**Caleb**
Me había quedado en las sombras de su habitación, inmóvil como una gárgola, esperando para darle el sermón de su vida por haber burlado la seguridad y haberse ido con ese imbécil de la universidad. Pero cuando escuché el agua correr y, por encima del sonido de la ducha, oí mi propio nombre... mi mundo se detuvo.
Fue un susurro quebrado, cargado de una necesidad que me golpeó más fuerte que cualquier puñetazo que hubiera recibido en el ring. Escuchar mi nombre mientras se corría fue una revelación brutal. Me quedé helado, con los pulmones ardiendo, sabiendo que ese placer que la estaba haciendo gemir detrás de la puerta no tenía nada que ver con el chico con el que se había ido, y todo que ver con la imagen que ella tenía de mí.
Era un secreto que jamás le revelaría. Sería darle demasiado poder, una llave directa a mis muros que no podía permitirle tener.
Cuando la puerta del baño se abrió y ella salió envuelta en ese vapor y en seda, el deseo me subió por la garganta como ácido. Se detuvo en seco al verme. Su piel estaba sonrosada, sus ojos brillantes por el clímax reciente y el aroma a jabón y excitación llenaba el aire. Tenía que salir de allí antes de que mis manos olvidaran que yo era su guardián y recordaran que ella era una O'Shea.
Me puse en pie con una brusquedad que hizo que el sillón crujiera. No la miré a los ojos; me concentré en un punto fijo sobre su hombro, manteniendo la máscara de hierro que estaba a punto de hacerse pedazos.
—Liam se ha enterado de que te escapaste de la escolta —dije, mi voz sonando como grava triturada, más profunda y peligrosa de lo normal—. No voy a ser yo quien te recoja mañana. He dado órdenes para que Iván, el otro chófer, vaya a buscarte a la facultad.
Ella abrió la boca para protestar, pero no le di la oportunidad.
—No me pongas esa cara, Maya. Has jugado tus cartas y este es el resultado —mentí. La verdad era que no podía estar cerca de ella sin estallar—. Mañana no quiero verte.
Me marché rápido, casi huyendo. Mis pasos resonaron en el pasillo de la mansión con una urgencia que rozaba el pánico. Necesitaba salir de allí, de esa habitación que olía a ella, de ese calor que me estaba quemando la voluntad.
Bajé a toda prisa hacia el coche, con la sangre todavía hirviendo. Ella pensaba que la estaba castigando, pero el verdadero castigo era para mí: tener que pasar veinticuatro horas lejos de ella para intentar recordar quién diablos era yo y por qué no debía entrar en esa ducha y reclamar lo que mi nombre, gritado en la soledad, ya me había otorgado.
El motor de mi coche rugió mientras salía de la propiedad de los O’Shea. Mis manos seguían temblando sobre el volante, no de miedo, sino de una rabia contenida que me pedía a gritos romper algo. La voz de Maya susurrando mi nombre en la ducha seguía grabada a fuego en mi tímpano, burlándose de mi supuesta lealtad.
No fui a mi apartamento. No podía estar solo con mis pensamientos. Conduje directo al edificio de Roxanne. Necesitaba ruido, necesitaba piel, necesitaba desaparecer en el único lugar donde no era el "Guardián de los O'Shea", sino simplemente un hombre con hambre.
Ella me recibió como siempre: con una sonrisa cómplice y la puerta abierta de par en par, lista para recibir el impacto de mi presencia. No hubo saludos. No hubo cortesía. En cuanto cerré la puerta, el silencio del pasillo fue sustituido por mi respiración pesada.
La agarré por los hombros y, sin una sola palabra, le di media vuelta, obligándola a apoyarse contra el respaldo del sofá. Le subí el vestido con una impaciencia que rozaba lo maníaco. No buscaba su placer, buscaba mi propia anestesia. La penetré por detrás de una sola embestida, sin prepararla, sin esperar a que su cuerpo se acostumbrara a mi tamaño.
—¡Caleb! —se quejó Roxanne, su voz era un gemido agudo de sorpresa ante la brusquedad—. Vas demasiado... espera...
No la oí. No podía oír nada que no fuera el rugido de mi propia sangre. Mis manos se cerraron en sus caderas con una fuerza que sabía que dejaría marcas al día siguiente. Empecé a moverme con un ritmo violento y ciego, cerrando los ojos con fuerza.
Pero era inútil. Cada vez que apretaba los dientes, no era el rostro de Roxanne el que aparecía en mi mente. Era el vapor de aquella ducha. Era la seda del albornoz de Maya cayendo al suelo.
Solo quería evadirme, quería que Roxanne fuera el borrador que limpiara la pizarra de mi conciencia, pero cuanto más fuerte la embestía, más presente estaba la otra. Me estaba convirtiendo en un animal, usando a una mujer para castigar el deseo que sentía por otra, y esa realización me hizo aumentar la velocidad hasta que mis pulmones ardieron.
