**Caleb**
Entré en la oficina central sintiendo cada músculo de mi cuerpo en tensión. El roce de la camisa contra mi cuello me recordaba constantemente el tatuaje nuevo y, sobre todo, la presión de los labios de Maya en ese mismo punto apenas unas horas atrás. Me senté en una de las sillas de cuero frente al escritorio de roble, tratando de mantener mi máscara de soldado imperturbable. Marcus estaba a mi lado, tan silencioso y analítico como siempre, observando a Liam, que nos daba la espalda frente al ventanal.
El silencio en el despacho era denso, asfixiante. Esperaba que Liam se girara y soltara algún reproche por mi desaparición de anoche o que marcara una nueva distancia. Pero cuando finalmente se dio la vuelta, sus ojos no tenían el fuego de ayer; se veían cansados, casi derrotados.
—No he dormido nada —empezó Liam, rompiendo el hielo. Se acercó a nosotros y, en lugar de sentarse tras su trono de jefe, se apoyó en el borde de la mesa, quedando a nuestra altura—. Me pasé la noche dándole vueltas a lo que pasó en el ático. A lo que os dije.
Marcus y yo nos mantuvimos inmóviles. Liam suspiró y me miró directamente a los ojos.
—Caleb, Marcus... lo siento. Siento haberos tratado como si fuerais piezas de un tablero que puedo mover a mi antojo. Ayer crucé líneas que no debí tocar jamás.
Me quedé helado. No esperaba una disculpa tan directa. La culpa empezó a retorcerme las entrañas mientras recordaba a Maya entre los matorrales.
—Os pido perdón —continuó él, con una sinceridad que me hizo apretar los puños bajo la mesa—. No quiero que estéis aquí por un sueldo o por un contrato de sangre. Quiero que os sintáis parte de mi familia y no unos simples empleados. Sois mis hermanos. Lo habéis sido siempre, y me equivoqué al intentar recordaros vuestro "lugar" cuando vuestro lugar es aquí, a mi lado.
Marcus asintió lentamente, con la voz calmada.
—Sabes que mi lealtad es ciega, Liam. Pero agradezco que lo digas. La confianza es lo único que nos mantiene vivos en este negocio.
Liam asintió y luego volvió su atención a mí.
—¿Y tú, Caleb? ¿Podemos dejar lo de ayer atrás? Quiero que todo vuelva a ser como antes. Sin muros entre nosotros.
Tragué saliva, sintiendo el peso del secreto como una losa de hormigón. Él me hablaba de familia y de honestidad mientras yo llevaba el sabor de su hermana en la piel.
—Claro, Liam —respondí, esforzándome para que mi voz no temblara—. Sabes que moriría por esta familia. Nada ha cambiado.
—Me alegra oírlo —dijo Liam, poniendo una mano en mi hombro, un gesto fraternal que me quemó—. Porque a partir de hoy, no habrá más secretos entre nosotros. Somos un frente unido.
"Sin secretos". Esa frase se quedó rebotando en las paredes de mi cráneo. Si Liam supiera que su "familia" se había vuelto mucho más real y complicada anoche, probablemente me pegaría un tiro en ese mismo instante.
Aproveché el momento de calma tras la disculpa de Liam para soltar la noticia. Sabía que si quería que lo nuestro con Maya funcionara, necesitaba un terreno neutral, un lugar que no fuera la casa de seguridad de los O'Shea ni el apartamento de soltero donde Marcus podía entrar sin llamar.
—Liam, hay algo más —le dije, manteniendo el tono firme mientras recogía mis cosas de la mesa—. Me mudo. He encontrado un ático cercano al edificio donde vivís Nico y tú, y a un paso del de Marcus.
Liam frunció el ceño, dejando la pluma sobre el escritorio.
—¿Ahora? Caleb, no es necesario. Tienes espacio de sobra donde estás y la seguridad es mayor. Si es por lo de ayer, ya te he dicho que...
—No es por lo de ayer —le interrumpí con una media sonrisa—. Solo prefiero tener más intimidad. Ya soy mayor para vivir en una zona de paso. De hecho, ya he llevado mis cosas allí esta mañana.
Liam me miró fijamente durante unos segundos, buscando alguna señal de resentimiento, pero al final suspiró y asintió.
—Si es lo que quieres, adelante. Al menos estarás cerca si las cosas se ponen feas con los Moretti.
Al mediodía, nos fuimos a comer los cuatro: Nico, Liam, Marcus y yo. Pero como Nico no sabe guardar un secreto, le había contado a Siobhan que nos habíamos reconciliado, así que las chicas se unieron a la mesa a mitad de la comida, incluida Maya.
Verla aparecer con ese vestido ligero, tratando de actuar como si no hubiéramos estado revolcándonos en el jardín unas horas antes, casi hace que se me atragante el vino. Ella evitaba mi mirada, pero yo sentía su presencia como un imán.
—Bueno, parece que estamos todos —dijo Liam, levantando su copa—. Brindemos por la familia. Y por el nuevo comienzo de Caleb, que ha decidido que somos demasiado ruidosos para él y se marcha a su propio ático.
Liam lo soltó así, sin especificar mucho, como si fuera un simple trámite. Vi por el rabillo del ojo cómo Maya se tensaba. Su mano, que estaba sobre la mesa, se cerró en un puño. Noté la vibración de mi teléfono en el bolsillo apenas unos segundos después.
Maya (mensaje): “¿Te marchas? ¿Después de lo que me dijiste anoche? ¿Esa es tu forma de no huir, Caleb? Eres un cobarde.”
Sacqué el móvil disimuladamente bajo la mesa, ocultándolo con la servilleta mientras los demás reían por una broma de Nico.
