**Caleb**
El aire del almacén era denso, impregnado de sudor, hierro y ese olor agrio que desprende el miedo. Mis pulmones ardían, pero no por el esfuerzo físico, sino por la batalla que se libraba en el interior de mi cráneo. Cada vez que golpeaba, cada vez que esquivaba un ataque desesperado de Liam, sentía cómo los engranajes de mi mente crujían, cambiando de posición.
Mi cerebro estaba pasando de ser el Caleb actual, el hombre que amaba a Maya y buscaba una redención imposible, al monstruo del pasado.
Aquel espectro que la Sociedad había forjado a base de traumas y sangre estaba llamando a la puerta, y lo hacía con una fuerza devastadora. Intentaba resistir, apretando los dientes hasta que me dolía la mandíbula, repitiéndome como un mantra que esto era solo un entrenamiento. Que los hombres que tenía delante eran mis hermanos, no objetivos.
«Es Liam. Es Marcus. No los mates», me decía una voz pequeña y lejana en mi cabeza.
Pero otra voz, mucho más profunda y gélida, empezó a imponerse. Era la voz que no sentía dolor, la que veía el cuerpo humano simplemente como un mapa de puntos de presión y debilidades estructurales. Mis movimientos dejaron de ser defensivos para volverse quirúrgicamente ofensivos. Mis ojos, que antes buscaban la mirada de Liam para comprobar si estaba bien, ahora solo se centraban en su yugular, en sus costillas expuestas, en el temblor de sus rodillas.
—¡Caleb, para un segundo! —gritó Marcus desde la esquina, pero su voz me llegó como si estuviera bajo el agua.
Sentí una punzada de pánico al darme cuenta de que estaba perdiendo el control. Me centraba en que era un entrenamiento, pero mis manos tenían memoria propia. La oscuridad de la Sociedad me envolvía como un sudario, borrando los recuerdos de la terraza en Nueva York, de la piel de Maya, de la calidez de su hogar.
«Si no los rompo yo aquí, los matarán fuera», se justificó el monstruo.
Lancé un golpe directo al plexo solar de Liam. Fue demasiado rápido, demasiado seco. Vi cómo sus ojos se ponían en blanco por un instante antes de caer de rodillas, jadeando por aire. Una parte de mí quiso correr a ayudarle, pero la otra, la que estaba ganando terreno, solo sintió desprecio por su debilidad.
Me quedé allí quieto, en medio de la penumbra, luchando por respirar, sintiendo cómo el hombre que Maya amaba se hundía lentamente en el fango de mi propia oscuridad.
El monstruo ya no golpeaba la puerta; se había adueñado de mis manos. Después de dejar a Liam de rodillas, mi cuerpo se movió por puro instinto depredador. No hubo pausa, no hubo disculpas. A continuación, ataqué a Marcus.
Mi hermano era fuerte y estratégico, pero yo ya no estaba peleando como un hombre, sino como una máquina. Bloqueé su ofensiva con una frialdad que me asustaba a mí mismo y le golpeé con la precisión de un bisturí. Marcus cayó al suelo, tosiendo, buscando un aire que mis ataques le habían arrebatado.
Después fue el turno de Nico. Con él, las cosas cambiaron. Con este último me costó más. Nico era rápido, escurridizo y conocía algunos de mis tics, pero la oscuridad de la Sociedad me daba una ventaja injusta: la falta total de empatía. Cada vez que Nico intentaba un contraataque, yo encontraba el hueco. El intercambio de golpes resonó en las paredes de metal del almacén como disparos. Al final, también terminó en el suelo, sudando y sangrando, mirándome como si no supiera quién era el hombre que tenía delante.
Mi pulso estaba a mil revoluciones, pero mi rostro permanecía impasible, una máscara de hielo. Después, volví a la sombra del almacén para dejarles recuperar aire.
Me hundí en la oscuridad, lejos de la luz mortecina de los focos, donde ellos no pudieran ver mis manos temblar. Me apoyé contra una columna fría, escuchando sus respiraciones rotas y sus quejidos. En ese silencio cargado de violencia, luché por encontrar el rostro de Maya en mi mente, pero su imagen se sentía lejana, como un sueño que se desvanece al despertar.
Estaba cumpliendo mi promesa: los estaba convirtiendo en supervivientes. Pero el precio era que, minuto a minuto, el Caleb que ella amaba se estaba quedando solo en las sombras.
Me quedé inmóvil en la penumbra, convertido en una mancha más entre las vigas de hierro y el polvo en suspensión. Mi respiración era lenta, controlada, casi inexistente; el entrenamiento de la Sociedad me había enseñado a desaparecer incluso estando presente. Desde la oscuridad, los observaba. Parecían náufragos tras una tormenta, intentando recomponer sus cuerpos rotos bajo la luz amarillenta del almacén.
—Ese ya no es mi hermano —la voz de Marcus llegó hasta mí, cargada de una amargura que me atravesó como un cuchillo—. Es el monstruo de nuevo. Lo veo en sus ojos... están vacíos.
Sus palabras golpearon la poca humanidad que me quedaba, pero no me moví. El Caleb que amaba a Maya quería salir de las sombras y pedir perdón, pero el monstruo le apretaba el cuello, obligándole a guardar silencio.
—Me va a romper las costillas antes de que acabe la noche —se quejó Liam, escupiendo sangre a un lado mientras se sujetaba el costado con una mueca de dolor—. Ha perdido el juicio. Esto no es entrenar, es una carnicería. No sé si podremos aguantar dos días así.
El resentimiento en la voz de Liam era palpable. Me veía como un verdugo, no como un aliado. Estuve a punto de dar un paso al frente cuando Nico, que respiraba con dificultad apoyado contra una caja, intervino con una firmeza que heló el ambiente.
—Cállate, Liam —soltó Nico, limpiándose el labio partido—. Él mismo recibió la orden de entrenarnos. Se lo pedimos nosotros. Le obligamos a abrir esa puerta.
Nico me buscó con la mirada en la oscuridad, aunque sabía que no podía verme. Él entendía el sacrificio que yo estaba haciendo mejor que nadie.
—Si Caleb vuelve a ser el de la Sociedad es porque nosotros no somos lo suficientemente buenos todavía —continuó Nico—. Nos está dando la única oportunidad de sobrevivir a lo que viene. Si queréis un hermano que os dé palmaditas en la espalda, esperad a que esto termine. Pero ahora mismo, necesitáis a ese monstruo si no queréis acabar en un ataúd.
Se hizo un silencio sepulcral. Vi a Marcus bajar la cabeza, asimilando la cruda realidad. Liam apretó los puños, tragándose su propio orgullo y el dolor de sus contusiones. Sabían que Nico tenía razón. La piedad no los salvaría de la Sociedad; la brutalidad sí.
Finalmente, todos asintieron.
Ese gesto, esa aceptación silenciosa de su destino, fue la señal que el monstruo estaba esperando. Me despegué de la columna, dejando que el sonido de mis botas contra el cemento anunciara mi regreso. La tregua había terminado.
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Editado: 17.04.2026