Diamantes negros: El contrato del ático

23 El mando de mi voluntad

**Elena**

​Me miré en el espejo de cuerpo entero y apenas me reconocí. Liam había enviado a un equipo de estilistas que trabajaron sobre mí como si fuera una propiedad que necesitaba ser pulida para una subasta. Llevaba un vestido de seda líquida color esmeralda, con un escote infinito en la espalda y una caída que acariciaba mis curvas sin dejar nada a la imaginación. Mi cabello, usualmente domado, caía ahora en ondas salvajes y voluminosas; me sentía como una amazona atrapada en una jaula de cristal.
​Mis ojos aún guardaban un rastro de la tormenta de anoche, una mezcla de rabia y una turbia confusión sensorial.
​La puerta de la suite se abrió y Liam entró. Iba impecable con un esmoquin negro que resaltaba su figura imponente. Se detuvo en seco al verme. Vi cómo su garganta trabajaba al tragar saliva y cómo sus ojos grises recorrían cada centímetro de mi piel, desde mis hombros desnudos hasta la abertura de mi falda. Por un momento, el hombre de negocios desapareció, dejando paso a un hombre absorto por la belleza de lo que acababa de comprar.
​—Estás... —se detuvo, buscando la palabra—. Destructiva, Elena. Vas a eclipsar a la novia antes de que ponga un pie en la iglesia.
​—Es lo que querías, ¿no? —respondí con voz gélida—. Un trofeo que exhibir ante Alessandra.
​Él no respondió al dardo. En su lugar, se acercó a mí con una lentitud que me puso en guardia. Sacó una pequeña caja de terciopelo negro de su bolsillo. Pensé que sería otra joya, otro grillete de diamantes, pero lo que había dentro me hizo palidecer.
​Era un pequeño vibrador de silicona negra, elegante y discreto, junto a un mando a distancia metálico.
​—No —susurré, dando un paso atrás—. Liam, no.
​—Vas a llevar esto bajo el vestido toda la noche, Elena —dijo, su voz recuperando ese tono de mando que no admitía réplicas—. En la cena, mientras hables con Alessandra, mientras brindes con Julian... quiero que recuerdes quién tiene el control de tu placer.
​—¡Es degradante! —protesté, sintiendo el calor subir por mi cuello—. No voy a permitir que juegues conmigo así en público.
​—Ya hemos pasado por esto, Elena. Eres mi esposa. Y hoy, quiero que seas una esposa muy... receptiva. Colócatelo. Ahora.
​Me obligó a hacerlo. El contraste entre la seda fría del vestido y el dispositivo fue un recordatorio brutal de mi situación. Cuando terminé, me quedé frente a él, temblando de indignación.
​Él sacó el mando del bolsillo y, sin apartar la mirada de mis ojos, pulsó el botón.
​El dispositivo cobró vida con una vibración potente y profunda que me golpeó el centro del cuerpo como una descarga eléctrica. Ahogué un gemido, mis rodillas flaquearon y tuve que apoyarme en el tocador. El placer fue instantáneo, violento, alimentado por la sensibilidad que aún tenía de la sesión en el club. Mi respiración se volvió errática y empecé a cerrar los ojos, dejándome llevar por la ola de calor que me invadía.
​Justo cuando estaba a punto de perder la compostura, cuando mi cabeza cayó hacia atrás y un sonido involuntario escapó de mis labios... él soltó el botón.
​El silencio que siguió fue ensordecedor. Mi cuerpo gritó por la interrupción, dejándome en un estado de frustración insoportable.
​—Eso es solo una muestra —susurró Liam, guardando el mando en su bolsillo con una sonrisa de depredador—. El resto de la noche depende de lo bien que te comportes. Vamos, Elena. El coche espera.
​Caminé hacia la puerta con las piernas temblando, sintiendo el peso del dispositivo en mi interior y el mando en su bolsillo. Sabía que esta noche sería un infierno de deseos no cumplidos, y que Liam O'Shea estaba disfrutando de cada segundo de mi tortura.
Caminaba del brazo de Liam, sintiendo su mano posesiva en mi cintura. Él se movía por el salón con la seguridad de un depredador en su territorio. No tardamos en encontrarnos con los protagonistas de la noche. Alessandra lucía un vestido blanco perlado que gritaba "pureza", una ironía que no pasó desapercibida para nadie que conociera su historial con mi marido.
