**Elena**
Llegué al apartamento con la adrenalina todavía recorriéndome las venas. Liam se había quedado en el salón, supongo que haciendo llamadas o rumiando su rabia, mientras yo me encerraba en nuestro dormitorio. Mi teléfono vibró sobre la colcha.
Siobhan (18:45): Te recojo a las ocho, cuñada. Cenaremos algo ligero y luego directas al 'Aura'. Es la discoteca de moda, la lista de espera es eterna pero yo soy VIP. Pásale la ubicación al gruñón de mi hermano para que no le dé un ictus de tanto pensar.
Sonreí para mis adentros. Me metí en el baño y abrí el grifo de la ducha, dejando que el vapor empañara los espejos. Necesitaba que el agua templada relajara mis músculos, pero apenas había tenido tiempo de enjabonarme cuando la puerta de cristal se deslizó.
Liam estaba allí. No dijo nada. Su mirada era oscura, cargada de una posesividad que me erizó el vello de la nuca. Se quitó la camisa con una lentitud tortuosa y entró bajo el chorro de agua conmigo.
—¿Sin bragas, Elena? —gruñó, acorralándome contra el azulejo—. ¿Eso es lo que le vas a ofrecer al mundo esta noche?
—Solo si el mundo sabe mirar, Liam —le desafié, pasando mis manos mojadas por su pecho firme.
Él no esperó más. Me agarró por los muslos y me elevó con una fuerza bruta, obligándome a enredar mis piernas alrededor de su cintura. Me estampó contra el cristal empañado de la ducha, que vibró bajo nuestro peso. Lo sentí entrar en mí de una estocada, caliente y exigente, reclamando cada rincón de mi cuerpo como si estuviera grabando su nombre en mi piel antes de dejarme marchar. El sonido del agua golpeando nuestras espaldas se mezclaba con mis gemidos y sus jadeos roncos. Sus manos se clavaron en mi trasero, apretándome contra él mientras sus labios buscaban mi cuello con una voracidad que me dejó sin aliento. Fue un acto de marcaje, una batalla de piel y vapor donde él intentaba recordarme a quién le pertenecía cada suspiro.
Una hora después, Liam ya se había ido a su cena con la arquitecta y Marcus, dejándome un mensaje breve: "Marcus tiene órdenes de no quitarte el ojo. No me obligues a volver antes de tiempo".
Me preparé con una lentitud deliberada. Elegí un vestido de seda color medianoche, con una caída tan fluida que se sentía como agua sobre mi piel. Tenía un escote profundo en la espalda y una abertura lateral que subía peligrosamente por mi muslo. Y, tal como le había prometido, no me puse nada debajo. El roce de la seda contra mi intimidad me hacía sentir poderosa, prohibida. Me maquillé los ojos con tonos ahumados y dejé mi pelo suelto, cayendo en ondas salvajes sobre mis hombros.
Cuando Liam volvió un momento al ático a recoger unos documentos antes de su cena definitiva, se quedó petrificado en la entrada del salón.
Sus ojos recorrieron mi cuerpo de arriba abajo, deteniéndose en la forma en que el vestido se moldeaba a mis curvas. Vi cómo tragaba saliva, cómo su mandíbula se tensaba hasta el límite. Parecía que le iba a dar un infarto allí mismo.
—No —soltó, su voz era un hilo de ira contenida—. No vas a salir así, Elena. No es una buena idea que vayamos por separado. Llama a Siobhan y dile que se venga con nosotros a la cena de negocios.
Caminé hacia él, dejando que el tacón de mis zapatos resonara en el suelo de mármol. Me detuve a centímetros de su rostro, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo.
—Liam, ya lo hemos hablado —le dije con una calma que lo sacaba de quicio—. Quiero conocer a tu hermana a fondo. Quiero saber quién es tu familia. No puedes tenerme encerrada en una jaula de cristal cada vez que un hombre me mire. Confía en mí.
Él cerró los ojos un segundo, luchando contra el impulso de cargarme al hombro y encerrarme en la habitación bajo llave. Sus celos eran una bestia viva, pero mi determinación era más fuerte.
—Si un solo hombre te toca, Elena... si dejas que alguien se acerque más de lo debido... —me advirtió, agarrándome la barbilla con firmeza.
—Vete a tu cena, Liam —le interrumpí, dándole un beso fugaz en la comisura de los labios que lo dejó con ganas de más—. Siobhan ya está abajo.
