Diamantes negros: El contrato del ático

36 El espejo

**Elena**

El olor a pan recién horneado, que durante quince días había sido mi refugio, empezó a sentirse esa mañana como una mortaja. Estaba en la cocina, mirando fijamente una taza de café frío, cuando mi madre entró. No traía harina en las manos, ni una sonrisa reconfortante. Traía esa mirada de "mujer Petrova" que indicaba que las contemplaciones se habían acabado.
​Se sentó frente a mí, apartó mi taza y me obligó a mirarla a los ojos.
​—¿Cuánto tiempo más vas a seguir así, Elena? —su voz no era dulce; era un látigo de realidad—. ¿Cuánto crees que un hombre como Liam, con su orgullo y su posición, va a quedarse esperando en el umbral de tu indecisión?
​—Mamá, no lo entiendes... me duele —susurré, sintiendo que las lágrimas volvían a agolparse—. Me traicionó. Me usó para sus negocios. Sigo rota por dentro.
​Mi madre soltó un bufido de desprecio que me dejó helada.
​—Eso es de cobardes, Elena. El dolor no sirve para nada si lo usas como una manta para esconderte. Tienes que coger ese dolor, mirarlo a la cara y hacerle frente para que no te hunda. Estás aquí, en tu antigua habitación, fingiendo que el tiempo se ha detenido, pero el mundo sigue girando ahí fuera.
​Me quedé en silencio, herida por su franqueza. Pero ella no había terminado.
​—Estás enamorada de él hasta los huesos. Se te nota en cómo miras el teléfono cada cinco minutos, en cómo suspiras cuando crees que no te vemos. Pero piénsalo bien, hija: Liam O'Shea es un hombre poderoso, joven y, a pesar de todo, un hombre que te adora. Pero la paciencia tiene un límite.
​Se inclinó hacia delante, bajando la voz pero endureciendo el tono.
​—Empieza a pensar que, mientras tú te compadeces de ti misma aquí en Queens, puede aparecer otra persona en la vida de Liam. Una mujer que no tenga tus dudas, que sepa aprovechar el vacío que has dejado y que decida quitártelo. Porque él no se va a quedar solo para siempre, Elena. Los hombres como él no saben estar vacíos.
​Sentí una punzada de puro terror en el estómago. La imagen de Liam con otra mujer —no con Alessandra, sino con alguien nuevo, alguien que le diera la paz que yo le negaba— me dolió más que cualquier látigo en el club.
​—Decídete ya —sentenció mi madre, poniéndose en pie—. Decide si vas a firmar ese divorcio porque ya no lo amas, y si estás dispuesta a verle rehacer su vida con otra, a ver a otra mujer en tu casa.. o si vas a volver al ático y vas a luchar por lo que es tuyo. Pero deja de ser una sombra, Elena. Sé una mujer.
​Se marchó de la cocina dejándome sola con el eco de sus palabras. Subí a mi habitación y miré el último mensaje de Liam en la pantalla del móvil. "...nada entre nosotros hasta que no tomes una decisión real".
​Él ya había trazado la línea en la arena. Mi madre acababa de empujarme hacia ella. Tenía razón: el dolor era una excusa para no elegir, y mi orgullo estaba a punto de costarme el único hombre al que, a pesar de las sombras, no podía dejar de amar.
​Agarré mi maleta del armario. Mis manos temblaban, pero no era de miedo, sino de una resolución que quemaba. No iba a permitir que nadie ocupara mi lugar en ese ático. No iba a dejar que otra mujer tocara lo que me pertenecía.
Las palabras de mi madre seguían martilleando en mi cabeza como una sentencia: «Una mujer que no tenga tus dudas... que decida quitártelo». El miedo a perderlo, a que otro cuerpo ocupara el vacío que yo misma había creado, se transformó en una desesperación líquida que me quemaba las venas.
​No fui al ático. Fui al único lugar donde sabía que su resistencia se quebraba, donde las máscaras caían.
