Diamantes negros: El muro

2 Rastros de traición

**Caleb**

La adrenalina me corría por las venas de una forma que nada tenía que ver con la protección de los O'Shea. Mientras Maya se perdía entre risas y tiendas con sus amigos, yo me desvié hacia la zona de servicios. Mi pulso era constante, frío, el de un hombre que sabe que está a punto de romper las reglas en territorio público.
​Entré en el pasillo de los baños y allí estaba ella. Roxanne no había mentido sobre sus ganas. En cuanto la puerta del baño familiar se cerró tras nosotros y eché el seguro, el aire se volvió denso, eléctrico. Ella ya me esperaba con la mirada encendida y la respiración agitada.
​—Caleb... —fue lo único que pudo decir antes de que yo la silenciara.
​No hubo espacio para la delicadeza. El riesgo de que alguien pudiera entrar, de que Maya estuviera a escasos metros, disparó mi instinto primario. Hice que se portara como un animal, y yo le correspondí. La subí a la encimera de los lavabos, apartando su ropa con una urgencia que rozaba la violencia. Follamos como locos, con un ritmo frenético y sordo, el sonido de nuestra carne chocando contra el mármol frío siendo lo único que llenaba el cubículo.
​Ella se aferraba a mi nuca, ahogando sus gemidos en mi cuello para no ser descubierta, mientras yo la embestía con una fuerza que buscaba exorcizar todos mis demonios. En ese momento, Roxanne no era una mujer, era un refugio, un incendio controlado donde podía quemar toda la frustración que me provocaba la "mocosa".
​Cuando finalmente terminó, con espasmos que la dejaron sin aliento, me separé de ella de inmediato. Me ajusté el traje, recuperando la máscara de frialdad en cuestión de segundos.
​—Tengo que irme —le dije con voz ronca mientras me limpiaba.
​Salí del baño intentando que mi respiración no me traicionara. Justo en ese momento, mi teléfono vibró en el bolsillo. Un mensaje de Maya. "Ven a buscarme si te atreves".
​Sentí un estallido de furia y deseo en el pecho. Me dirigí hacia donde estaban las chicas, sintiendo aún el calor de Roxanne en mi piel. Cuando llegué a su altura, vi a Maya rodeada de sus amigas, todas mirándome como si fuera un pedazo de carne. Pero mi mirada se clavó solo en ella.
​—Se acabó la tarde, Maya. Nos vamos. Ahora —gruñí, notando cómo sus fosas nasales se dilataban. Ella era lista. Demasiado lista. Y yo sabía que ese olor a sexo y a mujer extraña que emanaba de mí no iba a pasarle desapercibido.
El trayecto de vuelta a la mansión fue una tortura de metal y asfalto. El silencio dentro del coche era tan denso que casi podía ver las partículas de tensión flotando entre nosotros. Tenía las manos aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos me blanqueaban, pero mi atención no estaba en la carretera, sino en la pequeña figura que respiraba agitadamente a mi lado.
​Sabía que lo había notado.
​El perfume de Roxanne era dulce, pero el rastro que el sexo salvaje deja en un hombre es algo que no se puede ocultar con una simple sacudida de chaqueta. Era un olor hormonal, crudo, una firma de mi "salvajismo" que Maya, con su instinto de O'Shea, había detectado en cuanto puse un pie fuera de los baños.
​La miré de reojo por el retrovisor. Tenía la mandíbula apretada y la mirada perdida en el paisaje urbano que pasaba a toda velocidad. No era la mirada de una niña enfadada; era la mirada de una mujer que se sentía traicionada, aunque yo no le debiera ninguna fidelidad.
​En cuanto el coche frenó frente a la escalinata de la mansión, ni siquiera esperó a que los escoltas abrieran su puerta.
​Maya se bajó como alma que lleva el diablo. Cerró la puerta con una violencia que hizo temblar los cristales blindados y subió los escalones de mármol sin mirar atrás. Su espalda, recta y orgullosa, vibraba con una furia silenciosa que me caló hasta los huesos. Me quedé un momento allí, sentado en el asiento del conductor, golpeando el volante con la palma de la mano.
