Diamantes negros: El muro

18 El deseo

**Caleb**

El sol apenas empezaba a lamer los cristales del ático cuando el vibrar del teléfono sobre el metal de la mesita me sacó del letargo. Gruñí, extendiendo un brazo para alcanzarlo. Era Marcus. Cuando mi hermano llamaba a estas horas, no era para darme los buenos días.
​—¿Qué pasa? —dije con la voz ronca, sentándome en el borde de la cama mientras intentaba despejarme.
​—Tenemos reunión en una hora en el almacén —la voz de Marcus sonaba tensa, profesional—. Liam está fuera de sí. Ha encontrado algo sobre la ruta que usó la Sociedad para mover la mercancía. Es importante, Caleb. Necesitamos cerrar el plan de entrega o de ataque hoy mismo.
​Sentí la mirada de Maya sobre mi espalda. Estaba despierta, observándome con una chispa de travesura en los ojos que no me gustó nada... o me gustó demasiado. Recordó lo de anoche con Liam. Quería devolvérmela, y la conocía lo suficiente para saber que cuando Maya se proponía algo, no había muro que la detuviera.
​—Dime... —alcancé a decir, pero las palabras se me atascaron en la garganta.
​Sin previo aviso, Maya se deslizó por las sábanas. La sentí gatear con la gracia de un felino hasta quedar frente a mí. Me miró fijamente, desafiante, y antes de que pudiera reaccionar, se llevó mi erección a la boca.
​—¡Mierda! —solté en un susurro ahogado, apretando los dientes.
​—¿Caleb? ¿Qué ha sido eso? ¿Estás bien? —preguntó Marcus al otro lado de la línea.
​—Sí... sí, solo... me he golpeado con la esquina de la mesa —mentí, cerrando los ojos con fuerza mientras sentía el calor de su boca rodearme.
​Maya me miró desde abajo, con los ojos brillando de pura malicia, y aumentó el ritmo, usando su lengua con una saña que me estaba nublando el juicio. Eso me llevó a querer colgar, a tirar el teléfono por la ventana y dedicarme exclusivamente a ella, pero Marcus me estaba explicando cosas importantes.
​—Escucha —continuó Marcus, ajeno al infierno que yo estaba viviendo—, hemos detectado movimiento en el puerto. Creemos que la rata está usando un intermediario. Si no interceptamos esa comunicación hoy, perderemos la ventaja de la semana que nos dieron... ¿Me estás escuchando?
​—Te escucho... —gemí, hundiendo los dedos en las sábanas para no agarrarle el pelo a ella y delatarme—. Sigue... el intermediario...
​Maya dio una succión profunda, lenta, deliberada. El sudor frío empezó a perlar mi frente. Mi hermano seguía hablando de logística, de armas y de perímetros de seguridad, mientras mi mundo se reducía al placer insoportable que ella me estaba provocando.
​—Caleb, te noto raro. ¿Seguro que estás en condiciones de venir? —Marcus sonaba ahora sospechoso.
​—Estaré allí... —corté, con la respiración entrecortada—. En una hora. No te detengas, Marcus... sigue hablando.
​Colgué el teléfono justo antes de perder el control de mis cuerdas vocales. Arrojé el móvil a la cama y agarré el rostro de Maya, obligándola a subir.
​—Eres una mujer muy peligrosa, ¿lo sabías? —gruñí, arrastrándola hacia arriba para terminar lo que ella había empezado con tanta crueldad.
En cuanto el teléfono golpeó el colchón, el resto del mundo —Marcus, la mercancía, el ultimátum— se desvaneció. Maya me miraba desde abajo con esa sonrisa triunfal, creyéndose dueña de la situación por haberme puesto al límite mientras hablaba con mi hermano. Pero no iba a dejar que se saliera con la suya tan fácilmente.
​—¿Crees que puedes jugar conmigo y salir ilesa, pequeña? —gruñí, con la voz cargada de una oscuridad que la hizo estremecer.
​No le di tiempo a responder. La agarré por las caderas y, con un movimiento firme y decidido, la di la vuelta. La obligué a quedar a cuatro patas, hundiendo su rostro contra las sábanas revueltas. Su respiración se volvió errática, una mezcla de excitación y la sorpresa de haber despertado a la bestia.
​—Caleb... —susurró, pero el nombre se perdió en un jadeo.
​Me posicioné detrás de ella, sintiendo el calor que emanaba de su piel. Usé un poco de nuestra propia humedad para prepararla, mis dedos moviéndose con una urgencia que ya no aceptaba demoras. Ella arqueó la espalda, buscando el contacto, entregada por completo al fuego que ella misma había provocado.
​Sin más preámbulos, la penetré por el culo.
​Maya soltó un grito ahogado contra la almohada, un sonido que mezclaba el dolor inicial con un placer punzante y abrumador. Me detuve un segundo, dejando que su cuerpo se acostumbrara a la invasión, disfrutando de la presión increíble de sus músculos rodeándome. Mis manos se clavaron en sus caderas, marcando mi territorio, mientras empezaba a moverme con embestidas lentas y profundas.
​—Esto es lo que pasa cuando intentas distraerme, Maya —siseé en su oído, mordiendo el lóbulo de su oreja.
​Ella no respondió con palabras, solo con espasmos y gemidos rotos. Cada vez que mis caderas chocaban contra las suyas, el ático parecía encogerse. La sensación era devastadora, una conexión cruda y animal que nos despojaba de cualquier rastro de civilización. Aumenté el ritmo, olvidándome de las costillas heridas y del cansancio; solo existía el roce, el calor y la forma en que ella se aferraba a las sábanas para no salir volando.
