**Elena**
El aire de la Quinta Avenida era frío, pero el bullicio de las tiendas de lujo servía como la distracción perfecta. Liam me había pedido que me preparara para la gala de los Sterling, y qué mejor manera de hacerlo que con Siobhan y mi mejor amiga, Sofía. Necesitaba que las aguas se calmaran entre mi cuñada y mi hermano, y esperaba que una tarde de moda y confidencias suavizara las aristas de Siobhan.
Estábamos probándonos vestidos de seda en una suite privada cuando Sofía, con esa chispa de travesura que siempre la caracterizaba, soltó la bomba.
—Chicas, tengo que contaros algo de la otra noche —dijo Sofía, ajustándose un vestido plateado—. Después de la cena en tu casa, Elena... Marcus y Nico me llevaron a un sitio. Un local de BDSM, se llama The Exange.
Me quedé de piedra, con un vestido negro entre las manos. El corazón me dio un vuelco. Conocía ese lugar mejor que nadie; era el santuario donde Liam y yo habíamos quemado nuestros puentes y construido otros nuevos. Pero mantuve la expresión neutra.
—¿Un local de BDSM? —preguntó Siobhan, fingiendo desinterés mientras examinaba unos zapatos de tacón—. No sabía que Nico fuera de esos.
—Fue... perturbador —continuó Sofía, y vi un brillo extraño en sus ojos—. Ver a la gente entregarse así, el control, el dolor transformado en algo más. Me asustó, pero me encantó a partes iguales. Hay algo magnético en ese sitio.
Siobhan soltó una risa seca, dejando los zapatos en el suelo.
—Ese local es de mi hermano —sentenció, mirándome de reojo—. Liam no me lo ha dicho nunca, pero no soy tonta. Conozco sus inversiones y sus vicios.
El silencio se volvió espeso. Siobhan se giró hacia Sofía, y la máscara de frialdad empezó a agrietarse.
—Dime una cosa, Sofía... ¿Nico estuvo con alguien allí?
Sofía bajó la mirada, con un gesto de pesar que me hizo encoger el estómago.
—Sí. Con una de las camareras del local. Se metieron en una sala privada durante un buen rato.
El impacto fue físico. Vi cómo a Siobhan se le desencajaba el rostro. Sus ojos se llenaron de lágrimas que luchaba por no dejar caer, y esa altivez de "princesa O'Shea" se desmoronó por completo en medio del probador. Verla así, rota por la misma noticia que la hacía atacar a Nico cada mañana, me hizo sentir una punzada de lástima.
Dejé el vestido y me acerqué a ella, obligándola a mirarme. Era hora de hablar de frente.
—Siobhan, mírame —le dije con firmeza—. Tienes que dejar de hacer esto. Tienes que dejar de ir detrás de Nico como si fueras una niña caprichosa reclamando un juguete. A mi hermano no le gustan las mujeres así.
Ella intentó apartar la cara, sollozando, pero no la dejé.
—Escúchame bien: yo conozco a Nico mejor que nadie. Sé lo que busca y sé lo que respeta. Lo que vio esta mañana en el ático, esos numeritos de niña maleducada y esos ataques constantes... eso solo hace que te mire con asco. Si de verdad quieres que Nico te vea, tienes que empezar a actuar como la mujer que eres, no como una chica consentida que solo sabe gritar para llamar la atención.
—Él me odia, Elena... —susurró ella entre lágrimas.
—No te odia, Siobhan. Está harto. Hay una diferencia muy grande. Nico respeta la fuerza, la elegancia y, sobre todo, la madurez. Si quieres recuperar terreno, demuéstrale que puedes estar en la misma habitación que él sin intentar destruirlo. Sé la mujer que merece su respeto, no el dolor de cabeza que quiere evitar.
Siobhan me miró, y por primera vez vi en ella a alguien dispuesto a escuchar. El consejo de una Petrova sobre cómo manejar a un Petrova era la única moneda que podía salvarla de perderlo para siempre.
