**Caleb**
Me quedé petrificado al otro lado de la puerta. No estaba durmiendo; no había pegado el ojo. Había pasado las últimas horas sentado en el borde de la cama, con los puños cerrados, imaginando mil formas de torturar al tipo con el que se había ido. Sabía que Iván o el equipo local me habrían avisado si hubiera habido un peligro real, pero el peligro real era lo que ella le estaba haciendo a mi cordura.
Entonces, el golpe en la puerta. Su grito llamándome cobarde. Y después... un silencio que se volvió mucho más peligroso.
Escuché el roce de la seda contra la madera. Ella se había pegado a la puerta, igual que yo.
—¿Caleb? —Su voz bajó de tono, volviéndose un susurro pecaminoso que atravesó la madera como si no existiera—. Sé que me escuchas. Sé que estás ahí, castigándote por quererme.
Me quedé sin aliento. Mi cuerpo reaccionó al instante, una erección violenta que tensó mis pantalones hasta el dolor. Agarré mi dureza con una mano, cerrando los ojos con fuerza, mientras el sonido de su respiración se agitaba al otro lado.
—Mira cómo me toco pensando en ti —dijo ella, y escuché el rastro húmedo de sus dedos deslizándose—. Imagino que eres tú quien me tiene contra esta puerta. Luke no era nada... no sentí nada. Solo quería que fueras tú.
Solté un gruñido ahogado, comenzando a agitar mi miembro con un ritmo frenético. La imagen mental de Maya, desnuda y desecha al otro lado de la pared, era más de lo que cualquier hombre podía soportar.
—Dime qué me harías, Caleb —provocó ella, y escuché un gemido largo, agudo—. Dime si me azotarías como a esa mujer del centro comercial... dime si me harías tuya hasta que no recordara ni mi propio nombre.
—Maya... cállate —logré articular, con la voz rota, mientras mi mano se movía con más fuerza.
—No me voy a callar. Me estoy tocando justo ahora, Caleb. Mis dedos están empapados... me duele de tanto desearte. ¿Estás tocándote tú también? ¿Sientes lo que yo siento?
El sonido de sus dedos moviéndose más rápido, sus jadeos convirtiéndose en súplicas, me llevó al límite. Ya no era un guardián, era un animal hambriento separado de su presa por una tabla de madera.
—¡Dilo! —gritó ella en un susurro desesperado—. ¡Dime que me quieres!
—Te quiero muerta de placer, maldita sea —rugí para mis adentros sin que ella pudiera escucharlo, perdiendo el control.
De pronto, la escuché arquearse, sus uñas arañaron la madera y soltó un grito ahogado: se corrió de forma estrepitosa, su cuerpo vibrando contra la puerta. En ese mismo instante, la presión en mi pecho estalló. Mi cuerpo se tensó en un espasmo violento y me corrí a la misma par que ella, manchando mi mano y el suelo, con la frente apoyada contra la pared, compartiendo un orgasmo que nos unía y nos destruía al mismo tiempo.
El silencio que siguió fue absoluto. Solo quedaba el sonido de nuestras respiraciones rotas a cada lado de la puerta.
La mañana en el Louvre fue un ejercicio de contención absoluta. Después de lo que había pasado la noche anterior a través de la puerta, el aire entre nosotros era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Caminábamos por las galerías inmensas del museo, rodeados de siglos de historia, pero mi atención no estaba en los techos pintados ni en las estatuas de mármol; estaba en la curva de su cuello y en el sonido de su voz mientras me explicaba los detalles de las piezas.
Hubo una obra, sin embargo, que me obligó a detenerme. Era una representación cargada de sombras, una historia de amor y dolor grabada en el lienzo. Los amantes parecían estar a punto de tocarse, pero sus manos estaban encadenadas a sus propios deberes, a sus propias tragedias. Sus ojos reflejaban una desesperación que yo conocía demasiado bien.
Más tarde, fuimos a comer a un pequeño bistró cerca del Sena. Teníamos una hora antes de que ella tuviera que reunirse con el resto de su grupo, una hora de tregua en la que el ruido de París parecía quedar fuera de nuestra burbuja.
—¿Qué te ha parecido el Louvre, Caleb? —me preguntó Maya, mirándome por encima de su copa de vino, con esa chispa de inteligencia que siempre me desarmaba—. No pareces el tipo de hombre que disfruta de los museos, pero te quedaste un buen rato frente a esa pintura. ¿Cuál fue la historia que más llamó tu atención?
Me aclaré la garganta, sintiendo el peso del secreto de anoche todavía quemándome la piel.
—La de los amantes encadenados —respondí, mi voz sonando más profunda en el pequeño local—. Esa que hablaba de un amor que es, al mismo tiempo, una condena. Me llamó la atención porque el hombre parecía aceptar su castigo con tal de no dejar de mirarla. Es... una forma brutal de lealtad.
Maya dejó la copa lentamente sobre la mesa y se inclinó hacia delante. Sus ojos no se apartaron de los míos.
