**Caleb**
El cansancio no era solo físico; era una pesadez interna que me entumecía los huesos. Estaba tumbado en mi apartamento, con la vista clavada en el techo, tratando de silenciar el eco de la voz de Maya en mi cabeza. Habíamos trabajado con esos USB toda la tarde en la oficina junto a Marcus y los analistas de Liam. Habíamos rastreado cuentas de los Moretti, rutas de suministro y nombres de posibles traidores hasta que los ojos nos escocieron por la luz de las pantallas. Había intentado sepultar mis sentimientos bajo una montaña de datos y estrategias de guerra, pero el silencio de mi salón era un recordatorio cruel de lo que acababa de romper.
De repente, la vibración de mi teléfono sobre la mesa de café cortó el silencio como una cuchilla. Alargué la mano esperando que fuera Marcus con alguna novedad sobre el topo, pero el nombre en la pantalla hizo que me incorporara de un salto.
Era Liam.
—¿Sí? —respondí, intentando que mi voz sonara profesional.
—Sube al ático. Ahora mismo —su voz no admitía réplicas. No era una sugerencia ni una consulta sobre los informes. Era una orden directa del hombre que me lo había dado todo, y sonaba peligrosamente calmado.
—Liam, estoy revisando los últimos...
—He dicho que subas, Caleb. No me hagas repetirlo —cortó él antes de colgar.
Maldije entre dientes. Sabía perfectamente lo que me esperaba arriba. No era por los USB, ni por los Moretti. Era por ella. Me pasé una mano por la cara, tratando de recomponer mi máscara de frialdad, y salí al pasillo para coger el ascensor.
Cada piso que subía era un aumento de la presión en mi pecho. Sabía que había cruzado una línea al hablarle así a Maya en el despacho de Liam, pero en mi mente, era el único camino para mantenerla a salvo de mi propio desastre. Sin embargo, Liam O'Shea no veía las cosas como un mártir, sino como un protector feroz de su familia.
Cuando las puertas del ascensor se abrieron en el ático, el ambiente me golpeó como un muro de hormigón. Las luces estaban bajas, pero la tensión era cegadora. Liam me esperaba de pie en medio del salón, con los brazos cruzados y una expresión que me dijo que los informes de los Moretti eran lo último que le importaba en ese momento. Al fondo, pude ver la silueta de Maya junto a Elena, y sentí una punzada de culpa que casi me dobla las rodillas.
—Has tardado —dijo Liam, y sus ojos se clavaron en los míos como dos puñales de hielo.
Crucé el umbral del ático y la puerta se cerró tras de mí con un sonido seco. Liam estaba en el centro del salón, con los brazos cruzados y esa mirada de juez supremo que solía reservar para los traidores.
—¿Te parece que esta es la forma de tratar a mi hermana, Caleb? —soltó Liam, sin preámbulos, señalando a Maya—. Ha llegado destrozada por tu culpa. ¿Es así como me agradeces todo lo que he hecho por ti? ¿Hiriendo a la única persona que se supone que debías proteger?
Me quedé quieto, sintiendo cómo el cansancio de los últimos días se transformaba en una rabia líquida. Escuché sus reproches durante un minuto eterno hasta que algo dentro de mí hizo clic.
—¡Ya basta, Liam! ¡Cierra la maldita boca! —estallé, dando un paso al frente que hizo que Marcus se tensara en una esquina—. ¿Ahora me vas a dar lecciones de moral? ¿Ahora soy el villano porque ella llora?
Me giré hacia Elena, Sofía y Siobhan, que nos miraban atónitas.
—¿Sabéis por qué me alejé? Porque este hombre, vuestro perfecto Liam, me llamó al despacho hace días y me dio una orden directa: "Aléjate de Maya por su propio bien, no la toques, no la mires". ¡Él mismo me prohibió estar con ella!
Las chicas miraron a Liam con un enfado que hizo que él diera un paso atrás. El silencio en la sala se volvió pesado, eléctrico.
—¿Eso es verdad, Liam? —preguntó Elena con una voz que cortaba como el hielo.
—Liam... —murmuró Sofía, decepcionada—. ¿Tú le obligaste a eso?
—¡Lo hice por protegerla! —rugió Liam, pero yo ya no estaba para excusas.
—Estoy harto, Liam. Estoy eternamente agradecido contigo, te debo la vida y lo sabes, pero no para permitir esto. No soy tu marioneta para que me digas cuándo debo ser un hermano y cuándo un perro de presa. Si soy tan peligroso para ella como me dijiste, entonces no pinto nada aquí. Renuncio. Me marcho ahora mismo.
El salón se sumió en un caos de voces. Vi a Marcus dar un paso hacia mí, colocándose a mi lado en un gesto silencioso de lealtad. Liam palideció al verlo; sabía que si yo cruzaba esa puerta, su hermano de armas lo seguiría sin dudar. Estaba a punto de perderlo todo.
—¡Basta ya! ¡Calmaos todos! —gritó Siobhan, interponiéndose entre Liam y yo—. Caleb tiene razón, Liam. No puedes dar órdenes sobre los sentimientos de la gente y luego escandalizarte cuando las cumplen. Has sido un hipócrita y un cobarde por no decírnoslo.
Siobhan me miró a los ojos, con una tristeza profunda.
