**Caleb**
Abrí los ojos y lo primero que sentí fue el peso del mundo aplastándome los párpados. La luz del techo me hirió como un disparo y el sabor a metal en mi boca me recordó a los peores días de mi vida. Tardé unos segundos en comprender que no estaba en una celda, sino en mi propio apartamento. Mi hermano y Liam me habían traído aquí para descansar mientras los fármacos hacían efecto.
Desperté dos días más tarde.
Me incorporé de golpe, ignorando el mareo que me hacía girar la cabeza. En el sofá del salón, que alcanzaba a ver desde la cama, Liam y Marcus hablaban en voz baja. Al verme moverme, se quedaron en silencio. La rabia, esa vieja amiga que nunca me abandona, me subió por la garganta como bilis.
—¡¿Qué narices me habéis hecho?! —rugí, arrancándome el catéter del brazo con un tirón violento. El esparadrapo se llevó parte de la piel, pero no me importó. Les reproché a los chicos que me hubieran tenido sedado. Dos días perdidos. Dos días en blanco mientras los Moretti siguen respirando.
Me puse de pie, tambaleándome, y me encaré con Liam. Él no se movió. Me miró con esa calma gélida que solo usa cuando la situación es crítica.
—Era necesario, Caleb —dijo con voz grave.
—¿Necesario? Me habéis drogado como a un animal —le espeté, agarrándolo por la solapa de la chaqueta—. Sabéis lo que odio perder el control. Sabéis de dónde vengo.
Liam me quitó las manos de encima con un movimiento firme y dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio.
—Todo se salió de control y tú perdiste el norte, Caleb —sentenció, y por primera vez vi una sombra de preocupación en sus ojos—. No estabas defendiéndote. Estabas de vuelta en el orfanato. Si no te hubiéramos pinchado, habrías matado a alguien. Habrías matado a mi hermana.
Sus palabras fueron como un jarro de agua helada. La imagen de Maya, con la cara bañada en lágrimas y el bofetón que me dio, cruzó mi mente como un relámpago. Me dejé caer en el borde de la cama, frotándome la cara con las manos. Los recuerdos estaban fragmentados: gritos, oscuridad, el rostro del guardián fundiéndose con el de ella... y luego, la nada.
—¿Dónde está ella? —pregunté con la voz rota.
—Está en la mansión O'Shea, bajo vigilancia máxima —respondió Marcus—. Intentaron secuestrarla en el cementerio mientras estabas fuera de juego. Los Moretti han ido a por ella, Caleb. Sabían que tú no estabas para protegerla.
Sentí un pinchazo en el bolsillo del pantalón, que estaba doblado sobre la mesilla. Alargué la mano y saqué el teléfono. Al encender la pantalla, el mensaje de Maya apareció ante mis ojos.
"Sé que no quieres saber nada de mí... Por favor, solo dime que estás bien."
Me quedé mirando esas palabras. Ella estaba encerrada en su mansión, a salvo por ahora, y aun así su mayor preocupación era si yo seguía entero. El bofetón me dolió de nuevo, pero esta vez no fue por el orgullo herido ni por el trauma, sino por el peso de saber que, incluso en mi peor versión, ella seguía intentando alcanzarme.
—Esa chica nos va a matar a todos —mascullé, cerrando el puño sobre el teléfono—. O yo la mataré a ella.
Salí de mi apartamento con el cuerpo aún pesado por los fármacos, pero con la mente enfocada en una sola cosa: trabajo. Liam me había llamado para una misión sencilla pero urgente. Necesitaba que subiera al piso de él y Elena para recoger unos USB de su despacho y los llevara directamente a las oficinas. Eran los informes detallados sobre los movimientos de los Moretti; la clave para devolverles el golpe por lo del puerto y el intento de secuestro en el cementerio.
Subí en el ascensor sintiendo la tensión en cada músculo. No esperaba encontrarme con nadie; Liam me había dicho que el piso estaría tranquilo. Pero cuando la puerta se abrió, vi a Elena, Siobhan, Sofía y Maya.
