**Elena**
El aire en el ático se sentía viciado, cargado con las cenizas de una vida que creía sólida y que resultó ser de papel. Tras la marcha de Liam, no podía soportar las paredes de mármol ni el silencio sepulcral de nuestra habitación. Necesitaba a mi sangre, a la única persona que no me miraba como una pieza en un tablero de ajedrez.
Salí del ático y bajé unos cuantos pisos. Nico vivía en el mismo edificio, una concesión de Liam para tenerlo cerca, y en ese momento, su puerta era la única salida de emergencia que me quedaba.
Llamé a su puerta con los nudillos temblorosos. Cuando Nico abrió, todavía llevaba el pantalón del esmoquin y la camisa blanca desabrochada por el cuello. Al verme así, con el maquillaje corrido y la gabardina puesta de cualquier manera sobre el vestido de gala, su rostro se endureció al instante.
—Elena... ¿qué ha pasado? —preguntó, haciéndose a un lado para que entrara.
Me desplomé en su sofá, ese mueble sencillo que desentonaba con el lujo del edificio pero que olía a él, a mi hermano. Las palabras se agolparon en mi garganta, amargas y afiladas.
—Se acabó, Nico. Alessandra lo ha soltado todo en la boda. Liam me engañó. En nuestra propia cama, mientras yo estaba en la casa rural con vosotras.
Nico se sentó frente a mí, apoyando los codos en las rodillas. No pareció sorprendido, y esa falta de asombro me dolió casi tanto como la traición de Liam. Me obligó a decir lo que siempre habíamos callado.
—Y hay más. Tenía razón sobre el matrimonio —continué, con la voz rota—. Me casé con él porque me acorraló. Me amenazó con no pagar tus deudas, Nico. Me dijo que, si no aceptaba ser su esposa y su contable, dejaría que papá y mamá perdieran la panadería. Acepté por vosotros... para que tú pudieras estar libre y ellos no terminaran en la calle.
Nico soltó un suspiro largo, mirando al suelo.
—Lo sé, El —confesó en un susurro—. No era difícil de imaginar. Liam no da puntada sin hilo, y nosotros estábamos hundidos. Siempre supe que tu "sí" fue el precio de nuestra libertad, aunque me odiara a mí mismo por permitirlo.
—¿Y lo de la infidelidad? —le reclamé, buscando en él la rabia que yo sentía—. Me ha usado como una herramienta para blanquear su dinero y me ha engañado con la mujer que más nos odia. No puedo más, Nico.
Nico se acercó y me tomó las manos. Sus dedos, ahora curtidos por el entrenamiento y las armas, apretaron los míos con suavidad.
—Mira, Elena... sobre las deudas y la panadería, eso fue un pacto de sangre que nos salvó a todos. Pero sobre la infidelidad... ahí solo puedes decidir tú. Solo tú sabes qué es lo que puedes perdonar y si podrías volver a confiar en él.
—No sé quién es el hombre que duerme a mi lado —lloré, ocultando el rostro entre mis manos.
—Yo sí lo sé —respondió él con una seriedad que me obligó a mirarlo—. He visto cómo te mira cuando cree que nadie lo observa. He visto el pánico en sus ojos cuando piensa que te pasa algo. No justifico lo que hizo, Elena, pero estoy seguro de que Liam te ama por encima de todo. Te ama de una forma que ni él mismo entiende, y a veces los hombres con tanto poder cometen errores estúpidos solo para demostrarse que no dependen de nadie. Pero él depende de ti.
Me derrumbé por completo. Las lágrimas que no quise derramar frente a Liam brotaron sin control, empapando la camisa de mi hermano mientras me aferraba a él. Me sentía pequeña, engañada y terriblemente cansada de ser la mujer fuerte que mantenía el imperio a flote.
—No quiero volver arriba —sollocé—. No quiero verle si vuelve.
—No lo harás —dijo Nico, besando mi coronilla—. Quédate aquí. Este piso es de los O'Shea, pero esta noche es de los Petrova. Duerme, Elena. Yo me encargo de la puerta.
Esa noche no hubo sábanas de seda de mil hilos, sino el cuarto de invitados de mi hermano. Me quedé dormida escuchando su respiración en el pasillo, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía que cuadrar ningún balance para tener derecho a un poco de paz.
La luz de la mañana se filtraba por las persianas del apartamento de Nico con una crueldad que no encajaba con mi estado de ánimo. Me dolía todo: los ojos de tanto llorar, la cabeza por el champán y el corazón por la traición. El esmoquin de Nico estaba tirado en una silla, un recordatorio de la noche en la que mi realidad estalló en mil pedazos.
El olor a café recién hecho me guio hasta la pequeña cocina. Nico ya estaba allí, vestido con ropa cómoda, moviéndose con esa calma silenciosa que había adquirido desde que trabajaba para Liam. Me puso una taza humeante delante sin decir palabra.
