**Caleb**
En la universidad vi a Maya alejarse por el pasillo. Solo cuando estuvo a una distancia prudencial, desvié la mirada hacia la mujer que tenía delante, la profesora de universidad con la que desgraciadamente había tenido un desliz en Paris. No sentía nada. Ni nostalgia, ni arrepentimiento, ni curiosidad. Ella era una extraña que compartía un recuerdo conmigo, nada más. Las heridas de la paliza me pulsaban bajo la ropa, recordándome que tenía problemas mucho más reales que atender.
—Habla rápido —dije, con una voz tan gélida que vi cómo su máscara de suficiencia flaqueaba un instante.
Ella intentó seducirme de nuevo. Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal, y dejó que su mano rozara la tela de mi sudadera.
—Sigues siendo el mismo hombre de hielo, Caleb —susurró, con una sonrisa que pretendía ser provocadora—. He intentado sacarme ese viaje de la cabeza, pero ha sido imposible. He estado con otros hombres desde entonces, pero ninguno... ninguno tiene esa oscuridad que tú tienes. Necesito volver a sentir eso. Necesito que me recuerdes por qué no puedo dormir por las noches pensando en ti.
Me miraba como si fuera un objeto que podía reclamar, una droga que necesitaba volver a consumir para sentirse viva.
No me moví. No me tensé. Me quedé tan inmóvil como una estatua de granito, mirándola con una indiferencia que empezó a transformarse en puro hastío.
—Lo que sentiste en París no fue más que un error de cálculo por mi parte —le dije, atrapando su muñeca antes de que sus dedos rozaran mi mandíbula. La aparté con una firmeza que la hizo retroceder un paso—. Aquella noche fue un paréntesis en mi vida. Nada más.
—No me mientas, Caleb —insistió ella, con la voz temblorosa por la mezcla de deseo y orgullo herido—. Sé que tú también lo sentiste. Fue algo real.
—Fue sexo, nada más —la corté en seco, sin un ápice de compasión—. Y si has pedido hablar conmigo para intentar revivir un polvo, estás perdiendo el tiempo. Mi vida no es la que era en París, y tú no pintas nada en ella.
Vi cómo la realidad la golpeaba. No era odio lo que recibía de mi parte, era algo mucho peor: indiferencia absoluta. Para ella yo era una obsesión; para mí, ella no era nadie.
—No vuelvas a acercarte a Maya para llegar a mí —añadí, dándole la espalda—. No hay una segunda vuelta, ni en París, ni aquí, ni nunca.
Caminé hacia las taquillas donde Maya me esperaba. No me importaba lo que esa mujer sintiera o necesitara. Solo me importaba la chica que me miraba con preocupación desde lejos, la única que me hacía sentir que, bajo toda la sangre y las cicatrices, todavía quedaba algo de humano en mí.
Caminé hacia Maya, que estaba apoyada en las taquillas con los brazos cruzados y la mirada clavada en el suelo. No hacía falta ser un experto en lenguaje corporal para leerla: irradiaba una energía punzante. La noté molesta y celosa, con esa mandíbula apretada que tanto la caracterizaba cuando algo le quemaba por dentro.
A pesar de las costillas molidas, de la sangre seca en mi sien y de la amenaza de muerte que pesaba sobre nosotros, no pude evitarlo. Una punzada de diversión me recorrió el pecho. Verla así, tan fiera por una mujer que para mí no significaba absolutamente nada, me resultaba extrañamente reconfortante. Era la prueba de que, en medio de todo el caos, ella seguía siendo mi ancla.
—Vámonos de aquí —dije, tomándola del brazo suavemente.
Ella no respondió. Caminó a mi lado con pasos rígidos hasta que llegamos al coche. Durante todo el trayecto, mantuvo la vista fija en la ventanilla, ignorando cualquier intento de contacto visual. Me reí de ella por lo bajo, una risa seca pero genuina que rompió el silencio del habitáculo.
—¿Te hace gracia? —soltó ella, sin mirarme, con la voz cargada de veneno.
—Me hace gracia que pierdas el tiempo con fantasmas, Maya —respondí, entrando en el garaje del edificio.
