**Caleb**
Me separé de ella lentamente, con la respiración aún entrecortada y el calor de su cuerpo impregnado en mi piel. El motor del coche todavía crujía por el esfuerzo y el silencio del bosque empezaba a volverse pesado. La rabia se había transformado en una posesión absoluta; solo podía pensar en llevarla al ático, encerrarnos y borrar el resto del mundo.
—Súbete al coche —le dije, ajustándome el cinturón mientras intentaba recuperar el control de mis facciones—. Nos vamos al ático. No vas a volver a esa mansión esta noche. Necesito tenerte cerca donde pueda vigilarte.
Maya se quedó quieta, arreglándose la ropa con manos temblorosas. Me miró y, por primera vez en todo el día, vi una resolución en sus ojos que no me gustó nada.
—No, Caleb. No puedo —soltó ella, dando un paso atrás—. Tengo que ir a casa. Mis padres están enterados de todo lo que ha pasado en la comisaría y están asustados. Liam me ha llamado tres veces mientras tú estabas... en lo tuyo. Tienen que verme bien, tienen que saber que estoy en mi habitación y que estoy a salvo.
—Estás a salvo conmigo —gruñí, sintiendo cómo la frustración volvía a subirme por la garganta como ácido—. Si vas allí, estarás rodeada de los hombres de Liam, no de los míos. No puedo protegerte si estás detrás de los muros de tu padre.
—¡Caleb, no se trata solo de protección! —exclamó ella, alzando la voz—. Soy una O'Shea. Si desaparezco toda la noche después de un altercado policial, Liam empezará a hacer preguntas que no podemos responder. No lo entiendes.
La miré y algo dentro de mí se rompió. La adrenalina del sexo y la furia de los celos se convirtieron en un frío cortante. Ella estaba eligiendo su apellido, su fachada, su seguridad familiar por encima de lo que acabábamos de vivir sobre el capó de este coche.
—Claro que lo entiendo —dije con una calma gélida que era mucho peor que mis gritos—. Entiendo perfectamente el lugar que ocupo en tu vida cuando las cosas se ponen feas. Soy el guardaespaldas que te folla en un camino de tierra, pero no el hombre con el que te vas a casa cuando tienes miedo.
—¡No es eso y lo sabes! —intentó acercarse a mí, pero la solté con brusquedad cuando me tocó el brazo.
—Vuelve al coche —sentencié, caminando hacia la puerta del conductor sin mirarla—. Te dejaré en la puerta de la mansión. Cumpliré con mi trabajo, "señorita O'Shea".
El trayecto de vuelta fue un sepulcro. No volví a tocarla, ni siquiera la miré. Cuando llegamos a la entrada de la propiedad de sus padres, frené en seco antes de que los guardias se acercaran.
—Bájate —le dije, con la vista fija en el volante—. Ya te han visto. Ya estás en casa.
Ella intentó decir algo, pero no le di tiempo. En cuanto cerró la puerta, metí primera y me marché quemando rueda, dejando una nube de polvo tras de mí. En ese momento, el ático que tanto me había costado construir se sentía como una tumba vacía.
Llegué al ático y tiré las llaves sobre la encimera de mármol. El sonido metálico rebotó en las paredes vacías, recordándome que hacía apenas unas horas Maya estaba sentada ahí mismo, desnuda y entregada. Ahora, el silencio era casi insultante.
Me quité la ropa con movimientos mecánicos y me metí en la ducha. Dejé que el agua cayera a la máxima temperatura, buscando que el calor quemara el rastro de su perfume en mi piel y la frustración que me oprimía el pecho. Tenía los nudillos rojos y el cuerpo tenso. Me sentía como un imbécil. Había bajado la guardia, le había dicho que la quería, y al primer problema real, ella se había refugiado en la seguridad de su apellido mientras yo me quedaba fuera, en la sombra.
Al salir, con una toalla anudada a la cintura, vi la pantalla del móvil iluminarse sobre la cama.
"Llamada perdida: Maya (3)".
No la devolví. No quería escuchar sus excusas ni su voz rota intentando convencerme de que su lealtad no estaba dividida. Me fui a la cocina y, con una calma forzada, me puse a preparar la cena. Corté unas verduras y puse un filete en la plancha; el siseo de la carne era lo único que llenaba el vacío del ático.
Mientras esperaba, el teléfono volvió a vibrar sobre la mesa. Era ella otra vez. La cuarta llamada. La dejé sonar hasta que se cortó. No pasaron ni treinta segundos cuando entró la notificación de un mensaje.
Maya: "Caleb, por favor, no me hagas esto. No me castigues con tu silencio. Sé que estás enfadado, pero mi familia estaba enloqueciendo y no podía arriesgar lo nuestro quedándome fuera. Me duele el cuerpo de echarte de menos y me duele el alma pensar que te has ido así. Te quiero. Por favor, dime que estás bien."