Roxanne terminó rindiéndose a la intensidad, sus quejas se convirtieron en jadeos entrecortados, pero yo seguía lejos, muy lejos de allí. Estaba en la planta 43, protegiendo a una mujer que acababa de descubrir mi mayor debilidad sin siquiera saberlo.
El ambiente en el apartamento de Roxanne era pesado, cargado de un deseo que se sentía casi tóxico. Ella se giró, con los ojos nublados y el pecho subiendo y bajando con rapidez. Me pidió que la lamiera, una súplica ronca que en otro momento habría sido un juego de seducción, pero que ahora era simplemente una orden que mi cuerpo ejecutó por pura inercia física.
Me arrodillé entre sus piernas y me perdí en ella. Lo hice con una intensidad metódica, ignorando sus jadeos hasta que sentí cómo su cuerpo se tensaba por completo. Se corrió empapando todo a su paso, un espasmo violento que me humedeció el rostro y las manos, pero mi mente seguía en otro lugar, fría y distante.
Me puse en pie, la adrenalina quemándome por dentro. No había terminado. Necesitaba que el dolor físico apagara el ruido mental. La obligué a ponerse a cuatro patas sobre la cama y, sin previo aviso, le azoté el trasero con fuerza. El sonido de mi palma impactando contra su piel resonó como un disparo en la habitación.
Roxanne soltó un grito, una mezcla de dolor y sorpresa, pero no se apartó. Sabía lo que venía. Con una mano firme en su nuca, la sujeté contra el colchón y la penetré por el ano de golpe. Fue una invasión cruda. Ella se quejaba de la presión y de la brusquedad, pero bajo esos quejidos, su respiración se volvía cada vez más errática y su cuerpo buscaba el roce del mío.
La golpeé una y otra vez con mis caderas, un ritmo implacable que no buscaba el placer mutuo, sino la sumisión absoluta de mis propios demonios. Cada vez que ella se quejaba, sentía cómo su cuerpo se excitaba más, respondiendo a la violencia del acto con una entrega total. Pero para mí, el orgasmo no fue una liberación, fue una purga.
Cuando finalmente me desplomé sobre ella, el silencio que cayó sobre la habitación fue devastador. Roxanne estaba temblando, marcada por mis manos y mi peso, pero yo me sentía igual de vacío que cuando entré. Había usado el cuerpo de Roxanne como un saco de boxeo emocional, y mientras me levantaba para vestirme, supe que no importaba cuántas veces la castigara a ella o a mí mismo; el fantasma de Maya O’Shea no se iba a ir a ninguna parte.
Entré en el despacho de Liam con el cuerpo molido y la mente hecha un desastre. No había pegado ojo después de lo de Roxanne; cada vez que cerraba los párpados, el gemido de Maya en la ducha me golpeaba como un martillo. Necesitaba distancia. Necesitaba que el océano estuviera de por medio si quería mantener la cordura y, sobre todo, si quería mantener mi lealtad a los O’Shea.
Liam estaba revisando unos informes, con su habitual aire de calma peligrosa.
—Necesito unas vacaciones, Liam —solté sin rodeos, apoyando las manos en su escritorio—. Me estoy quemando. Necesito salir de la ciudad unos días, despejarme.
Liam levantó la vista, se recostó en su silla de cuero y me dedicó una sonrisa que me heló la sangre. Una sonrisa que no presagiaba nada bueno.
—Eso es fantástico, Caleb. Justo estaba pensando en lo mismo —dijo, entrelazando sus dedos—. Porque te vas de viaje.
Sentí un pequeño alivio que me duró exactamente dos segundos.
—Maya tiene un viaje para un trabajo de fin de curso —continuó Liam, como quien habla del tiempo—. Tiene que ir a París. Parece que es algo sobre historia del arte o de "no sé qué cosa" técnica, y necesita estar en el lugar de origen para terminar su proyecto. Mis padres siguen fuera y no pienso dejar que se vaya sola a Europa con un grupo de universitarios hormonados.
El aire se escapó de mis pulmones. París. La ciudad del amor, de las luces y de las calles estrechas donde la vigilancia sería una pesadilla.
—Liam, no creo que sea la mejor idea que sea yo quien... —intenté protestar, pero él me cortó con un gesto.
—Eres el único en quien confío su vida al cien por cien, Caleb. Además, me acabas de decir que necesitas vacaciones. Pues ahí las tienes: un vuelo privado a Francia, un hotel de lujo y solo tienes que asegurarte de que mi hermana pequeña no se meta en líos mientras toma fotos a cuadros viejos.
Salí del despacho sintiendo que el suelo desaparecía bajo mis pies. Lo que yo necesitaba era alejarme de ella para dejar de desearla, y el destino (o el sentido del humor retorcido de Liam) me estaba encerrando en un avión con ella rumbo a la ciudad más romántica del mundo.
No eran unas vacaciones. Era una sentencia de muerte para mi autocontrol.
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Editado: 17.04.2026