​Repetí el ritual. El aire viciado del local de BDSM me recibió con su promesa de anonimato y sombras. En el baño, mis manos temblaban mientras me enfundaba en un conjunto de encaje rojo sangre, tan ajustado que apenas me dejaba respirar. Quería ser una herida abierta ante sus ojos.
​Entré en la misma sala de la última vez, cerré la puerta y saqué el teléfono. Mi corazón latía contra mis costillas con una fuerza violenta.
​"Sala 4. Estoy aquí, Liam. Ven a buscarme."
​Pasaron dos minutos que se sintieron como horas. La respuesta llegó, seca y cortante:
​"Te dije que no jugaras más, Elena. No voy a bajar. Vete a Queens."
​La furia y el pánico se mezclaron en mi pecho. ¿De verdad iba a dejarme así? ¿De verdad estaba dispuesto a soltarme? Miré la pantalla táctil incrustada en la pared de la sala, el control que gestionaba la privacidad de la habitación. Si pulsaba el botón de "Libre", la luz exterior cambiaría a verde y cualquier miembro del club, cualquier desconocido con sed de sombras, podría entrar.
​Mis dedos volaron sobre el teclado.
​"Si no bajas en tres minutos, voy a marcar la sala como 'Libre'. Sabes perfectamente lo que eso significa en este club. Si tú no quieres lo que tengo para ofrecer, veremos si el próximo hombre que cruce esa puerta opina lo mismo."
​No pasaron ni sesenta segundos cuando la puerta se abrió de golpe, golpeando la pared con un estruendo que me hizo saltar. Liam entró como un huracán de furia negra. Su rostro estaba desencajado, las venas de su cuello marcadas y sus ojos grises inyectados en una rabia que nunca le había visto.
​—¿Te has vuelto loca? —rugió, cerrando la puerta con el seguro y avanzando hacia mí hasta acorralarme contra la mesa de tortura—. ¿Me estás amenazando con entregarte a un extraño solo para llamar mi atención? ¡¿En qué clase de animal te estás convirtiendo, Elena?!
​—¡En el animal que tú creaste! —le grité, empujándolo por el pecho—. ¡Dijiste que decidiera! ¡He decidido que te quiero a ti, pero tú me cierras la puerta! ¿Qué quieres que haga? ¡Me estoy muriendo por dentro!
​—¡Quiero que me respetes! —gritó él, golpeando la pared a escasos centímetros de mi cabeza—. ¡Quiero que dejes de usar el sexo como un arma para no hablar de lo que importa!
​Me lancé hacia él. Lo agarré de la solapas de la chaqueta, desesperada, buscando su boca, su calor. Intenté besarlo con una urgencia febril, mis manos bajando hacia su cinturón, intentando desabrocharlo, buscando la conexión que siempre nos salvaba.
​—Liam, por favor... hazme el amor. Aquí, ahora. Hazme tuya otra vez, hazme olvidar todo —supliqué entre besos desesperados que él esquivaba.
​Me froté contra él, buscando su erección, intentando que su cuerpo traicionara su voluntad. Usé cada truco, cada caricia que sabía que lo volvía loco, pero Liam me agarró por las muñecas con una fuerza de hierro y me apartó de él con un movimiento seco.
​—No —dijo, con la respiración entrecortada pero la mirada gélida—. Esta vez no, Elena. No voy a follarme tus dudas. No voy a dejar que me uses para silenciar tu conciencia una noche más para que mañana te despiertes y vuelvas a decirme que "esto no es un perdón".
​—¡Te lo estoy pidiendo! —sollocé, fuera de mí—. ¡Soy tu mujer!
​—¡Entonces actúa como tal fuera de estas cuatro paredes! —me espetó, soltando mis muñecas—. No habrá sexo, Elena. No habrá látigos, ni sumisión, ni alivio. Si quieres volver conmigo, cruza esa puerta, sube al coche y entra en el ático para ser mi esposa. Pero aquí... aquí no te voy a dar nada.
​Se dio la vuelta, dándome la espalda, con los hombros rígidos como el acero. Me quedé allí, medio desnuda, temblando de frío y de humillación, dándome cuenta de que el hombre al que yo creía tener bajo control acababa de recuperar el mando de la única forma que me dolía: negándome a sí mismo.