​Maldita sea. Se suponía que Roxanne era para olvidarme de ella, no para darle armas con las que atacarme.
​Tenía unas pocas horas para ducharme, quitarme el rastro de otra mujer de la piel y prepararme para la cena en casa de Marcus. Pero sabía que, esta noche, Maya no se iba a quedar callada. Ella jugaba con fuego, y yo estaba empezando a quedarme sin agua para apagarlo.

**Maya**

El portazo al entrar en mi habitación todavía resonaba en mis oídos, pero no tanto como el latido furioso de mi corazón. Me arrojé sobre la cama, hundiendo la cara en las almohadas para ahogar un grito que era mitad rabia y mitad agonía. Ese olor... ese maldito olor a otra mujer pegado a la piel de Caleb me estaba rompiendo por dentro.
​La puerta se abrió suavemente. No era un guardaespaldas; ellos sabían que si entraban ahora, les sacaría los ojos. Era Siobhan, mi hermana mayor. Con mis padres de viaje de negocios por Europa, ella era la única que venía a la mansión a vigilar que no prendiera fuego al mundo.
​Se sentó en el borde de la cama y me puso una mano en la espalda. Al sentir su contacto, me derrumbé. Me senté y dejé que las lágrimas corrieran sin control, manchando mi maquillaje de la tarde.
​—¿Maya? ¿Qué ha pasado? ¿Es por Liam? —preguntó preocupada.
​—No... es él, Siobhan. Es Caleb —sollocé, limpiándome la cara con brusquedad—. Lo odio. Lo odio porque me trata como a una cría mientras se revuelca con cualquiera en un baño público. Lo quiero tanto que me duele respirar y él ni siquiera me mira como a una mujer.
​Siobhan se llevó una mano a la boca, con los ojos muy abiertos. El silencio que siguió fue sepulcral. Se quedó mirándome como si acabara de confesarle que había ingerido veneno.
​—Maya... —susurró, y su tono me asustó—. Caleb Cross es... es demasiado para ti. No es solo que sea mayor, es que es un hombre roto, un hombre con una intensidad que no puedes ni imaginar. Es un soldado de la oscuridad, Maya. Si intentas jugar con él, te vas a quemar tan fuerte que no quedará nada de ti.
​Escuchar sus palabras, ver que incluso mi propia hermana creía que yo no era suficiente para él, me hizo llorar aún más. La soledad de la mansión se me echó encima. Me sentía pequeña, estúpida y patética por desear a un hombre que claramente buscaba su placer en otro lugar.
​—No soy una niña —repetí entre hipos—. Puedo manejarlo.
​—No, no puedes —sentenció Siobhan con tristeza, abrazándome—. Caleb no es un chico de la universidad como Javi. Caleb es un depredador. Olvídalo, por tu propio bien.
​Pero mientras ella me mecía, yo apretaba los dientes. Sus advertencias, en lugar de frenarme, estaban alimentando algo oscuro en mi pecho. Si Caleb era demasiado, entonces yo tendría que convertirme en algo más. Si él era el fuego, yo aprendería a caminar sobre las brasas.
​Esa noche había una cena. Y aunque me sentía morir por dentro, me levanté de la cama y fui directa al espejo. Me lavaría la cara, me pondría el vestido más corto y elegante que tuviera, y obligaría a Caleb Cross a mirar lo que estaba rechazando, aunque fuera lo último que hiciera.
Me miré al espejo una última vez antes de bajar. Mis ojos todavía estaban ligeramente rojos, pero el delineador oscuro y el labial rojo fuego cumplían su función: ocultar la herida y resaltar la guerra. Llevaba un vestido negro de seda que se ceñía a mi cuerpo como una segunda piel, lo suficientemente elegante para una cena familiar, pero lo suficientemente provocativo para que a un hombre como Caleb le costara respirar.
​Cuando entré en el salón de la casa de Marcus y Sofía, el ambiente era el de siempre: lujo, risas bajas y el olor al whisky de malta que Liam ya estaba sirviendo.
​—Mira quién se dignó a bajar —dijo Liam, dándome un beso en la frente.
