Diamantes negros: El muro

6 El vigilante en las sombras

**Caleb**

El aire en los muelles de Brooklyn era espeso, cargado de salitre, gasolina y el olor a metal frío. Era exactamente lo que había pedido: acción, suciedad y dejar de ser un escolta de lujo. Sin embargo, el silencio de los últimos meses me estaba resultando más ruidoso que cualquier tiroteo.
​Habían pasado tres meses desde París y, extrañamente, Maya no me había buscado nunca.
​Ni una llamada accidental, ni una pataleta a través de Liam, ni una "emergencia" inventada para que yo tuviera que aparecer. Al principio fue un alivio, pero con el paso de las semanas, ese vacío empezó a picarme bajo la piel. Me recordaba a la marca que me dejó en el hombro; la cicatriz de su mordida ya casi no se veía, pero yo sabía que seguía ahí.
​Por supuesto, no podía evitar vigilarla. Estaba en mi naturaleza, o quizá era simplemente una obsesión que no quería admitir. Había escuchado que compartía mucho tiempo con un informático. Marcus me lo había mencionado de pasada, y mi primer instinto fue de una violencia que me sorprendió a mí mismo. Pero, tras un par de llamadas y algo de presión, descubrí la verdad: éste es gay, lo estuve investigando a fondo. Era solo un socio, un cerebro detrás de su plataforma. No era una amenaza, al menos no para mi orgullo.
​Pero lo que sí me tensaba la mandíbula era el otro. Se había visto varias veces con Javi, su compañero de universidad. Ese tipo de buena familia, con manos que nunca habían tocado el barro y una sonrisa perfecta. Los veía en las fotos de los radares de seguridad que aún monitorizaba: él riendo, ella... ella diferente.
​Maya estaba muy centrada en su nueva empresa online.
​Stigma. Cada vez que veía ese nombre en los registros de propiedad de los O'Shea o en las menciones de las redes sociales, sentía un golpe en el estómago. Sabía perfectamente lo que significaba. Era un mensaje directo, una flecha lanzada desde su nueva torre de control hacia mi posición en el lodo. Ella ya no era la niña que se desnudaba por desesperación; ahora era una mujer que utilizaba nuestras sombras para construir un imperio.
​—¿Sigues mirando el perfil de la pequeña O'Shea? —Marcus apareció detrás de mí, apoyándose en un contenedor de carga.
​—Es seguridad, Marcus. Solo me aseguro de que el nuevo guardaespaldas no meta la pata —mentí, cerrando la pantalla de mi teléfono.
​—Claro, seguridad —se burló mi hermano—. Pues que sepas que el tal Javi la va a llevar esta noche a una gala de jóvenes empresarios. Dice Liam que Stigma es la sensación del año.
​Apreté el teléfono con tanta fuerza que crujió. Maya estaba prosperando sin mí. Estaba dejando de ser mi protegida para convertirse en alguien inalcanzable. Y por primera vez en mi vida, el perro callejero que Liam rescató sintió que, tal vez, el que se estaba quedando atrás en el agujero era yo.
Tenía la invitación sobre la mesa metálica del almacén. Un sobre de papel grueso, color crema, con el logotipo de Stigma grabado en relieve. Me quemaba la vista. Sabía que Maya esperaba que apareciera, que quería restregarme su éxito y su nueva vida frente a ese tal Javi. Pero yo no soy un hombre de salones, ni de copas de champán, ni de falsas sonrisas. Mi lugar estaba aquí, donde el aire sabe a hierro y las sombras muerden.
​A pesar de ser invitado a la gala de inauguración de Maya, no asistí.
​—¿Seguro que no vas, Caleb? —Nico me miró mientras revisaba el cargador de su Glock—. Dicen que la pequeña O'Shea está espectacular. Liam va a estar orgulloso.
​—Mi trabajo con ella terminó en París, Nico —respondí con voz seca, sin levantar la vista de un mapa de los muelles—. Me quedé con Nico en los muelles. Aquí es donde se juega el verdadero poder de los O'Shea, no en una fiesta en el Upper East Side.
​La noche estaba inusualmente tranquila, un silencio pesado que solo el río sabe dar. Estábamos supervisando la llegada de un cargamento de suministros médicos para los almacenes del sur cuando, de repente, el instinto me gritó que algo iba mal. El vello de mi nuca se erizó.
