**Elena**
El aire acondicionado de la torre O'Shea se sentía más gélido que de costumbre mientras caminaba junto a Liam hacia su despacho privado. La paz que habíamos alcanzado en el ático aún vibraba en mi pecho, un calor suave que intentaba protegerme del mundo de sombras al que pertenecía mi marido. Pero esa burbuja de tranquilidad estalló en cuanto las puertas del ascensor se abrieron en la planta ejecutiva.
Nico estaba allí, esperando junto a Marcus frente a la puerta del despacho. No era el hermano que solía bromear sobre el fútbol o que se quejaba del calor en la panadería. Vestía un traje oscuro que le sentaba impecable, pero lo que más me impactó fue su rostro: estaba pálido, con la mandíbula apretada y una intensidad en la mirada que me hizo detenerme en seco.
—Liam, tenemos que hablar —dijo Nico, ignorando mi saludo y yendo directo al grano. Su voz había perdido cualquier rastro de duda juvenil—. Ahora mismo.
Liam arqueó una ceja, detectando el cambio de frecuencia en el ambiente. Abrió la puerta de su despacho y nos hizo una señal para entrar a todos. Marcus cerró la puerta tras de nosotros y se apostó junto a ella, con esa expresión de esfinge que indicaba que lo que íbamos a oír no debía salir de esas cuatro paredes.
—¿Qué pasa, Nico? —preguntó Liam, rodeando su escritorio pero sin sentarse—. Marcus me dijo que la misión en los muelles fue impecable.
—La misión fue bien porque los estibadores son solo el ruido de fondo, Liam —respondió Nico, dando un paso adelante y dejando un sobre sobre la mesa—. El problema no está en los muelles. El problema está aquí, en tu propia estructura.
Sentí un escalofrío. Miré a Liam, cuya expresión se volvió de piedra en un segundo.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Liam, su voz bajando una octava.
—He pasado las últimas cuarenta y ocho horas revisando los registros de carga y comparándolos con las órdenes de salida de la oficina de logística —explicó Nico, y por un momento vi el orgullo de quien sabe que ha hecho un trabajo meticuloso—. Hay alguien desviando fondos y, lo que es peor, filtrando rutas de transporte a los Sterling. Alguien te está engañando, Liam. Alguien en quien confías está vendiendo información sobre los movimientos de seguridad para que Tristán sepa exactamente dónde golpear.
Me llevé una mano a la boca. La traición era la palabra más peligrosa en el vocabulario de Liam. En este mundo, un engaño no se resolvía con un despido; se resolvía con sangre.
—¿Tienes nombres? —la pregunta de Liam cortó el aire como una cuchilla.
—Tengo pruebas —asentó Nico, señalando el sobre—. Y creo saber quién es.
Miré a mi hermano con una mezcla de admiración y terror. En solo unos días, Nico no solo había aprendido a moverse en las sombras, sino que se había convertido en el perro guardián que Liam necesitaba. Pero al hacerlo, acababa de ponerse una diana en el pecho. Si había un traidor cerca de Liam, Nico se acababa de convertir en su enemigo número uno.
—Elena, sal del despacho —ordenó Liam sin apartar la vista de Nico.
—No —respondí, plantándome allí—. Es mi hermano el que está trayendo esta información. Si hay alguien peligroso cerca de nosotros, necesito saberlo.
Liam me miró por un breve segundo, y vi en sus ojos la lucha entre protegerme y reconocer que el cristal ya se había roto. Nico me lanzó una mirada de advertencia, pero también de agradecimiento. La "bestia" que él decía tener controlada estaba más despierta que nunca, y acababa de morder la mano de alguien que pensaba que Liam O'Shea era intocable.
El aire en el despacho se volvió tan pesado que casi podía oír los latidos de mi propio corazón. Liam no me echó, a pesar de su primer instinto de protegerme de la fealdad de sus negocios. Se quedó inmóvil, apoyado en el borde de su escritorio, con esa mirada de depredador que analiza cada ángulo de la situación.
—Habla, Nico —dijo Liam. Su voz era un susurro gélido—. No te dejes nada fuera.
Miré a mi hermano. Estaba ahí de pie, con la espalda recta y las manos entrelazadas a la espalda, una postura que le había copiado a Marcus en tiempo récord. Empezó a desgranar los datos: nombres de empresas pantalla, discrepancias en los horarios de los muelles de Jersey y una serie de llamadas encriptadas que apuntaban directamente a uno de los jefes de sector de Liam, un hombre que llevaba años en la organización.
Nico no solo estaba acusando; estaba diseccionando una traición con la precisión de un cirujano. Cuando terminó, el silencio que siguió fue absoluto. Liam se quedó mirando el sobre, procesando que el veneno estaba mucho más cerca de lo que imaginaba.
Fue Marcus quien rompió la calma. El hombre que rara vez regalaba un cumplido, el que siempre miraba a Nico con escepticismo, dio un paso al frente y puso una mano en el hombro de mi hermano.
—Jefe —dijo Marcus, mirando a Liam con una solemnidad inusual—, tengo que decirlo. Nico es el mejor fichaje que hemos hecho en años. No solo porque tiene buen ojo para los detalles, sino porque tiene algo que ya no se compra con dinero.
Tragué saliva, sintiendo un nudo de orgullo y miedo a partes iguales.
—Es leal hasta la médula —continuó Marcus—. Tiene principios, Liam. Pero lo más importante es que es valiente. Ha descubierto esto sabiendo que se estaba poniendo una diana en la espalda, y no ha dudado ni un segundo porque se trata de defender a los suyos. Pelea con uñas y dientes por la familia.
Liam levantó la vista y miró a Nico. No hubo palabras de agradecimiento exageradas —eso no era el estilo O'Shea—, pero vi un destello de respeto profundo en sus ojos grises. Un respeto que antes solo reservaba para Marcus o para sí mismo.
—Lo sé —respondió Liam finalmente—. Lo ha demostrado.
Yo me quedé allí, observando a mi hermano pequeño. Ya no era el chico que se escondía de los problemas en Queens; era el hombre que acababa de salvar el imperio de mi marido. Me sentí mareada ante la paradoja: estaba orgullosa de su valentía y de su integridad, pero me aterraba que esas mismas virtudes fueran las que lo ataran para siempre a este mundo de violencia y traición.
Nico me miró de reojo, buscando mi aprobación, y yo solo pude asentir levemente, con el alma dividida. Él no solo se había ganado un sitio en la mesa; se había convertido en el pilar que sostenía la estructura de Liam.
—Nico —dije, recuperando la voz—, ten mucho cuidado. Si ese hombre sabe lo que has descubierto...
—Que venga, Elena —me cortó Nico con una seguridad que me heló la sangre—. Ahora sé quién es el enemigo. Y créeme, no va a volver a tocar a nadie de esta familia.
Liam asintió, cerrando el sobre con una finalidad aterradora.
—Marcus, prepara el coche. Nico, vienes conmigo. Vamos a purgar la casa antes de que el sol se ponga.