Diamantes negros: El contrato del ático

24 Blanqueando sombras

**Elena**

El sol de Manhattan entraba con una fuerza cegadora por las ventanas de la planta 58. Llegué casi una hora más tarde de lo habitual, sintiendo el murmullo de los empleados a mis espaldas mientras cruzaba hacia el despacho principal. Liam ya estaba allí, revisando unos informes en su escritorio, con esa postura impecable de quien nunca ha dormido menos de ocho horas, aunque yo sabía perfectamente cómo habíamos pasado la madrugada.
​—Llego tarde —dije, dejando mi bolso sobre el sofá de cuero—. ¿Por qué no me despertaste cuando saliste del ático?
​Liam levantó la vista y una pequeña sonrisa, casi imperceptible para cualquiera que no fuera yo, curvó sus labios. Dejó la pluma estilográfica y se recostó en su silla.
​—Estaba demasiado guapa para despertarla, Elena —respondió con una voz ronca que me hizo recordar el calor de sus manos pocas horas antes—. Parecías... en paz. Y después de los últimos días, pensé que te vendría bien un poco de silencio antes de volver a este caos.
​Me acerqué a su escritorio, conmovida por el gesto, pero mi mirada cayó sobre una carpeta roja que descansaba sobre su teclado. No era un contrato de construcción habitual. Era un fajo de facturas de empresas pantalla y transferencias de cuentas en el extranjero. Documentos que, en mi lenguaje de auditora, tenían un solo nombre: blanqueo.
​Mi sonrisa se desvaneció.
​—Liam, no puedo firmar esto —dije, señalando los papeles—. Esto es ilegal. Estás pidiéndome que blanquee capitales de la constructora. Dijimos que no habría más juegos sucios entre nosotros.
​Liam suspiró y se frotó la frente, su expresión volviéndose profesional y gélida en un segundo.
​—No es un juego sucio, Elena. Es la realidad de este nivel de negocios. Son activos que necesitan ser movidos para que la empresa siga siendo competitiva. No quiero amenazarte, lo sabes, pero cuando aceptaste ser mi esposa y mi socia, sabías cuál era el trato. Sabías que este mundo tiene sus propias reglas y que yo te necesitaba a mi lado para asegurar que todo... fluyera correctamente.
​Me quedé en silencio, mirando la carpeta. Era el primer recordatorio real de que el hombre que me amaba lentamente anoche seguía siendo el tiburón que no dudaba en nadar en aguas turbias. Finalmente, suspiré y cogí la pluma. Lo hice por nosotros, por la estabilidad que acabábamos de construir, pero con un peso amargo en el pecho. Sabía que, en este mundo, la pureza era un lujo que ya no podía permitirme.
​A media tarde, la atmósfera se relajó con la visita inesperada de la familia de Liam. Siobhan entró como un torbellino, seguida por sus padres, que saludaron con esa elegancia reservada que los caracterizaba. Mientras los hombres se retiraban a discutir "asuntos de Estado" en el bar del despacho, Siobhan me arrastró hacia los ventanales.
​—¡Elena! Tienes una cara de "recién casada" que no puedes con ella —susurró, guiñándome un ojo.
​—Es un día intenso, Siobhan —respondí, intentando ocultar mi cansancio—. ¿Y tú? Pareces más radiante de lo habitual.
​—Es porque estoy conociendo a alguien —confesó, soltando una risita nerviosa que nunca le había escuchado—. Se llama Mateo. Es... Dios, es todo lo que mi hermano odiaría. Un artista, vive en un loft en el Village y no tiene ni un centavo a su nombre, pero me vuelve loca. El otro día intentó pintarme y acabamos... bueno, puedes imaginarte cómo acabó la sesión de arte.
​Solté una carcajada genuina, la primera del día. Escuchar sus ocurrencias y la forma en que describía a su chico "bohemio" me recordó que, fuera de los balances de cuentas y el blanqueo de dinero, la vida seguía siendo vibrante y llena de riesgos emocionales.
