**Elena**
Después de pasar diez horas encerrada en el despacho, peleando con hojas de cálculo y balances que parecían diseñados por el mismo demonio para no cuadrar, sentía que la cabeza me iba a explotar. Los números bailaban frente a mis ojos y el aroma a café recalentado de la oficina se me había pegado a la piel.
Necesitaba ser Elena Petrova por unas horas, no la "esposa de" ni la contable de un imperio manchado de sangre.
—Si vuelvo a ver un balance negativo, voy a quemar este edificio —declaré, cerrando el portátil de golpe.
Sofía, que había estado esperándome pacientemente en el sofá de la recepción, soltó una carcajada. Siobhan, por su parte, se miraba en un espejo de mano, retocándose el carmín con una frialdad que ocultaba perfectamente el drama de la noche anterior.
—Lo que necesitas es un martini. O tres —sentenció Siobhan, guardando el labial—. Y un sitio donde la música esté lo suficientemente alta como para que no escuches tus propios pensamientos.
Terminamos en un restaurante de moda en el Meatpacking District. El ambiente era eléctrico, cargado de ese aroma a perfume caro, cuero y libertad que solo Nueva York ofrece los jueves por la noche. Pedimos una mesa en un rincón discreto pero con buena vista, y antes de que llegara el primer plato, las copas ya estaban servidas.
—Brindo por los balances que sí cuadran —dijo Sofía, chocando su copa con la mía— y por las noches en las que Liam O'Shea no es el jefe de nadie.
Bebí con ganas. El alcohol bajó quemando suavemente, relajando los nudos de mi espalda. Miré a Siobhan. Estaba extrañamente silenciosa, picando una aceituna con desgana. El episodio con Nico seguía flotando sobre ella como una nube negra, aunque intentara disimularlo tras su fachada de seda.
—¿Estás bien, Siobhan? —le pregunté, bajando la voz.
—Perfectamente —mintió ella, clavándome los ojos—. Solo pensaba en la boda de Alessandra. Me parece un insulto que tengamos que ir. Es una serpiente con tacones de aguja, Elena. No sé cómo Liam te convenció.
—Estrategia, supongo —suspiré, sintiendo de nuevo esa punzada de incomodidad que me provocaba el tema—. Liam insiste en que Julian es vital para los negocios ahora. Pero te aseguro que iré con los ojos bien abiertos. No me fío de ella ni lo que tarda en pestañear.
Sofía se inclinó hacia delante, entrando en el círculo de confianza.
—Haces bien. Alessandra tiene esa forma de mirar a Liam que... bueno, parece que está calculando cuánto vale su alma. Pero esta noche no vamos a hablar de bodas ni de traidores. Vamos a hablar de nosotras.
Pasamos las siguientes horas entre risas y confesiones. Sofía nos puso al día de sus líos amorosos, lo que sirvió para que Siobhan se relajara y terminara riendo con ganas, olvidando por un momento su obsesión con mi hermano. Por un instante, me sentí ligera. Me sentí como la chica que solía ser, antes de que los contratos matrimoniales y las guerras de mafias se convirtieran en mi desayuno diario.
Sin embargo, cada vez que mi teléfono vibraba con un mensaje de Liam preguntando si estaba bien, una parte de mí regresaba a la realidad. Sabía que él estaba ocultando algo sobre esa boda. Lo conocía demasiado bien. Había una tensión en sus hombros cuando mencionaba a Alessandra que no tenía nada que ver con los negocios.
—¿En qué piensas, Elena? —preguntó Sofía, notando mi ausencia momentánea.
—En que Nueva York es demasiado pequeña para tantos secretos —respondí, apurando mi copa—. Pero mañana me ocuparé de eso. Esta noche, pedid otra ronda.
La música en la discoteca era un muro de sonido que me ayudaba a olvidar, por un momento, que mi apellido ahora pesaba toneladas. Estábamos en plena pista, rodeadas de luces estroboscópicas, cuando un rostro conocido rompió la masa de desconocidos.
Eran ellos. El grupo de la casita rural. Los recordaba perfectamente; vivían aquí, en la ciudad, pero verlos en este ambiente —tan alejado de la sencillez de aquel viaje— me produjo un choque eléctrico.
—¡Elena! —el grito de Javi se impuso al bajo de la música.
Antes de que pudiera poner una distancia prudencial, Javi ya estaba frente a mí. Su sonrisa era la misma de siempre: abierta, honesta, carente de cualquier doblez. Sin dudarlo un segundo, me rodeó con sus brazos en un abrazo apretado y efusivo, de esos que se dan los amigos que se alegran de verdad de encontrarse en medio del caos de Manhattan.
—¡Pero bueno, qué pequeña es esta ciudad! —exclamó al separarse, dejándome las manos apoyadas en los hombros—. Te he enviado un par de mensajes, pero supongo que estarás a tope. ¡Estás increíble, Elena!
