solté, cortando el solomillo con precisión—. Quería que lo supieran por mí antes de que los tabloides empiecen a especular sobre quién es la mujer que entra y sale de mi edificio.
Mi madre adoptiva dejó la copa de cristal sobre la mesa y me miró con una elegancia reprobatoria.
—Liam, querido, es demasiado rápido. Apenas la conocemos. Dale unos días más, una semana al menos. Si se aman tanto como dices, ella podrá esperar. Además, vienen los primos de Chicago y después salimos todos hacia la boda de los Cavallari en Italia. No podemos incluir a una pareja nueva a última hora; el protocolo es estricto y no quedaría bien.
Apreté la mandíbula. El protocolo. La apariencia. Odiaba esas reglas, pero les debía todo.
—Está bien. Esperaré una semana más —acepté muy a mi pesar, sintiendo que el control sobre Elena se me escapaba de las manos por unos días.
Al salir de la mansión, mi mano derecha me llamó. Su voz no era la habitual; era sombría.
—Señor, la hemos encontrado. La mujer que lo dio a luz. Está en un hospital público en el Bronx. Cáncer de pulmón en fase terminal. Los médicos dicen que le quedan, como mucho, tres meses de vida.
El aire se congeló en mis pulmones. Llevaba años investigando en las sombras, sabiendo que esa yonki que me abandonó tenía otra hija, una niña de quince años llamada Maya. Mi hermana de sangre.
—Ella lo sabe, Liam —continuó él—. Sabe quién eres. Te está buscando... quiere que te hagas cargo de la niña cuando ella muera. No quiere que Maya termine en el sistema, como tú.
Colgué sin decir nada. La rabia y el asco me subieron por la garganta como bilis. ¿Ahora me buscaba? ¿Ahora que se moría quería que yo fuera el salvador de la familia que ella sí decidió quedarse?
Llegué a mi ático y empecé a beber. No fue un vaso de whisky para relajarme; fue una cacería de olvido. Bebí hasta que el mundo empezó a inclinarse, hasta que el odio por mi origen se mezcló con el deseo frustrado por Elena. En ese estado de embriaguez absoluta, sonó el timbre.
Era Alessandra. Llevaba un sobre satinado en la mano: su invitación de boda. Se detuvo al verme, con la camisa desabrochada y la mirada perdida.
—Liam... estás borracho —dijo, pero no se fue. Entró.
—Vete, Alessandra —gruñí, pero mi cuerpo buscaba una salida para la furia.
—Sé que esa chica no está aquí. Sé que estás solo.
En mi mente, la imagen de Elena en el campo, riendo lejos de mí, se mezcló con el rostro de la mujer moribunda del Bronx. Necesitaba castigar a alguien, necesitaba sentir algo que no fuera este vacío abrasador. Agarré a Alessandra por la cintura y la besé con una violencia desesperada. No era ella a quien quería, pero ella estaba allí, dispuesta a ser el bálsamo para mi autodestrucción.
La llevé a la habitación. El sexo fue oscuro, mecánico, cargado de un resentimiento que Alessandra aceptó como si fuera amor. Lo hicimos una y otra vez, hasta que el alcohol y el cansancio me arrastraron a una negrura sin sueños.
Me desperté cuando los primeros rayos de sol golpearon el ventanal. El dolor de cabeza era un martillo constante, pero el peso en mi pecho era peor. Miré a mi lado y vi el cabello rubio de Alessandra esparcido sobre mi almohada.
Un asco profundo, una náusea que nacía del alma, me obligó a levantarme de inmediato. Me odié. Odié cada segundo de la noche anterior. Había predicado lealtad y propiedad a Elena, y en la primera grieta de mi armadura, me había refugiado en los brazos de la mujer a la que le había deseado suerte en su matrimonio. Había traicionado el juego, me había traicionado a mí mismo.
Caminé hacia la ducha, dejando que el agua fría me golpeara. En la encimera, mi teléfono se iluminó con un mensaje de Elena que no había visto: "He llegado a la casa... Te veo el lunes".
Cerré los ojos con fuerza. Tenía tres meses para decidir qué hacer con una hermana que no conocía, una madre que odiaba y una mentira que ahora me quemaba las manos.