**Caleb**
El aire de los muelles siempre tiene ese olor metálico a salitre y óxido que hoy me sabía a calma tensa. Después de la montaña rusa con Maya en la facultad, necesitaba la frialdad de mi mundo. Salimos al trabajo de campo con Nico y un par de hombres más; tocaba supervisar que las rutas de transporte de los O'Shea fluyeran sin contratiempos.
Los muelles estaban tranquilos, demasiado quizás. El turno de tarde apenas comenzaba y las grúas se movían con un ritmo monótono. Pero esa paz se rompió en cuanto doblamos el muelle 14.
De un barco pesquero que no figuraba en la hoja de ruta de hoy estaban bajando mercancías. Eran bultos pequeños, envueltos en lona oscura, movidos con una rapidez que no era la de unos estibadores cansados.
—¿Quiénes son esos? —masculló Nico, echándose la mano a la cintura, donde descansaba su arma.
—Nadie autorizado —respondí, sintiendo cómo el instinto de combate se despertaba—. Vamos.
Cuando nos acercamos a ellos, el pánico prendió en el grupo de hombres. No intentaron dar explicaciones ni enfrentarse a nosotros. En cuanto vieron el porte de Nico y mi cara de pocos amigos, soltaron lo que tenían entre manos y salieron corriendo, perdiéndose entre el laberinto de contenedores del muelle. En su huida desesperada, perdieron algún paquete por el camino que chocó contra el asfalto con un sonido seco.
Me quedé vigilando el perímetro mientras Nico se agachaba para abrirlo. Sacó una navaja, rasgó la lona y la cinta americana. En cuanto la envoltura cedió, el polvo blanco brilló bajo la luz del atardecer.
La mirada de Nico se volvió hielo. Se puso de pie lentamente, con los dedos manchados de esa mierda blanca y el rostro contraído por una furia contenida que rara vez le veía.
—Están traficando con drogas en nuestro terreno, Caleb —dijo Nico con una voz que era puro veneno—. Alguien se ha vuelto muy valiente o muy estúpido.
Miré hacia donde habían escapado. Liam tenía reglas estrictas impuestas: armas, alcohol, apuestas... pero la droga era una línea roja que nadie se atrevía a cruzar sin permiso de la familia. Esto no era un descuido; era una declaración de guerra interna o una invasión directa.
—Sella el muelle —le ordené a los otros dos hombres—. Que nadie salga ni entre. Tenemos que averiguar quién ha dejado que ese barco atraque aquí.
Saqué el teléfono con el pulso todavía acelerado por el descubrimiento. Sabía que Liam no se tomaría bien que su terreno se estuviera convirtiendo en un pasillo para el narcotráfico.
—Liam, tenemos un problema en el muelle 14 —dije en cuanto descolgó—. Han intentado descargar mercancía blanca. Cocaína.
—¿Quiénes son? —su voz sonó como un trueno al otro lado de la línea—. Interroga a cualquiera que estuviera en ese barco. Los quiero vivos, Caleb.
—Han huido todos, Liam —respondí, mirando hacia la oscuridad de los contenedores donde se habían esfumado—. En cuanto nos vieron, se perdieron por el puerto. El barco está vacío. Solo quedan los fardos que soltaron al correr.
Se hizo un silencio gélido. Podía imaginar a Liam en su despacho, apretando el puente de su nariz, procesando la brecha de seguridad.
—Alguien les abrió la puerta —masculló Liam—. Alguien de los nuestros ha mirado hacia otro lado mientras ese barco atracaba. Revisa las cámaras ahora mismo. Quiero que saques las imágenes de cada tipo que iba en ese barco. No me importa si son píxeles borrosos; quiero nombres, rostros o tatuajes. Si están en esta ciudad, los encontraremos.
—En ello estamos —asentí.
Colgué y me dirigí con Nico a la oficina de control de seguridad del muelle. El vigilante de turno, un tipo llamado Vargas que sudaba más de lo normal para ser una noche fresca, se apartó de la silla en cuanto entramos.
—Abre el registro de las últimas dos horas —le ordenó Nico, poniendo su mano pesada sobre el hombro del hombre—. Cámaras 7, 8 y 12. Las del muelle de atraque.
Empezamos a pasar las grabaciones. Al principio, solo había sombras. Pero luego, ahí estaban. Vimos el barco acercándose sin luces, la coordinación de los movimientos. Eran profesionales, no simples mulas.
—Pausa ahí —dije, señalando la pantalla—. Amplía esa toma de la pasarela.
Vimos a tres hombres. Uno de ellos, el que parecía dirigir la descarga, se bajó la capucha un segundo para escupir al suelo. El rostro quedó iluminado por un foco lateral del puerto. Nico y yo nos miramos. No era nadie que conociéramos, pero su forma de moverse gritaba "militar".
—Saca capturas de todos —ordené a Vargas, que temblaba al manipular el ratón—. Y busca el momento exacto en que entraron en el perímetro. Quiero ver quién desactivó la alarma del sector 4.