—Gracias —murmuré, envolviendo mis dedos fríos alrededor de la cerámica.
—¿Has dormido algo? —preguntó él, sentándose enfrente.
—A ratos. —Me obligué a beber un sorbo. El café quemaba, pero me ayudó a centrarme—. Nico, no puedo quedarme aquí. No puedo estar en este edificio, ni ver estas calles, ni sentir que Liam está a solo unos pisos de distancia. Estoy totalmente perdida. Necesito aire, necesito... volver a ser yo antes de todo esto.
Nico asintió lentamente, observándome con preocupación.
—Me voy a ir unos días a casa de papá y mamá —sentencié—. Necesito el olor de la panadería, el ruido de la harina y a ellos. Necesito recordar por qué hice todo esto en primer lugar.
—Es lo mejor, El —respondió mi hermano, extendiendo su mano para apretar la mía—. Te llevaré yo mismo. No quiero que vayas sola, ni que ningún chófer de Liam te siga. Prepárate y avísame cuando estés lista. Yo te esperaré en el coche.
—Gracias, Nico. De verdad.
Subí las escaleras hacia el ático con el corazón martilleando contra mis costillas. Cada piso que ascendía era como recuperar una cadena que me arrastraba de nuevo hacia el abismo. Usé mi llave, esperando encontrar el apartamento vacío, rogando que Liam se hubiera quedado en el hospital con esa niña o que estuviera en alguna reunión de emergencia.
Pero en cuanto las puertas del ascensor se abrieron al salón, lo vi.
Liam estaba sentado en el borde del sofá, con los codos apoyados en las rodillas y la cabeza entre las manos. Aún llevaba la camisa del esmoquin, pero estaba desabrochada y arrugada. Se veía acabado, como si hubiera envejecido diez años en una sola noche. Al oírme entrar, levantó la vista. Sus ojos estaban inyectados en sangre y tenían una expresión de derrota absoluta que casi, por un segundo, me hizo olvidar que me había engañado.
—Elena... —Su voz era un susurro roto.
Me quedé allí, de pie, con la gabardina apretada al cuerpo como un escudo. No había subido para reconciliarme, ni para escuchar más mentiras. Había subido para recoger los restos de mi vida y marcharme.
—Solo he venido a por mis cosas —dije con una frialdad que me sorprendió a mí misma—. Me voy con Nico a casa de mis padres.
Él se puso de pie con dificultad, como si le doliera cada músculo. No intentó acercarse, respetando ese muro invisible que yo había levantado, pero vi cómo su mirada buscaba desesperadamente una grieta en mi armadura.
—Elena, por favor... Maya está en la otra habitación. Está durmiendo.
Me quedé de piedra. No esperaba que la hubiera traído aquí tan pronto. La presencia de esa niña inocente en medio de nuestro campo de batalla lo cambiaba todo, pero no podía ser suficiente para borrar la traición que nos había separado.
El aire en el salón del ático seguía pesando, cargado con los restos del naufragio de la noche anterior. Ver a Liam así, despojado de su armadura de poder, sentado en la penumbra de nuestro hogar, me provocaba una mezcla insoportable de lástima y rencor.
Me mantuve a una distancia prudencial, con las manos hundidas en los bolsillos de mi gabardina. Lo miré fijamente, recordando cada palabra de Alessandra, cada balance que había cuadrado para él, cada amenaza que me había obligado a estar aquí.
—¿Y ahora qué, Liam? —mi voz sonó cortante, desafiante—. ¿Vas a volver a amenazarme para que no cruce esa puerta? ¿Vas a recordarme lo que le debe mi familia a la tuya para obligarme a quedarme en este ático?
Liam levantó la cabeza. El dolor en sus ojos era crudo, casi insoportable de ver. Negó con la cabeza lentamente, con una sinceridad que me desarmó por un segundo.
—No, Elena —dijo con la voz ronca—. No más amenazas. No más juegos de poder contigo. He pasado toda mi vida forzando al mundo a darme lo que quiero, pero me he dado cuenta de que no sirve de nada tenerte aquí si tu corazón me odia. Si quieres irte, las puertas están abiertas. No haré nada contra tu familia ni contra Nico. Tienes mi palabra.
Esa rendición fue el golpe más fuerte de todos. Esperaba una pelea, esperaba al monstruo, pero encontré a un hombre roto.
—Me voy a casa de mis padres —sentencié, desviando la mirada hacia el ventanal—. Nico me está esperando abajo. A ellos... a ellos les diré que te has ido a un viaje de negocios urgente. No quiero que sufran, ni que sepan en qué clase de mentira he estado viviendo. No necesitan saber lo que pasó con Alessandra. Al menos por ahora.
Liam apretó los labios, asintiendo con dificultad. Vi cómo tragaba saliva, procesando el hecho de que su casa se quedaría vacía, de que yo ya no sería su refugio.
