Diamantes negros: El contrato del ático

32 El jardín de las máscaras

**Elena**

El champán corría por mis venas, templando los nervios que me producía la presencia de Alessandra, quien no dejaba de lanzarnos miradas cargadas de veneno desde el altar. Sin embargo, mi atención se desvió hacia mi propia familia. La tensión entre Siobhan y Nico era casi física; una cuerda tensada al máximo a punto de romperse en mitad de la recepción.
​Apure mi segunda copa de cristal mientras observaba a Siobhan. Estaba desesperada. Miraba a Nico con una mezcla de hambre y resentimiento, pero mi hermano se mantenía como una estatua de mármol, vigilando el perímetro con Marcus, ignorando cada uno de los desplantes de mi cuñada.
​Entonces, vi el movimiento de Siobhan. Se acercó a un chico rubio, un heredero de una familia adinerada, y tras una risa forzada y una mirada de reojo para comprobar si Nico la miraba, lo tomó del brazo y lo arrastró hacia los jardines privados del hotel.
​Nico no se movió de inmediato, pero vi cómo se le tensaba el cuello. Esperó dos minutos exactos antes de hacerle una señal a Marcus y caminar con paso firme hacia la misma salida.
​—Ahora vuelvo —le susurré a Liam, que estaba distraído hablando con un senador.
​—Elena, no te alejes mucho —me advirtió, pero yo ya estaba siguiendo la sombra de mi hermano.
​Salí al jardín, donde el aire fresco de la noche neoyorquina contrastaba con el sofoco del salón. No tuve que caminar mucho; los gritos empezaron a elevarse detrás de unos setos altos de laurel.
​—¡¿Qué demonios crees que estás haciendo, Siobhan?! —La voz de Nico no era la de un guardia, era la de un hombre fuera de sí—. ¡Frente a todo el mundo! ¡Frente a los socios de tu hermano!
​—¡¿Y a ti qué te importa?! —chilló ella. Me asomé y vi a Siobhan con el rostro desencajado, mientras el chico rubio se alejaba a toda prisa, asustado por la furia de mi hermano—. ¡Me ignoras, me tratas como si fuera invisible! ¡Solo quería ver si quedaba algo de sangre en tus venas o si Liam te ha convertido en un robot!
​—¡Eres una irresponsable! —Nico la agarró de los hombros, zarandeándola levemente—. No puedes usar a la gente para tus juegos infantiles. Estás poniendo en ridículo el apellido O’Shea y mi trabajo.
​—¡Me siento mal, Nico! —exclamó ella, y de repente, su voz se rompió. Las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, arruinando su maquillaje perfecto—. Me siento fatal por haber dejado que ese tipo me tocara solo para que tú me miraras... Me das asco, y me doy asco yo misma por quererte tanto.
​Me apresuré a salir de las sombras antes de que la situación pasara a mayores. El eco de sus gritos empezaba a atraer miradas curiosas desde los ventanales del salón.
​—¡Basta! ¡Los dos! —siseé, poniéndome en medio—. Nico, suéltala. Siobhan, cállate ahora mismo.
​Ambos se quedaron de piedra al verme. Nico soltó a Siobhan como si quemara, recuperando su máscara de frialdad en un segundo, aunque sus manos seguían temblando de rabia.
​—Elena, esto no es lo que parece —empezó Nico, pero lo corté con un gesto.
​—Sé exactamente lo que es. Es un escándalo a punto de estallar en la boda de los Vane—dije, agarrando a Siobhan del brazo para que se mantuviera en pie—. Siobhan, límpiate esa cara. Nico, vuelve a tu puesto antes de que Liam se dé cuenta de que has abandonado el salón. Si alguien os oye, vuestra reputación y el respeto que Nico se ha ganado hoy se irán a la basura.
​Siobhan sollozó, ocultando el rostro en mi hombro. Estaba destrozada, consumida por una culpa que no sabía gestionar. Nico me miró, y por un segundo, vi al niño que solía ser, asustado por la intensidad de lo que sentía.
​—Vete, Nico. Yo me encargo de ella —le ordené.
​Él asintió, dio media vuelta y regresó al hotel con paso rápido. Me quedé allí, sosteniendo a una O'Shea que se desmoronaba, sabiendo que este secreto era solo uno más en la lista de incendios que tendría que apagar esta noche.
