Diamantes negros: El contrato del ático

18 El espejismo de la libertad

**Elena**

​El sábado por la mañana, el frío de la montaña se filtraba por las rendijas de la cabaña. Lo primero que hice, casi por instinto, fue estirar la mano hacia mi teléfono. Había una notificación de Liam. El corazón me dio un vuelco, pero la emoción se desvaneció en cuanto leí sus palabras.
​Liam (08:15): Bien. No me molestes el fin de semana. Tengo asuntos familiares que atender. Te avisaré cuando debas volver.
​Me quedé mirando la pantalla, sintiendo una puntada de hielo en el estómago. Ni un "disfruta", ni un "te extraño", ni siquiera una alusión a lo que habíamos vivido el jueves sobre su escritorio. Solo frialdad. Una distancia que me hacía sentir como un objeto que acababa de guardar en un cajón tras usarlo.
​—¿Malas noticias? —preguntó Sofía, asomándose con una taza de café.
​—Lo de siempre —suspiré, dejando el móvil sobre la mesa de madera—. ¿Sabes qué? No voy a dejar que me amargue el fin de semana.
​Decidí dejar el teléfono allí, abandonado. Si él no quería que lo molestara, yo no iba a estar pendiente de su silencio.
​El grupo de la cabaña de al lado nos estaba esperando. Javi, el chico rubio, nos ayudó a subir a un pequeño velero que habían alquilado. El día estaba despejado y el agua del lago parecía un espejo de plata. Por primera vez en meses, me sentí ligera. El viento me despeinaba y el sol me calentaba la cara, alejándome de los balances, de las deudas de Nico y del aura asfixiante de Liam.
​Durante la navegación, Javi se sentó a mi lado. Se movía con una naturalidad relajada, muy distinta a la elegancia tensa a la que estaba acostumbrada. En un momento, mientras el resto del grupo reía en la proa, él se acercó un poco más de lo necesario, rozando mi hombro con el suyo.
​—Sabes, Elena... desde que te vi ayer en el porche, no he podido dejar de pensar que tienes la mirada de alguien que lleva el mundo sobre sus hombros —dijo en voz baja—. Me gustaría ayudarte a soltar un poco de ese peso.
​Me miró con una ternura genuina que me desarmó por un segundo. Era tan fácil, tan... normal. Pero cuando su mano buscó la mía, la retiré con suavidad.
​—Javi, eres un chico increíble —le dije, forzando una sonrisa amable para no herirlo—. De verdad. Pero ahora mismo mi vida es... complicada. Estoy conociendo a alguien, y aunque no es sencillo, no puedo simplemente ignorarlo. No quiero que te hagas ideas equivocadas.
​Él suspiró, pero asintió con una madurez que agradecí.
—Vaya, ese tipo debe de ser alguien muy especial para tenerte así. Lo acepto, Elena. Pero que sepas que Nueva York es muy pequeño.
​Resultó que ellos también vivían en la ciudad, en el Upper West Side. Intercambiamos los teléfonos con la promesa de vernos como amigos cuando volviéramos al asfalto. El resto del fin de semana transcurrió entre risas, hogueras nocturnas y una camaradería que me recordó quién era yo antes de convertirme en la "propiedad" de Liam O'Shea.
​Sin embargo, cada vez que reía con Javi o miraba las estrellas, una parte de mí se preguntaba qué estaría haciendo Liam. Si su "asunto familiar" era real o si simplemente estaba borrando mi rastro con otra mujer.
​El domingo por la tarde, mientras cargábamos el coche para volver, recogí mi teléfono de la mesa. No había más mensajes. El silencio de Liam era un grito que me recordaba que, aunque hubiera pasado el fin de semana navegando con amigos, el lunes por la mañana el nudo de la soga volvería a apretarse alrededor de mi cuello.
Nueva York me recibió con su habitual estruendo de claxon y sirenas, pero para mí el ruido era interno. Aparqué el coche frente a la panadería en Queens y me quedé un momento con las manos en el volante. Había pasado el viaje de vuelta ensayando mi llegada al ático de Liam, mentalizándome para cruzar el umbral que me convertiría oficialmente en su "protegida".
​Antes de subir a mi habitación a terminar de empacar, marqué su número. El corazón me latía contra las costillas con una fuerza estúpida.
​—Elena —respondió él tras tres tonos. Su voz sonaba profunda, pero extrañamente distante, como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo.
​—Hola, Liam. Acabo de llegar a Queens. Estoy recogiendo las últimas cosas para ir hacia allá. ¿A qué hora te viene bien que...?
​—No vengas, Elena —me interrumpió. El tono fue seco, cortante—. Ha habido un cambio de planes. Mis padres han impuesto algunas formalidades... compromisos familiares y una boda en Italia. No te mudarás hasta la semana que viene. Quédate en tu casa hasta el lunes siguiente.
​Me quedé en silencio, con el auricular pegado a la oreja, sintiendo cómo el aire se escapaba de mis pulmones.
​—Ah... entiendo —susurré. Debería haber sentido alivio. Debería haber saltado de alegría por tener siete días más de libertad en mi cama de siempre, con mis padres y mi café de barrio. Pero lo que sentí fue un vacío punzante en el estómago—. ¿Está todo bien? Suenas... diferente.
​—Todo está como debe estar. Te veo mañana en la oficina. No llegues tarde.
​Colgué. Me quedé mirando el teléfono, sintiendo una náusea lenta. En ese momento, la verdad me golpeó con más fuerza que cualquier amenaza de Liam: ya no quería la libertad. Me dolía que no me quisiera allí. Me dolía que me hubiera "postergado" como si fuera un trámite administrativo. Y ese dolor no nacía del miedo a las deudas de Nico; nacía de un sentimiento que no tenía derecho a existir. Me estaba enamorando del hombre que me había comprado.
​A la mañana siguiente entré en la planta 58 con la espalda recta, intentando que nadie notara que había pasado la noche en vela analizando cada palabra de su llamada. Me dirigí directamente a su despacho con los informes del fin de semana, esperando encontrar un rastro del Liam que me había besado con desesperación antes de irme.
​Cuando crucé la puerta, él ni siquiera levantó la vista de su ordenador.
​—Buenos días, señorita Petrova —dijo, y su voz era tan mecánica que parecía grabada—. Deje los balances sobre la mesa de juntas. Tengo una mañana complicada.
​—Liam... —intenté decir, buscando un atisbo de conexión en sus ojos.
​Él levantó la mirada por un segundo. No había fuego. No había posesividad. Había una barrera de hielo tan gruesa que me hizo retroceder físicamente. Parecía que los días en Ginebra y la noche en el despacho hubieran sido una alucinación mía.
​—¿Necesita algo más, señorita Petrova? —preguntó, arqueando una ceja con una cortesía profesional que me resultó insultante.
​—No. Nada, señor O’Shea.
​Salí de su despacho sintiendo que el aire de la oficina me asfixiaba. Quería gritarle, preguntarle qué había pasado en esas 48 horas para que volviera a tratarme como a una extraña. Pero entonces recordé la advertencia de mi madre: "Son como el mar". Liam se había retirado, dejando solo una playa desierta y fría, y yo me encontraba allí, sola, dándome cuenta de que mi mayor problema ya no era el dinero, sino el hombre que se negaba a mirarme a los ojos.




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