Diamantes negros: El muro

12 Entre hermanos

**Caleb**

​El aire de los muelles era denso y olía a salitre y metal, pero mi mente estaba a kilómetros de allí, encerrada entre las paredes de mi nuevo ático con la imagen de Maya ordenando mi vida. Me aparté un momento del grupo, sacando el teléfono para escribirle antes de que el trabajo se volviera a complicar.
​Caleb: "En una hora estoy allí. No cocines nada, llevo la cena. He cogido unas pizzas para que sea rápido y podamos pasar a lo importante. Espérame, pequeña."
​Guardé el móvil y me incorporé al grupo. Liam estaba revisando un manifiesto de carga un poco más lejos, pero mi hermano Marcus no me quitaba el ojo de encima. Caminó hacia mí con esa parsimonia suya que siempre me ponía en guardia.
​—Te noto diferente, Caleb —soltó Marcus sin rodeos, bajando la voz—. No sé si es el ático nuevo o qué, pero tienes otra cara. Estás... menos rígido.
​Antes de que pudiera inventar una excusa profesional, Nico se acercó con esa sonrisa de idiota que solía traer problemas. Había escuchado lo suficiente para meter su cuchara.
​—Se nota que has follado, amigo —soltó Nico entre risas, dándome un golpe en el hombro—. Estás mucho menos tenso. No sé quién es la afortunada, pero deberías darle las gracias de nuestra parte, porque ayer parecías un perro rabioso y hoy casi pareces humano.
​Sentí que la sangre se me helaba. Si supieran que "la afortunada" era la hermana del hombre que estaba a diez metros de nosotros, la tensión volvería multiplicada por mil.
​—Cierra la boca, Nico —respondí, intentando mantener la voz plana, aunque por dentro me quemaba la prisa por irme—. Solo estoy cansado de vuestras caras. Necesitaba mi propio espacio, eso es todo.
​Marcus me miró fijamente, con una ceja levantada, como si estuviera diseccionando mi mentira. Él me conocía mejor que nadie, y sabía que yo no era de los que se relajaban por "tener un ático". Pero por suerte, Liam nos llamó para cerrar el perímetro y la conversación se cortó ahí.
​Conté cada minuto de esa última hora. Solo quería soltar el arma, dejar atrás los muelles y llegar a casa para encontrarme con la única persona que me hacía sentir que, efectivamente, ya no era solo un soldado.
Subí el ascensor de dos en dos, con el corazón golpeando mis costillas y el aroma de las cajas de pizza inundando el pequeño cubículo. Lo único que quería era soltar el peso de los muelles, el ruido de los camiones y las miradas inquisidoras de Marcus y Nico. El mensaje de Maya sobre su ropa en mi armario me había tenido con la mandíbula tensa toda la última hora.
​Metí la llave en la cerradura y abrí con cuidado. El ático estaba en penumbra, solo iluminado por las luces de la ciudad que se filtraban por los ventanales y una pequeña lámpara en el salón. El silencio era denso, cargado de una electricidad que me erizó el vello de los brazos.
​—¿Maya? —susurré, dejando las llaves y las pizzas sobre la mesa de la entrada.
​No hubo respuesta, pero escuché un ligero roce de piel contra piedra que provenía de la cocina. Caminé hacia allí, desabrochándome los primeros botones de la camisa, sintiendo que el aire empezaba a faltarme. Al cruzar el arco, me detuve en seco.
​Allí estaba ella.
​Estaba desnuda, sentada sobre la encimera de mármol oscuro que yo mismo había elegido. Sus piernas colgaban por el borde y su piel blanca contrastaba violentamente con la piedra fría. Me miraba con esa mezcla de inocencia y perversión que solo ella poseía, con el cabello cayendo sobre sus hombros y nada más para cubrirse que la luz de la luna.
​—Me dijiste que querías estrenarla —murmuró ella, con una voz tan suave que me hizo temblar.
​Me quedé paralizado un segundo, procesando la imagen. Nico tenía razón: estaba menos tenso, pero ahora mismo sentía una urgencia que me quemaba las entrañas. Verla así, dueña de mi espacio, de mi casa y de mi cordura, era demasiado.
​—Vas a ser mi ruina, pequeña —dije, cerrando la distancia entre nosotros en dos zancadas.
