Diamantes negros: El contrato del ático

37 La mansión O'Shea

**Elena**

Amanecer en el ático fue, por primera vez, un acto de paz absoluta. La luz de Manhattan entraba por los ventanales sin encontrar resistencia. Me desperté entrelazada con Liam, sintiendo el calor de su piel y la firmeza de su brazo rodeándome, como si incluso dormido temiera que me esfumara de nuevo hacia Queens. No hubo reproches, solo besos lentos que sabían a una tregua definitiva.
​Tras una visita rápida de Nico, que nos puso al día sobre los movimientos de los Sterling, Liam se sentó en el borde de la cama y me tomó la mano. Su mirada era inusualmente suave.
​—Es hora de que la conozcas, Elena. Maya está en casa de mis padres. Siobhan dice que ha estado preguntando por ti desde que vio tu foto en mi despacho.
​Sentí un nudo en el estómago. Esa chica de quince años era el vínculo vivo con la madre que Liam nunca conoció y con la traición que casi nos destruye. Pero ella no tenía la culpa de nada.
​Al llegar a la mansión de los padres de Liam, el pulso se me aceleró. Nos recibieron con una calidez que me conmovió; me abrazaron como si nunca me hubiera ido.
​—Está en el porche con Siobhan —dijo la madre de Liam con una sonrisa—. Es una chica increíble, Elena. Tiene una fuerza que te recordará a alguien.
​Salimos al exterior y la vi. Maya no era una niña; era una adolescente de quince años, alta, con el cabello oscuro y una mirada intensa que recordaba vagamente a la de Liam, aunque con una vulnerabilidad que él había perdido hacía décadas. Estaba sentada con unos auriculares alrededor del cuello, cerrando un libro de texto cuando nos vio aparecer.
​Se puso en pie con la elegancia natural de alguien que está aprendiendo a ocupar su lugar en el mundo. Caminó hacia nosotros, deteniéndose justo frente a mí.
​—Tú eres Elena —dijo. Su voz era firme, madura para su edad—. Siobhan me ha hablado mucho de ti. Dice que eres la única que puede controlar a mi hermano.
​—Y Siobhan suele tener razón —respondí, sonriendo y sintiendo una simpatía inmediata por ella—. Me alegra mucho conocerte, Maya.
​Nos sentamos a merendar bajo el cenador de mármol. Fue entonces cuando el padre de Liam tomó la palabra, mirando a su hijo con seriedad.
​—Liam, Elena... hemos estado hablando con Maya estos días que habéis estado "ausentes". Queremos proponeros algo. Creemos que lo mejor es que Maya se quede a vivir aquí con nosotros, de forma permanente.
​Miré a Liam, sorprendida. Él frunció el ceño, procesando la idea de ceder la custodia de su hermana a sus padres adoptivos.
​—He hecho amigas en el instituto del barrio —intervino Maya, mirando a Liam con una mezcla de respeto y cariño—. Lucía, la vecina de enfrente, va a mi clase. Son todas chicas que viven por aquí. En tu ático, Liam, me siento como en una pecera de cristal. Es impresionante, pero aquí... aquí puedo caminar a casa de mis amigas, puedo estudiar con ellas. Aquí me siento en una casa de verdad, no en una fortaleza.
​—Además —añadió la madre de Liam—, Siobhan está aquí casi todo el tiempo. Nosotros estamos encantados de volver a tener una hija adolescente en casa. Le daremos la estabilidad que necesita mientras termina el instituto.
​Liam guardó silencio, observando a la chica. Vi cómo su mandíbula se relajaba al comprender que el estilo de vida de los O'Shea en el ático —lleno de sombras, BDSM y peligros de la mafia— no era el lugar para una joven de quince años que intentaba reconstruir su vida tras perder a su madre. Aquí, en el barrio rico de la ciudad, Maya tendría una vida normal, amigas y la protección de los "abuelos".
​—Si es lo que tú quieres, Maya... —dijo Liam con voz ronca—. No voy a ser yo quien te encierre si aquí has encontrado tu sitio.
​—¡Gracias! —exclamó ella, y por primera vez vi una sonrisa radiante en su rostro. Se acercó a mí y me dio un abrazo rápido pero sincero—. Gracias por cuidar de él. Se le ve distinto ahora que has vuelto.
