Diamantes negros: El muro

1 La línea roja

**Caleb**

El aire frío de Nueva York no era suficiente para apagar el incendio que llevaba bajo la piel. Eran las dos de la madrugada y necesitaba vaciarme. Necesitaba una distracción.
​Conduje hacia el apartamento de Roxanne. Ella era perfecta para esto porque no hacía preguntas. No buscaba romance ni promesas; solo buscaba lo mismo que yo: un escape físico que rozara la violencia para acallar los demonios. Roxanne entendía que mi cuerpo no sabía ser delicado, que mis manos estaban hechas para sujetar con fuerza y que mi salvajismo en la cama era la única forma que conocía de no volverme loco.
​Subí las escaleras de dos en dos, con la mandíbula tan apretada que me dolían los dientes. Cuando llegué a su puerta, no llamé con cortesía. Golpeé una sola vez, una exigencia.
​En cuanto se escuchó el clic de la cerradura y la puerta se abrió apenas unos centímetros, no esperé a los saludos. Entré como un vendaval, la agarré por la cintura y la estampé contra la pared del recibidor con un golpe seco que hizo vibrar los cuadros.
​—Ni una palabra —gruñí contra su cuello, aspirando su perfume.
​Mis manos, masivas y rudas, se enredaron en su pelo mientras mis labios buscaban su boca con una urgencia que rayaba en la desesperación. Enterré mi rostro en el hueco de su hombro, apretándola contra el muro con todo mi peso.
​La mandíbula me dolía de tanto apretarla, pero el alivio físico era una necesidad biológica que amenazaba con hacerme estallar. Roxanne no perdió el tiempo con juegos preliminares; ella sabía leer la tormenta que traía conmigo. Sin que tuviera que decir una sola palabra, se deslizó por la pared hasta quedar arrodillada frente a mí.
​Me desabroché el cinturón con dedos torpes por la urgencia. Cuando me liberé, la luz tenue del pasillo subrayó la diferencia de escala: mis manos sobre sus hombros parecían garras de un oso sobre porcelana. Roxanne alzó la vista, una chispa de comprensión en sus ojos, y se lo llevó a la boca completo, sin vacilar, envolviéndome en un calor húmedo que me arrancó un gruñido gutural.
​Cerré los ojos con fuerza, echando la cabeza hacia atrás contra la madera de la puerta.
​—Maldita sea... —siseé entre dientes.
​Mis dedos se enterraron en su cabello, guiando su ritmo con una brusquedad que ella recibía con gusto. Era una sensación pura, cruda, despojada de cualquier emoción.
​Cuando finalmente me derramé, el silencio volvió a inundar el apartamento, pesado y asfixiante. Me quedé allí, recuperando el aliento, sintiéndome como el animal que todos decían que era.
El estruendo de mi propia sangre en los oídos era lo único que escuchaba. La descarga anterior no había sido suficiente; el hambre que sentía no era de las que se saciaban con facilidad, era una furia acumulada que necesitaba una salida más cruda.
​Sujeté a Roxanne por las caderas y, con un movimiento fluido y brusco, la puse de pie para volver a estamparla contra la pared. Ella no se quejó; soltó un jadeo entrecortado, buscando mi boca con desesperación. No hubo sutilezas. Me posicioné entre sus piernas, elevándola un poco para que sus pies apenas rozaran el suelo, y la penetré contra la pared de una sola estocada, profunda y sin miramientos.
​Roxanne soltó un grito que murió contra mi hombro mientras empezaba a moverme con un ritmo salvaje, casi animal. El sonido de nuestros cuerpos chocando rítmicamente llenaba el pequeño recibidor, una música violenta que encajaba con el caos que yo cargaba por dentro.
​Ella se aferró a mis hombros, clavando sus uñas en mi espalda a través de la camisa, y sus gemidos se volvieron erráticos, agudos, perdiendo el control por completo. Sentí cómo sus músculos internos se contraían en espasmos violentos a mi alrededor. Se deshizo contra mí, su cuerpo temblando en un clímax que la dejó sin fuerzas, llenándome de su líquido mientras su calor me envolvía por completo.
​Me quedé allí, anclado a ella, enterrado en su cuerpo mientras mi propia respiración golpeaba su cuello como la de un corredor de fondo. El silencio que siguió fue ensordecedor. Roxanne apoyó la frente en mi pecho, intentando recuperar el aire, pero yo ya sentía la frialdad regresando a mis huesos.
​Había obtenido lo que venía a buscar: el alivio físico. Pero mientras la soltaba y me ajustaba la ropa en la penumbra, la verdad me golpeó con la misma fuerza que yo había usado con ella. Podía follarme a cien mujeres como Roxanne, pero ninguna me daría paz.
Roxanne se quedó apoyada contra la pared, con las piernas temblorosas y la respiración aún rota. Sus ojos, nublados por el orgasmo que acababa de sacudirla, buscaron los míos con una mezcla de hambre y adoración. Estaba exhausta, pero había algo más en su mirada, una chispa de curiosidad oscura que no se había apagado.
