Diamantes negros: El contrato del ático

24 Sangre y comisaria

**Elena**

El sonido estridente del teléfono rasgando el silencio de la madrugada es, para alguien que vive en mi mundo, siempre una señal de desastre. Me incorporé de golpe, con el corazón martilleando contra mis costillas, mientras Liam ya tenía el dispositivo en la oreja, su rostro transformándose en una máscara de piedra bajo la luz azul de la pantalla.
​—¿Cuándo? —la voz de Liam era un latigazo—. Entiendo. Mantén a la prensa lejos de esto, Miller. Voy para allá.
​Colgó y se puso en pie con una agilidad felina, empezando a vestirse sin decir una palabra. Yo sentí que el frío me invadía los huesos antes de que él siquiera abriera la boca.
​—Es el abogado de mi familia —dijo finalmente, mirándome—. Han arrestado a Nico y a Siobhan. Están en la comisaría de la calle 14.
​—¿Qué? —me levanté de un salto, mi mente proyectando las peores imágenes—. ¿Qué ha pasado? Liam, te dije que era una mala idea, te dije que Nico no debía ir...
​—Parece que se cruzaron con Tristán en la fiesta —interrumpió él, abrochándose la camisa con manos firmes—. Miller dice que ese imbécil intentó sobrepasarse con Siobhan. No aceptó un no por respuesta y puso sus manos sobre ella. Nico reaccionó.
​Se me detuvo la respiración. Tristán. El heredero de los Sterling, un tipo con tanto dinero como falta de escrúpulos y una fijación enfermiza con la familia O'Shea.
​—Le dio una paliza, Elena —continuó Liam, y para mi sorpresa, vi un destello de orgullo salvaje en sus ojos grises—. Dicen que Tristán terminó en urgencias y tu hermano en una celda.
​—¡Tenía razón! —grité, sintiendo la rabia y el miedo mezclarse—. ¡Lo sabía! Sabía que Nico no sabría controlarse. Ahora tiene antecedentes, su futuro está en juego... ¡Esto es culpa tuya por dejarles ir!
​Me esperaba que Liam me gritara, que me recordara nuestro trato o su autoridad, pero en lugar de eso, se acercó y me tomó por los hombros.
​—Me alegra que le haya pegado —dijo con una calma aterradora—. Me alegra que tu hermano haya defendido a Siobhan cuando yo no estaba allí. Tristán necesitaba que alguien le recordara que no es intocable, y me gusta que haya sido un Petrova quien lo pusiera en su sitio.
​Me quedé helada. Liam no estaba enfadado por el escándalo legal; estaba satisfecho por el honor defendido. Pero yo solo podía pensar en Nico tras las rejas, en el miedo que debía de estar sintiendo a pesar de su tamaño y su fuerza.
​—Vístete —ordenó Liam, ya con la chaqueta puesta—. Vamos a recogerlos. Ningún abogado va a sacar a tu hermano de allí con más rapidez que yo presentándome en esa comisaría.
​No tardé ni tres minutos en estar lista. Salimos del ático hacia el garaje, donde el motor del coche rugió como una bestia impaciente. Mientras cruzábamos las calles desiertas de Nueva York a una velocidad temeraria, me di cuenta de que Liam tenía razón en algo: mi hermano no era un bebé. Era un hombre que acababa de declarar la guerra a una de las familias más poderosas de la ciudad por defender a una O'Shea. Y nosotros íbamos directos al epicentro de ese incendio.
El olor de la comisaría —una mezcla de café quemado, desinfectante barato y desesperación— se me clavaba en la garganta mientras esperaba en el vestíbulo de mármol gastado. Ver a Liam moverse en ese ambiente era como observar a un tiburón en una pecera: su sola presencia hacía que los oficiales se enderezaran y que los teléfonos dejaran de sonar.
​Liam no gritó. No necesitó hacerlo. Se encerró en un despacho con el comisario y el abogado de los Sterling mientras yo caminaba de un lado a otro, sintiendo que los nervios me destrozaban. Diez minutos después, salió con esa calma gélida que me resultaba aterradora.
​—Está hecho —dijo, ajustándose los gemelos como si acabara de salir de una ópera—. No habrá cargos. Las cámaras de seguridad del club han sufrido un "error técnico" y no hay grabaciones de la pelea. Tristán aceptará una compensación económica y el silencio absoluto si no quiere que saquemos a la luz ciertos negocios turbios de su padre.