Nos fuimos al ático de nuevo. En cuanto la puerta del ascensor se abrió y pusimos un pie dentro de mi terreno, ella explotó. Se giró hacia mí antes de que terminara de cerrar la puerta, con las mejillas encendidas.
—No veo la gracia, Caleb —dijo, señalándome con el dedo—. Esa mujer te miraba como si fuera a devorarte allí mismo, en mitad del pasillo de la facultad. Y tú te limitas a reírte como si fuera un chiste de mal gusto. ¡Es mi profesora! ¿Sabes lo humillante que es saber que esa mujer, la que me pone las notas, ha estado en tu cama?
Me apoyé contra la pared, soltando un suspiro y mirándola con calma. Me quité la sudadera con cuidado, dejando a la vista los vendajes que cubrían los golpes de la noche anterior.
—Maya, escúchame bien —dije, acortando la distancia entre nosotros hasta que quedó atrapada entre mi cuerpo y la puerta—. Ella estaba allí pidiendo limosna. Estaba intentando recuperar algo que nunca tuvo de verdad. ¿Sabes lo que le he dicho? Le he dicho que no es nadie. Que la única persona que conoce mis cicatrices, la única que me ha cuidado cuando estaba roto en esa cama anoche, eres tú.
La rodeé con los brazos, ignorando el pinchazo de dolor en mi costado, y hundí mi rostro en su cuello.
—No dejes que una obsesionada arruine lo único real que tengo. No tiene poder sobre nosotros, a menos que tú se lo des.
La tensión por la profesora se disolvió en el aire del ático, sustituida por algo mucho más vibrante. Maya se separó un poco de mí, pero no para alejarse, sino porque sus ojos brillaban con esa chispa de entusiasmo que solo aparecía cuando hablaba de sus propios sueños. Me senté en el sofá con cuidado, soltando un gemido sordo, y ella se sentó a mi lado, abriendo su portátil con una rapidez eléctrica.
—Caleb, tienes que ver esto —dijo, y su voz ya no tenía rastro de celos, sino de puro orgullo—. Su negocio online, Stigma, va genial.
Empezó a mostrarme gráficos, correos y cifras. Me explicó que la editorial estaba escalando a una velocidad que ni ella misma esperaba. Ayer mismo, el informático que la ayuda le envió las estadísticas de los libros vendidos y la proyección para el próximo trimestre. Los números eran impresionantes, pero lo que realmente me dejó sin palabras fue ver la bandeja de entrada de su correo.
—Mira esto —señaló la pantalla—. Son autores que quieren trabajar con nosotros. Me dice el informático que no damos a basto. Tenemos manuscritos en cola de gente con muchísimo talento que busca una oportunidad bajo nuestro sello.
Me quedé observándola en silencio mientras ella pasaba las páginas con el cursor. Verla así, convertida en una empresaria imparable, me hacía sentir una mezcla de admiración y un miedo protector renovado. Ella estaba construyendo un imperio de papel y palabras, un mundo limpio y brillante que no tenía nada que ver con la sangre de los muelles o la oscuridad de mi pasado.
—Lo estás logrando, Maya —dije, apartándole un mechón de pelo de la cara—. Estás creando algo tuyo, algo que nadie te ha regalado.
—Stigma no es solo una editorial, Caleb —respondió ella, mirándome a los ojos—. Es mi libertad. Y quiero que crezca tanto que algún día ni siquiera el apellido O'Shea sea lo primero que la gente piense cuando me vea.
Sonreí, a pesar del dolor en el labio. Ella era una fuerza de la naturaleza. Mientras yo me dedicaba a destruir amenazas, ella se dedicaba a construir mundos. Era el equilibrio perfecto, aunque me aterraba pensar que su éxito también la ponía en el radar de gente que podría querer usar su editorial para lavar dinero o como moneda de cambio.
—Me alegro mucho, de verdad —añadí, rodeándola con mi brazo sano—. Pero si no dais a basto, vas a necesitar más personal. Y más seguridad en esos servidores. No quiero que nadie meta las narices en tu trabajo.
Ella asintió, apoyando la cabeza en mi hombro, feliz de compartir su victoria conmigo en la intimidad de nuestro refugio.
#1140 en Novela romántica
#420 en Chick lit
sexo amor conflictos traición tristeza, mafia amor odio violencia, diferencia de edad amor
Editado: 17.04.2026