—Esa es la historia de Paolo y Francesca, Caleb —dijo ella en un susurro cargado de intención—. Se amaron en secreto, traicionando todo lo que debían proteger. El final es que son descubiertos y asesinados juntos, condenados a pasar la eternidad en el infierno.
Hizo una pausa, dejando que el peso de la palabra "infierno" flotara entre nosotros.
—Pero el final que no viste en el cuadro —continuó ella con una sonrisa triste pero desafiante— es que, aunque están en el infierno, el viento los arrastra siempre juntos. Nunca se sueltan. Prefieren el castigo eterno a la separación. No es una historia de dolor, Caleb. Es una historia sobre el precio que estás dispuesto a pagar por lo que realmente deseas.
Me quedé en silencio, sintiendo que sus palabras eran un dardo directo a mi pecho. Ella no estaba hablando de arte; estaba hablando de nosotros.
La tarde nos llevó a un lugar que parecía diseñado para torturarme: una mansión histórica conocida como la "Mansión de los Enamorados". Los guías se deshacían en explicaciones sobre cada rincón, cada jardín y cada estatua, asegurando que cada piedra de aquel lugar había sido testigo de promesas eternas. Aquí todo trataba de amor, por lo visto, y el ambiente cargado de romanticismo francés estaba empezando a ponerme de los nervios.
Pero no era solo la atmósfera lo que me incomodaba. Había otra presencia acechando.
La profesora de Maya, una mujer llamada Clara, de unos treinta y tantos, con una elegancia impecable y una mirada demasiado analítica, me había echado el ojo desde que llegamos a París. Al principio pensé que era simple curiosidad por el guardaespaldas silencioso que seguía a su alumna, pero a medida que avanzaba la tarde, la intención en sus ojos se volvió inconfundible.
—Es una historia fascinante, ¿no cree, Sr. Cross? —me dijo Clara, acercándose a mí mientras el grupo se dispersaba para tomar fotos de la fuente principal—. Dicen que el dueño construyó este lugar para su amante prohibida. Pasaban las noches aquí, escondidos del mundo, sabiendo que cada minuto juntos era un pecado.
Sentí la mirada de Maya clavada en mi nuca desde unos metros de distancia. Ella lo estaba viendo todo.
—El pecado es un concepto relativo, madame —respondí con frialdad, manteniendo mis ojos escaneando el perímetro—. Para algunos es una elección, para otros es simplemente parte del trabajo.
Clara soltó una risita suave y se pasó una mano por el cabello, acortando la distancia entre nosotros más de lo necesario para una conversación profesional.
—Usted parece un hombre que conoce muy bien el peso de los secretos —susurró, bajando la voz—. Si se cansa de las historias de adolescentes y castillos viejos, esta noche estaré en el bar del hotel. Me vendría bien una perspectiva más... madura.
No tuve que mirar a Maya para saber que estaba furiosa. Podía sentir su rabia irradiando como un incendio forestal. La profesora me lanzó una última mirada de invitación antes de alejarse hacia el grupo, dejándome allí, bajo el sol de la tarde, atrapado entre una mujer que quería tentarme y una "protegida" que estaba a un paso de cometer una locura por celos.
Maya se acercó a mí con paso firme, sus ojos echando chispas.
—Parece que has hecho una nueva amiga, Caleb —soltó con veneno—. ¿También vas a llevarla a los baños como a Roxanne o prefieres algo más "maduro" esta vez?
El pasillo del hotel era un túnel de alfombras espesas y luces tenues que amortiguaban cualquier sonido. Al fondo, tras una de las puertas dobles, se oía el murmullo amortiguado de los estudiantes; los chicos y las chicas se habían reunido para beber y quemar la adrenalina del viaje. Yo, sin embargo, solo buscaba el silencio.
Iba hacia mi habitación con una copa de bourbon que había bajado a buscar al bar, moviéndome con la pesadez de quien lleva el mundo sobre los hombros. Mi mente seguía atrapada en el cuadro del Louvre, en los amantes condenados y en la forma en que el deseo puede convertirse en una celda.
Justo cuando estaba por llegar a mi puerta, un clic metálico rompió la quietud del pasillo.
Se abrió la puerta de la habitación de Clara. No fue una apertura accidental; fue lenta, coreografiada. Ella estaba allí, apoyada en el marco, pero ya no quedaba ni rastro de la profesora académica y distante que guiaba a los alumnos por los museos. Con un gesto fluido y descarado, dejó que la lencería de encaje cayera al suelo y me mostró su desnudez sin un ápice de vergüenza.
—Te dije que la noche en París era demasiado corta para pasarla solo, Caleb —susurró, con una mirada que recorría mi cuerpo con hambre—. Entra. Olvídate de tus responsabilidades por unas horas. Aquí dentro no eres el guardián de nadie, solo un hombre.
