**Nico**
El silencio en mi despacho es absoluto, o lo sería si no fuera por el tic-tac del reloj de pared que parece marcar la cuenta atrás de mi paciencia. He pasado un año ignorándola. Un año de respuestas cortas, de miradas gélidas y de encuentros profesionales donde mi único objetivo era no romperle el cuello... o besarla hasta que olvidara su propio apellido.
La puerta se abre sin llamar. No necesito levantar la vista de los informes para saber quién es. El aroma a jazmín y ambición la precede. Siobhan.
—Nico. Necesito que firmes esto —su voz ya no es el chillido caprichoso de hace un año. Es baja, controlada, una caricia de seda sobre una cuchilla.
Levanto la mirada. Ella está de pie frente a mi escritorio, luciendo un traje de chaqueta blanco que resalta su piel bronceada y esa altivez que ahora, para mi desgracia, es puramente madura. Ha seguido los consejos de mi hermana; ha dejado de ser una niña para convertirse en una mujer que sabe exactamente qué botones pulsar para hacerme sangrar.
—Déjalo ahí, Siobhan. Lo revisaré cuando tenga tiempo —respondo, volviendo a mis papeles.
Escucho el chasquido de sus tacones rodeando mi escritorio. Se detiene a escasos centímetros de mi silla. Siento su calor, una provocación silenciosa que me quema el costado.
—¿Cuándo vas a dejar de fingir, Nico? —susurra, inclinándose tanto que su cabello roza mi hombro—. Ha pasado un año. Te he dado el espacio que querías. He sido la mujer perfecta, la profesional impecable. Pero sigo viendo cómo se te tensa la mandíbula cada vez que entro en una habitación. Sigo viendo cómo tus ojos buscan los míos en las reuniones.
Dejo el bolígrafo con una calma que no siento. Me giro lentamente, quedando a milímetros de su rostro. Sus ojos brillan con un desafío que me tienta a cometer una locura.
—Crees que has ganado porque has aprendido a callarte, Siobhan —le digo, con una voz que suena como el crujir de la madera vieja—. Pero el silencio no borra lo que eres. Eres una O'Shea. Y yo soy el hombre que sabe cuánta oscuridad escondes tras ese traje blanco.
—Entonces demuéstralo —desafía ella, humedeciendo sus labios, su mirada bajando a mi boca—. Deja de castigarme con tu indiferencia y castígame con algo que ambos deseamos.
Mis dedos se cierran sobre el brazo de la silla hasta que los nudillos se vuelven blancos. La línea entre el odio y el deseo se ha vuelto tan delgada que me corta la respiración. Sé que si la toco, no habrá vuelta atrás, el fuego que Siobhan ha estado alimentando durante doce meses está a punto de consumir todo el edificio.
—Vete de aquí, Siobhan —gruño, aunque mis ojos me traicionan—. Antes de que olvide que eres la hermana de mi mejor amigo.
Ella sonríe, una sonrisa lenta y triunfal, mientras se endereza y camina hacia la puerta. Se detiene justo antes de salir, girándose lo suficiente para que vea el fuego en su mirada.
—Puedes intentar ignorarme otro año más, Nico Petrova. Pero ambos sabemos que esta noche, cuando cierres los ojos, no será en una camarera en quien pienses. Será en mí. Y estaré esperando a que te canses de pelear contra lo inevitable.
La puerta se cierra con un clic suave, pero el aire en el despacho sigue vibrando. Me quedo solo, con el pulso desbocado y una certeza amarga: la guerra entre nosotros acaba de empezar, y esta vez, no habrá supervivientes.