** Caleb**
Me desperté con la sensación de que un tren de mercancías me había pasado por encima. El techo de la habitación giraba lentamente y un martilleo incesante golpeaba el interior de mis sienes. No recordaba haberme metido en la cama, ni siquiera recordaba haber apagado la luz. Lo último que tenía nítido era la imagen de Maya gritándome, el dolor de sus palabras y mi mano aferrada a una botella de whisky.
No recordaba nada de la noche anterior.
Me incorporé con esfuerzo, sintiendo un tirón extraño en el hombro y un escozor punzante. Al entrar en el baño, me apoyé en el lavabo y me miré en el espejo. Estaba hecho un desastre. Pero lo que me dejó helado fue la marca roja y violácea en la base de mi cuello: una mordida humana, profunda y posesiva.
—Maldita sea... —gruñí.
¿Clara? Tenía que haber sido ella. Recordaba su invitación en el pasillo, su desnudez... Supuse que, en mi estado, la debilidad me había ganado y le había abierto la puerta. Me di una ducha de agua helada, intentando que el frío borrara el rastro de un pecado que ni siquiera podía saborear en mi memoria. Me vestí con el traje oscuro, mi armadura de siempre, y bajé a desayunar al salón del hotel, manteniendo la mirada fija al frente, ocultando la marca bajo el cuello de la camisa.
Mientras me servía un café negro, sentí unas manos rozando mi brazo. Me tensé de inmediato. Me giré y encontré a Clara. Ella me sonreía con una seguridad que me revolvió el estómago.
—Buenos días, Caleb —ronroneó, acercándose lo suficiente para que su perfume me invadiera—. Te ves... cansado. Supongo que la noche fue intensa.
La miré con frialdad, tratando de descifrar si ella era la autora de la marca en mi hombro.
—No tengo mucho que decir sobre anoche, madame —respondí con voz ronca.
—No hace falta que digas nada —dijo ella, bajando la voz mientras sus dedos jugueteaban con la tela de mi manga—. Mañana regresamos a Nueva York y me gustaría despedirme de París en tu cama. Esta vez, sin tanto alcohol de por medio.
La oferta era directa, pero algo en mi interior la rechazó de forma visceral. A pesar del vacío en mi memoria, mi cuerpo sentía una extraña plenitud, como si ya hubiera sido reclamado por algo mucho más poderoso que ella.
—Lo siento, pero no —le dije, cortante. Mi tono no admitía réplicas.
Clara, absorta por esa frialdad, dio un paso atrás. Su sonrisa desapareció, reemplazada por una mueca de incredulidad y orgullo herido. No estaba acostumbrada a que le cerraran la puerta dos veces.
—Eres un hombre complicado, Caleb Cross —siseó, recuperando la compostura—. Pero no te equivoques. Antes de que este viaje termine, volveré a estar entre tus piernas.
La miré con una indiferencia absoluta. No sentía deseo, solo una irritante necesidad de encontrar a Maya y asegurarme de que estaba a salvo... o quizás, de buscar en sus ojos alguna respuesta a este vacío que me quemaba el pecho.
—Suerte con eso —solté. La ignoré y me marché hacia la mesa donde el grupo empezaba a reunirse, dejándola con la palabra en la boca.
Me senté en la mesa del desayuno, manteniendo la espalda recta a pesar de que cada músculo me gritaba. El café negro quemaba en mi garganta, pero lo necesitaba para mantener la fachada de control. Maya estaba sentada a tres sillas de distancia, removiendo una fruta que no probaba. Podía sentir su mirada sobre mí, una mirada que no era de odio ni de burla, sino algo mucho más inquietante: una mezcla de ansiedad y arrepentimiento.
Cuando el grupo empezó a levantarse para la última excursión por el Sena, ella aprovechó el caos de las sillas moviéndose para interceptarme en un rincón del salón.
—Caleb... —su voz era un hilo, despojada de toda la arrogancia de ayer—. Tenemos que hablar de lo que dije en la habitación. Antes de lo de... antes de la noche.