Esto no era un simple cargamento perdido. Era una infiltración en toda regla, y mientras Maya celebraba su nota en la universidad, yo empezaba a oler la sangre que estaba a punto de derramarse en los muelles de los O'Shea.
Tenía los ojos inyectados en sangre de tanto mirar las pantallas granuladas de seguridad. El rastro de los tipos del barco era confuso, pero lo que más me pesaba era la sensación de que el suelo se estaba agrietando bajo nuestros pies. El teléfono vibró en mi bolsillo, rompiendo el silencio tenso de la oficina de control.
Era un mensaje de Maya.
Maya: “¿Vas a pasar a por mí cuando termine de comer con los chicos? El Adonis me debe un paseo en coche... 😉”
Apreté la mandíbula. Leer su alegría, su tono juguetón después de nuestra reconciliación en la facultad, me produjo una punzada de amargura. Ella estaba en la luz, celebrando sus notas y su futuro, mientras yo estaba aquí metido en la mierda, oliendo a cocaína incautada y traición.
No podía ir. No hoy.
Caleb: “No puedo ir a por ti, pequeña. Ha surgido algo en los muelles y tengo trabajo para rato. Coge un taxi o dile a uno de los hombres de tu hermano que te lleve a la mansión. Te veo luego.”
No quiero que ella se entere de esto. Maya ya ha pasado por suficiente con lo de Javi y la comisaría. Si sabe que hay droga entrando por sus muelles, empezará a hacer preguntas que no debe, o peor aún, el miedo volverá a sus ojos. Su mundo de leyes y sobresalientes tiene que mantenerse limpio de la suciedad que Nico y yo estamos tocando ahora mismo.
—¿Caleb? —Nico me sacó de mis pensamientos, señalando la pantalla—. Mira esto. El tipo de la cicatriz en el brazo... acaba de subir a una furgoneta gris. Si seguimos esa matrícula, sabremos dónde se esconden.
Guardé el teléfono decidido a no volver a mirar sus mensajes hasta que esta amenaza estuviera neutralizada.
—Olvida la matrícula de momento —dije, sintiendo cómo el frío se instalaba en mi pecho—. Mira quién le abre la puerta de la furgoneta.
Vargas, el vigilante, empezó a temblar visiblemente a mi lado. El rostro que aparecía en el asiento del copiloto de la furgoneta no era el de un desconocido. Era alguien que conocíamos demasiado bien.
El ambiente en la oficina de control era eléctrico. Informamos a Liam del traidor y, mientras los de sistemas rastreaban la furgoneta por la matrícula, yo sentía que el tiempo se nos escapaba. Pero mi teléfono vibraba con una insistencia que nada tenía que ver con la operación.
Eran mensajes de Maya, y esta vez no era preocupación lo que destilaban sus palabras, sino un veneno que yo mismo había provocado: celos.
Maya: "¿Trabajo? ¿O es que Rossana ha vuelto a aparecer por el puerto para 'hacerte entrar en razón'? No soy idiota, Caleb. O vienes a por mí ahora mismo o me planto yo en el puerto para ver con mis propios ojos con quién estás perdiendo el tiempo."
Me pasé la mano por la cara, soltando un gruñido de pura frustración. Ella pensaba que yo estaba con otra mientras yo lidiaba con una traición que podía hacer que rodaran cabezas. Miré a Nico; él no sospechaba nada. Para él, yo seguía siendo el jefe implacable. Nico no sabía que yo estaba con Maya, y mucho menos que nuestra relación se estaba volviendo un campo de minas emocional.
—Nico, sigue con el rastreo. Tengo que salir un momento a asegurar el perímetro exterior, parece que hay movimiento sospechoso cerca de la entrada principal —mentí, sintiendo el peso de la traición hacia mi propio compañero.
—¿Ahora? Estamos a punto de tener la ubicación exacta —replicó Nico, extrañado.
—Será un segundo. No te muevas de aquí.
Salí de allí a zancadas. Si Maya ponía un pie en el muelle creyendo que iba a encontrarme con Rossana, se metería de lleno en una escena de narcotráfico. Tuve que ir yo.
Conduje como un animal hasta la universidad. Cuando llegué, ella estaba en la acera, con los brazos cruzados y una mirada que prometía guerra. Frené en seco frente a ella y bajé del coche.
—¿Se puede saber qué te pasa por la cabeza? —le solté, acortando la distancia—. ¿De verdad crees que tengo tiempo de estar con nadie mientras el mundo se va a la mierda?
—¡Me has dado una excusa barata, Caleb! —me gritó ella, empujándome—. ¡Anoche me hablas de ella y hoy "tienes trabajo"! ¿Qué querías que pensara?
—¡Pues piensa que si te digo que hay un problema en los muelles es porque lo hay! —la agarré de las muñecas, bajando la voz—. No hay ninguna mujer, Maya. Hay droga y hay un traidor en tu familia. He tenido que mentirle a Nico para venir a buscarte porque no quiero que te acerques a ese nido de víboras. Así que sube al maldito coche ahora mismo.
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Editado: 17.04.2026