​—Caleb... por favor —susurró, su voz apenas un hilo ronco—. No te vayas todavía. Quiero... quiero que probemos más cosas.
​Se acercó a mí, pegando su pecho sudado a mi camisa desabrochada, y empezó a contarme exactamente lo que quería. Sus palabras eran una confesión de deseos que la mayoría de los hombres no sabrían cómo manejar, fantasías que requerían el tipo de control y firmeza que solo alguien con mi oscuridad podía ofrecer. Me habló de límites, de juegos de poder, de posiciones que forzaban la entrega absoluta y de ese dolor que se confunde con el placer más puro.
​No dije nada. No hacía falta. Mi silencio era mi consentimiento y mi sentencia.
​Me despojé del resto de mi ropa, dejando que mi cuerpo masivo dominara la luz tenue de la habitación. Si ella quería explorar el abismo, yo era el guía perfecto; ya vivía en él. Durante la siguiente hora, se lo di todo. Cada petición, cada fantasía que había salido de sus labios, la ejecuté con una precisión quirúrgica y una fuerza implacable. La sometí a su propio deseo, usando mis manos, mi peso y mi voluntad para llevarla a lugares donde el raciocinio desaparece.
​La habitación se llenó del sonido de la piel chocando, de súplicas cumplidas y de una intensidad que habría quebrado a cualquier otra mujer. Le di el salvajismo que pedía, la llevé al límite de su resistencia hasta que sus gemidos se convirtieron en sollozos de puro éxtasis.
​Cuando finalmente terminé, Roxanne era poco más que un cuerpo tembloroso y satisfecho sobre las sábanas revueltas.
​El sueño me había vencido, un letargo pesado y sin sueños provocado por el agotamiento físico. Pero la consciencia regresó de golpe, no por un ruido, sino por una sensación. Sentí el peso de Roxanne sobre mí, su piel caliente contra la mía y el ritmo constante de sus caderas mientras cabalgaba sobre mi dureza mañanera. Abrí los ojos y la vi allí, con el cabello revuelto y la luz del amanecer bañando su silueta mientras se movía con una determinación que me arrancó un gemido ronco.
​En ese preciso instante, el vibrar de mi teléfono sobre la mesilla de noche cortó el aire. Estuve a punto de ignorarlo, pero vi el nombre en la pantalla: Sofía. Mi cuñada. La mujer de mi hermano Marcus.
​Hice un esfuerzo supremo para que mi voz no sonara como la de un hombre que estaba siendo devorado por el placer. Roxanne no se detuvo; al contrario, apretó los muslos y aumentó el ritmo, disfrutando del riesgo de la situación.
​—¿Diga? —contesté, mi voz sonando más profunda y áspera de lo habitual.
​—Caleb, hola. Te llamaba para decirte que Marcus y yo queremos que vengas a cenar esta noche a casa —la voz de Sofía sonaba alegre, ajena al escenario de pecado en el que yo estaba sumergido—. No acepto un no por respuesta, Liam y Elena también vendrán.
​Sentí a Roxanne inclinarse hacia adelante, sus pechos rozando mi pecho mientras me miraba con una sonrisa traviesa, desafiándome a colgar.
​—Está bien, Sofía. Allí estaré. Gracias por la invitación —respondí escuetamente.
​Colgué el teléfono y lo arrojé de nuevo a la mesilla. No tuve tiempo de pensar en la cena, Roxanne se echó hacia atrás, arqueando la espalda, y empezó a cabalgarme como una amazona, reclamando mi atención absoluta. Enterré mis manos en sus muslos para fijar el ritmo, dejando que el instinto tomara el mando.
Me despedí de Roxanne con una palmada firme en la cadera que la hizo reír. Antes de salir, me soltó su última propuesta: iba a pasar la tarde de compras en el centro comercial de la zona y quería que nos viéramos en los baños de allí. Me confesó que hacerlo en un lugar público, con el riesgo de ser descubiertos, era una de sus grandes fantasías.
​Solté una carcajada corta, negando con la cabeza ante su insaciabilidad.
​—Eres un peligro, Roxanne —le dije mientras me ajustaba la chaqueta—. Está bien, te veré allí.
​Cerré la puerta tras de mí y bajé al coche. Al sentarme frente al volante, el silencio del habitáculo me obligó a pensar. Mientras conducía hacia la torre, mi mente retrocedió en el tiempo. Era inevitable no reflexionar sobre lo mucho que había cambiado mi vida desde que mi hermano Marcus me sacó de aquel agujero infernal.
​Me miré un segundo en el retrovisor. Mi rostro era el de un hombre de negocios, de un profesional del orden, pero sabía perfectamente lo que escondía bajo la camisa de seda. Mi espalda y mi pecho estaban marcados por las cicatrices del Guardián; recuerdos de una época en la que el dolor era mi único lenguaje y mi cuerpo una propiedad ajena.
​Pero aquello había quedado atrás. Hacía unos siete años que era libre. Siete años desde que recuperé mi nombre y mi voluntad. Ahora, mi vida era simplemente mía. Tenía poder, tenía respeto y tenía una posición que muchos matarían por conseguir. Era todo lo que un hombre como yo, que había conocido el fondo del pozo, podía esperar de la vida.




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