**Caleb**
Me desperté cuando el sol ya golpeaba con fuerza los ventanales del ático. Al estirar el brazo, solo encontré las sábanas frías. El hueco que Maya había dejado a mi lado todavía conservaba su aroma, una mezcla de su perfume y de nosotros, pero ella ya se había ido. Se había escabullido como una sombra hacia la mansión, tal como habíamos planeado.
Me incorporé en la cama, pasándome una mano por la cara. Sentía el cuerpo cargado, pero la mente extrañamente despejada. Los ecos de la noche anterior —su boca al despertarme, mi rabia celosa, la forma en que la había reclamado— seguían vibrando en mi piel. Sabía que había sido duro, que le había dejado un recordatorio físico de quién era su dueño, y una parte de mí se sentía culpable, mientras que la otra, la que llevaba el apellido Cross y servía a los O'Shea, se sentía satisfecha.
Cogí el teléfono de la mesita de noche. Tenía varios mensajes de trabajo, pero los ignoré todos. Busqué su nombre.
Caleb (mensaje): “Sé que estarás a punto de entrar al examen. Respira hondo. Eres la mujer más inteligente que conozco, así que destrózalos a todos. Que ese dolor que sientes al caminar te recuerde que estoy contigo, y que no hay nadie más que pueda tocarte.”
Dudé un segundo con el dedo sobre la pantalla. En nuestro mundo, las palabras suaves eran peligrosas. Eran debilidades que podían usarse en nuestra contra. Pero después de lo de anoche, después de verla desnuda en mi cocina y entregada en mi cama, las barreras se habían desmoronado un poco más.
Añadí una última frase antes de enviar.
Caleb (mensaje): “Te quiero, pequeña. Suerte.”
Lancé el móvil sobre la cama y me levanté para ir a la ducha. Tenía que prepararme para enfrentarme a Liam y a las miradas inquisidoras de Marcus en los muelles. Pero mientras el agua caliente golpeaba mis hombros, solo podía imaginarme a Maya sentada en ese aula, sintiendo mi marca en su cuerpo y mis palabras en su mente.
Salí de la ducha dejando que el vapor inundara el baño, con el agua todavía goteando por mi pecho. Sentía el cuerpo renovado, pero la mente seguía fija en ella. Lo de anoche no había sido solo sexo; había sido una toma de posesión, una declaración de guerra contra cualquiera que se atreviera a mirarla.
Agarré la toalla, me la anudé a la cintura y busqué el teléfono sobre la cama. Había una notificación. Un mensaje de Maya, enviado apenas unos segundos antes de que empezara su examen.
Al abrirlo, me quedé sin aliento. No era un mensaje corto ni una de sus bromas provocativas. Era el mensaje más largo y bonito que me habían enviado jamás.
Maya: “He leído tu ‘te quiero’ y me he quedado sin aire en mitad del pasillo. Caleb, me duele cada paso, me duele sentarme y me arde la piel donde me tocaste, pero no lo cambiaría por nada del mundo. Ese dolor es mi secreto más precioso porque me recuerda que, por muy peligrosos que sean los O'Shea o los Cross, tú eres mi refugio. Gracias por las llaves, por la cena y por hacerme sentir que este ático es el primer lugar donde realmente pertenezco. Entro al examen con tu marca y con tu voz en mi cabeza. Yo también te quiero, más de lo que la prudencia dicta. Guárdame un sitio en nuestra cama, porque esta noche vuelvo a casa.”
Me quedé inmóvil, mirando la pantalla hasta que se bloqueó. En mi mundo, las palabras suelen ser mentiras o amenazas. Nadie me había hablado nunca así. Nadie me había dado las gracias por un sitio donde esconderse, ni me había dicho que yo era su refugio cuando mi trabajo consistía en ser un arma.
Sentí una presión extraña en el pecho, algo que no era adrenalina ni deseo. Era miedo. Miedo porque ahora tenía algo que perder que dolía mucho más que una bala.
Me vestí rápido, pero con una sonrisa que no pude borrar. Me puse la funda de la pistola, ajusté mi reloj y me guardé el teléfono como si fuera un amuleto. Maya estaba marcando mi destino tanto como yo había marcado su cuerpo.
Salí del ático con un objetivo claro: terminar el trabajo en los muelles lo antes posible. Si alguien se cruzaba en mi camino hoy, que Dios lo ayudara, porque tenía a una mujer esperándome en "nuestra" casa y no pensaba hacerla esperar.
El aire en los muelles se volvió irrespirable en cuanto escuché la voz de mi hombre a través del teléfono. No era solo el hecho de que uno de los míos estuviera en un calabozo; era el porqué. En cuanto pronunció el nombre de Javi y mencionó que se había propasado con Maya, sentí una vibración gélida recorrerme la columna, una furia silenciosa que solo aparece cuando alguien toca lo que es mío.
—Repítelo —gruñí, apartándome de un grupo de estibadores que me miraban con curiosidad.
Mi hombre, con la voz entrecortada pero firme, me explicó lo sucedido. Javi, ese imbécil con complejo de superioridad, no había aceptado un "no" por respuesta tras el examen. Quiso sobrepasar la línea y mi guardaespaldas cumplió con su deber: un puñetazo seco, preciso, el lenguaje que entienden los que no respetan el espacio ajeno. Pero el padre de Javi, un tipo con más dinero que escrúpulos, había movido hilos para que la policía no viera una defensa de la integridad de Maya, sino una agresión injustificada.
—Está en los calabozos, jefe. El viejo ha metido presión. Dicen que no saldrá hasta que el juez decida, y eso puede tardar días con el abogado que han contratado ellos.
Colgué el teléfono sin decir una palabra. La mandíbula me dolía de tanto apretarla. Maya me había avisado de que se iba con sus compañeros, confiando en que después de lo de anoche el mundo sería un poco más amable. Me equivoqué al dejar que fuera sola, aunque tuviera escolta.
Caminé hacia mi coche con zancadas largas. Marcus me vio pasar y, al notar mi expresión, ni siquiera intentó hacerme una broma. Sencillamente se apartó.
—Saca a los hombres de la entrada de la mansión —le ordené a Marcus por el camino—. Quiero a tres de los mejores en la puerta de la comisaría de la calle Mayor. Y llama a nuestro abogado, al que no hace preguntas. Dile que si mi hombre no está fuera en una hora, empezaré a publicar las fotos de las fiestas privadas del comisario con las chicas de Moretti.
Entré en el coche y arranqué, quemando rueda sobre el asfalto de los muelles. Javi creía que jugar con influencias y dinero de papá le servía de escudo. No tenía ni idea de que acababa de declarar la guerra al hombre equivocado. Si tocaba a Maya, tocaba mi santuario. Y si encerraba a uno de los míos por defenderla, me estaba dando permiso para destruir todo su mundo de cristal.
Saqué el móvil y le escribí a Maya. Tenía que saber que yo ya lo sabía, pero no quería asustarla más de lo necesario.
Caleb (mensaje): "Sé lo que ha pasado con Javi. No te muevas de donde estés, voy a buscarte. Tu guardaespaldas estará libre antes de que anochezca, te lo prometo. Y Javi... Javi va a aprender hoy mismo que hay límites que el dinero de su padre no puede comprar."
Aceleré, viendo el skyline de la ciudad como un tablero de ajedrez donde estaba a punto de derribar al rey por atreverse a mirar a mi reina.
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Editado: 17.04.2026