Diamantes negros: El contrato del ático

27 El pacto de sangre

**Elena**

. El aire en el despacho de Liam estaba cargado de una tensión eléctrica, una mezcla de arrepentimiento y verdades desnudas. Liam nos había convocado a ambos, sentado tras su escritorio de roble, pero esta vez no parecía el CEO implacable, sino un hombre tratando de sostener los pedazos de un cristal roto.
​Liam miró a Nico y luego a mí. Sus ojos grises, usualmente gélidos, mostraban una vulnerabilidad que me dejó desarmada.
​—Nico —empezó Liam, con voz firme pero pausada—, tu hermana cree que te estoy usando. Teme que te convierta en un monstruo, en una sombra de mis propios pecados. Por eso, quiero que lo oigas de mí: jamás te obligaré a nada. Si hoy decides que quieres volver a Queens, la deuda está pagada, tu piso seguirá siendo tuyo y no volverás a ver un muelle en tu vida. La elección es solo tuya.
​Me giré hacia mi hermano, esperando ver la duda en su rostro, esperando que la mención de la libertad lo hiciera recapacitar. Pero Nico se mantuvo firme, con los hombros anchos y la mirada fija en mí, llena de una determinación que me hizo sentir pequeña.
​—No voy a volver a la panadería, Elena —dijo Nico, y su voz no tembló ni un segundo—. Sé que tienes miedo, sé que me ves como a ese niño al que tenías que defender en el patio del colegio, pero por favor... deja de hacerlo. Te lo suplico: confía en mí.
​—Nico, este mundo te va a cambiar... —intenté interrumpir, pero él levantó una mano, deteniéndome.
​—No me siento usado por Liam. Al contrario. Él me protege siempre, incluso de mí mismo. Me da los mejores consejos, me enseña a usar la cabeza antes que los puños. Tú mejor que nadie sabías que mi sitio no era amasando pan, Elena. Me estaba asfixiando allí. He nacido para esto, para el movimiento, para el riesgo.
​Nico dio un paso hacia mí y me tomó de las manos. Sus dedos estaban callosos, pero su tacto era tierno.
​—Este trabajo... esta vida con Liam es la forma de tener a la bestia controlada. Si no estuviera aquí, bajo su guía, acabaría metido en líos de verdad, en la calle, sin nadie que me cubriera las espaldas. Liam me da una estructura. Me da un propósito. No soy su peón, soy su aliado. Déjame ser un hombre, Elena. Déjame demostrarte que puedo estar en este mundo sin perderme.
​Miré a Nico y luego miré a Liam, que permanecía en silencio, respetando nuestro espacio. Me di cuenta de que mi lucha por "salvar" a Nico era, en realidad, una forma de no aceptar que mi hermano pequeño había crecido y que su naturaleza era distinta a la mía. Él no buscaba la paz; buscaba el poder para proteger esa paz.
​El nudo en mi pecho, ese que llevaba apretándose desde que pisamos este edificio, se aflojó un poco. No porque el peligro hubiera desaparecido, sino porque finalmente acepté que no podía controlar el destino de todos.
​—Está bien —susurré, sintiendo una lágrima solitaria rodar por mi mejilla—. Si esto es lo que realmente quieres, Nico... si confías en él de esa manera... no volveré a oponerme. Solo prométeme que no te olvidarás de quién eres.
​Nico me abrazó con una fuerza que me dejó sin aliento, y por encima de su hombro, mis ojos se encontraron con los de Liam. Vi en ellos un alivio profundo y una gratitud silenciosa. El trato no solo seguía en pie, sino que se había transformado en algo más complejo: una familia unida por las sombras, pero unida al fin y al cabo.
. El silencio en el ático, después de que Nico se marchara, no era la paz que yo esperaba. Era un silencio denso, cargado de los restos de una explosión. Había ganado a mi hermano, pero en el proceso, había destrozado algo vital entre Liam y yo. Las palabras "mandar mi vida a la mierda" seguían flotando en el aire, ácidas y permanentes.
​Liam estaba de pie junto al ventanal, de espaldas a mí. Su figura recortada contra las luces de Manhattan parecía la de un extraño, una estatua de mármol negro que no dejaba pasar ni un rayo de calidez. Me acerqué lentamente, sintiendo que el suelo bajo mis pies era cristal fino a punto de quebrarse.
​—Liam... —susurré, deteniéndome a un par de metros de él.
​Él no se movió. Ni siquiera el sutil movimiento de sus hombros al respirar delataba que me había oído.
​—Sobre lo que dije antes... en el despacho... —continué, con la voz quebrada por el remordimiento—. No lo decía en serio. Estaba fuera de mí, asustada por Nico. No pienso que mi vida a tu lado sea una mierda. Me dolió verlo así y arremetí contra lo que más me importaba. Lo siento. De verdad.
​Di un paso más, extendiendo la mano para tocar su brazo, buscando ese calor que siempre me servía de ancla. Pero antes de que mis dedos rozaran la tela de su camisa, Liam se giró bruscamente. Sus ojos no eran los del hombre que me había hecho el amor con devoción; eran dos pozos de indiferencia absoluta.
​—No lo hagas, Elena —dijo. Su voz no era airada, era plana, lo cual dolía mucho más.
​—Solo quiero explicarte que...
​—No hay nada que explicar —me cortó, dando un paso atrás para mantener la distancia—. Fuiste muy clara. Las palabras que se dicen bajo presión suelen ser las más honestas. Ahora sé exactamente dónde me tienes ubicado en tu jerarquía: soy el monstruo que arruinó tu futuro. El hombre con el que estás por obligación.
​—¡Eso no es cierto! —exclamé, sintiendo las lágrimas agolparse—. Sabes que lo que sentimos es real.
​Liam soltó una risa seca, desprovista de cualquier humor, y dejó la copa de whisky sobre la mesa con un golpe seco que me hizo sobresaltar.
​—Lo que es real es que he movido cielo y tierra para que tu familia esté a salvo, y lo primero que haces cuando las cosas se ponen difíciles es escupirme a la cara que tu vida es un desperdicio por mi culpa. Ya basta, Elena. He terminado de suplicar por tu aprobación.
​Intenté acercarme de nuevo, con el corazón en la mano, pero él levantó una mano, una barrera física que me detuvo en seco. Su mirada era un muro de hielo que no estaba dispuesta a derretirse esa noche.
​—Voy a dormir en el despacho —sentenció—. Mañana tengo reuniones temprano. No me esperes.
​—Liam, por favor, no te vayas así...
​Me ignoró por completo. Pasó por mi lado como si yo fuera un mueble más de la habitación, sin rozarme, sin mirarme, dejando tras de sí una estela de frialdad que me dejó tiritando en medio del salón de lujo. Me quedé sola, dándome cuenta de que había herido el orgullo del único hombre que, a su manera retorcida, lo había dado todo por mí.
​Había aceptado a Nico en el mundo de Liam, pero ahora Liam me había cerrado las puertas del suyo.




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