**Elena**
Me quedé mirando la puerta cerrada por la que Liam acababa de salir. El eco de su amenaza seguía vibrando en las paredes, frío y cortante como una cuchilla. No podía creerlo. No podía procesar que el hombre que ayer me hacía el amor con una ternura que me hizo llorar, hoy me estuviera poniendo una soga al cuello usando la vida de mi hermano como nudo.
Siempre supe que Liam era un depredador. Sabía que su mundo se basaba en adquisiciones, en opa hostiles, en tomar lo que deseaba sin pedir permiso. Pero ingenuamente pensé que yo era diferente. Creí que lo que teníamos era un refugio, no una transacción comercial más. Ahora entiendo que para él, el amor y la posesión son la misma palabra.
Me sentía asfixiada. Atarme a alguien por deber, bajo la sombra de un chantaje, no era la boda que yo soñaba de niña en Queens. No había flores, no había promesas de cuidado mutuo; solo papeles, abogados y el peso muerto de una deuda que no era mía.
Esa tarde, el abogado de Liam llegó al ático. Era un hombre de expresión neutra que ni siquiera me miró a los ojos mientras extendía los documentos sobre la mesa de caoba. Liam estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a mí, observando la ciudad como si fuera su tablero de ajedrez.
Firmé.
Cada trazo de mi bolígrafo se sentía como si estuviera tachando mi propia libertad. En cuanto el abogado se fue, Liam intentó acercarse, pero yo me levanté de la mesa antes de que pudiera tocarme.
—Voy a ver a mis padres —dije, mi voz sonando hueca, despojada de cualquier calidez—. No me detengas, Liam. Ya tienes lo que querías. Mi firma está en el papel. Mi vida es tuya por contrato. Ahora déjame respirar.
Él no dijo nada, pero sentí su mirada quemándome la espalda mientras salía de allí.
Llegué a Queens sintiéndome como una extraña en mi propio hogar. El olor a pan recién horneado y la risa de mi padre desde el mostrador deberían haberme dado paz, pero solo me produjeron un nudo en la garganta.
—¡Elena! Qué sorpresa, hija —mi madre me abrazó con fuerza—. ¿Cómo va todo en el ático? ¿Liam te trata bien?
—Sí, mamá —mentí, y la palabra supo a hiel—. Estoy... estoy muy feliz. El trabajo va bien y Liam cuida de mí. Solo quería pasar a veros un momento.
Mi padre me dio un beso en la frente, orgulloso de ver a su hija "triunfar" en el mundo de los rascacielos. Pero Nico me observaba desde la esquina de la cocina. Él siempre había sido capaz de leer entre líneas, quizá porque compartíamos la misma sangre impulsiva.
Cuando mis padres se alejaron para atender a un cliente, Nico se acercó a mí. Su rostro estaba marcado por la culpa, esa que intentaba esconder tras una máscara de indiferencia.
—Elena... —me susurró, buscándome la mirada—. ¿Es seguro que eres feliz con ese hombre? Te veo... diferente. Como si estuvieras cargando con el mundo entero. Si él te está obligando a algo, si esto tiene que ver con lo que yo hice...
Me dolió el corazón al verlo tan cerca de la verdad. Si le decía la verdad, Nico haría una locura y acabaría en la cárcel, tal como Liam había planeado. Tenía que protegerlo, incluso de sí mismo.
—Soy feliz, Nico. De verdad —le interrumpí, forzando una sonrisa que no llegaba a mis ojos—. Liam es un hombre complicado, pero me quiere a su manera. Solo te pido una cosa... por favor, no te metas en más problemas. Quédate aquí, ayuda a papá. Haz que mi sacrificio valga la pena —añadí en mi mente, aunque no dejé que las palabras salieran.
Él asintió, aunque no parecía convencido del todo. Me fui de allí con el alma rota, sabiendo que acababa de blindar la seguridad de mi familia al precio de mi propia felicidad. Al subir al coche que Liam había enviado para recogerme, me miré en el espejo retrovisor. Ya no era Elena, la chica soñadora de Queens. Ahora era la señora O'Shea, una mujer atrapada en una jaula de oro, casada con un hombre al que amaba y odiaba con la misma intensidad aterradora.
Salí de Queens pero no dejé que el chófer de Liam me llevara de vuelta al "palacio". Le pedí que me dejara en una esquina de Brooklyn, asegurándole que caminaría un poco para despejarme. En realidad, solo quería perderlo de vista antes de subir al pequeño y desordenado piso de Sofía.
En cuanto ella abrió la puerta y vio mi rostro, no hizo falta que dijera nada. Sofía me conocía desde que compartíamos pupitre y sueños de papel. Me arrastró hacia adentro y cerró el pestillo.
—Elena... por Dios, ¿qué ha pasado? —preguntó, llevándome al sofá desvencijado que tantas veces nos había servido de confidente.
Y entonces, el dique se rompió.
Le conté todo. Las palabras salieron a borbotones, mezcladas con hipos y una desesperación que me quemaba la garganta. Le hablé de la deuda de Nico, de los documentos falsificados, de la mirada gélida de Liam en el despacho y de cómo, esa misma tarde, había firmado un acta de matrimonio que se sentía como una sentencia de muerte.
—Me ha obligado, Sofi —sollocé, escondiendo la cara en mis manos—. Me ha encadenado a él usando a mi familia. El hombre que creía que me amaba resultó ser un carcelero que no acepta un "no" por respuesta. He vendido mi vida para que mis padres no acaben en la ruina absoluta.