Maldita sea. El salón parecía un cuartel general de las mujeres de la familia.
Elena, la mujer de Liam, vino a abrazarme como siempre hace, y yo me tensé como siempre. Ella tiene esa luz que a los hombres como yo nos encandila y nos asusta a partes iguales; es la calidez que nunca tuvimos en aquel infierno de orfanato. Ella me sonrió y me dijo que se alegraba de que estuviera bien. —Gracias, Elena. Yo también me alegro de verte —murmuré, tratando de suavizar el tono.
Al lado de Elena estaba Sofía, la mujer de mi hermano Marcus. Ella me dedicó una mirada de complicidad y apoyo; Sofía sabía mejor que nadie lo que significaba lidiar con la intensidad de los hermanos Cross.
Traté de no mirar hacia donde estaba Maya, aunque sentía su mirada clavada en mi nuca como un dardo ardiendo. Yo les sonreí de compromiso al grupo para no parecer un maleducado frente a mis cuñadas y me dirigí al despacho a paso rápido. Quería cumplir el encargo y largarme antes de que el aire se volviera demasiado denso para respirar.
Mientras caminaba por el pasillo, mis oídos, entrenados para detectar cualquier susurro, captaron el cuchicheo de las chicas en el salón. Las escuché perfectamente: "Ve", "es el momento", "hablad de una vez". Elena y Sofía estaban empujándola. No me hizo falta ser un genio para saber lo que venía.
Entré en el despacho de Liam y localicé los USB sobre el escritorio de roble. Los guardé en el bolsillo de mi chaqueta y, justo cuando me disponía a salir, la puerta se abrió de nuevo. No tardó ni dos segundos en entrar Maya, aconsejada por las chicas, tal y como había escuchado por el pasillo.
Cerró la puerta tras de sí y se quedó allí apoyada, mirándome con una mezcla de arrepentimiento y esa tozudez que tanto me recordaba a su hermano. El silencio en el despacho era absoluto.
—Caleb... —su voz sonó pequeña, rota—. No me has contestado al mensaje. Te llamé mil veces.
Me quedé de pie, al otro lado de la mesa, manteniendo la distancia de seguridad que mis traumas me exigían. La marca de su bofetón ya no estaba en mi piel, pero el recordatorio de cómo perdí los papeles por su culpa seguía martilleándome el cráneo.
—Tengo un trabajo que hacer, Maya —dije, tratando de que mi voz sonara tan fría como el metal de mi arma—. Los Moretti no van a esperar a que nosotros aclaremos nada.
Me quedé allí, con los USB quemándome en el bolsillo y el instinto de huida gritándome que saliera de ese despacho antes de que fuera demasiado tarde. Pero ella no se movió del sitio. Se quedó bloqueando la única salida, con esa determinación que siempre me había desarmado, incluso cuando yo fingía que no era así.
—No te vas a ir, Caleb. No esta vez —dijo con una suavidad que me dolió más que cualquier grito.
Insistió, diciendo cosas bonitas y hablando de sus sentimientos. Empezó a decirme que no le importaba mi pasado, ni el barro del que venía, ni las cicatrices que Liam y Marcus habían intentado protegerme. Habló de cómo se sentía cuando yo la miraba, de la seguridad que encontraba a mi lado y de ese amor que le había gritado a su familia, desafiando a todo el clan O'Shea.
—Sé que tienes miedo de lo que hay dentro de ti —susurró, dando un paso corto hacia el escritorio—. Pero yo no tengo miedo. Ni de tu oscuridad, ni de tus sombras. Te amo, Caleb Cross. Y no voy a pedir perdón por ello.
Escucharla decir esas palabras en voz alta, aquí, en el santuario de Liam, fue como recibir un impacto directo al pecho. No estaba preparado para su vulnerabilidad. Yo sabía defenderme de los disparos, de los golpes y de las traiciones, pero no tenía armadura contra la ternura.