​Salimos de la mansión al atardecer. El peso que yo sentía se había disuelto. Maya no era una carga ni un recordatorio del dolor; era una hermana que había encontrado su hogar, dejándonos a Liam y a mí el espacio necesario para ser, simplemente, nosotros.
​—Parece que volvemos a estar solos en el ático, Señora O'Shea —murmuró Liam al oído mientras subíamos al coche, pegándome a su costado con una posesividad renovada.
​—Solos de verdad, Liam. Esta noche, el ático es solo nuestro —respondí, sabiendo que la verdadera celebración de nuestro reencuentro acababa de empezar.
El silencio del ático ya no era un vacío ensordecedor, sino un lienzo en blanco. Con Maya instalada en la seguridad y el bullicio juvenil de la mansión de los padres de Liam, el aire entre nosotros había cambiado. Ya no éramos guardianes de un secreto o tutores improvisados; éramos, por fin, un hombre y una mujer recuperando su territorio.
​La cena había sido tranquila, regada con un vino que parecía deshacer los últimos nudos de tensión en mi garganta. Liam apenas me había quitado los ojos de encima en toda la noche, con esa mirada oscura que prometía incendiar las sábanas en cualquier momento. Sin embargo, antes de que el deseo nos arrastrara de nuevo a la habitación, me tomó de la mano y me guio hacia el balcón, donde las luces de Manhattan centelleaban como diamantes caídos.
​—Tengo algo para ti —susurró, pegando su pecho a mi espalda.
​—Liam, ya me has dado todo lo que podía pedir —respondí, girándome entre sus brazos—. Estar aquí es suficiente.
​Él negó con la cabeza y sacó una pequeña caja de terciopelo negro de su bolsillo. Al abrirla, el aire se me escapó de los pulmones. No era el anillo de diamantes claros y tradicionales que llevaba en mi mano izquierda. Este era distinto. Una alianza de oro blanco incrustada con diamantes negros, profundos y magnéticos, que parecían absorber la luz de la luna.
​—El anillo que llevas ahora fue un contrato —dijo Liam, con una voz cargada de una honestidad que me desarmó—. Fue una marca, una obligación, una forma de atarte a mi mundo cuando ni siquiera sabías dónde te metías.
​Me tomó la mano derecha y deslizó la nueva alianza en mi dedo anular. El contraste del oro frío y las piedras negras contra mi piel era hipnótico.
​—Este es por elección —continuó, mirándome a los ojos—. No hay negocios detrás, ni amenazas, ni deudas. Es porque me da la gana que el mundo sepa que eres mía, Elena. Pero sobre todo, es para recordarte que acepto tus sombras tanto como tú has aceptado las mías. El diamante negro es como nosotros: nació bajo presión, en la oscuridad, pero es irrompible.
​Sentí una calidez que nada tenía que ver con el alcohol. Me miré la mano, sintiendo el peso del nuevo anillo. Ya no era una propiedad de los O'Shea por un papel firmado; era su compañera por voluntad propia.
​—Es precioso, Liam —susurré, rodeando su cuello con mis brazos—. Pero sabes que esto conlleva un precio, ¿verdad?
​—¿Ah, sí? ¿Cuál? —preguntó él con una sonrisa arrogante, estrechándome más contra él.
​—Que ahora que estamos solos, y que tengo este anillo en mi dedo... no voy a dejar que duermas ni un minuto esta noche.
​Liam soltó una carcajada ronca, esa que solo yo lograba sacarle, y me levantó en vilo.
​—Eso no es un precio, Elena. Eso es una bendición.
​Me llevó hacia la habitación, pero esta vez no había prisa, ni rabia, ni necesidad de castigo. Había una posesividad nueva, una que nacía del respeto mutuo. Al entrar, cerró la puerta con el pie y me dejó suavemente sobre la cama, atrapándome bajo su cuerpo mientras sus manos buscaban el cierre de mi vestido.
​—Bienvenida a casa, de verdad, Señora O'Shea —murmuró sobre mis labios antes de devorarme de nuevo.




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