​—Liam, querido —dijo ella, ignorándome por completo al principio—. Qué sorpresa que hayas decidido venir. Y veo que has traído... compañía.
​Sus ojos recorrieron mi vestido con un desprecio mal disimulado. Se acercó un paso, bajando la voz para que solo nosotros la oyéramos.
​—Un color muy llamativo, Elena. Casi distrae del hecho de que hace apenas unos meses servías café en las reuniones. Supongo que el ascenso ha sido... vertical, ¿verdad?
​Sentí que la sangre se me subía a las mejillas, pero antes de que pudiera abrir la boca para defender mi dignidad, la presión de la mano de Liam en mi costado aumentó. Su voz salió gélida, cortante como un diamante.
​—Alessandra —dijo él, con una elegancia que helaba la sangre—. Elena no es "compañía". Es mi esposa. Y si su brillo te resulta molesto, quizás es porque tu propia luz está empezando a desvanecerse. Felicidades por tu compromiso con Julian; espero que él tenga la paciencia que a mí siempre me faltó contigo.
​La cara de Alessandra se desencajó. Liam ni siquiera esperó su respuesta; me guio hacia la mesa presidencial con una frialdad absoluta, dejándola plantada y humillada frente a sus propios invitados. Por un segundo, sentí un destello de gratitud hacia él, pero se esfumó en cuanto nos sentamos a cenar.
​La cena fue un suplicio. Estábamos rodeados de la élite de Nueva York, hablando de fondos de inversión y arte contemporáneo, mientras yo luchaba por mantener una expresión neutral. Fue entonces cuando sentí el primer clic.
​Liam tenía su mano derecha sobre la mesa, sosteniendo una copa de vino, pero su mano izquierda estaba oculta bajo el mantel, en su regazo. De repente, una vibración potente me sacudió por dentro.
​Ahogué un jadeo, apretando los cubiertos con tanta fuerza que mis nudillos se pusieron blancos. El placer fue una emboscada. Intenté concentrarme en la conversación del inversor que tenía a mi izquierda, pero el mundo empezó a desdibujarse. Liam me miraba de reojo, con una sonrisa imperceptible, mientras su pulgar jugaba con el mando en su bolsillo.
​Justo cuando sentí que el calor me invadía por completo, cuando mi respiración se volvía pesada y el clímax asomaba en el horizonte... la vibración cesó.
​Me quedé suspendida en el vacío, frustrada y temblorosa. Liam volvió a su conversación como si nada hubiera pasado. Cinco minutos después, lo hizo de nuevo. Y otra vez. Lo activaba durante treinta segundos de tortura exquisita y lo apagaba justo antes de que yo pudiera alcanzar la liberación.
​—¿Te encuentras bien, Elena? —preguntó Julian Vane desde el otro lado de la mesa, mirándome con una curiosidad lasciva—. Estás muy sofocada.
​—Es... el calor de la sala —mentí, con la voz quebrada.
​Liam volvió a pulsar el botón, esta vez en la intensidad máxima. Mi cuerpo se arqueó sutilmente contra la silla. El placer era tan agudo que estuve a punto de soltar un gemido delante de todos. Sabía lo que estaba haciendo: quería que suplicara, quería que perdiera la compostura en público para demostrarme que él era el dueño de cada una de mis reacciones.
​No pude más. La frustración y la sobreestimulación me estaban volviendo loca.
​—Disculpadme —dije, levantándome con movimientos torpes—. Necesito ir al tocador.
​Salí del comedor casi corriendo, sintiendo la mirada de Liam clavada en mi espalda. En cuanto crucé el umbral del baño de mármol y me aseguré de que estaba sola, me apoyé en el lavabo, jadeando. Me miré al espejo; tenía los ojos empañados y los labios hinchados. Estaba furiosa, estaba necesitada y, sobre todo, estaba a merced de un hombre que disfrutaba rompiéndome poco a poco.
​Escuché que la puerta del baño se abría a mis espaldas. No era una mujer. El sonido de los zapatos caros sobre el mármol me dijo que el "monstruo" había venido a reclamar su premio.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.