El champán y el estrés son una mezcla peligrosa; uno te nubla el juicio y el otro te enciende la piel. Después de dejar a Siobhan algo más calmada, me serví otra copa. El calor subía por mi cuello, una mezcla de la adrenalina por la discusión de Nico y el deseo acumulado de ver a Liam luciendo ese esmoquin que parecía diseñado para ser arrancado.
​Necesitaba sentirlo. Necesitaba que borrara con su peso todas las dudas de mi cabeza.
​Caminé por el salón, esquivando a la élite de Manhattan, hasta que divisé su figura imponente. Liam estaba de espaldas, hablando con un inversor y un concejal. Se veía tan seguro, tan dueño de la situación, que un ramalazo de posesión me golpeó el vientre.
​Me acerqué y le puse una mano en la espalda, sintiendo la tensión de sus músculos bajo la tela cara.
​—Liam, te necesito un momento —le dije, intentando que mi voz no temblara por el alcohol.
​Él se giró apenas unos grados, dedicándome una mirada breve.
—Ahora no, Elena. Dame cinco minutos, termino esta conversación y hablamos.
​Su tono profesional, ese tono de "jefe", fue el detonante. Me acerqué más, invadiendo su espacio personal hasta que mi pecho rozó su brazo. Me puse de puntillas y pegué mis labios a su oreja, ignorando por completo a los hombres que lo acompañaban.
​—Necesito que me folles ahora mismo, Liam —le susurré. Mi voz fue un hilo de seda cargado de una urgencia obscena—. O me llevas a algún lado o lo hago yo sola aquí mismo.
​Vi cómo su cuerpo se congelaba. La copa que sostenía estuvo a punto de resbalar de sus dedos. Sus ojos se oscurecieron de inmediato, volviéndose dos pozos de tormenta gris. Sin mediar palabra, se giró hacia sus interlocutores con una máscara de cortesía gélida.
​—Caballeros, mi esposa no se siente bien. Deben disculparnos —sentenció.
​Me agarró del brazo con una firmeza que me hizo jadear y me arrastró hacia las puertas acristaladas que daban a la zona más alejada del jardín, donde la iluminación era inexistente y el sonido de la fiesta era solo un eco lejano. En cuanto los setos de laurel nos ocultaron de la vista del hotel, me empujó contra el tronco rugoso de un roble centenario.
​—¿Te has vuelto loca? —gruñó, aunque sus manos ya estaban subiendo por mis muslos, desgarrando mis medias con una urgencia salvaje.
​—Hazlo, Liam —le pedí, enredando mis dedos en su pelo, tirando de él para que me besara.
​Fue un encuentro violento, hambriento, despojado de toda la etiqueta que nos rodeaba. Liam se desabrochó el pantalón con manos torpes por la prisa y me alzó, obligándome a rodear su cintura con las piernas. El contacto de su piel contra la mía fue una descarga eléctrica que me hizo arquear la espalda.
​Me penetró de una estocada, profunda y sin miramientos, ahogando mi gemido contra su boca. Cada embestida era un reclamo, un castigo y una promesa. Sus manos apretaban mis nalgas con una fuerza que dejaría marcas, mientras su respiración agitada golpeaba mi cuello. No había ternura, solo una necesidad animal de reafirmar que, a pesar de las mentiras y de Alessandra, seguíamos siendo el uno del otro.
​—Eres... mía —gruñó él entre dientes, golpeando rítmicamente contra mí mientras yo enterraba mis uñas en sus hombros, sintiendo cómo el clímax me sacudía en oleadas de calor abrasador.
​Fue rápido, casi desesperado. Cuando terminó, apoyó la frente contra la mía, ambos jadeando, con los corazones martilleando al mismo ritmo. En la oscuridad, Liam parecía un hombre al borde del abismo. Se separó, se arregló el traje con movimientos mecánicos y me ayudó a bajar el vestido, alisando la tela con manos que aún temblaban.
​—Vuelve dentro —dijo, con la voz rota—. Tienes que recomponerte antes de que alguien salga a buscarnos.
​Me apoyé contra el árbol, tratando de recuperar el aliento. Mi cuerpo vibraba, satisfecho pero extrañamente vacío. Había conseguido lo que quería, pero al mirar a Liam bajo la tenue luz de la luna, me di cuenta de que este encuentro solo había sido una tregua temporal en una guerra que apenas acababa de empezar.




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