El aire en el vestidor del ático estaba cargado de perfume caro, laca de uñas y una tensión eléctrica que se podía palpar. La gala de los Sterling no era solo un evento benéfico; era una declaración de guerra con guante de seda. Pero mi misión esa noche era doble: debía ser la esposa impecable de Liam O'Shea y, al mismo tiempo, la arquitecta de la redención de Siobhan.
Había pasado la tarde supervisando cada detalle. Tras mis palabras en la tienda de lujo, algo se había quebrado en Siobhan, pero para dejar paso a algo mucho más sólido. La vi frente al espejo de mi tocador, mientras mi maquillador personal terminaba con ella. Ya no quedaba rastro de la chica que gritaba por los pasillos; en su lugar, había una calma gélida que me recordaba peligrosamente a la de su hermano Liam.
—Recuerda lo que hablamos, Siobhan —le dije, ajustándome mis pendientes de diamantes negros, a juego con mi nuevo anillo—. Ni una palabra más alta que la otra. Ni una mirada de reproche. Si Nico te busca con la mirada, mantén la distancia. Sé una extraña elegante, no la hermana pesada.
Siobhan asintió, mirándose las manos. Llevaba un vestido de seda en azul medianoche, tan oscuro que parecía negro, con un escote en la espalda que quitaba el aliento. Estaba imponente.
—Gracias, Elena —susurró—. Por primera vez... siento que tengo el control, aunque por dentro me esté muriendo de ganas de exigirle explicaciones por esa camarera.
—El control es el mayor afrodisíaco para un hombre como mi hermano —sentencié—. Vamos, los hombres nos esperan abajo.
Bajamos la gran escalera del ático. Al final, Liam, Nico y Marcus formaban una fila de esmóquines negros, una visión de poder absoluto. Los tres se quedaron en silencio cuando aparecimos.
Liam avanzó hacia mí, tomándome por la cintura con esa posesividad que siempre me aceleraba el pulso.
—Estás radiante, mi luz —murmuró al oído, besándome la sien.
Pero mi atención estaba en Nico. Mi hermano tenía la mirada clavada en Siobhan. Estaba acostumbrado a que ella bajara las escaleras lanzándole alguna pulla o buscando su enfrentamiento visual. Pero Siobhan hizo exactamente lo que le pedí: pasó por su lado con una elegancia soberana, apenas dedicándole un asentimiento de cabeza profesional, como si fuera un guardaespaldas más.
Vi cómo Nico fruncía el ceño, desconcertado. Sus ojos recorrieron el cuerpo de Siobhan, deteniéndose en la piel desnuda de su espalda, buscando esa chispa de conflicto que siempre alimentaba su extraña relación. No la encontró. Siobhan se puso a hablar con Marcus sobre los fondos de la gala, ignorando a mi hermano por completo.
Nico se acercó a mí mientras Liam hablaba por teléfono un momento.
—¿Qué le pasa? —me susurró al oído, con un tono que pretendía ser indiferente pero que destilaba curiosidad—. Está... extraña. Demasiado callada.
—Se llama madurez, Nico —le respondí, ajustándole la pajarita con una sonrisa de suficiencia—. Te dije que Siobhan no es la niña que crees. Hoy vas a ver a la mujer que Liam ha protegido tanto tiempo. Intenta no babear demasiado, hermanito.
Nico soltó un bufido, pero no apartó la vista de Siobhan en todo el camino hacia la limusina. El juego había cambiado. Ya no era ella quien corría tras él; ahora era él quien, sin darse cuenta, intentaba descifrar el silencio de ella.
Entramos en la gala de los Sterling como una falange romana: Liam y yo en el centro, flanqueados por la inteligencia de Marcus y la fuerza contenida de Nico. Pero la verdadera arma secreta de la noche caminaba un paso por detrás, con la cabeza alta y el corazón blindado.
El salón de la gala de los Sterling era un despliegue de hipocresía envuelta en seda y champán. La luz de las arañas de cristal rebotaba en las joyas de las mujeres presentes, pero ninguna brillaba con la intensidad de la advertencia silenciosa que Liam y yo proyectábamos al caminar.
