**Caleb**
Dejé a Maya en la puerta de la mansión con una orden clara: "No salgas de aquí hasta que yo mismo vuelva a por ti". Ella asintió, todavía con los ojos algo rojos, y vi cómo los guardias de la entrada cerraban el portón tras ella. En ese momento, mi faceta de amante murió y el soldado tomó el control.
Volví al muelle quemando el asfalto. El aire del puerto me recibió con su habitual frialdad, pero ahora olía a sangre y traición. En cuanto aparqué, Nico salió a mi encuentro y subió a mi coche sin decir palabra, con el fusil de asalto corto apoyado entre las piernas y la cara de quien no ha dormido en tres vidas.
—La tenemos —dijo Nico, señalando la tablet que llevaba en el regazo—. Han localizado la furgoneta. El GPS del localizador que le pusimos al camión de suministros que salió detrás de ellos está dando señal en un complejo de naves abandonadas cerca del río.
—¿Cuántos son? —pregunté, metiendo primera y saliendo del puerto a toda velocidad.
—Mínimo seis en la imagen de la cámara. Y Caleb... —Nico hizo una pausa, mirándome de reojo—. Liam está fuera de sí. Ha dado orden de que no hagamos prisioneros a menos que sea el cabecilla. Quiere que el mensaje quede claro: en sus muelles no se juega con nieve.
—Me parece perfecto —respondí, apretando el volante.
Salimos en mi coche, aprovechando que es más rápido y maniobrable que los blindados de la familia. Mientras conducía, la imagen de Maya en el coche hace apenas media hora me vino a la cabeza. Sus celos, su abrazo, su miedo... Todo eso era el motivo por el que yo estaba apretando el acelerador ahora. Tenía que limpiar este desastre para que ella pudiera volver a dormir tranquila.
—¿Qué te ha pasado en el cuello? —preguntó Nico de repente, fijándose en una pequeña marca que me había dejado Maya durante el abrazo.
—Un percance con la seguridad exterior —mentí con voz gélida—. Céntrate en la furgoneta, Nico. No quiero que se nos escapen.
Llegamos a la zona industrial. Las naves se alzaban como esqueletos de hierro contra el cielo grisáceo del anochecer. Apagué las luces del coche a dos manzanas de distancia y nos deslizamos entre las sombras. Allí estaba: la furgoneta gris, aparcada frente a un portón oxidado que chirriaba con el viento.
—Es hora de ver quién es el valiente que cree que puede traficar en nuestro territorio. —susurré, sacando mi arma y quitando el seguro.
El silencio dentro de la nave era sepulcral, cargado con ese olor rancio a humedad y aceite de motor. Nico y yo nos movimos como sombras, cubriendo cada ángulo, con las armas listas. Pero al llegar al centro del almacén, bajo una única bombilla que parpadeaba con un zumbido eléctrico, nos detuvimos en seco.
No había un ejército. Solo había una persona, sentada tranquilamente en una silla de metal.
Cuando el hombre levantó la cabeza y la luz amarillenta iluminó sus facciones, sentí como si me hubieran inyectado hielo directamente en las venas. Mi dedo se tensó en el gatillo, pero mi cuerpo se quedó petrificado por un segundo.
Lo conocía. Maldita sea si lo conocía.
Era un antiguo compañero de la sociedad del orfanato. No era una víctima como nosotros; era la mano derecha del Guardián. Él era quien sostenía las correas, quien cerraba las celdas y quien nos torturaba en muchas ocasiones con una sonrisa sádica que me había perseguido en mis peores pesadillas.
—No puede ser —masculló Nico a mi lado, su voz temblando de puro odio.
Mi mente entró en cortocircuito. No me explicaba cómo había huido de la explosión que Nico, Marcus y Liam provocaron aquel día. Yo estaba allí, semiinconsciente, cuando volaron el lugar para rescatarme. Vi las llamas devorarlo todo, vi el hormigón ceder. Se suponía que ese infierno era su tumba. Se suponía que los fantasmas no sangraban, pero el hombre que tenía delante tenía cicatrices de quemaduras en la mitad del rostro y un brazo que parecía no mover con naturalidad.
—Habéis tardado mucho en encontrarme, 47 —dijo él, usando mi viejo número del orfanato con una voz rasposa que me revolvió las entrañas—. El Guardián siempre decía que eras el más lento de la camada.
—Tú deberías estar muerto —rugí, dando un paso adelante, sintiendo cómo la rabia asesina borraba cualquier rastro del Caleb que hace una hora abrazaba a Maya—. Deberías ser cenizas bajo los cimientos de ese agujero.
El hombre soltó una carcajada seca que terminó en una tos violenta.
—Las ratas siempre encuentran una salida antes de que el barco se hunda. Y ahora, mientras tú juegas a ser el perro faldero de los O'Shea, nosotros estamos terminando lo que el orfanato empezó. La droga en los muelles solo era el cebo, Caleb. Quería ver si eras tú el que venía a morderlo.
Nico levantó su fusil, con el rostro desencajado.
—Voy a terminar lo que la explosión no pudo hacer —siseó Nico.
—Espera, Nico —le frené, aunque cada fibra de mi ser quería apretar el gatillo—. Si él está vivo, otros pueden estarlo. Si está aquí, es porque sabe algo de la traición interna de los O'Shea.