Me detuve en seco, el frío del cristal en mi mano contrastando con el calor que de pronto me subió por el cuello. Clara era una mujer atractiva, con la piel bronceada y curvas que cualquier hombre cuerdo aceptaría sin dudar. Me ofrecía una salida, una forma de apagar el incendio que me devoraba por dentro con alguien que no estaba prohibido, alguien cuya piel no desencadenaría una guerra entre clanes.
Miré su cuerpo desnudo bajo la luz ámbar del hotel. Podía entrar. Podía dejar el vaso en la mesilla, cerrar la puerta y perderme en una mujer que no me pediría nada más que placer. Era la distracción perfecta, el borrador que necesitaba para limpiar mi cabeza de pensamientos peligrosos.
Me quedé allí, en mitad del pasillo, sopesando la invitación. El silencio del hotel parecía presionar mis sienes, esperando mi decisión.
Cerré la puerta tras de mí con una patada, dejando el vaso de whisky en la primera superficie que encontré. No hubo palabras, ni falta que hacían. Necesitaba que alguien me hiciera olvidar que mi vida era una cuerda floja y entré en el juego de Clara con una urgencia casi desesperada.
Pero lo que encontré no fue la sumisión delicada que esperaba de una académica. Se encontró con una fiera que no esperaba; la señorita Clara resultó ser una mujer demasiado fogosa, una depredadora que no iba a quedarse quieta mientras yo intentaba usarla como anestesia.
En cuanto mis manos tocaron su piel, ella me empujó contra la puerta, agarrándome por la nuca con una fuerza sorprendente. Me arrancó la camisa, perdiendo los botones en la alfombra, y comenzó a marcar mi cuello con mordiscos que buscaban sangre. No buscaba romance, buscaba una colisión.
—No te contengas, Caleb —jadeó contra mi oído, mientras sus manos bajaban con una destreza eléctrica hacia mi cinturón—. Sé que tienes una bestia ahí dentro. Suéltala.
La levanté en vilo, estrellándola contra la cama de la suite. Ella se rió, una risa ronca y excitada, y me arrastró con ella. Clara se movía bajo mis manos con una elasticidad y un hambre que me obligaron a usar toda mi fuerza para mantener el control. Me arañó la espalda, me clavó las rodillas en los costados y me exigió cada gramo de mi energía.
Era fuego puro. Sus gemidos no eran tímidos; eran gritos de guerra que resonaban en las paredes de la habitación. Me obligó a ser el animal que Maya tanto mencionaba, pero sin la culpa de la traición. Por un momento, entre el sudor y el roce violento de nuestros cuerpos, logré que el mundo exterior se apagara.
Clara no quería que la cuidaran; quería que la devoraran. Y yo, perdido en ese laberinto de sábanas revueltas y una fogosidad que parecía no tener fin, le entregué todo el salvajismo que llevaba días acumulando.
Salí de la habitación de Clara cuando las primeras luces del alba empezaban a teñir de gris los pasillos del hotel. Me sentía agotado, con los músculos todavía tensos y el rastro de sus uñas ardiéndome en la espalda. Había conseguido lo que quería: agotamiento físico absoluto. Pero al cerrar la puerta tras de mí, el silencio del pasillo me devolvió la realidad de golpe.
Me ajusté la camisa, ocultando los estragos de la noche, y caminé hacia mi habitación. Pero me detuve en seco.
A pocos metros, apoyada contra el marco de su propia puerta, estaba ella.
Maya me vio salir de allí. No sé cuánto tiempo llevaba esperando, o si simplemente el destino había decidido darnos el golpe de gracia esa mañana. Llevaba puesto el albornoz de seda blanca, el mismo que recordaba de la noche de la ducha, pero su postura no era de desafío. Estaba pequeña, abrazándose a sí misma como si tuviera frío.
Su rostro reflejó una gran decepción. No era la rabia volcánica que yo esperaba; no hubo gritos, ni sarcasmos, ni veneno. Fue algo mucho peor. Fue el brillo de alguien que acaba de entender que el pedestal donde había puesto a su héroe —o a su villano favorito— se había desintegrado. Sus ojos, antes llenos de fuego y provocación, estaban apagados, vacíos.
—Maya... —mi voz salió ronca, cargada de una culpa que intenté enterrar bajo mi máscara de indiferencia.
Ella no dijo nada. Me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi cabello desordenado y en la mancha de carmín que, sospechaba, aún llevaba en el cuello. Soltó una risa seca, apenas un suspiro de aire, y negó con la cabeza lentamente.
—Tenías razón, Caleb —dijo al fin, con una voz tan tranquila que me dio escalofríos—. Eres exactamente lo que mi hermano dice que eres. Solo un empleado cumpliendo con sus necesidades.
No esperó respuesta. Se dio la vuelta y cerró la puerta de su habitación con una suavidad aterradora. El "clic" de la cerradura sonó en mis oídos como el cierre de una celda. Había pasado la noche intentando sacármela de la cabeza con otra mujer, y lo único que había conseguido era romper el único hilo invisible que todavía nos mantenía unidos.
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Editado: 17.04.2026