Sentí un frío repentino en la nuca. De reojo, vi cómo los dos hombres de seguridad de Liam, que siempre estaban a cinco metros de distancia, se enderezaban y llevaban la mano a sus auriculares. Para Javi, esto era un encuentro casual entre vecinos; para los hombres de Liam, era una brecha en la seguridad.
—Javi... sí, he estado muy liada —logré decir, intentando sonreír mientras sentía la mirada de Siobhan clavada en nosotros como un puñal.
Siobhan dio un paso al frente, analizando a Javi de arriba abajo. Su expresión era de puro asco aristocrático. Para ella, Javi era un civil, alguien "común", y el hecho de que estuviera tocando a la esposa de Liam O'Shea era una ofensa capital.
—Elena, ¿quién es este... individuo? —preguntó Siobhan, con una voz que cortaba más que el hielo de mi copa.
—Es Javi, un amigo de... —empecé a decir, pero Javi me interrumpió, totalmente ajeno a la jerarquía de poder que lo rodeaba.
—Nos conocimos en una escapada rural. ¡Lo pasamos genial! —dijo Javi, dándole un toque amistoso a mi brazo—. Oye, mis amigos están allí en el reservado. Venid con nosotros, nos estamos tomando la primera ronda. ¡Tenemos que ponernos al día!
Miré a Sofía, que arqueó una ceja, consciente del peligro. Sabía que Liam tenía informantes en este local. Sabía que el simple hecho de que un hombre me abrazara y me tocara el brazo con esa familiaridad iba a llegar a los oídos de mi marido en menos de cinco minutos. Y Liam, con los nervios de punta por la boda y el secreto de Alessandra, no iba a reaccionar con lógica.
—Javi, me encantaría, pero estoy con ellas y... —intenté zafarme con suavidad, bajando sus manos de mis hombros.
—Solo una copa, Elena. No seas aburrida —insistió él, riendo—. Por los viejos tiempos en el campo.
Siobhan se interpuso físicamente entre nosotros, obligando a Javi a dar un paso atrás.
—Escucha bien, "amigo" —siseó Siobhan—. Mi cuñada no va a ninguna parte contigo. Así que da media vuelta y vuelve con tus amigos antes de que alguien decida que tu mano está mejor en un cabestrillo que en su hombro.
Javi se quedó de piedra, mirando a Siobhan como si estuviera loca. No entendía nada. No sabía que estaba a un paso de que los gorilas de Liam lo sacaran del local por la puerta de atrás.
El ambiente de la discoteca, que hace un momento era música y copas, se transformó en una escena de caza. No necesité mirar hacia la entrada para saber que habían llegado; el miedo de la gente que los rodeaba fue el aviso suficiente.
Liam apareció como una sombra imponente, con esa mandíbula apretada que indicaba que su paciencia se había evaporado antes de salir del coche. A su lado, Marcus y mi hermano, Nico, formaban un muro de contención.
La mano de Javi seguía en mi hombro, un gesto que en el mundo de los "normales" era afecto, pero que en el mundo de Liam era una sentencia. Liam llegó hasta nosotros y el silencio que lo rodeaba era más ruidoso que el techno que atronaba en los altavoces.
—Suéltala —dijo Liam. No gritó, pero su voz tenía la vibración de un trueno lejano.
Javi, confundido, retiró la mano lentamente. No sabía quién era Liam, pero sabía reconocer el peligro puro cuando lo tenía a un palmo de la cara.
—Liam, por favor, solo estábamos hablando —dije, interponiéndome entre ellos, pero Liam me apartó con suavidad hacia su costado, sujetándome por la cintura con una fuerza posesiva—. Es un amigo de la ciudad.
Liam ni siquiera me respondió. Miró a Nico y a Marcus. Nico, que no había estado en aquella casita rural y no tenía idea de quién era ese chico, observaba a Javi con una curiosidad gélida, como quien analiza un problema que debe ser eliminado.
—Nico —ordenó Liam, sin apartar la vista de Javi—, saca a este tipo fuera. Dale un aviso. Que entienda bien que hay líneas que no se cruzan y nombres que no debe volver a pronunciar.
—Liam, ¡no! —exclamé, pero Marcus ya se había colocado delante de mí, bloqueándome el paso con su habitual eficiencia silenciosa—. ¡No le hagáis daño, Nico, escúchame!
Nico asintió. Vi en sus ojos esa obediencia nueva, esa disciplina que Liam le había grabado a fuego. Agarró a Javi por el brazo. Javi intentó protestar, pero la fuerza de mi hermano lo dejó sin aliento.
—Tranquila, Elena —dijo Nico con una voz que ya no reconocía, plana y profesional—. Solo vamos a hablar.
Lo arrastraron hacia la salida de emergencia. Yo sabía lo que significaba un "aviso" en su lenguaje. No lo matarían, no lo dejarían en un hospital, pero le romperían el espíritu. Lo acorralarían en un callejón oscuro, Nico le pondría una mano en el cuello y Marcus le explicaría con esa voz de ultratumba que si volvía a acercarse a mí, su vida en Nueva York se terminaría esa misma noche.