El aire se volvió irrespirable cuando el estruendo de unas botas pesadas contra el metal anunció la llegada de refuerzos. Liam y Marcus irrumpieron en la nave, con las armas en alto y la furia de los O'Shea grabada en el rostro. Pero el impulso de ataque de Marcus se frenó en seco. Se quedó paralizado, con las pupilas dilatadas, al ver quién estaba sentado en aquella silla.
Al igual que yo, al igual que su hermano, reconoció a esa rata. Era el rostro de nuestras pesadillas, el verdugo que creíamos enterrado bajo toneladas de escombros y fuego.
—¿Tú? —la voz de Marcus salió como un susurro cargado de bilis.
Intentamos detenerlo, pero no estaba solo. En cuanto Liam dio un paso al frente para ponerle el cañón en la frente, las sombras de las vigas superiores cobraron vida. Aparecieron tres más. No eran simples matones de muelle; se movían con la precisión quirúrgica que solo se aprende en "la sociedad". Eran los perros de presa del Guardián, versiones perfeccionadas de lo que nosotros fuimos alguna vez.
—¡Abajo! —rugió Nico, pero ya era tarde.
La pelea fue una carnicería técnica. Ellos eran mejores. Estaban frescos, entrenados en las nuevas tácticas de la sociedad y, sobre todo, no tenían el lastre de las emociones que a nosotros nos hacían dudar. Intenté golpear al que se me echó encima, pero bloqueó mi ataque con una fuerza sobrehumana y me devolvió un rodillazo en las costillas que me hizo ver estrellas.
Escuché el sonido de carne golpeando contra metal. A Marcus lo lanzaron contra una estiba de palés, dejándolo sin aire. Liam peleaba como un demonio, pero dos de ellos lo acorralaron, golpeándolo sistemáticamente en las articulaciones hasta que cayó de rodillas. A Nico lo estamparon contra el suelo con una llave que le dislocó el hombro.
Yo intenté levantarme, con la boca llena de sangre y la vista nublada, pero el antiguo verdugo del orfanato se levantó de su silla con una calma insultante. Caminó hacia mí y me propinó una patada en el estómago que me dobló por completo. Me dieron una paliza a conciencia, una de esas que no buscan matarte rápido, sino recordarte tu lugar.
Sentí una bota presionando mi cabeza contra el frío hormigón.
—Miradlos —dijo la rata con desprecio—. Los grandes hermanos O'Shea y sus perros guardianes, suplicando por aire. Habéis pasado tanto tiempo viviendo como hombres libres que habéis olvidado lo que es el dolor de verdad.
—Mátame de una vez... —masculló Liam desde el suelo, escupiendo sangre.
—Oh, no, Liam. La muerte es un regalo. El Guardián tiene planes para vuestro linaje. Especialmente para la pequeña que espera en casa.
El pánico por Maya me dio una última ráfaga de fuerza, pero un golpe seco en la nuca con la culata de un arma apagó las luces de mi mundo.
El zumbido en mis oídos era ensordecedor, una mezcla del pitido de la conmoción y el latido de mi propio corazón golpeando contra las sienes. Tenía el sabor metálico de la sangre llenándome la boca. Intenté moverme, pero cada músculo protestó con un dolor lacerante. A mi lado, escuché los quejidos de Marcus y la respiración pesada y errática de Nico. Liam estaba a pocos metros, con el rostro hundido en el polvo, inusualmente silencioso.
El verdugo se agachó frente a mí, agarrándome del pelo para obligarme a levantar la vista. Su rostro, desfigurado por las cicatrices del pasado, era una máscara de absoluta frialdad.
—Escúchame bien, 47 —siseó, y su aliento me supo a muerte—. No hemos venido aquí para terminar el trabajo que dejamos a medias en el orfanato. Todavía no.
Me soltó la cabeza con desprecio, haciendo que mi frente golpeara de nuevo el hormigón. Se puso en pie y ajustó los guantes de cuero, mirando al resto de mis compañeros derrotados como quien observa a un ganado herido.
—Considerad esto vuestra única advertencia: no volváis a interferir en nuestros negocios. Los muelles ya no son vuestro patio de recreo, y el mundo es mucho más grande que el pequeño imperio de los O'Shea.
Hizo una señal a sus hombres, que se posicionaron cerca de la salida, pero antes de cruzar el umbral, se detuvo y nos lanzó una mirada cargada de una amenaza letal.
—Habéis confiscado algo que no os pertenece. Nos habéis hecho perder mercancía, y la sociedad no tolera las deudas. Os damos exactamente una semana para devolverla. Si el próximo lunes ese cargamento no está en el punto de entrega que os enviaremos, no vendremos a por vosotros.
Hizo una pausa dramática y una sonrisa cruel se dibujó en su labio quemado.
—Iremos a por la chica. Y esta vez, no habrá muros en esa mansión lo suficientemente altos para protegernos de nosotros.
Se marcharon en un silencio absoluto, dejando tras de sí el eco de sus botas y una humillación que quemaba más que las heridas físicas. Me quedé allí, tirado en el suelo, con el alma rota. Había fallado. Les había llevado directos a la boca del lobo y ahora Maya estaba en el punto de mira de los monstruos que me crearon.
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Editado: 17.04.2026