Caleb (mensaje): “No estoy huyendo, pequeña. Escúchame. El ático es para nosotros. Es un lugar donde no habrá cámaras, ni guardias, ni hermanos vigilando cada pasillo. He buscado un sitio donde puedas venir a verme sin tener que esconderte en unos matorrales. Es nuestro santuario.”
Levanté la vista y la encontré mirándome. Su expresión de furia se suavizó lentamente, sustituida por un brillo de sorpresa y algo parecido a la victoria. Se llevó la copa a los labios para ocultar una sonrisa, y yo supe que, por primera vez, estaba jugando mis cartas correctamente.
Intenté concentrarme en la conversación de Liam sobre las rutas de suministro y la seguridad de los muelles, pero la vibración de mi teléfono en el bolsillo era como una descarga eléctrica. Con la mayor naturalidad del mundo, mientras Nico contaba una de sus anécdotas exageradas para hacer reír a Siobhan, saqué el móvil y lo oculté bajo el borde del mantel.
Esperaba otra queja o quizás un mensaje preguntando por la dirección. Pero lo que vi me dejó sin aire.
Maya: "Quiero que me estrenes en ese ático. Quiero estar abierta para ti sobre la encimera de tu cocina nueva, sintiendo cómo me llenas mientras me susurras que soy tuya. No me hagas esperar, Caleb, porque todavía tengo el sabor de anoche entre mis piernas y me estoy volviendo loca en esta mesa."
Al leer la crudeza de sus palabras y visualizarla así, me atraganté con el vino. El líquido me quemó la garganta y solté una tos seca y violenta que atrajo todas las miradas de la mesa.
—¿Te encuentras bien, Caleb? —preguntó Liam, frunciendo el ceño mientras me daba unos golpecitos en la espalda—. Te has puesto rojo como un demonio de repente.
—Sí... —logré decir con la voz ronca, dejando la copa sobre el mantel con manos temblorosas—. Solo... el vino ha bajado por el camino equivocado. Demasiado cuerpo para un mediodía.
—Debes de estar más cansado de lo que pensaba —comentó Marcus. Su mirada glacial se clavó en la mía, y supe que él no se creía ni una palabra. Marcus siempre sabía cuando yo estaba a punto de perder el control.
Miré a Maya de reojo. Estaba sentada frente a mí, con una expresión de absoluta inocencia, pasando la punta de la lengua por el borde de su copa de agua de la forma más lenta posible. Sus ojos brillaban con una malicia juguetona; sabía perfectamente que me había desarmado frente al hombre que podía matarnos a ambos si descubría la verdad.
Debajo de la mesa, sentí el roce de su pie contra mi pantorrilla, subiendo con descaro hacia mi rodilla. Me obligué a respirar hondo, pero la erección que empezaba a tensar mis pantalones me recordaba que ella tenía el control absoluto de la situación. Si ella quería jugar así en público, yo iba a encargarme de que en privado, en ese ático, suplicara por un poco de piedad.
Sentía que el cuello de la camisa me asfixiaba. La combinación del vino, el calor de la comida y el mensaje explícito de Maya me estaba nublando el juicio. No podía seguir sentado allí, frente a Liam y Marcus, fingiendo que mi mente no estaba proyectando imágenes de ella desnuda en mi nuevo ático.
—Disculpadme —dije, levantándome de golpe—. Necesito refrescarme un poco.
Caminé hacia los aseos del restaurante con paso rápido. Una vez dentro, me apoyé en el mármol del lavabo y abrí el grifo del agua fría, echándome un poco en la nuca. El corazón me latía con una violencia que no sentía ni en los tiroteos con los Moretti.
La puerta del baño se abrió y se cerró con un clic metálico. Por el espejo, vi que era ella.
—Maya, aquí no —susurré, dándome la vuelta con urgencia—. Liam está a diez metros. Si alguien entra...
Ella no respondió con palabras. Me lanzó una mirada cargada de un desafío salvaje y, sin dejar de mirarme a los ojos, se metió en uno de los habitáculos de los baños y dejó la puerta entornada, invitándome a entrar con un simple gesto de la mano.
La poca cordura que me quedaba se evaporó. Entré y cerré el pestillo tras de mí. El espacio era minúsculo, cargado con su perfume y nuestra respiración agitada. Maya me empujó suavemente por los hombros hasta que me sentó en la tapa de la taza. Sin dudarlo, se arrodilló entre mis piernas.
—Maya... —intenté protestar, pero el nombre murió en mi garganta cuando bajó mi cremallera y se lo llevó a la boca.
Cerré los ojos con fuerza, echando la cabeza hacia atrás contra la pared de azulejos. El contraste de su boca cálida y la adrenalina de saber que mi mejor amigo y mi jefe estaban fuera, esperando que volviéramos, era una droga demasiado potente. Sus manos se aferraron a mis muslos, marcando su posesión. El control que tanto me había costado mantener durante años saltó por los aires. En apenas un minuto, la tensión acumulada explotó y me corrí en la boca de Maya, soltando un gemido ahogado contra mi brazo para no ser descubierto.
Pero la fiera ya había salido de su jaula. Al ver cómo ella me miraba, limpiándose la comisura de los labios con un aire de triunfo, el instinto de cazador me dominó. La sujeté por la cintura con una fuerza bruta, la puse en pie y la giré antes de que pudiera reaccionar.
La aprisioné de espaldas contra la pared fría, levantándole el vestido con una urgencia desesperada. No hubo preámbulos, no hubo delicadeza. La penetré por detrás de un solo empuje, profundo y posesivo, llenándola mientras mis manos se enterraban en sus caderas para silenciar sus gritos contra el muro.
—Eres mía —le gruñí al oído, marcando cada embestida con la rabia de quien sabe que está arriesgando su vida por una sola mujer—. ¿Me oyes? Mía.
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Editado: 17.04.2026