​El aire en la sala se había vuelto gélido. Ver la espalda de Liam, rígida y distante, fue como ver un muro de hormigón cerrándose sobre mi vida. El pánico que mi madre había sembrado —el miedo a que el vacío que yo dejara fuera ocupado por otra— cristalizó en ese segundo. Si cruzaba esa puerta ahora, lo perdía para siempre. No habría más mensajes, ni más esperas, ni más Liam.
​—¡Espera! —mi voz salió como un ruego roto, deteniéndolo justo cuando su mano rozaba el pomo de la puerta.
​Liam no se giró. Sus hombros subieron y bajaron con una respiración pesada, contenida.
​—Voy a volver, Liam —solté, las palabras atropellándose en mi garganta—. Vuelvo al ático. Contigo. Para siempre. Se acabó Queens, se acabaron las dudas. Soy tu mujer.
​Él se giró lentamente. Sus ojos no brillaban con alegría; estaban cargados de un escepticismo hiriente, una desconfianza que me dolió más que cualquier látigo.
​—No me mientas, Elena —escupió con amargura—. No me digas lo que quiero oír solo para que te abra las piernas y te haga olvidar que me odias por una hora. No soy un estúpido. Estás desesperada por el sexo, por la adrenalina, y estás usando el "volver" como una moneda de cambio. Mañana te despertarás, te sentirás culpable y volverás a decir que "no me has perdonado". No voy a caer en eso.
​—¡No es mentira! —grité, dando un paso hacia él—. He hablado con mi madre. He visto lo que es mi vida sin ti y es un desierto. No puedo más, Liam. Acepto todo. Acepto tus sombras, acepto este contrato que nos unió porque, maldita sea, te amo por encima de mi orgullo.
​Él negó con la cabeza, retrocediendo un paso. Estaba cerrándose en banda, protegiendo su corazón del posible engaño.
​—Vete a casa, Elena. Vístete y vete. No te creo.
​Ver su rechazo final me empujó al límite. Ya no me importaba la dignidad, ni el lugar, ni las cámaras que pudieran estar grabando en la penumbra. Si quería pruebas de que me había rendido, se las daría de la forma más cruda y absoluta que conocíamos.
​Me dejé caer de rodillas frente a él, sobre el frío suelo de la sala. El golpe de mis rodillas contra la madera resonó en el silencio sepulcral. Liam se tensó, mirándome desde arriba con una mezcla de sorpresa y sospecha.
​—¿Qué estás haciendo? —susurró, con la voz temblando ligeramente.
​No respondí con palabras. Con manos temblorosas pero decididas, alcancé la hebilla de su cinturón. Él intentó apartar mis manos por un segundo, pero me aferré a él con una fuerza desesperada. Desabroché el cuero, bajé la cremallera de su pantalón de traje y liberé su masculinidad, que ya estaba tensa y palpitante, traicionando la frialdad de sus palabras.
​Lo miré hacia arriba, con los ojos empañados por las lágrimas y el deseo.
​—Esta es mi firma, Liam —murmuré—. Este es mi contrato.
​Me llevé su erección a la boca con una urgencia febril, entregándome a él de la forma más sumisa y devota posible. No era solo sexo; era una súplica muda, una entrega de poder total. Sentí cómo sus dedos se enterraban en mi pelo con una violencia repentina, su respiración se volvió un jadeo errático y su control, ese que tanto se había esforzado por mantener, saltó por los aires.
​—¡Elena...! —gruñó, echando la cabeza hacia atrás mientras sus caderas daban un respingo involuntario.
​Enloqueció. El hombre frío y el hermano responsable desaparecieron, dejando paso al dueño de mis sombras. Me sujetó la cabeza con fuerza, guiando el ritmo, reclamando mi boca como si fuera el territorio sagrado que nunca debió perder. En ese sótano, arrodillada a sus pies y bañada en la luz roja de la sala, supe que el puente hacia Queens se había quemado definitivamente. Estaba de vuelta.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.