​Mis ojos, sin embargo, fueron directos a la esquina del salón. Allí estaba él. Caleb. Se había duchado y cambiado; vestía un traje gris oscuro que resaltaba su envergadura, pero para mí, todavía apestaba a la traición de la tarde. Me miró fijamente, con esa máscara de piedra que tanto odiaba.
​Nos sentamos a la mesa. Sofía y Elena hablaban sobre algún evento benéfico, pero yo no podía quitar la vista de Caleb, que estaba sentado justo frente a mí.
​—¿Qué tal la tarde, Caleb? —solté de repente, interrumpiendo la conversación general. Mis palabras fueron como un tajo en el aire—. En el centro comercial parecías... muy ocupado. Un poco distraído, diría yo.
​Caleb apretó los cubiertos con tanta fuerza que pensé que el metal se doblaría. Liam levantó una ceja, curioso.
​—¿Ah, sí? —comentó mi hermano sin sospechar nada.
​—Fue una reunión rápida —respondió Caleb con voz monocorde, sin apartar sus ojos grises de los míos.
​—Oh, estoy segura de que fue muy intensa —continué, soltando una risita cargada de veneno—. Aunque, para ser el jefe de seguridad, te vi saliendo de los baños con una cara de alivio que no parecía muy profesional. ¿Quizás el aire acondicionado estaba estropeado? Tenías el cuello de la camisa... algo arrugado.
​Siobhan, que estaba sentada a mi lado, se quedó petrificada. Se llevó la copa de vino a los labios, observándonos a ambos con una atención quirúrgica. Podía sentir su preocupación vibrando a mi lado; ella sabía exactamente lo que yo estaba haciendo.
​Caleb me sostuvo la mirada. Había una tormenta desatándose en sus ojos, una advertencia silenciosa de que estaba llegando demasiado lejos. Pero yo ya no tenía miedo.
​—Bueno —dije, poniéndome de pie y dejando la servilleta sobre la mesa antes de que llegara el segundo plato—, la cena está deliciosa, Sofía, pero recordé que tengo planes.
​—¿A dónde vas? —preguntó Liam, frunciendo el ceño.
​—Javi da una fiesta en su casa. Los chicos de la universidad son mucho más... divertidos. No se andan con secretos ni escondites en baños públicos. —Miré directamente a Caleb, desafiándolo a detenerme—. Me marcho ya.
​Sentí la mirada de Caleb quemándome la espalda mientras salía del comedor. Sabía que Liam le daría una orden en cuestión de segundos. Sabía que él tendría que seguirme. Y esa noche, en la fiesta de Javi, pensaba llevarlo hasta el mismísimo borde del abismo.
El aire frío de la noche no logró despejar la bruma de alcohol y rabia que nublaba mi juicio. Mientras me alejaba de la casa de Marcus, miré por el retrovisor esperando ver las luces del coche de Caleb, esperando que él saltara sobre el asfalto para impedirme cometer una locura. Pero no apareció. Liam, en un alarde de confianza o quizás por tener otros planes para su mano derecha, había mandado a uno de sus hombres secundarios a seguirme.
​Ese fue el golpe final. Caleb ni siquiera se había molestado en venir tras de mí.
​Cuando llegué a la fiesta de Javi, la música retumbaba en las paredes y el olor a alcohol barato me dio la bienvenida. No lo pensé. Busqué a Javi, le quité el vaso de la mano y bebí hasta que mi garganta ardió. Quería borrar la imagen de Caleb, quería borrar el olor de Roxanne.
​—Estás increíble, Maya —susurró Javi al oído, rodeando mi cintura.
​Le devolví la mirada con una sonrisa vacía.
—Sácame de aquí, Javi. Vamos a algún sitio más privado.
​Me llevó al dormitorio de sus padres en la planta de arriba. En cuanto la puerta se cerró, me tumbó en la cama. Sus manos no eran como las de Caleb; no tenían esa fuerza controlada ni ese peso que te hacía sentir pequeña y protegida al mismo tiempo. Eran manos inexpertas, ansiosas. Comenzó a toquetearme por todos lados, buscando una reacción que mi cuerpo se negaba a dar de forma natural.
