Diamantes negros: El contrato del ático

26 Red de mentiras

**Elena**

El sonido de mi teléfono a media mañana no me trajo la paz que esperaba, sino una punzada de ansiedad que se confirmó en cuanto escuché la voz de mi madre. Estaba radiante, desbordando una alegría que me hizo sentir como la peor persona del mundo por conocer la verdad que se escondía tras sus palabras.
​—¡Elena, mi niña! No vas a creerlo —decía mi madre, y podía oír el tintineo de las tazas de café de fondo en Queens—. Nico ha venido a vernos. ¡Tiene trabajo! Dice que Liam le ha dado una oportunidad en la constructora, algo de logística y supervisión. Tu padre está tan orgulloso... dice que por fin Nico va a sentar la cabeza bajo la guía de un hombre como Liam.
​Sentí un nudo en la garganta. Logística. Supervisión. Palabras limpias para tapar un mundo de sombras.
​—Me alegro mucho, mamá... —logré articular, con la voz seca.
​—Pero hay algo más —continuó ella, y su tono bajó un poco, tiñéndose de esa preocupación materna tan característica—. Dice que quiere independizarse. Que ya es hora de volar. Me asusta que esté tan lejos, Elena, pero nos ha dicho que Liam le ha ofrecido un piso en vuestro mismo edificio. ¡En el edificio de los O'Shea! Estará cerca de ti. Eso me tranquiliza un poco, saber que estaréis juntos.
​Colgué después de prometerle que lo cuidaría. Me quedé mirando la pantalla del móvil, sintiendo cómo la rabia empezaba a hervir bajo mi piel. Liam no solo lo estaba metiendo en sus negocios; lo estaba metiendo en su fortaleza. Lo estaba comprando con lujos, separándolo de la sencillez de nuestra casa para convertirlo en un satélite de su propio poder.
​Caminé hacia el despacho de Liam con pasos que resonaban como disparos sobre el suelo de mármol. No llamé a la puerta. Entré de golpe, encontrándolo frente a sus pantallas, con esa calma imperturbable que ahora me resultaba insultante.
​—¿Se puede saber qué estás haciendo, Liam? —le espeté, plantándome frente a su escritorio.
​Él levantó la vista, entornando los ojos con esa paciencia calculadora.
​—Supongo que has hablado con tus padres —dijo, dejando el bolígrafo sobre la mesa.
​—¡Están ilusionados! ¡Creen que Nico va a ser un ejecutivo! —grité, apoyando las manos en la mesa—. ¿Por qué lo estás usando así? ¿Por qué le estás mintiendo a mi familia y, sobre todo, por qué le has ofrecido un piso aquí? ¿Quieres tenerlo donde puedas controlarlo las veinticuatro horas? ¿Dónde planeas que viva exactamente? ¿En un ala oculta donde nadie vea por dónde entra y sale por las noches?
​Me acerqué más, bajando la voz a un susurro cargado de veneno.
​—Dime la verdad, Liam. ¿Vas a convertir a mi hermano en tu perro guardián personal? ¿En el que limpie la suciedad que tú no quieres tocar? Porque si es así, ese piso no será un hogar, será una celda de oro, igual que la mía.
​Liam se levantó lentamente, rodeando el escritorio hasta quedar frente a mí. Su altura siempre intentaba intimidarme, pero hoy mi furia era más grande que su presencia.
​—Nico necesita un lugar seguro, Elena —dijo con voz grave—. Si va a trabajar conmigo, no puede estar viajando en metro a Queens a las tres de la mañana. Y sí, vivirá en la planta 45. Es un apartamento independiente, con su propia entrada, pero bajo mi seguridad. No lo estoy usando; le estoy dando las herramientas para que deje de ser una víctima de las circunstancias y empiece a ser el dueño de su destino.
​—Su destino era ser un hombre honrado, Liam. No un peón en tu tablero.
​—Su destino —me corrigió él, agarrando mi barbilla con firmeza— es ser un O'Shea por elección. Y tú deberías agradecer que prefiera tenerlo cerca, donde puedo protegerlo, en lugar de dejar que Tristán Sterling lo encuentre solo en un callejón de Queens.
​Han pasado dos días desde que mi hermano dejó de ser el chico que ayudaba en la panadería para convertirse en un residente del edificio más exclusivo de Manhattan. La culpa me carcome cada vez que entro en el ascensor; siento que, al traerlo aquí, he acelerado su caída.
​Bajé a la planta 45 con el corazón en un puño. Al abrirse las puertas de metal pulido, el silencio del pasillo me pareció sepulcral, una elegancia fría que no encajaba con la energía caótica de Nico. Usé mi tarjeta de acceso y entré en su nuevo apartamento.
​El lugar era obscenamente moderno: techos altos, ventanales de suelo a techo y muebles de cuero que gritaban el nombre de Liam por todas partes. Pero lo que no esperaba ver era a Siobhan.
​Estaba sentada en la barra de la cocina, balanceando una pierna con elegancia mientras bebía una copa de vino. Nico estaba frente a ella, riendo, con una seguridad que no le conocía.
