El silencio en la planta 58 era absoluto, roto solo por el zumbido del aire acondicionado y el rítmico tecleo de mis dedos contra el ordenador. Trabajé hasta que los ojos me escocieron, intentando sepultar bajo una montaña de facturas y auditorías el nudo de ansiedad que Liam me había dejado en el pecho. Me sentía pequeña, desechable, como si la mujer que brilló en la reunión del jueves hubiera sido devorada por la secretaria humillada del lunes.
Estaba a punto de apagar la luz de mi escritorio cuando mi teléfono vibró.
Liam (20:45): Baja ahora. El chófer te espera en la puerta principal. Necesito verte.
El corazón me dio un vuelco. Era una orden, como siempre, pero había algo en la brevedad del mensaje que no se sentía como una exigencia de negocios. Bajé en el ascensor sintiendo un hormigueo en las manos. Al salir a la calle, el coche negro ya estaba allí. El trayecto hacia el Upper East Side fue un borrón de luces de neón.
Cuando entré en su ático, las luces estaban tenues. Liam estaba de pie junto al ventanal, pero en cuanto escuchó la puerta, se giró. No me dejó decir nada. Caminó hacia mí con zancadas largas y me atrapó por la cintura, estampando sus labios contra los míos. Fue un beso rudo, desesperado, cargado de una urgencia que me hizo soltar un pequeño jadeo. Sabía a whisky y a algo que se parecía peligrosamente a la derrota.
Pero entonces, algo cambió.
Se separó apenas unos milímetros, mirándome a los ojos con una intensidad que me detuvo el pulso. No había rastro del jefe gélido de la mañana. Me tomó en brazos con una facilidad asombrosa, como si fuera de porcelana, y me llevó hacia su habitación.
Me depositó sobre la inmensa cama con una delicadeza que me desarmó. No hubo tirones de ropa ni órdenes secas. Esta vez, Liam se tomó su tiempo. Me desvistió pieza por pieza, besando cada centímetro de piel que quedaba al descubierto, como si estuviera pidiendo perdón por cada palabra dura que me había lanzado.
—Lo siento, Elena... —susurró contra mi cuello, y por primera vez sentí que su armadura no solo tenía grietas, sino que se estaba desintegrando.
Hacer el amor con él esa noche fue una experiencia trascendental. No fue sexo, fue una comunión. Sus manos, que antes me habían sujetado con fuerza, ahora me acariciaban con una ternura infinita. Me penetró con una lentitud agónica, buscando mi mirada en todo momento, obligándome a ver al hombre vulnerable que se escondía detrás del monstruo.
Sus movimientos eran rítmicos y suaves, una danza de calor y suspiros. Cada vez que mis dedos se clavaban en su espalda, él respondía con un beso en mi frente o en mis labios, susurrando mi nombre como si fuera un mantra. El placer se expandió por mi cuerpo no como un estallido, sino como una marea cálida que nos envolvió a ambos. Cuando llegamos al clímax, lo hicimos juntos, unidos en un abrazo tan fuerte que sentí los latidos de su corazón contra mi pecho, compitiendo con los míos.
Nos quedamos allí, entrelazados bajo las sábanas de seda. El silencio ya no era frío; era un refugio. Me sentía amada, o algo muy parecido, y por un momento olvidé el contrato, a su hermana misteriosa y el miedo al futuro.
—Quédate —murmuró él, abrazándome por la cintura mientras yo apoyaba la cabeza en su hombro—. No te vayas a Queens esta noche. Solo... quédate conmigo.
Me quedé dormida con el aroma de su piel envolviéndome, creyendo que Liam acababa de encontrar en mi cuerpo el único lugar donde podía encontrar paz.
La mañana siguiente trajo consigo una luz blanca y despiadada que atravesaba los ventanales del ático, disolviendo la magia de la noche anterior. Me desperté con el calor de su cuerpo todavía cerca, pero cuando abrí los ojos, Liam ya estaba de pie, vistiéndose con la misma eficiencia fría con la que cerraba un trato multimillonario. La ternura de la madrugada se había evaporado, reemplazada por esa determinación férrea que me recordaba que él siempre tenía el control.
—Despierta, Elena —dijo sin mirarme, ajustándose los gemelos de oro—. El chófer te llevará a Queens en media hora. Recoge todo lo que necesites. No quiero que te falte nada cuando vuelvas aquí esta noche.
Me incorporé en la cama, sujetando las sábanas contra mi pecho, sintiendo un frío repentino que no tenía nada que ver con la temperatura de la habitación.
—¿Esta noche? —pregunté, con la voz todavía ronca por el sueño—. Liam, habíamos hablado de la semana que viene. Mis padres... todavía no los he preparado del todo. Necesito tiempo para explicarles, para que no parezca que estoy huyendo de casa. Dijiste que esperaríamos.
Liam se detuvo y se giró hacia mí. Sus ojos azules estaban vacíos de la calidez que me había mostrado horas antes. Volvía a ser el hombre que no aceptaba un "no" por respuesta.
—No hay más tiempo, Elena. Las circunstancias han cambiado —dijo con un tono final—. No me importa qué excusa uses. Dile a tus padres que el trabajo requiere disponibilidad total, dile que nos amamos, dile lo que quieras. Pero esta noche, a las ocho, quiero que tus maletas estén en este ático.