Sentí el brazo de Liam tensarse bajo mi mano incluso antes de verla. Alessandra se materializó frente a nosotros como un espectro de elegancia venenosa, luciendo un vestido que costaba más que la lealtad de la mitad de los invitados.
—Liam, querido. Elena... —su voz era como miel mezclada con arsénico—. Me sorprende veros aquí. Después de los "rumores" de estas semanas, pensaba que estarías en Queens, Elena, rehaciendo tu vida lejos de... bueno, de las complicaciones de los hombres de verdad.
Liam apretó mi mano contra su costado, pero yo no necesitaba que me defendiera. Me adelanté un paso, luciendo mi alianza de diamantes negros con una sonrisa gélida.
—Como ves, Alessandra, los rumores suelen ser el consuelo de los que no tienen nada mejor que hacer con sus vidas —dije, recorriéndola con la mirada de arriba abajo—. Y Queens es precioso, pero el ático de mi marido tiene unas vistas que simplemente no se pueden abandonar.
Alessandra entornó los ojos, herida por mi tono. Se acercó un poco más, bajando la voz para que solo nosotros tres pudiéramos oírla.
—Me pregunto cómo puedes dormir tranquila, Elena. Perdonar una infidelidad de esa magnitud... —lanzó una mirada fugaz a Liam—. Hay que tener muy poco orgullo o ser muy desesperada para aceptar las sobras de otro cuerpo.
Solté una pequeña risa seca, cargada de un sarcasmo que la dejó descolocada.
—Oh, Alessandra, no seas tan dramática. En el mundo de Liam, el "orgullo" es para los que no saben lo que es la pasión —le respondí, inclinando la cabeza—. Liam y yo no jugamos con las reglas de tu pequeño club de lectura. Lo que sucede entre nosotros no se perdona, se disfruta. Deberías probarlo alguna vez, quizás así se te quitaría esa expresión de amargura permanente.
El rostro de Alessandra se endureció. El veneno empezó a fluir con más fuerza.
—No eres suficiente mujer para él —escupió, olvidando por fin los modales de la alta sociedad—. Liam tiene gustos... peculiares. Gustos que una chica de panadería como tú jamás sabrá satisfacer. Él necesita oscuridad, necesita fuerza, necesita cosas en la cama que tú ni siquiera podrías imaginar sin echarte a llorar. Al final, se aburrirá de tu mediocridad y buscará a alguien que hable su mismo idioma. Alguien como yo.
Sentí la furia de Liam vibrar a mi lado, pero le puse una mano en el pecho para frenarlo. Me acerqué al oído de Alessandra, lo suficiente para que sintiera el frío de mi seguridad.
—Ese es tu error, Alessandra —susurré, con una voz que cortaba como una cuchilla—. Crees que conoces sus gustos porque una vez te dejó mirar a través de la cerradura. Yo no solo los satisfago; yo los provoco. Lo que tú llamas "oscuridad", para mí es nuestro patio de recreo. Y por cierto... —la miré de arriba abajo con una lástima infinita—, si Liam buscara a alguien como tú, no me habría regalado un diamante negro. Me habría dado algo transparente y vacío, como tu alma.
Alessandra se puso lívida. La rabia le tiñó las mejillas de un rojo violento y sus manos temblaron sobre su copa de champán. Había intentado atacarme en mi punto más débil y se había encontrado con una mujer que no solo conocía el látigo de Liam, sino que lo sostenía con él.
—Vámonos, Liam —dije, dándome la vuelta con una elegancia soberana—. El aire aquí se está volviendo demasiado barato.
Al alejarnos, sentí la mirada de Alessandra quemándome la espalda. Liam me rodeó con el brazo, pegándome a él, y supe por su mirada que nunca antes se había sentido tan orgulloso de la mujer que caminaba a su lado.