Mis muros se agrietaron.
Sentí cómo esa barrera de hormigón y hielo que había construido durante años, la misma que me mantenía cuerdo y funcional, empezaba a ceder bajo el peso de su voz. El aire en el despacho se volvió escaso. La miré y, por un momento, no vi a la "princesa O'Shea" ni a la hermana de mi jefe. Vi a la mujer que me había visto en mi peor momento, sedado y roto, y que aún así estaba allí, ofreciéndome una mano en lugar de darme la espalda.
—Maya, para... —alcancé a decir, pero mi voz ya no tenía esa autoridad de acero. Era apenas un ruego—. No sabes lo que estás diciendo. Soy un hombre roto. Soy el tipo que casi pierde la cabeza por un bofetón.
—Eres el hombre que me salvó la vida mil veces antes de conocerme —replicó ella, acortando la distancia hasta que solo el escritorio nos separaba—. Deja de castigarte por lo que te hicieron otros.
Sentí que la rabia que me había sostenido estos dos días se evaporaba, dejando solo un cansancio infinito y una necesidad desesperada de algo que no fuera violencia. La grieta en mi muro se ensanchó tanto que pude sentir el calor de su presencia invadiendo mi zona de seguridad. Y por primera vez en mi vida, no quise retroceder
Sus palabras eran como agua dulce sobre una herida abierta, pero yo no podía permitirme el lujo de beber. Me obligué a apretar los puños, clavándome las uñas en las palmas para que el dolor físico me devolviera la cordura. La grieta en mi muro estaba ahí, sí, pero tenía que sostener la estructura por una sola razón: para protegerla a ella de lo que soy.
—Basta, Maya —dije, y esta vez mi voz no fue un ruego, sino una sentencia amarga. Le dije que no podía ser. Rodeé el escritorio, no para acercarme con ternura, sino para plantarme frente a ella y obligarla a ver la realidad que se negaba a aceptar. La miré fijo a los ojos, luchando contra el impulso de acariciarle la cara.
—Mírame bien. Yo no soy una buena opción para ti. Jamás lo seré —solté, sintiendo cómo cada palabra me desgarraba la garganta por dentro—. Tú has luchado por tener una vida propia, por limpiar tu pasado y empezar desde cero con tu empresa y tu libertad. Tú necesitas a alguien que empiece de cero contigo, alguien que tenga luz, que tenga planes de futuro que no incluyan revisar los bajos del coche cada mañana.
Di un paso más, invadiendo su espacio con la crudeza de quien intenta empujar a alguien fuera de un edificio en llamas.
—Mírame a mí, Maya. Soy mayor que tú, y no solo en años. Mi alma tiene siglos de suciedad que no se quita con confesiones románticas. Yo no empiezo de cero; yo arrastro una cadena de muertos y fantasmas que me perseguirán hasta que me entierren. Tú estás en el amanecer de tu vida y yo... yo soy el tipo que vive en las sombras para que gente como tú pueda caminar bajo el sol.
Me dolió ver cómo su expresión flaqueaba, cómo mi frialdad intentaba apagar su fuego. Pero tenía que ser así. Si la amaba —y me maldije por admitirlo en mi mente—, tenía que ser lo suficientemente hombre como para alejarla de mi toxicidad.
—Mereces a alguien que no tenga que ser sedado porque el pasado lo alcanza en medio de una habitación. Mereces una familia normal, no a un perro de presa que solo sabe morder. Vuelve con Elena y Sofía. Vuelve a tu mundo de cristal, Maya. Porque si te quedas en el mío, lo único que haré será mancharte de barro y sangre.
Me giré bruscamente, dándole la espalda para recoger los USB del escritorio, esperando con toda mi alma que mis palabras hubieran sido lo suficientemente crueles como para que se diera la vuelta y me dejara solo en mi oscuridad.
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Editado: 17.04.2026