​—Vaya, la señora O'Shea viene a inspeccionar las tropas —dijo Siobhan con esa sonrisa suya que siempre parecía esconder un secreto.
​—Siobhan —dije, tratando de mantener la calma—, ¿qué haces aquí? Pensé que estabas muy ocupada conociendo a tu "hippie" artista del Village. ¿No decías que te volvía loca?
​Siobhan soltó una carcajada ligera y dejó la copa sobre el mármol.
​—Mateo es para los días de lluvia, Elena. Pero aquí... —señaló a mi hermano con la mirada—, aquí hay un fuego mucho más interesante de observar. Nico tiene potencial, y me encanta ver cómo Liam lo está puliendo.
​—Pues vete a observar a otra parte —le solté sin miramientos—. Por favor, déjame a solas con mi hermano. Necesito hablar con él sin testigos.
​Siobhan se levantó con una lentitud exasperante, me guiñó un ojo y pasó por mi lado rozándome el hombro.
​—No seas tan dura con él, cuñada. Le sienta bien el poder.
​En cuanto la puerta se cerró, me giré hacia Nico. Él se había quedado apoyado en la encimera, cruzado de brazos. Llevaba ropa nueva, de marca, y el reloj que Liam le había regalado brillaba en su muñeca como un grillete de oro.
​—¿Te has vuelto loco? —le pregunté, acercándome a él—. Nico, este lugar, el trabajo que Liam te ha dado... no es real. Es una red. Liam no regala apartamentos por bondad, lo hace para tenerte a mano cuando necesite que alguien haga el trabajo sucio.
​—Elena, para —me cortó él, y su voz sonó más profunda, más firme—. Papá y mamá están felices. Por fin creen que soy alguien. Por primera vez no me miran con miedo de que me metan en una pelea callejera.
​—¡Porque les estás mintiendo! Estás trabajando en la logística de un imperio que se mueve en las sombras.
​Nico se acercó a mí y me puso las manos sobre los hombros. Eran las mismas manos con las que jugábamos de niños, pero ahora estaban endurecidas y tenían las cicatrices de la pelea con Tristán.
​—Confía en mí, Elena —dijo, mirándome a los ojos con una determinación que me dio escalofríos—. Liam me está enseñando cómo funciona el mundo de verdad. No quiero volver a ser el chico que agacha la cabeza ante tipos como los Sterling. Prefiero estar en la mesa de Liam que bajo sus pies. Sé lo que hago. Solo... confía en mí una vez.
​Lo miré y, por primera vez, me di cuenta de que ya no podía salvarlo. Nico no era una víctima de Liam; era su alumno más aventajado. Y lo peor de todo era que él quería estar ahí.
Estaba en el salón con Liam, compartiendo un silencio inusual mientras él revisaba unos documentos en su tablet, cuando mi teléfono estalló. Era Siobhan. Al contestar, no escuché su habitual tono sarcástico o seguro, sino un sollozo ahogado que me puso en alerta.
​—¡Es un bastardo, Elena! ¡Un bastardo de Queens como todos los demás! —gritaba entre llantos.
​—Siobhan, cálmate. ¿De qué estás hablando? ¿Qué ha pasado?
​—¡He visto a una chica salir de su apartamento! —sollozó, y pude imaginarla escondida en algún rincón del pasillo, vigilando como una detective despechada—. Una rubia con una falda demasiado corta. ¡Ha pasado la tarde allí con él! ¡Después de cómo me miró en el gimnasio! ¡Después de todo!
​Liam, que estaba lo suficientemente cerca como para oír los gritos de su hermana, soltó una carcajada espontánea. No fue una sonrisa cínica, fue una risa a carcajadas, profunda y genuina, que resonó en todo el ático.
​—¡No tiene ninguna gracia, Liam! —le recriminé, tapando el micrófono del móvil con la mano mientras él seguía riéndose de la desgracia de su hermana.
​—Es hilarante, Elena —dijo él, limpiándose una lágrima de risa—. Siobhan, la mujer que colecciona hombres como si fueran sellos, está llorando porque un chico de barrio ha metido a una mujer en su casa. El karma tiene un sentido del humor excelente.
​Volví al teléfono, tratando de ignorar las burlas de mi marido para centrarme en el desastre emocional que tenía al otro lado de la línea.
​—Escúchame, Siobhan —dije con voz firme pero dulce, intentando inyectar algo de lógica en su cabeza—. Nico es un hombre soltero. Puede invitar a quien quiera a su casa. Y lo más importante... tú tienes a Mateo. Se supone que ese chico hippie te volvía loca, ¿recuerdas?
​—Eso no tiene nada que ver... —balbuceó ella.
​—Tiene todo que ver. Nico te respeta, Siobhan. Para él, tú eres la hermana de su jefe y mi cuñada. Eres su amiga, una muy buena amiga, pero nada más. Él sabe que estás con alguien y no va a cruzar esa línea. Si ha traído a una chica, es porque está intentando seguir con su vida, igual que tú con la tuya.