​Me coloqué entre sus piernas, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo. Mis manos, todavía sucias por el trabajo en el puerto, se detuvieron un segundo antes de tocarla, pero ella las tomó y las guió hacia sus muslos, sin importarle nada.
​—La cena se va a enfriar —susurró contra mis labios, rodeando mi cuello con sus brazos.
​—Que se enfríe —gruñí, antes de capturar su boca en un beso que sabía a hambre y a posesión—. Tengo algo mucho mejor que probar aquí mismo.
​Me olvidé de Liam, de los Cross y de los Moretti. En ese momento, sobre el mármol de mi nueva cocina, el mundo exterior dejó de existir. Solo éramos nosotros y el eco de sus gemidos rebotando en las paredes de mi nuevo santuario.
​El mármol de la encimera estaba frío, pero el cuerpo de Maya quemaba. Mis manos estaban ancladas a sus caderas mientras me movía dentro de ella, perdiéndome en el ritmo de su respiración entrecortada y en la forma en que sus dedos se clavaban en mis hombros. Estábamos en nuestro mundo, en ese espacio que yo había creado para que nada del exterior nos tocara.
​Y entonces, el sonido más inoportuno del mundo rompió el hechizo. Mi teléfono, que había dejado sobre la mesa de la cocina, empezó a vibrar y a sonar con insistencia.
​Intenté ignorarlo. Seguí embistiendo, enterrando mi rostro en el hueco de su cuello, buscando su aroma para silenciar el ruido. Pero el teléfono dejó de sonar y, apenas tres segundos después, volvió a tronar con una segunda llamada.
​—Caleb... —jadeó Maya, con los ojos entreabiertos y empañados por el placer—. Cógelo... puede ser importante.
​—No me importa —gruñí, aunque sabía que en nuestro mundo, una segunda llamada consecutiva solía significar problemas.
​Con un gruñido de frustración, y sin salir de ella, estiré el brazo hasta alcanzar el aparato. Miré la pantalla: Marcus. Maldita sea.
​Acepté la llamada pero no me detuve. Mantuve un movimiento lento, profundo, sintiendo cómo Maya mordía su labio inferior para no soltar un gemido que mi hermano pudiera escuchar al otro lado de la línea.
​—¿Qué quieres, Marcus? —dije, esforzándome por que mi voz sonara firme y no como la de un hombre que estaba a punto de llegar al límite.
​—Vaya, qué humores —la voz de mi hermano sonaba demasiado tranquila, demasiado astuta—. Nico no deja de dar la lata con lo que dijo en los muelles. Dice que tienes "cara de satisfacción". Así que, como tu hermano mayor, tengo curiosidad... ¿quién es la supuesta chica, Caleb? ¿A quién te has llevado a ese ático?
​Sentí a Maya contraerse a mi alrededor ante la mención de su nombre indirectamente. Tuve que cerrar los ojos y apretar los dientes para no perder el control ahí mismo. Le daba largas mientras reanudaba el movimiento, entrando y saliendo de ella con una cadencia tortuosa.
​—Nico habla demasiado, ya lo sabes —respondí, con la respiración empezando a traicionarme—. No hay ninguna chica. Solo estoy instalando las cosas y tratando de descansar de vuestras estupideces.
​—Mientes fatal, hermanito —insistió Marcus, y juraría que podía oír su sonrisa cínica—. Te conozco. Si es alguien que no deberías tocar, dímelo ahora antes de que Liam huela el rastro.
​—No hay nadie, Marcus. Te llamo mañana —corté la comunicación sin esperar respuesta y tiré el teléfono lejos, sobre el sofá.
​Miré a Maya. Sus mejillas estaban rojas y sus ojos me desafiaban, disfrutando del peligro de la situación.
​—¿Así que no hay ninguna chica? —susurró ella con malicia, rodeando mi cintura con sus piernas para atraerme más hacia dentro.
​—No —respondí, bajando la cabeza para besarla con una ferocidad renovada—. No hay una chica. Hay una mujer que me va a costar la cabeza, y no pienso perder ni un segundo más hablando de ella.
​Dejé que la fiera volviera a tomar el mando, olvidando a Marcus y las sospechas de mi familia, concentrado únicamente en el sonido de su nombre escapando de sus labios en la oscuridad de mi nueva casa.




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