​—¿Y Liam lo sabe? —pregunté, imaginando la cara de mi marido si se enteraba de que su hermana salía con un artista sin blanca.
​—¡Ni loca! —exclamó Siobhan, riendo conmigo—. Si se entera, le hace un fondo de investigación o lo envía a Marte. Por ahora, es mi pequeño secreto pecaminoso.
​Nos quedamos allí un rato más, riendo y compartiendo confidencias mientras el sol empezaba a bajar, recordándome que, a pesar de las sombras de la oficina, ahora tenía una familia y una cómplice en este mundo de cristal.
La tarde caía sobre Manhattan, tiñendo el despacho de un naranja fuego. Los padres de Liam, se levantaron para marcharse, pero antes de cruzar la puerta, su madre se detuvo y nos miró con una sonrisa que no admitía discusión.
​—Liam, querido, Elena... no podemos dejar pasar más tiempo —dijo Mary, ajustándose su abrigo de cachemir—. Mañana por la noche daremos una cena en vuestro ático. Es hora de que conozcamos formalmente a la familia de Elena. Unir a las dos familias es el primer paso para un matrimonio sólido.
​Sentí un escalofrío. La imagen de mi padre, con sus manos rudas de panadero, sentado a la mesa con el impecable Arthur O’Shea me producía un vértigo insoportable. Miré a Liam, esperando que pusiera alguna excusa profesional, que dijera que estábamos demasiado ocupados con el "blanqueo" de la mañana... pero él me sorprendió.
​—Me parece una idea excelente, madre —respondió Liam, rodeando mi cintura con su brazo y atrayéndome hacia él—. De hecho, Elena, dile a tu padre que traiga esos dulces que hace. Los cannoli de mi suegro son los mejores que he probado en todo Nueva York, y eso incluye los de Little Italy.
​Me quedé boquiabierta. Liam, el hombre que solo consumía productos con denominación de origen y etiquetas de tres cifras, estaba elogiando los dulces de la panadería de mi barrio frente a sus padres. Había algo en su tono, una mezcla de orgullo y sinceridad, que me hizo mirarlo con otros ojos. Estaba cumpliendo su palabra: no solo protegía a mi familia, sino que les estaba dando un lugar en su mesa de oro.
​—Mañana a las ocho, entonces —sentenció Arthur con un asentimiento antes de salir con Mary y una Siobhan que me guiñó un ojo antes de desaparecer.
​En cuanto nos quedamos solos en el silencio del despacho, saqué mi teléfono. Mis manos temblaban un poco.
​—¿Estás segura de esto, Liam? —le pregunté, buscando su mirada—. Mis padres son... son gente sencilla. No saben de fondos de inversión ni de los protocolos que manejan tus padres.
​—Elena, tus padres criaron a la mujer que me ha hecho bajar la guardia después de treinta años —dijo, acercándose para darme un beso corto en la frente—. Si mi padre no puede apreciar la honestidad de un hombre que se gana la vida con sus manos, el problema es suyo, no de tu familia. Llámalos.
​Marqué el número de casa.
​—¿Mamá? —dije cuando escuché su voz familiar—. Escucha, mañana hay una cena. En el ático de Liam. Sus padres quieren conoceros... Sí, Liam insiste en que papá traiga los postres... No, no hace falta que compres un vestido de gala, mamá... Sí, Nico también tiene que venir.
​Al colgar, sentí una mezcla de alivio y pánico. Mi madre ya estaba planeando qué ponerse y mi padre seguramente pasaría la noche entera perfeccionando la masa de los dulces. Liam me observaba con una calma que me resultaba envidiable.
​—Va a salir bien, Elena —me aseguró, volviendo a su escritorio pero manteniendo sus ojos fijos en los míos—. Al final del día, todos queremos lo mismo: ver que las personas que amamos están en buenas manos.
​Salí de la oficina esa tarde con una sensación extraña. Mañana, el lujo de los O’Shea y la calidez de los Petrova se sentarían a la misma mesa. Solo esperaba que los secretos de Liam —y los míos— no decidieran servirse como plato principal.




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