​Cerré los ojos con fuerza, intentando imaginar que el hombre que me lamía los pechos y bajaba hacia mi zona íntima era el coloso de los Cross. El alcohol ayudó a que mis sentidos se distorsionaran, y bajo esa presión constante, alcancé un pequeño orgasmo, una chispa fugaz que se apagó en cuanto abrí los ojos y vi el techo de una habitación que no era la mía.
​Luego me penetró. Me cabalgó con un ritmo que a él le parecía glorioso, pero que para mí era solo movimiento mecánico. No había conexión, no había peligro, no había fuego. Solo había un chico intentando demostrar que podía tener a una O'Shea.
​Para terminar con aquello, para que el peso de su cuerpo dejara de recordarme al hombre que no estaba allí, fingí un orgasmo que no sentía. Gemí lo suficientemente alto para alimentar su ego y él, satisfecho, se dejó caer a mi lado.
​—Eso ha sido... increíble, Maya —dijo él, intentando volver a besarme—. Quédate, podemos seguir en un rato...
​—No —dije, incorporándome de golpe mientras buscaba mi ropa con una urgencia que me quemaba—. Tengo que marcharme.
​Me vestí con las manos temblando, sintiéndome más sucia por el vacío de ese encuentro que por el acto en sí. Había intentado usar a Javi para herir a Caleb, pero al final, la única que sangraba por dentro era yo. Salí de la habitación sin mirar atrás, con el sabor amargo de la traición propia en la boca.
Entré en la mansión como una sombra, evitando a cualquier guardia que pudiera dar el aviso. Me sentía extraña, como si mi piel no me perteneciera. El encuentro con Javi había sido un error táctico, un intento desesperado de llenar un pozo que solo tenía un nombre, y el vacío resultante me pesaba más que el propio alcohol.
​Subí a mi habitación, cerré la puerta con llave y me deshice de la ropa como si estuviera infectada. Necesitaba quitarme el rastro de Javi, pero sobre todo, necesitaba lavar la rabia que sentía por Caleb.
​Entré en la ducha y dejé que el agua cayera casi hirviendo. El vapor empezó a llenar el cubículo, nublando los espejos, aislándome del mundo. Me apoyé contra los azulejos fríos, cerrando los ojos, pero mi mente me traicionó de inmediato. No veía a Javi. Veía a Caleb en el centro comercial. Veía sus manos grandes, su cuello tenso, su voz ronca ordenándome que me fuera.
​La frustración se convirtió en una punzada eléctrica en mi vientre.
​Llevé mis manos a mi cuerpo, recorriendo mis curvas con una urgencia que Javi no había sabido despertar. Mis dedos buscaron mi zona erógena, pero no era suficiente. Con un movimiento brusco, descolgué la alcachofa de la ducha. Ajusté la presión del agua hasta que el chorro fue potente y concentrado, y lo dirigí directamente hacia mi centro.
​—Caleb... —susurré contra el azulejo, mi voz perdiéndose entre el ruido del agua.
​El contraste del agua caliente y la vibración constante fue devastador. Mi mente proyectó la imagen de él, atrapándome contra esa misma pared, poseyéndome con el salvajismo que yo sabía que ocultaba bajo el traje. Mis músculos se tensaron, mi espalda se arqueó y el placer me golpeó como una ola de choque. Fue un orgasmo descomunal, violento y absoluto, que me dejó sin aliento y con las piernas temblando.
​Me quedé allí, jadeando, mientras el agua seguía resbalando por mi cuerpo. Fue mil veces mejor que cualquier cosa que Javi me hubiera hecho, y eso era lo más triste de todo. Incluso a solas, Caleb Cross tenía más poder sobre mí que cualquier otro hombre en el mundo.
​Salí de la ducha, me envolví en un albornoz de seda y abrí la puerta del baño, todavía envuelta en vapor.
​Me detuve en seco.
​Caleb estaba allí. En mi dormitorio. Sentado en el sillón frente a mi cama, en la penumbra, esperándome. Su mirada recorrió mi pelo mojado y el escote del albornoz, y supe, por la forma en que sus fosas nasales se dilataron, que sabía exactamente lo que acababa de pasar detrás de esa puerta.




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