Diamantes negros: El contrato del ático

39 Epílogo

Ha pasado un año desde que el azul infinito del Egeo nos devolviera la paz que Nueva York intentó robarnos. Aquel mes en Santorini no fue solo una luna de miel; fue el crisol donde fundimos nuestras voluntades hasta que dejaron de existir el "tú" y el "yo" para convertirse en un "nosotros" inquebrantable.
​Me apoyo en la barandilla del balcón del ático, observando cómo las luces de Manhattan cobran vida bajo el crepúsculo. El aire de marzo es frío, pero el peso del abrigo de piel que Liam colocó sobre mis hombros hace un momento me mantiene cálida. Un año. Parece una vida entera desde que bajé a aquel local de BDSM dispuesta a perderlo todo, y sin embargo, parece que fue ayer cuando descubrí que mi lugar no estaba en la seguridad de Queens, sino en el ojo del huracán, a su lado.
​Nuestra vuelta de Grecia fue como un choque de realidad, pero esta vez estábamos listos. Las piezas del rompecabezas, que antes forzábamos con sangre y lágrimas, ahora encajan al unísono.
​Liam aparece detrás de mí. No dice nada; no lo necesita. Siento su presencia, ese magnetismo oscuro que sigue acelerando mi pulso como el primer día. Sus manos, grandes y firmes, se posan sobre las mías en la barandilla. El diamante negro de mi dedo brilla bajo la luz de la luna, un recordatorio perpetuo de que nuestra unión nació de la presión y la sombra, y que por eso mismo, es eterna.
​—¿En qué piensas, mi luz? —su voz es un susurro ronco contra mi oído.
​—En lo mucho que ha cambiado todo... y en lo mucho que sigue igual —respondo, girándome entre sus brazos—. Nueva York sigue siendo una selva, los Sterling siguen acechando en las sombras y tu familia sigue siendo un caos encantador. Pero ya no me asusta.
​Él sonríe, esa sonrisa que solo me reserva a mí, despojada de la máscara de frialdad que muestra al mundo. Maya está floreciendo en la mansión de sus padres, convirtiéndose en una mujer brillante bajo la mirada protectora de Siobhan y la vigilancia silenciosa de Nico. Siobhan y mi hermano siguen siendo un incendio sin control, una guerra de silencios y tensiones que ya no nos quita el sueño, porque sabemos que, a su manera retorcida, también están encontrando su propio ritmo.
​—Hemos construido algo real, Liam —le digo, acariciando su mandíbula.
​—Hemos construido un imperio, Elena. Pero tú eres el corazón que lo mantiene vivo.
​Me besa con una calma posesiva, una promesa renovada de que, sin importar cuántas tormentas vengan, el ático siempre será nuestro santuario. Ya no soy la chica de la panadería que temía a la oscuridad; soy la mujer que aprendió a caminar en ella de la mano del hombre que la ama por encima de su propio orgullo.
​Soy feliz. Con una felicidad compleja, intensa y a veces peligrosa, pero es la vida que elegí. Miro hacia el horizonte, hacia las luces de la ciudad que una vez me asustó, y sonrío. Al final, no fue el contrato lo que nos unió, ni el sexo salvaje, ni el apellido O'Shea. Fue la valentía de mirarnos al espejo y aceptar que nuestras sombras bailan al mismo son.
​—Vamos adentro —murmura Liam, tirando suavemente de mí—. La noche es joven y el ático es solo nuestro.
​Le sigo, dejando atrás el frío de la ciudad. Sé que detrás de esa puerta nos espera nuestra propia versión del paraíso. Un paraíso de cuero, seda y una lealtad que ni el tiempo ni el destino podrán romper jamás.

​FIN




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