La adrenalina me corría por las venas como fuego líquido. Ver a Alessandra reducirse a una mancha de rabia e impotencia frente a mis palabras había despertado en mí una sed de posesión que solo Liam podía saciar. No era solo orgullo; era la confirmación de que yo era la dueña de sus sombras, y ella, una simple espectadora de nuestra oscuridad.
Liam no esperó a que termináramos de cruzar el salón. Su mano se cerró en mi cintura con una fuerza que me hizo jadear, y sus ojos, negros de un deseo salvaje, me prometieron que mis palabras tendrían consecuencias. Me arrastró hacia las puertas acristaladas que daban a la inmensa terraza de la mansión Sterling.
Buscamos un rincón envuelto en sombras, oculto tras unas densas enredaderas y columnas de mármol, donde el ruido de la orquesta llegaba como un eco lejano. En cuanto estuvimos a salvo de las miradas directas, me estampó contra la pared de piedra fría.
—Esa lengua tuya me va a volver loco, Elena —gruñó contra mi cuello, su respiración quemándome la piel—. Me encanta cuando marcas tu territorio.
No hubo preámbulos tiernos. Liam levantó la falda de mi vestido de seda con una urgencia febril, desgarrando casi el encaje de mi lencería. Sus dedos buscaron mi humedad, encontrándome ya empapada y lista para él. Solté un gemido que murió en su boca cuando me besó con una violencia hambrienta. Me abrió de piernas y me elevó, obligándome a rodear su cintura con mis muslos mientras su erección golpeaba contra mi entrada.
Se deshizo de su pantalón lo justo para liberarse y entró en mí de una sola estocada, profunda y posesiva. El contraste entre el frío de la noche en mi espalda y el calor abrasador de su cuerpo dentro del mío me hizo arquear el cuello. Sus embestidas eran rítmicas, duras, marcando cada centímetro de mi interior como si quisiera tatuar su nombre en mis entrañas.
Fue entonces cuando, por encima del hombro de Liam, vi un movimiento tras el cristal de la puerta. Una silueta elegante, paralizada en las sombras del interior. Alessandra. Estaba allí, oculta tras una cortina, mirando con una mezcla de horror y fascinación morbosa cómo el hombre que ella deseaba me devoraba contra una columna de su propia casa.
Me incliné hacia el oído de Liam, mordiéndole el lóbulo con saña mientras mis uñas se clavaban en sus hombros.
—Alessandra nos está mirando, Liam —le susurré, con la voz rota por el placer—. Está justo ahí, viendo cómo me haces tuya.
Sentí cómo el cuerpo de Liam se tensaba aún más. Lejos de detenerse o esconderse, soltó un gruñido gutural y aceleró el ritmo. Sus manos bajaron a mis glúteos, apretándome contra él con una fuerza animal, haciendo que cada embestida fuera más profunda, más ruidosa, más obscena.
—Que mire —rugió él, buscando mi boca—. Que aprenda lo que es ser una O'Shea.
Empecé a gemir con más ganas, dejando que mis gritos de éxtasis rasgaran el aire de la noche, asegurándome de que cada jadeo llegara hasta ella. Me entregué al ritmo frenético de Liam, sintiendo cómo el clímax empezaba a estallar en mi vientre como una granada de placer.
Justo cuando sentí que el mundo se desvanecía, clavé mi mirada en la silueta de Alessandra tras el cristal. No cerré los ojos. Mantuve el contacto visual mientras mi cuerpo se sacudía en espasmos violentos, dejándome ir por el orgasmo con un grito triunfal. La vi retroceder un paso, como si el impacto de mi placer la hubiera golpeado físicamente, antes de desaparecer en la oscuridad del salón.
Liam se corrió dentro de mí un segundo después, enterrando su rostro en mi pecho, jadeando mi nombre como una oración. En ese rincón de la terraza de los Sterling, bajo la luna de Manhattan, le había demostrado a Alessandra que no solo era suficiente mujer para él, sino que era la única que podía convertir su oscuridad en el paraíso más pecaminoso.