​—¿Escuchas eso? —susurré, llevando la mano a mi funda.
​No hubo tiempo para responder. El estruendo de un motor fuera de borda rompió la calma, seguido inmediatamente por el silbido de una granada cegadora que estalló contra el contenedor principal.
​Fuimos atacados.
​—¡Emboscada! —gritó Nico, rodando tras una pila de neumáticos.
​No eran simples rateros de puerto. Se movían con tácticas militares, equipados con visión nocturna y silenciadores. Eran los Moretti, la familia poderosa que llevaba décadas ansiando el control de los muelles de Liam O'Shea para sus propias rutas de contrabando. Habían aprovechado la distracción de la gala, sabiendo que la mayoría de nuestros hombres estarían custodiando a la familia en Manhattan.
​—¡Quieren los muelles, Caleb! ¡Vienen a por el control total! —exclamó Nico entre ráfaga y ráfaga.
​Sentí una descarga de adrenalina pura, esa que me hacía falta en París. Me asomé por el borde del contenedor y abrí fuego, derribando a dos de los asaltantes que intentaban flanquearnos. El hombro, donde Maya me había mordido meses atrás, me dio un latigazo de dolor fantasma mientras me movía.
​En medio del caos, de los gritos y el olor a pólvora, una idea me golpeó: si estaban atacando los muelles con esta intensidad, ¿qué seguridad tenía Maya en su gala? Los Moretti no daban puntada sin hilo. Si caían los muelles, el siguiente paso era descabezar a la familia.
​—¡Nico, mantén la posición! —rugí, recargando mi arma—. ¡Si estos hijos de perra quieren mi territorio, van a tener que morir por él!
​Pero mientras disparaba, mi mente, traidora y obsesiva, voló de vuelta a esa invitación. Estaba atrapado en una guerra por el asfalto, mientras el corazón me decía que, quizás, la verdadera batalla estaba ocurriendo en la fiesta de la mujer que yo mismo había intentado borrar de mi sistema.
​El suelo del muelle estaba sembrado de casquillos y el humo de la pólvora aún flotaba sobre el agua cuando el silencio regresó, pesado y mortal. Nico y yo estábamos de pie, jadeando, con la adrenalina todavía quemándonos las venas. Los Moretti se habían retirado al ver que no nos quebraríamos tan fácilmente, pero esto no era una victoria; era una declaración de guerra en toda regla.
​Saqué el equipo de comunicación y llamé por radio a Liam y Marcus. No tardaron ni diez segundos en responder; el estruendo del ataque ya había llegado a sus oídos. Tuvieron que salir pitando hacia nosotros, abandonando la gala de Maya en medio del desconcierto de los invitados.
​Cuando llegaron, escoltados por una nube de todoterrenos negros, Marcus fue el primero en bajar, con el arma en la mano y la cara desencajada.
—¡Caleb! ¡Nico! ¿Estáis vivos? —gritó mientras corría por el asfalto.
​—Estamos bien —respondí, limpiándome un rastro de grasa y sangre de la frente—. No resultamos heridos, pero ha ido por los pelos. Muy por los pelos.
​Liam se bajó del último coche. Su presencia siempre enfriaba el ambiente diez grados. No dijo nada hasta que inspeccionó los cuerpos de los asaltantes que habían quedado atrás. Tenía la mandíbula tan apretada que parecía de piedra.
​—Vámonos de aquí —ordenó Liam con voz sepulcral—. Ahora mismo.
​Media hora después, nos reunimos en el ático de Liam. El contraste era brutal: del frío y la mugre de los muelles al lujo silencioso del rascacielos. Maya no estaba; Liam la había hecho subir a su habitación bajo vigilancia estricta en cuanto llegaron.
​—Han sido los Moretti —dije, lanzando sobre la mesa de cristal un parche que le había arrancado a uno de los asaltantes—. Conocían los puntos ciegos de las cámaras del sector 4. Sabían exactamente cuándo llegaba el cargamento y cuántos hombres estaríamos de guardia.
​Marcus se sirvió un whisky doble, pero no bebió. Miró a Liam y luego a mí.
—Caleb tiene razón. Los Moretti son poderosos, pero no son adivinos. Alguien tiene que haber filtrado información.