—¡No puedes exigirme esto así! —exclamé, sintiendo que la rabia empezaba a ganarle la partida al deseo—. Mi familia no es un activo de tu empresa que puedas mover a tu antojo. Necesito al menos un par de días para hacer las cosas bien.
Liam caminó hacia la cama y se inclinó sobre mí, apoyando las manos a ambos lados de mi cuerpo, atrapándome en su espacio. Su perfume, el mismo que anoche me parecía un refugio, ahora se sentía como una cadena.
—No es una sugerencia, Elena. Es una orden —susurró cerca de mis labios, con una intensidad que me hizo estremecer—. He sido paciente. He sido romántico. Pero la realidad me pisa los talones y te quiero aquí, bajo mi techo, donde pueda verte. Donde sepa que eres mía.
Me quedé sin palabras, mirando la firmeza de su mandíbula. Quería gritarle que era un tirano, que no podía comprar mi vida de esa manera, pero la sombra de la deuda de Nico y la forma en que él me había mirado anoche me mantenían cautiva.
—A las ocho —repitió, dándome un beso corto y posesivo antes de enderezarse—. El chófer te recogerá en la panadería. No me hagas ir a buscarte yo mismo, porque no te gustaría el espectáculo frente a tu padre.
Salió de la habitación sin esperar mi respuesta, dejándome allí, en medio de las sábanas revueltas, con la sensación de que el cuento de hadas de anoche acababa de convertirse en un secuestro de terciopelo. Tenía doce horas para mentirle a las personas que más quería y entregarle mi vida definitivamente al hombre que, incluso cuando me hacía el amor, nunca dejaba de ser mi dueño.
El trayecto en el coche de Liam hacia Queens se sintió como el camino al patíbulo. Miraba por la ventana cómo los rascacielos de Manhattan daban paso a las casas bajas y familiares de mi barrio. Llevaba conmigo el aroma de sus sábanas y la marca invisible de su posesividad. Liam no me había dado opción: o me mudaba esta noche, o él vendría a buscarme. Y conocía a Liam; no le importaría destrozar la calma de mi hogar con tal de imponer su voluntad.
Cuando entré en la panadería, el sonido de la campanilla me rompió el alma. Mi padre estaba sacando una bandeja de pan del horno y mi madre limpiaba el mostrador. Me miraron y supieron que algo pasaba.
—Mamá, papá... tenemos que hablar —dije, tratando de que mi voz no temblara.
Nos sentamos en la pequeña cocina trasera. El calor de los hornos, que siempre me había dado seguridad, hoy me asfixiaba.
—He decidido irme a vivir con Liam. Esta misma noche —solté de golpe.
El silencio que siguió fue denso. Mi padre dejó el trapo sobre la mesa y me miró con el ceño fruncido, sus ojos cansados llenos de una decepción que me dolió más que cualquier grito.
—¿Esta noche, Elena? —preguntó con voz ronca—. Apenas lo conocemos. Es... es demasiado pronto, hija. Un hombre así, con tanto poder... las cosas deben hacerse con orden. No eres una cualquiera para salir corriendo de tu casa así.
—Elena, cariño —intervino mi madre, con tono suave pero preocupado—, sabemos que lo quieres, pero ¿por qué tanta prisa? Apenas han pasado unas semanas. Una mujer debe hacerse respetar, no estar a disposición de los caprichos de un hombre rico.
Sentí que las lágrimas me escocían. Si supieran que no era un capricho, sino un rescate. Si supieran que mi mudanza era el precio de la libertad de mi hermano.
—Es por el trabajo, papá —mentí, odiándome a cada palabra—. Los horarios en la oficina son brutales. A veces salgo a medianoche y volver hasta aquí me agota. Liam quiere que esté cerca, quiere cuidarme. Y yo... yo lo amo. Quiero estar con él.
Vi cómo la rigidez de mi padre se ablandaba un poco. El argumento del trabajo siempre funcionaba en una familia de inmigrantes que solo conocía el esfuerzo. Él suspiró, frotándose las manos manchadas de harina, y miró a mi madre. Hubo una conversación silenciosa entre ellos, una de esas que solo los matrimonios de décadas pueden tener.
—Está bien, Elena —dijo finalmente mi padre, aunque su sonrisa no llegaba a sus ojos—. Eres una mujer adulta y has demostrado ser responsable. Entendemos lo del trabajo. Pero escúchame bien...
Se inclinó hacia delante y me tomó la mano con firmeza.
—Llámanos cada día. Sin falta. Y quiero verte aquí cada domingo para comer. Si ese hombre te hace sentir que no puedes venir a ver a tu familia, o si te falta al respeto de cualquier forma, me da igual cuántos millones tenga en el banco. Volverás a esta casa de inmediato. ¿Me has oído?
—Lo haré, papá. Lo prometo —dije, abrazándolos con una fuerza desesperada.
Subí a mi habitación a empacar. Cada objeto que metía en la maleta —mis libros, mis fotos, mi ropa vieja— se sentía como si estuviera enterrando a la Elena de Queens. A las ocho en punto, el coche negro de Liam apareció frente a la panadería. Me despedí de mis padres con el corazón hecho pedazos, sintiendo que cruzaba una línea de la que no habría retorno.
Mientras el coche se alejaba, miré por el cristal trasero cómo la figura de mis padres se hacía pequeña en la acera. Ya no era solo una empleada, ni siquiera solo una amante. A partir de esta noche, entraría en el santuario de Liam O'Shea, y Dios sabía si alguna vez volvería a ser la misma.