​Al colgar, me encontré con la mirada burlona de Liam.
​—"Buenos amigos", ¿eh? —ironizó él, dejando la tablet a un lado—. Sabes que eso es mentira. Nico mira a Siobhan como si fuera un coche de lujo que sabe que no puede conducir, y Siobhan lo mira a él como si fuera el primer reto real que ha tenido en su vida.
​—Lo que sé es que no quiero que mi hermano sea otro de los juguetes rotos de tu hermana, Liam. Nico ya tiene suficiente con aprender a moverse en tu mundo como para encima tener que lidiar con el corazón roto de una O'Shea.
​—No te preocupes por Nico —dijo Liam, levantándose y acercándose a mí—. Si algo ha demostrado estos días, es que sabe manejar la presión. Y si esa chica rubia le sirve para mantener los pies en la tierra y alejados de los caprichos de Siobhan, bienvenida sea.
​Me quedé mirando la ciudad, preguntándome cuánto tiempo aguantaría esta precaria estructura de mentiras y "amistades" antes de que alguien terminara realmente herido.
Nico entró en el salón sin llamar, con esa seguridad nueva que me hiela la sangre. Siobhan ya estaba allí, esperándolo como una cazadora, con los ojos rojos de tanto llorar pero la barbilla en alto, armada con su indignación de princesa herida.
​—¿Quién era ella, Nico? —soltó Siobhan sin preámbulos, levantándose del sofá en cuanto él puso un pie en la alfombra—. ¿Quién es esa rubia de clase baja que ha pasado la tarde en tu apartamento?
El aire en el ático se ha vuelto irrespirable. Lo que empezó como una tarde tranquila se ha transformado en un campo de batalla emocional, y lo peor de todo es que Liam parece estar disfrutando de la función desde la primera fila, con una copa de whisky en la mano y una sonrisa de satisfacción que me dan ganas de gritar.
​Nico se detuvo en seco. Su mandíbula se tensó tanto que temí que se le partiera. Miró a Siobhan con una mezcla de incredulidad y desprecio que nunca le había visto.
​—¿Me estás vigilando, Siobhan? —la voz de mi hermano vibró, profunda y amenazante—. ¿Quién te crees que eres para controlar quién entra o sale de mi casa?
​—¡Soy la hermana de tu jefe! —gritó ella, perdiendo los papeles—. ¡Y soy tu amiga! No puedes traer a cualquiera a este edificio, hay una reputación que mantener.
​—¡Reputación! —Nico soltó una carcajada seca—. Estás con un hippie que se pinta las uñas en un loft de mala muerte y vienes a hablarme a mí de reputación porque he invitado a una vieja amiga a tomar un café.
​Liam soltó una risita desde su sillón. Estaba relajado, observando la escena como si fuera una obra de teatro de primer nivel. Ver a su hermana, la indomable Siobhan O'Shea, perdiendo los estribos por un chico de Queens era, para él, el entretenimiento definitivo.
​—Liam, haz algo —le supliqué en un susurro, sintiendo que la situación se nos iba de las manos—. Para esto.
​—¿Por qué? —respondió él, divertido—. Es la primera vez que veo a Siobhan siendo honesta consigo misma. Y Nico... bueno, Nico está aprendiendo a marcar su territorio. Es fascinante.
​Me puse en medio de los dos, ignorando la frialdad de Liam. Puse mis manos en el pecho de Nico, sintiendo el latido acelerado de su corazón bajo la camisa cara que ahora vestía.
​—Nico, por favor, cálmate —le pedí, buscando sus ojos—. Siobhan está nerviosa, no sabe lo que dice. No hagas de esto un problema mayor.
​Nico me miró, y por un segundo vi al hermano que conocía, pero la sombra de Liam era más fuerte. Apartó mis manos con firmeza, aunque sin brusquedad, y se giró hacia Siobhan, señalándola con el dedo.
​—Escúchame bien, Siobhan. Tú tienes tu vida, tus artistas y tus caprichos. Yo no soy uno de ellos. Si quiero traer a una chica, a diez o a ninguna, es asunto mío. No me vuelvas a vigilar, no vuelvas a cuestionar mis visitas y, sobre todo, no te vuelvas a creer que tienes algún derecho sobre mí porque tu hermano me firme los cheques.
​—¡Nico! —exclamó Siobhan, con la voz quebrada.
​—Haré lo que me dé la gana —sentenció él, su voz resonando en todo el ático con una autoridad que me puso los pelos de punta—. En mi trabajo, en mi casa y en mi cama.
​Se giró sobre sus talones y salió del ático, dejando tras de sí un silencio pesado que solo fue roto por el tintineo del hielo en la copa de Liam. Siobhan se desplomó en el sofá, ocultando la cara entre las manos. Yo me quedé allí, de pie, mirando la puerta cerrada, dándome cuenta de que mi hermano pequeño ya no existía. El hombre que acababa de salir de aquí era una creación de Liam, y era mucho más peligroso de lo que jamás imaginé.




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