​El aire en el ático se volvió irrespirable. La palabra «topo» flotaba sobre nosotros como una sentencia de muerte. Si alguien de nuestro círculo íntimo estaba vendiendo los movimientos de los muelles, nadie estaba a salvo. Ni Liam, ni Marcus... ni Maya.
​—Si hay una filtración, viene de alguien que conoce la agenda de la familia —dijo Liam, sentándose lentamente mientras sus ojos gélidos nos escaneaban a todos—. Alguien que sabía de sobra que hoy estaríamos distraídos con la dichosa fiesta de mi hermana.
​Me apoyé contra el ventanal, mirando las luces de Nueva York. Mi mente empezó a repasar cada rostro de la gala, cada contacto de estos últimos meses. La idea de que el peligro estuviera comiendo en nuestra propia mesa me revolvía las tripas. Había vuelto a los muelles para alejarme de los problemas de Maya, pero ahora resultaba que el enemigo estaba usando su propio éxito para intentar destruirnos a todos.
​El suelo del muelle estaba sembrado de casquillos y el humo de la pólvora aún flotaba sobre el agua cuando el silencio regresó, pesado y mortal. Nico y yo estábamos de pie, jadeando, con la adrenalina todavía quemándonos las venas. Los Moretti se habían retirado al ver que no nos quebraríamos tan fácilmente, pero esto no era una victoria; era una declaración de guerra en toda regla.
​Saqué el equipo de comunicación y llamé por radio a Liam y Marcus. No tardaron ni diez segundos en responder; el estruendo del ataque ya había llegado a sus oídos. Tuvieron que salir pitando hacia nosotros, dejando a sus hombres de confianza al cargo de la seguridad de la fiesta. Maya se había quedado en la gala, ajena por el momento a la magnitud de la carnicería, rodeada de sus invitados y de ese tal Javi, mientras nosotros nos jugábamos el tipo entre contenedores.
​Cuando llegaron, escoltados por una nube de todoterrenos negros, Marcus fue el primero en bajar, con el arma en la mano y la cara desencajada.
—¡Caleb! ¡Nico! ¿Estáis vivos? —gritó mientras corría por el asfalto.
​—Estamos bien —respondí, limpiándome un rastro de grasa y sangre de la frente—. No resultamos heridos, pero ha ido por los pelos. Muy por los pelos.
​Liam se bajó del último coche. Su presencia siempre enfriaba el ambiente diez grados. No dijo nada hasta que inspeccionó los cuerpos de los asaltantes que habían quedado atrás. Tenía la mandíbula tan apretada que parecía de piedra.
​—Vámonos de aquí —ordenó Liam con voz sepulcral—. Ahora mismo.
​Media hora después, nos reunimos en el ático de Liam. El contraste era brutal: del frío y la mugre de los muelles al lujo silencioso del rascacielos. La gala seguía su curso a unos pocos kilómetros, pero aquí el aire era irrespirable.
​—Han sido los Moretti —dije, lanzando sobre la mesa de cristal un parche que le había arrancado a uno de los asaltantes—. Conocían los puntos ciegos de las cámaras del sector 4. Sabían exactamente cuándo llegaba el cargamento y cuántos hombres estaríamos de guardia.
​Marcus se sirvió un whisky doble, pero no bebió. Miró a Liam y luego a mí.
—Caleb tiene razón. Los Moretti son poderosos, pero no son adivinos. Alguien tiene que haber filtrado información.
​La palabra «topo» flotaba sobre nosotros como una sentencia de muerte.
​—Si hay una filtración, viene de alguien que conoce la agenda de la familia —dijo Liam, sentándose lentamente mientras sus ojos gélidos nos escaneaban a todos—. Alguien que sabía de sobra que hoy estaríamos distraídos con la dichosa fiesta de mi hermana.
​Me apoyé contra el ventanal, mirando las luces de la ciudad, imaginando a Maya allí fuera, celebrando su éxito sin saber que alguien de su entorno nos había vendido. Me revolvía las tripas pensar que, mientras ella brindaba por su empresa, el enemigo estaba usando ese mismo evento como cobertura para desangrarnos.
​—Maya sigue allí con ese informático y el tal Javi —mascullé, sin poder evitarlo—. Si el topo está cerca de ella, la gala es una ratonera.




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