—Está bien —susurró—. Si eso es lo que necesitas para estar en paz, lo acepto.
Se puso en pie con torpeza y dio un paso hacia mí, deteniéndose justo antes de invadir mi espacio. Me miró como si estuviera intentando memorizar cada rasgo de mi cara, consciente de que quizá no volvería a tenerme tan cerca.
—Sé que las palabras no valen nada ahora, Elena. Sé que te he dado motivos para no creer ni en mi nombre —hizo una pausa, y su voz tembló—. Pero hay algo que necesito que sepas antes de que salgas por esa puerta. Aunque nunca he sabido decírtelo, aunque lo he estropeado todo con mi forma de ser... te amo con toda mi alma.
Me quedé sin aliento. Era la primera vez que pronunciaba esas palabras con esa desnudez, sin el escudo de su arrogancia.
—Eres lo único puro y bonito que me ha pasado nunca, Elena —continuó, con una lágrima solitaria surcando su mejilla—. Eres la única luz que ha entrado en esta vida de sombras. Si me dejas, me quedaré a oscuras, y lo tendré merecido. Pero nunca dudes que, a mi manera retorcida, tú eras mi mundo.
No supe qué responder. No podía perdonarlo, no todavía, pero sentir la sinceridad de su dolor fue como una puñalada. No dije nada. Me di la vuelta, agarré mi pequeña maleta y caminé hacia el ascensor.
Mientras las puertas se cerraban, lo vi allí de pie, solo en medio de la inmensidad del ático, con la sombra de su traición y la responsabilidad de una niña pequeña sobre sus hombros. Bajé al encuentro de Nico, sintiendo que, aunque me alejaba de él físicamente, sus palabras se habían quedado grabadas en mi pecho como una marca de hierro al rojo vivo.
El trayecto hasta Queens fue un viaje al pasado en silencio. Nico conducía con la vista fija en la carretera, respetando mi necesidad de no articular ni una sola palabra más. A medida que el perfil de los rascacielos de Manhattan se alejaba por el retrovisor, sentía que el aire se volvía más ligero, aunque el nudo en mi garganta siguiera apretando.
Aparcamos frente a la panadería. El rótulo de los Petrova, desgastado y familiar, me recibió como un abrazo que no pedía explicaciones. Antes de bajar, me miré en el espejo y traté de borrar cualquier rastro de la mujer rota que había salido del ático.
Mis padres salieron al vernos, con las manos todavía manchadas de harina y las sonrisas más honestas que he visto en meses.
—¡Elena! ¡Nico! ¡Qué sorpresa tan maravillosa! —exclamó mi madre, rodeándome con sus brazos. Olía a vainilla y a hogar.
—Liam y yo tenemos que salir de la ciudad por un viaje de negocios urgente —intervino Nico, asumiendo su papel con una naturalidad asombrosa—. Van a ser unos días complicados de reuniones, y Liam no quería que Elena se quedara sola en ese ático tan grande. Hemos pensado que no hay mejor sitio que este.
—¡Claro que no! Esta siempre será su casa —dijo mi padre, dándole una palmada en la espalda a Nico—. Entrad, entrad. Voy a preparar café del bueno.
Ver la felicidad en sus rostros, ajenos a la guerra de poder, a la traición de Alessandra y a la red de mentiras en la que vivía, me dolió de una forma dulce. Estaban felices de tenerme de vuelta, creyendo que su hija vivía un cuento de hadas con un hombre poderoso que la cuidaba incluso en la distancia.
Subí a mi antigua habitación. Todo seguía igual: mis libros, la colcha que mi abuela tejió, el silencio de un barrio que no dormía bajo la sombra de la mafia. Me senté en el borde de la cama y cerré los ojos, tratando de dejar de ser Elena O'Shea para volver a ser, por un momento, solo Elena Petrova.
Entonces, mi teléfono vibró.
Era un mensaje de Liam. El nombre en la pantalla me provocó un vuelco en el corazón, una mezcla de náusea y anhelo.
"Solo quería saber que has llegado bien. Cuídate mucho estos días. No olvides lo que te dije antes de irte: te amo con toda mi alma, Elena. No me cansaré de decírtelo, aunque no quieras escucharlo."
Me quedé mirando la pantalla durante minutos. Las letras borrosas por la humedad que volvía a mis ojos. Podía imaginarlo en el ático, solo con la pequeña Maya, enfrentándose a un silencio que él mismo había provocado. Por un segundo, mis dedos rozaron el teclado, queriendo preguntar por la niña, queriendo decirle que yo también sentía ese vacío.
Pero recordé la imagen de él con Alessandra. Recordé la amenaza inicial. Recordé que mi vida había sido un contrato antes que un romance.
Bloqueé el teléfono y lo dejé sobre la mesilla, boca abajo. No respondí. El silencio era la única arma que me quedaba para protegerme de un hombre que, incluso cuando decía la verdad, lograba desarmarme por completo.