Me soltó muy a su pesar, con una mirada de pura derrota y deseo. Salí del ático sintiendo su mirada clavada en mi espalda, sabiendo que, aunque él estuviera cenando con la arquitecta, su mente estaría conmigo, imaginando cada paso que daba en la oscuridad de la noche neoyorquina.
La cena con Siobhan en el reservado de aquel restaurante de moda en el SoHo estaba siendo reveladora. Ella tenía una forma de hablar directa, sin los filtros de cristal de su hermano, pero mi atención se desviaba constantemente al teléfono que vibraba sobre el mantel de hilo.
Lo desbloqueé bajo la mesa. Un mensaje de Liam.
Liam (21:15): No puedo concentrarme en esta maldita cena. Necesito que me lo digas, Elena. Necesito leerlo ahora mismo. Dime quién es tu dueño.
Sentí un escalofrío recorrer mi columna. La seda del vestido rozaba mi piel desnuda, recordándome la promesa que le había hecho y el calor de su cuerpo en la ducha apenas una hora antes. Mis dedos volaron sobre la pantalla, respondiendo sin un ápice de duda.
Elena (21:16): Tú, Liam. Siempre eres tú. Mi cuerpo y mi aliento te pertenecen, aunque no estés aquí para reclamarlos.
Bloqueé el móvil con el corazón desbocado y levanté la vista. Siobhan me observaba con una sonrisa ladeada, sosteniendo su copa de vino con elegancia.
—Es él, ¿verdad? —preguntó, no como una duda, sino como una afirmación—. Está volviéndose loco imaginando que alguien respira el mismo aire que tú.
—Es... intenso —admití, sintiendo el rubor en mis mejillas.
Siobhan suspiró y dejó la copa. Su expresión se volvió inusualmente seria.
—Escúchame, Elena. Mi hermano, a pesar de lo que parezca, de esa fachada de tiburón despiadado y esos ataques de posesividad, es un buen hombre. Protege a los suyos con un amor que quema, porque es lo único que aprendió para sobrevivir. Pero nunca ha sabido cómo ser vulnerable.
Me incliné hacia delante, fascinada por sus palabras.
—Él cree que amar es poseer —continuó ella—. Tienes que tener paciencia con él. Tienes que enseñarle cómo amar a una mujer sin convertirla en una propiedad. Eres la primera que ha logrado que baje la guardia, aunque él intente subirla de nuevo a gritos. No te rindas con él.
Asentí en silencio, sintiendo el peso de su consejo. "Enseñar a amar a Liam O'Shea". Parecía una tarea imposible, pero tras la ternura de la noche anterior, sabía que ese hombre existía en algún lugar bajo las capas de armadura.
Después de cenar, nos dirigimos a la discoteca Aura. El lugar era un templo de exceso: música electrónica palpitante, humo con aroma a vainilla y cuerpos moviéndose bajo luces estroboscópicas. Siobhan entró como si fuera la dueña del lugar, guiándome hasta un reservado VIP en la planta superior, con vistas a la pista de baile.
Allí nos esperaban sus amigas, un grupo de mujeres sofisticadas y vibrantes que me recibieron con curiosidad y entusiasmo.
—¡Chicas, aquí está la mujer que ha domesticado al lobo feroz! —exclamó Siobhan entre risas, presentándome.
Me senté en el sofá de cuero, aceptando una copa de champán. El ambiente era eléctrico. Me sentía observada, no solo por las amigas de Siobhan, sino por las miradas de los hombres en los reservados cercanos. Sabía que Marcus estaba en algún lugar entre las sombras, vigilando cada uno de mis movimientos para informarle a Liam, pero por un momento decidí dejarme llevar por la música.
Sentía la libertad del vestido de seda contra mi piel, el secreto de mi desnudez bajo la tela y las palabras de Siobhan resonando en mi cabeza. Estaba en el territorio de los lobos, pero me sentía protegida por el hilo invisible que me unía a Liam. Sin embargo, no pude evitar notar a un grupo de hombres en la mesa de enfrente que no dejaban de brindar en mi dirección. Uno de ellos, un tipo rubio con aire de heredero arrogante, se levantó y empezó a caminar hacia nuestro reservado con una sonrisa depredadora.
Apreté mi copa, sabiendo que la noche de "diversión" estaba a punto de complicarse y preguntándome cuánto tardaría el mensaje de Marcus en llegar al teléfono de Liam.