Leí el mensaje mientras cenaba solo en la mesa de la cocina. La comida me sabía a ceniza. Sus palabras eran bonitas, pero en mi mundo, la lealtad se demostraba con hechos, no con textos largos. Ella dormía ahora en una cama con sábanas de seda protegida por su apellido, y yo estaba aquí, solo con mis fantasmas y mi pistola sobre la mesa.
Cerré los ojos y suspiré, dejando el tenedor a un lado. La quería tanto que me daba asco a mí mismo, pero el orgullo de un Cross no se doblaba tan fácilmente. Bloqueé el teléfono, lo dejé boca abajo y terminé mi cena en absoluta penumbra.
El plato de la cena seguía a medio terminar cuando el teléfono volvió a vibrar. Pensé que sería Maya otra vez, insistiendo con su culpabilidad, pero el nombre en la pantalla me hizo fruncir el ceño.
Rossana.
Hacía tiempo que no hablábamos de verdad, sin el ruido del trabajo o de los O'Shea de por medio. Respondí al momento, necesitando una voz que no me recordara lo que acababa de pasar en ese camino de tierra.
—¿Rossana? —dije, recostándome en la silla y cerrando los ojos.
—Caleb... —su voz sonaba tranquila, con ese tono familiar que siempre lograba bajarme las revoluciones—. Te noto tenso. ¿Ha pasado algo en los muelles?
Hablamos un buen rato por teléfono. Rossana tiene esa capacidad de leer entre líneas que a veces me saca de quicio, pero que hoy necesitaba. No le conté lo de Maya —eso era un secreto que me quemaba las manos—, pero hablamos de Marcus, de cómo las cosas se estaban poniendo feas con las familias rivales y de esa sensación de estar siempre al borde de un precipicio.
—Estás demasiado solo en ese ático nuevo, Caleb —me dijo ella en un momento de la conversación—. Ten cuidado. El silencio a veces te hace tomar decisiones basadas en el orgullo, y tú tienes demasiado de eso.
—Solo intento hacer mi trabajo, Rossana —respondí, aunque ambos sabíamos que era mentira.
Escucharla me sirvió para salir del bucle mental en el que me había encerrado. Me recordó quién era yo antes de que Maya O'Shea pusiera mi mundo del revés. Pero al colgar, el silencio del ático volvió a caer sobre mí, más pesado que antes. Miré el mensaje de Maya que aún seguía sin respuesta.
Las palabras de Rossana sobre el orgullo me escocían. Sabía que Maya tenía razón sobre su familia, pero el animal herido que llevo dentro no entendía de diplomacia, solo de posesión.
Las palabras de Rossana seguían dándome vueltas en la cabeza. Su voz, tan pragmática y despojada de la intensidad emocional que tenía con Maya, me había ayudado a ver que mi reacción en el coche había sido, quizás, demasiado visceral. Con un suspiro, agarré el teléfono. No podía dejar que pasara la noche así.
Llamé a Maya. Ella respondió al primer tono, con la respiración entrecortada.
—¿Caleb? —su voz era un susurro roto—. Por favor, dime que no me odias.
Hablamos un buen rato. Ella me explicó el miedo en los ojos de su madre y la presión de Liam en el salón de la mansión. Yo la escuché, dejando que mi ira se enfriara poco a poco. Le confesé que no quería estar lejos de ella, que el ático se sentía vacío. Estábamos llegando a ese punto de tregua, de calma tras la tormenta, hasta que cometí el error de bajar demasiado la guardia.
—Tienes razón, pequeña —dije, frotándome la nuca—. Estaba cegado por el orgullo. He hablado con Rossana hace un momento y... bueno, ella me ha hecho entrar en razón.
El silencio al otro lado de la línea fue tan súbito y absoluto que miré la pantalla para ver si se había cortado la llamada. Pero no. Lo que vino después fue una explosión. Maya enloqueció.
—¿Rossana? —su voz ya no era un susurro; era un látigo—. ¿Me estás diciendo que has ignorado mis llamadas, que me has dejado llorando en mi habitación, para ponerte a charlar con Rossana?
—Maya, no es lo que parece, ella solo...
—¡¿Cómo puedes decirme que la tía con la que te follabas hasta no hace mucho ahora es la que te hace entrar en razón sobre nosotros?! —gritó, y pude oír un golpe, como si hubiera pegado a la pared—. ¿Te das cuenta de lo insultante que es eso? Yo me juego el cuello por ti y tú te vas a buscar consuelo y consejos de alcoba a tu pasado. ¡Eres un cínico, Caleb Cross!
Intenté interrumpirla, pero estaba fuera de sí. El nombre de Rossana había actuado como un detonante, despertando una inseguridad y una rabia que no vi venir.
—¡No vuelvas a mencionármela! —chilló—. ¡Si tanto te gusta su "razón", quédate con ella en tu ático vacío! ¡No me busques mañana!
Y me colgó. El sonido del tono de ocupado retumbó en mi oído como un disparo. Había pasado de ser el protector herido al culpable absoluto en menos de diez segundos.
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Editado: 17.04.2026