​Sentí que el final estaba cerca, un clímax que prometía ser más violento que el de anoche. Maya estaba vibrando bajo mi cuerpo, su interior apretándose a cada segundo, llevándome directo al precipicio.
​Si pensaba que con aquello Maya se daría por satisfecha, estaba muy equivocado. En lugar de rendirse, se giró hacia mí con los ojos encendidos y la respiración entrecortada, como si mi entrega solo hubiera servido para avivar un incendio mayor. Maya no se saciaba; me pedía más y más, con una voracidad que me hacía olvidar que Marcus me esperaba y que el mundo fuera de estas paredes se estaba desmoronando.
​—Siobhan me dijo que las vistas desde aquí son increíbles... —susurró ella, pegando su cuerpo sudado al mío y arrastrándome hacia el ventanal—. Me dijo que probara la terraza.
​La miré incrédulo, pero el desafío en su mirada era demasiado tentador. Abrí la puerta acristalada y el aire cortante de la mañana de Nueva York nos golpeó de golpe, creando un contraste violento con el calor que desprendíamos. La llevé hasta la barandilla de cristal, donde el skyline de Manhattan se extendía a nuestros pies, con el Empire State recortándose contra un cielo que empezaba a clarear.
​La giré de nuevo y ella se aferró al metal frío, ofreciéndome su espalda mientras miraba hacia el horizonte de rascacielos. No hubo sutilezas. Ahí la poseí, con una urgencia renovada por el riesgo de estar al aire libre, a cientos de metros sobre el asfalto. La alcé con un movimiento firme, obligándola a envolver mi cintura con sus piernas, quedando ella anclada a mi cadera.
​Sujeté su peso con mis brazos, sintiendo la tensión de mis músculos al límite y el pinchazo de mis costillas, pero no me detuve. Empecé a moverme con una fuerza bruta, taladrándola contra el límite de la terraza, con embestidas profundas que hacían que el cristal vibrara bajo sus manos. Maya ya no intentaba ser silenciosa; el miedo a ser oída desde algún ático vecino se había transformado en pura adrenalina. Ella gritaba mi nombre al viento, dejando que sus gemidos se perdieran entre el ruido lejano del tráfico de la Quinta Avenida, reclamando su placer y mi cuerpo frente a toda la ciudad.
​El frío de Nueva York contra nuestras espaldas y el fuego de la fricción entre nosotros crearon una sensación eléctrica. Yo enterraba mi rostro en su cuello, inhalando su aroma mezclado con el aire gélido, mientras sentía cómo sus uñas se clavaban en mi espalda. En ese momento, sobre la terraza, no éramos fugitivos ni piezas de un tablero; éramos los dueños de la ciudad, consumiéndonos antes de que el día nos obligara a volver a la guerra.
​Llegué al almacén de Brooklyn con una hora de retraso, el cuerpo aún caliente por lo ocurrido en la terraza y la espalda ardiéndome bajo la camisa. Al entrar, el silencio de los chicos fue sepulcral. Liam me lanzó una mirada cargada de sospecha, recorriendo el desorden de mi pelo y las marcas que asomaban por mi cuello, pero fue Marcus quien tomó la palabra, y no para hablar de mi impuntualidad.
​—Caleb, hemos analizado los últimos movimientos de la Sociedad —dijo Marcus, extendiendo unos planos sobre la mesa metálica—. No están jugando a los intermediarios. Están cazando. Y a este ritmo, nos van a despedazar antes de que termine la semana.
​Me crucé de brazos, sintiendo cómo la realidad me golpeaba como un balde de agua fría, borrando el rastro de placer de Maya.
​—¿Qué sugieres entonces? —pregunté, con la voz ronca.
​Marcus me miró fijamente a los ojos, con una seriedad que me heló la sangre.
​—Tienes que dejar salir al Caleb de la Sociedad. Solo así podremos detenerlos. Solo alguien que piensa y mata como ellos puede anticipar lo que van a hacer.
​Me quedé helado. Me negué de inmediato, sintiendo un nudo de puro terror en el estómago.
​—Eso es una locura —solté, golpeando la mesa—. Me costó años enterrar a ese animal. Me costó la cordura dejar de ser la sombra que ellos crearon. No voy a volver a ese pozo, Marcus. No quiero volver a ser aquel hombre.
​—Caleb, escúchame —intervino Nico, dando un paso adelante—. No es una opción. Tienes que entrenarnos. Eres quien más tiempo ha estado con ellos, el que mejor conoce sus tácticas, sus puntos ciegos y su crueldad. Sabes cómo se mueven. Si no nos enseñas a pelear sucio, a su nivel, no ganaremos. Nos matarán a todos, y luego irán a por Maya.
​Apretaba los puños tanto que los nudillos me crujían. Sabía que tenían razón, y ese era el mayor de mis problemas. Si quería proteger el mundo de luz que estaba construyendo con Maya, tenía que invocar al monstruo que habitaba en mis sombras. Sabía que si no lo hacía, no ganaríamos.
​—Si abro esa puerta... —dije, mirando a mis hermanos con una advertencia letal—, puede que no haya vuelta atrás. El Caleb que conocéis desaparecerá.
​—Estamos dispuestos a correr el riesgo si eso significa que sobrevivimos —sentenció Marcus.
​Miré mis manos, las mismas que hace una hora acariciaban a Maya en la terraza, y sentí el frío del acero empezando a recorrer mis venas. El entrenamiento empezaría esta noche.




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