Sofía se quedó muda. La vi palidecer, apretando los labios mientras procesaba el horror de lo que le contaba. En su mundo de artista, las cosas se resolvían con pasión y libertad; la idea de un matrimonio por chantaje en pleno siglo XXI le parecía una película de terror. No supo qué decir. ¿Qué se le dice a tu mejor amiga cuando te confiesa que es la propiedad legal de un multimillonario?
No hubo consejos vacíos ni frases hechas. Simplemente se sentó a mi lado y me rodeó con sus brazos, dejando que mi llanto desconsolado empapara su camiseta. Me acunó como si fuera una niña, mientras yo lloraba por la Elena que ya no existía, por la boda que nunca tendría y por el amor que Liam estaba asesinando con su necesidad de control.
Después de una hora, el llanto se convirtió en un cansancio pesado. Sofía, sin soltarme del todo, se levantó para preparar algo de comer. El sonido de las cacerolas y el olor a arroz con pollo casero me devolvieron por un momento a la realidad, a una donde el dinero no lo compraba todo.
Comimos juntas en su pequeña mesa de madera. Ella intentó hacerme reír con anécdotas de su estudio, pero mis ojos volvían constantemente al reloj. El tiempo de mi "libertad" se agotaba. Cada minuto que pasaba en ese piso era un minuto que le robaba al hombre que ahora era mi dueño legal.
—¿Vas a volver allí? —preguntó Sofía, sujetando mi mano sobre la mesa.
—Tengo que hacerlo —respondí con una amargura que me asustó—. Si no vuelvo, si no cumplo mi parte, él destruirá a mi padre y a Nico. Liam no amenaza en vano, Sofi. Él cumple.
—Prométeme que no dejarás que te borre —me pidió ella con los ojos empañados—. Prométeme que, aunque lleves su anillo, tu mente seguirá siendo tuya.
—Lo intentaré —susurré, aunque en el fondo sabía que Liam O'Shea no se conformaría con mi cuerpo; él quería mi alma, y ya había empezado a devorarla.
Me despedí de ella con un abrazo que se sintió como una despedida definitiva de mi juventud. Bajé a la calle y allí estaba el coche negro, esperándome como una sombra persistente. El trayecto de vuelta al ático fue un funeral silencioso. Mientras subía en el ascensor privado, me enderecé, me sequé el rastro de las lágrimas y me puse la máscara de frialdad que Liam me había obligado a forjar.
Entré en el ático. El lujo me recibió con su brillo ofensivo. Sabía que Liam estaría en algún lugar, esperando a su "esposa", listo para reclamar lo que legalmente ya le pertenecía.
Caminé por la terraza hasta quedar a unos metros de él. El silencio entre nosotros era una entidad viva, cargada de los reproches que yo le lanzaba con la mirada y de la determinación implacable que él emanaba. Me dolían los ojos de tanto llorar en casa de Sofía, pero me obligué a mantener la barbilla en alto.
Liam no se giró de inmediato. Se limitó a observar el horizonte, ese imperio que él dominaba con mano de hierro y que ahora me incluía a mí como una posesión más.
—¿Has terminado de despedirte de tu antigua vida? —preguntó, su voz era un murmullo profundo que el viento casi se llevaba.
—He terminado de aceptar que mi vida ya no me pertenece, si es eso lo que preguntas —respondí con amargura.
Él se giró lentamente. No había arrepentimiento en sus ojos. No había rastro del hombre que me había besado con desesperación en la ducha o en el coche. Solo quedaba el estratega, el hombre que firma contratos y gana guerras.
—Escúchame bien, Elena —dijo, dando un paso hacia mí, invadiendo mi espacio con esa presencia suya que siempre lograba hacerme temblar—. No voy a pedirte perdón por esta boda. No voy a disculparme por asegurarme de que lleves mi apellido y vivas bajo mi techo de forma permanente. Te quiero para mí. No para un rato, no para cuando el contrato termine. Para siempre.
Sentí una punzada de rabia mezclada con una tristeza infinita.
—¿A este precio, Liam? ¿Me quieres como a un trofeo que has ganado haciendo trampas?
—No soy un hombre romántico, Elena. No esperes poemas, ni esperes escuchar sentimientos brotando de mi boca como si fuera un adolescente enamorado. No sé hacer eso —su mandíbula se tensó y dio un paso más, agarrándome suavemente de los antebrazos—. Pero te prometo esto: te protegeré siempre. Nadie volverá a amenazar a tu familia, nadie volverá a ponerte una mano encima y nunca te faltará nada. Mi lealtad es tuya, aunque mi corazón sea una piedra.
Lo miré a los ojos, buscando una grieta, un rastro de la vulnerabilidad que Siobhan me había jurado que existía. Pero solo vi una voluntad de acero.
—Eso no va a ser suficiente toda la vida, Liam —le dije, y mi voz salió rota pero firme—. El lujo y la protección son jaulas muy bonitas, pero siguen siendo jaulas. Algún día te darás cuenta de que me tienes aquí físicamente, pero que cada vez que me obligas a obedecerte, te alejas un kilómetro de lo que realmente podrías haber tenido conmigo.
Bajé la vista al anillo que ya brillaba en mi mano, un diamante que pesaba como el plomo.
—Pero no tengo más remedio que quedarme —concluí, soltándome de su agarre—. Has jugado bien tus cartas. Has salvado a mi hermano y me has condenado a mí. Disfruta de tu victoria, "marido".
Me di la vuelta para entrar de nuevo al calor del ático, dejándolo solo en la terraza con su whisky y su silencio. Había ganado el derecho a tenerme en su cama, pero mientras caminaba por el salón, supe que la verdadera batalla —la de ganarse mi perdón— era una que Liam O'Shea no tenía ni idea de cómo empezar a luchar.