​No hubo antecedentes. No hubo rastro legal. Liam se había apañado para borrar la realidad con un chasquido de dedos y una cantidad indecente de influencia.
​En cuanto abrieron la celda y Nico salió, con la camiseta blanca manchada de sangre y los nudillos hinchados, la rabia que había estado conteniendo explotó. Siobhan venía detrás, con el vestido de seda desgarrado y una mirada de adoración hacia mi hermano que me puso enferma.
​—¡¿En qué demonios estabas pensando?! —le grité a Nico antes de que pudiera decir una palabra. Mi voz retumbó en las paredes de la comisaría.
​—Elena, cálmate, él solo me defendió... —intentó interceder Siobhan.
​—¡Tú te callas, Siobhan! —le espeté, girándome hacia ella—. ¡Tú lo arrastraste a esto! Y tú —volví a señalar a Nico, que me miraba desde su metro noventa con una mezcla de culpa y terquedad—, ¿te crees un héroe? ¿Crees que puedes ir por ahí rompiendo mandíbulas solo porque alguien te provoca? ¡Casi acabas con tu vida, Nico! ¡Casi nos destruyes a todos!
​—¡Ese imbécil la estaba tocando, Elena! —rugió Nico, su voz de bajo vibrando en su pecho musculoso—. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que me quedara mirando como los demás cobardes de esa fiesta?
​—¡Quería que fueras inteligente! —le recriminé, golpeando su pecho con mi dedo índice—. Estamos caminando sobre un hilo muy fino, Nico. No tienes ni idea de lo que me ha costado... de lo que nos ha costado estar aquí. Si Liam no fuera quien es, estarías camino a la isla de Rikers ahora mismo. ¡No vuelvas a hacerme esto! ¡No vuelvas a jugar con tu libertad!
​Nico apretó la mandíbula, pero no replicó más. Vio las lágrimas de puro pánico en mis ojos y bajó la cabeza, aunque sus puños seguían cerrados. Liam intervino, poniendo una mano firme en mi espalda.
​—Basta, Elena. No es el lugar.
​Eran casi las cinco de la mañana cuando el coche nos dejó de nuevo en el ático. El ambiente en el trayecto había sido sepulcral. No eran horas de llevar a Nico de vuelta a Queens con ese aspecto, ni Siobhan estaba en condiciones de enfrentarse a sus padres en ese estado de euforia post-adrenalina.
​—Nico, te quedarás en la habitación de invitados del ala oeste —ordenó Liam con voz autoritaria—. Siobhan, tú a tu habitación de siempre. Mañana hablaremos de las consecuencias de esto.
​Subimos en el ascensor en silencio. El lujo del ático se sentía extraño después de la suciedad de la comisaría. Ver a mi hermano caminar por los pasillos de mármol de Liam, con su altura imponente y sus hombros cargados de agresividad contenida, me recordó lo cerca que habíamos estado del desastre.
​Cuando por fin nos quedamos solos en nuestra habitación, me desplomé en la cama, todavía con los zapatos puestos. Liam se sentó a mi lado, quitándose la chaqueta con un suspiro pesado.
​—Tu hermano tiene madera, Elena —dijo en voz baja—. Se enfrentó a un Sterling sin pestañear. Eso es algo que no se compra con dinero.
​—Es un temerario, Liam. Y me aterra que se acostumbre a que tú limpies sus desastres.
​Él me tomó de la mano y me obligó a tumbarme a su lado. El ático estaba en silencio, con cuatro almas durmiendo bajo el mismo techo de cristal, cada una con sus propios secretos y batallas.
​—Esta noche ha demostrado que es leal a los O’Shea —susurró Liam contra mi cuello mientras me envolvía en sus brazos—. Y para mí, eso vale más que cualquier papel legal. Duerme, Elena. Mañana el mundo seguirá siendo nuestro, pero hoy... hoy solo descansa.
​Me quedé dormida escuchando el latido de su corazón, sabiendo que, aunque la tormenta legal había pasado, una nueva conexión —peligrosa y profunda— se había forjado entre mi hermano y la familia de mi marido.




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