Diamantes negros: El contrato del ático

29 Risas, celos y un mensaje

**Elena**

​La cena transcurría con una armonía casi irreal. Sofía, sentada a mi lado, me apretó la mano bajo la mesa en un gesto de complicidad. Ella sabía lo mucho que me había costado llegar a este momento de tregua con Liam. La escuché reírse de una anécdota que Marcus contaba sobre los viejos tiempos, y por un segundo, me olvidé de las sombras que acechaban fuera de este ático.
​—Hacía tiempo que no te veía sonreír así, Elena —me susurró Sofía al oído, con esa calidez que solo una mejor amiga posee.
​Yo asentí, sintiéndome afortunada de tenerla allí. Pero el equilibrio perfecto de la noche se rompió con un simple bip.
​Nico sacó su teléfono. Vi cómo sus ojos se iluminaban al leer la pantalla y, de repente, una sonrisa ancha y genuina —una que no le habíamos visto en toda la noche— transformó su rostro. Respondió tecleando con una rapidez asombrosa, casi con ansia, antes de guardar el móvil con un gesto de satisfacción.
​El silencio que siguió fue cortante. Siobhan, que llevaba toda la cena lanzando miradas de soslayo a mi hermano, dejó caer el tenedor sobre la porcelana con un estruendo que nos hizo saltar a todas.
​—¿Quién es ella? —soltó Siobhan. Su voz no era curiosa; era una demanda cargada de veneno.
​Nico parpadeó, volviendo a la realidad de la mesa.
—¿Perdona?
​—Esa sonrisa, Nico. No eres tan buen actor —insistió Siobhan, cruzándose de brazos y clavándole una mirada que habría derretido el acero—. ¿Es la rubia de la otra tarde? ¿Esa que salió de tu apartamento con cara de haber pasado un rato "muy entretenido"?
​Sofía me miró de reojo, alzando una ceja. Ambas sabíamos que Siobhan estaba perdiendo los papeles, y ver a la impecable O'Shea así era un espectáculo digno de verse.
​—Siobhan, por favor, estamos cenando —intenté intervenir, pero Liam me puso una mano en el brazo, deteniéndome.
​Liam soltó una carcajada profunda, deleitándose con la escena. A su lado, Marcus también dejó escapar una risita seca, negando con la cabeza mientras observaba a la hermana de su jefe.
​—¿De qué os reís vosotros dos? —rugió Siobhan, fuera de sí.
​—De ti, Siobhan —respondió Liam con una calma exasperante—. Estás haciendo un ridículo espantoso. Pareces una adolescente despechada cuestionando a su novio, y que yo sepa, Nico no te debe ninguna explicación.
​—¡Es una falta de etiqueta! —gritó ella, poniéndose de pie con las mejillas encendidas de pura rabia—. ¡Estamos aquí con Elena, con Sofía, y él se dedica a mensajearse con vete a saber quién de Queens!
​Marcus se inclinó hacia delante, divertido.
—Es fascinante. La mujer que dice que no cree en la exclusividad está a punto de sufrir un síncope porque un hombre sonríe al mirar su teléfono.
​—¡No estoy celosa! —exclamó Siobhan, golpeando la mesa antes de salir del comedor a zancadas, haciendo que sus tacones retumbaran con furia por el pasillo.
​Nico no se inmutó. Siguió comiendo tranquilamente, con esa nueva aura de seguridad que Liam le había dado. Sofía se inclinó hacia mí y me susurró, divertida:
​—Vaya, Elena... parece que tu hermano no solo sabe manejar armas, también sabe cómo desquiciar a las herederas.
​Me reí con ella, pero por dentro me preguntaba quién era la persona que había provocado esa sonrisa en Nico. Porque si Siobhan estaba así de furiosa ahora, no quería ni imaginar de lo que sería capaz si descubriera que el corazón de mi hermano ya tiene dueña.
​El eco de los tacones de Siobhan alejándose por el pasillo todavía vibraba en el aire cuando, para sorpresa de todos, los pasos regresaron. No se había ido a su habitación a calmarse; había vuelto por más.
​Sofía me lanzó una mirada de advertencia, esa que compartimos desde que éramos adolescentes y que decía claramente: “Prepárate, que esto va a estallar”.
​Siobhan entró en el comedor con el rostro encendido, pero esta vez no se quedó de pie. Se marchó directa hacia la silla vacía junto a Nico y se sentó de golpe, invadiendo su espacio personal con una agresividad que hizo que Marcus dejara de comer.
​—No he terminado contigo —le espetó Siobhan a mi hermano, ignorando su plato—. ¿Quién es ella? ¿Es la misma que te enviaba mensajes cuando estábamos en el gimnasio? ¿O es una nueva conquista de tu barrio de mala muerte?
​Nico dejó los cubiertos con una parsimonia que me puso los pelos de punta. Se giró lentamente hacia ella, quedando a escasos centímetros de su rostro.
​—¿Te gusta el castigo, Siobhan? —preguntó Nico con una voz tan baja y peligrosa que el vello de mis brazos se erizó—. Te he dicho que no te incumbe. Mi teléfono no es de tu propiedad, y mi vida fuera de estas paredes mucho menos. Si quieres una mascota que te rinda cuentas, cómprate un perro.
​—¡Eres un arrogante! —gritó ella, golpeando la mesa—. ¡Vienes aquí, te pones un traje caro que mi hermano te ha pagado y te crees que puedes tratarme así! ¡Soy una O'Shea!
​—Y yo soy el hombre que acaba de salvarle el trasero a tu familia esta tarde —respondió Nico, clavándole los ojos—. Así que baja el tono. No me impresionas, Siobhan. Me aburres con este numerito de niña rica caprichosa.
​—¡Siobhan, ya está bien! —La voz de Liam tronó en el salón, haciendo que hasta las copas de cristal vibraran.
​Mi marido dejó la servilleta sobre la mesa y miró a su hermana con una frialdad absoluta. El divertimento de hace unos minutos se había esfumado; Liam no toleraba que se rompiera el orden de su mesa por una rabieta.
​—¿Qué demonios quieres de él? —le preguntó Liam, directo y cortante—. ¿Quieres que te pida permiso para respirar? ¿Quieres que sea otro de tus títeres? Porque te voy a decir una cosa: Nico no es como los tipos que sueles frecuentar. Si sigues tirando de la cuerda, te vas a quemar.
​Siobhan se puso en pie de un salto, empujando la silla hacia atrás. Perdió los papeles por completo.
​—¡QUIERO QUE DEJE DE TRATARME COMO SI NO EXISTIERA! —gritó a voces, con las venas del cuello marcadas—. ¡Quiero que sepa que no puede venir aquí a desordenar mi vida y luego irse a reír con una cualquiera por el móvil! ¡Quiero que me mire a la cara y me diga que esa chica es mejor que yo!
​El silencio que siguió a su grito fue sepulcral. Sofía me apretó la mano, conteniendo el aliento. Siobhan acababa de admitir, delante de todos nosotros, lo que Liam y yo ya sospechábamos: que Nico la estaba volviendo loca de la manera más efectiva posible: con la indiferencia.
​Nico alzó una ceja, manteniendo esa calma gélida que tanto le recordaba a Liam.
​—Ella no es mejor ni peor que tú, Siobhan —dijo Nico con una voz que cortaba como el hielo—. Ella simplemente no necesita gritar para que la escuche.
​Siobhan se quedó sin palabras, temblando de rabia y humillación, mientras Liam se recostaba en su silla, observando a su hermana como si fuera un experimento fallido.




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