—Liam, si Caleb y Marcus cruzan esa puerta esta noche por tu culpa, no solo perderás a tus mejores hombres... perderás a tu familia. Pide perdón de una maldita vez.
El silencio que siguió al estallido de Siobhan fue denso, cargado del olor a tabaco y tensión que siempre flotaba en el ático de Liam. Mi jefe, el hombre que rara vez bajaba la cabeza, suspiró con una pesadez que le hundió los hombros.
—Lo siento. Me equivoqué en las formas —soltó Liam, aunque sus ojos seguían clavados en los míos con una terquedad irritante—. Pero no me retracto de mi preocupación. Sigo pensando que no eres bueno para mi hermana, Caleb. Ella necesita paz, y tú eres una zona de guerra.
—Tienes razón, Liam —le espeté, sin un gramo de ironía—. Te doy la razón. Por eso mismo he ido a verla hace unas horas y le he dejado todo claro. Le he dicho que soy su peor opción. ¿No es eso lo que querías? Pues ya lo tienes.
Sentí un tirón en la manga de mi chaqueta. Me giré y vi a Maya llorando, intentando sujetar mi brazo con una fuerza desesperada, como si temiera que me fuera a desintegrar si me soltaba. Verla así, rota por mis propias palabras y por la manipulación de su hermano, hizo que mi máscara empezara a agrietarse. Sentí un nudo en la garganta que amenazaba con desquebrajarme por completo delante de todos.
Entonces, el aire en la habitación cambió. Marcus, que había estado callado hasta ese momento, dio un paso al frente. No fue un movimiento agresivo, pero la autoridad que emanaba mi hermano hizo que hasta Liam retrocediera un milímetro.
—Ya basta, Liam —dijo Marcus con una voz gélida que nunca le había escuchado usar con él—. Nos ves como hermanos cuando te interesa y, cuando no, nos tratas como simples empleados. Qué decepción.
—Marcus, no es así, sabes que te considero mi familia... —intentó negarlo Liam, visiblemente afectado.
—Esta noche ha quedado muy claro que no es así —le cortó Marcus, tajante—. Sé que nos has ayudado, y te agradezco desde el fondo de mi alma todo lo que has hecho por nosotros. Pero escucha bien lo que te voy a decir.
Marcus se puso a mi lado, hombro con hombro, y me puso una mano firme en la espalda. En ese momento supe que, si yo salía por esa puerta, él no miraría atrás.
—Jamás volveré a permitir que trates así a la única familia de sangre que me queda. Caleb, es mi hermano. Si no respetas su dolor o sus sentimientos, no estás respetando los míos. Elige bien tus próximas palabras, Liam, porque de ellas depende que mañana sigas teniendo a los Cross a tu lado.
El aire en el ático se volvió irrespirable. La mano de Marcus en mi espalda, el llanto silencioso de Maya tirando de mi manga y la mirada de derrota de Liam formaron un nudo que me apretaba la garganta hasta dejarme sin oxígeno. No podía estar allí. No podía ser el trofeo de una pelea de lealtades ni el villano de una historia que yo no había escrito.
—Necesito salir de aquí —mascullé, zafándome del agarre de Maya con una suavidad que me dolió más que un golpe—. No me sigáis. Ninguno.
Abrumado por todo, me marché. Ignoré los gritos de Liam llamándome y la mirada de preocupación de mi hermano. Bajé en el ascensor sintiendo que las paredes se cerraban sobre mí. Al llegar a la calle, el frío de la noche me golpeó la cara, pero no fue suficiente para calmar el incendio que llevaba dentro.
No quería lujo, no quería la casa de seguridad ni el edificio de Marcus. Necesitaba aire fresco y ruido que no tuviera nada que ver con los O'Shea.
Conduje hasta la zona más vieja del puerto, donde el olor a salitre y gasoil lo impregna todo. Allí, en una taberna mugrienta que frecuentaban los estibadores, nadie me miraba como a un Cross o como a la mano derecha de un mafioso. Allí solo era un tipo más con mala cara.
Me senté en una mesa de madera astillada y pedí una botella de whisky barato. A los pocos minutos, me puse a beber con los trabajadores de los muelles. No hablábamos de traiciones ni de familias rotas; hablábamos de turnos de doce horas, de barcos que no llegaban y de la dureza de la vida.
—Pareces un hombre que acaba de ver un fantasma, chaval —me dijo un viejo estibador con las manos callosas mientras chocaba su vaso contra el mío.
—Algo así —respondí, sintiendo el ardor del alcohol quemándome la garganta—. He intentado hacer lo correcto y solo he conseguido que todo vuele por los aires.
—A veces lo correcto es lo que más escuece —gruñó él antes de beberse el trago de un sorbo.
Me quedé allí horas, viendo cómo el humo de los cigarrillos se mezclaba con la niebla que entraba por la puerta. El alcohol empezaba a entumecer mis sentidos, pero la imagen de Maya sujetando mi brazo seguía grabada a fuego en mi mente. Marcus tenía razón: Liam nos quería como hermanos, pero bajo sus condiciones. Y yo... yo ya no sabía quién era si no era el soldado de Liam. Pero ver a mi hermano dar la cara por mí de esa forma, enfrentándose al hombre que nos sacó del fango, me hacía darme cuenta de que la única lealtad que me quedaba era la de nuestra propia sangre.
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Editado: 17.04.2026