Me ajusté el puño de la camisa, sintiendo cómo el cuello de la prenda rozaba la mordida que llevaba en el hombro. No la miré. Mantenía la vista fija en la salida, escaneando el entorno como si ella fuera una amenaza más que debía neutralizar.
—Maya intenta disculparse —pensé, detectando el temblor en su tono—. Se sentía pequeña, vulnerable.
—Me pasé de la raya —continuó ella, dando un paso hacia mi espacio personal—. No debí decirte aquello sobre... sobre el lugar de donde vienes. Fue cruel. Estaba furiosa y herida, pero no lo siento de verdad. Ojalá sí te hubieran rescatado, Caleb. Sabes que lo agradezco todos los días.
Mis mandíbula se apretó. Sus palabras de ayer habían sido como clavos oxidados en mi piel, recordándome que, para el mundo y para los O'Shea, yo siempre sería el perro callejero que Liam recogió del barro. El daño ya estaba hecho. No me importaba su remordimiento de última hora, porque las palabras, una vez pronunciadas, revelan lo que realmente hay en el fondo de una persona cuando pierde los papeles.
Ella extendió una mano para tocar mi brazo, buscando ese contacto que anoche —según mi confuso cuerpo— había sido fuego.
Simplemente la ignoré.
Me hice a un lado con un movimiento seco, evitando su contacto como si su piel fuera veneno. No le dediqué ni una mirada, ni un gesto, ni un suspiro. Para mí, en ese momento, ella era tan invisible como el aire.
—Señorita O'Shea, el transporte espera —dije con una voz profesional, gélida, desprovista de cualquier emoción—. Camine delante de mí. Tengo un trabajo que hacer.
Vi de reojo cómo su rostro se contraía, el dolor de mi indiferencia golpeándola con más fuerza que cualquier grito. Me dolió verla así, una parte de mí quería sacudirla, pero la marca en mi cuello y el vacío en mi memoria me recordaban que la distancia era mi única salvación.
Caminé tras ella manteniendo los dos metros de rigor, tratándola como el paquete valioso que Liam me había encargado proteger. Nada más. Nada menos.
El Sena corría bajo el barco, gris y monótono, mientras el grupo de estudiantes se amontonaba en la borda para ver la Torre Eiffel. Yo me senté en un banco apartado, ya aburrido de todo, limitándome a observar con la mirada vacía. El peso de los días en París empezaba a aplastarme. Clara me agobiaba; cada vez que pasaba por mi lado, me lanzaba miraditas cómplices o intentaba rozar mi hombro, y yo comenzaba a pensar que había sido una idea de mierda acostarme con ella. El sexo sin memoria no servía de nada, y el rastro de esa noche solo me traía problemas que no quería gestionar.
En ese momento, mi teléfono vibró. Era Marcus.
—¿Cómo va la ciudad del amor, Cross? —su voz sonaba a asfalto, a tabaco y a problemas. Justo lo que necesitaba.
—Sácame de aquí, Marcus. No quiero seguir siendo el guardaespaldas de Maya. Esto no es para mí —solté sin filtros, viendo de reojo cómo ella me observaba desde la distancia—. Necesito más acción. Cuidar a una universitaria caprichosa me está matando las neuronas.
Escuché una risa ronca al otro lado.
—Díselo tú mismo. Lo tengo aquí al lado.
Hubo un silencio y luego la voz profunda de Liam llenó el auricular.
—¿Te has cansado de las niñeras, Caleb?
—Me estoy oxidando, Liam. Esta vida de hoteles de lujo y museos es una farsa. Necesito volver a la calle, al ruido.
Liam guardó silencio un segundo. Él conocía mi lealtad, pero también sabía que un animal enjaulado termina mordiendo a su dueño.
—Está bien. En cuanto vuelvan, te vas a los muelles con Nico y Marcus. Tengo asuntos que resolver en los almacenes del sur y necesito a mi mejor hombre allí.
Caleb sonrió liberado. Por primera vez en días, sentí que podía respirar. El peso invisible que me ataba a Maya O'Shea acababa de romperse. Ya no tendría que mirarla a los ojos y fingir que no pasaba nada; ya no tendría que ser el muro contra el que ella estrellaba sus caprichos.
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Editado: 17.04.2026