—¡Es un inocente, Liam! —le grité, golpeando su pecho mientras me obligaba a caminar hacia la salida VIP—. ¡Estás loco! ¡Todo esto por un abrazo de un amigo!
—No es por el abrazo, Elena —gruñó él, metiéndome en el ascensor privado mientras Siobhan y Sofía nos seguían en silencio—. Es porque no voy a permitir que nadie piense que puede tocar lo que es mío. Ni el pasado, ni el presente.
Mientras el ascensor subía, solo podía pensar en Javi. Estaría temblando en un callejón, viendo a mi hermano —el chico al que yo quería proteger de todo esto— convertido en el mensajero del miedo de los O'Shea. Liam estaba usando la violencia para tapar sus propios agujeros, y lo peor era que Nico estaba aprendiendo a disfrutar del control.
El silencio dentro del coche era tan denso que parecía que el oxígeno se estaba agotando. Liam estaba sentado a mi lado, rígido como una estatua de mármol, con la mandíbula tan apretada que temí que se le rompiera. Su mano apretaba la mía, pero no era un gesto de cariño; era un anclaje, una forma de decirme que no pensaba soltarme.
El leve vibrar de mi teléfono en el regazo me hizo saltar.
Bajé la mirada hacia la pantalla, intentando que Liam no lo notara. Era un mensaje de Nico.
"Tranquila, El. No le he tocado un pelo. Solo ha sido una charla para que sepa quiénes somos. Se ha ido a casa por su propio pie, sin un rasguño. No te preocupes más."
Solté un suspiro largo, sintiendo cómo un peso inmenso se levantaba de mis hombros. Nico seguía ahí dentro, en alguna parte. No se había convertido totalmente en el monstruo que Liam quería. Ese pequeño acto de piedad de mi hermano fue lo único que me impidió estallar en mitad del trayecto.
—¿Se puede saber quién demonios es ese tipo, Elena? —La voz de Liam rasgó el silencio, cargada de una hostilidad contenida—. ¿Y por qué se cree con el derecho de ponerte las manos encima en público?
Me giré hacia él, cansada de su posesividad absurda, de esa nube negra que lo envolvía desde que llegó la invitación de boda.
—Se llama Javi, Liam. Ya te lo he dicho —respondí con firmeza, manteniendo su mirada—. Lo conocí en aquella escapada rural con mis amigas. Es un buen chico, alguien normal que vive en un mundo donde un abrazo no es una ofensa criminal. No pasó nada, Liam. Absolutamente nada.
Él soltó una risa seca, carente de humor, y miró por la ventanilla hacia las luces borrosas de la ciudad.
—¿Y esperas que me crea que un tipo así solo quiere ser tu "amigo"?
—Espero que confíes en mí —sentencié, acercándome a él—. De la misma manera que yo confío en ti. De la misma manera que yo sé que esa noche, cuando yo estaba en el campo con las chicas y tú te quedaste aquí solo, no hiciste nada que pudiera dañarnos. Confío en tu lealtad, Liam. ¿Por qué no puedes hacer tú lo mismo?
El efecto de mis palabras fue instantáneo y devastador.
Sentí cómo el cuerpo de Liam se tensaba bajo su chaqueta de cuero. No fue un movimiento brusco, fue algo interno, como si sus músculos se hubieran convertido en piedra de repente. Sus dedos, que antes apretaban mi mano, se aflojaron un milímetro, perdiendo su fuerza. El brillo de las farolas que entraba en el coche iluminó su rostro por un segundo, y vi algo que me heló la sangre: no era rabia lo que había en sus ojos, era una sombra de culpa tan profunda que me hizo dudar de todo.
Él no respondió. Se quedó mirando un punto infinito en el respaldo del asiento del conductor. El silencio que siguió ya no era de enfado, era el silencio de un hombre que acaba de ser golpeado por su propia mentira.
Mi corazón empezó a latir con fuerza. Lo que dije para calmarlo, para apelar a nuestra supuesta confianza mutua, acababa de abrir una grieta en su armadura. En ese instante, recordé la invitación de Alessandra, su insistencia en ir a la boda, y la forma en que Liam evitaba hablar de "aquella noche".
—Liam... —murmuré, buscándole la cara—. ¿Por qué te has puesto así?
Él tragó saliva, y por primera vez desde que lo conocía, lo vi vulnerable ante una simple frase.
—No es nada, Elena —dijo con una voz que sonaba extraña, forzada—. Solo... estoy cansado de este día. Vamos a casa.
Pero yo ya no le creía. Su tensión me lo había dicho todo. Mientras el coche seguía avanzando, me di cuenta de que mi confianza ciega acababa de chocar contra un muro de secretos que estaba a punto de derrumbarse sobre nuestras cabezas.